Ama al perseverante, desprecia al genio

Los genios, por lo general, son unos idiotas. No en el sentido intelectual, claro, sino social. No hay nadie tan antipático como aquel que no necesita esforzarse.

Tú conoces a unos cuantos. No me refiero a genios,sino a personas que logran sus objetivos sin esforzarse. El compañero del colegio que no estudiaba nunca y aprobaba sin hincar los codos, el niño de familia adinerada al que siempre le regalaban todo lo que quería, o el colega que tiene un talento natural para la danza y que, a su lado, tus clases particulares de baile de salón te hacen parecer un T-800 de la primera de Terminator.

Si es que bailas. Yo considero que el baile es una actividad que sólo debería estar permitida en la intimidad y en estado de embriaguez, así que a mí no me mires.

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¿Conocimiento inútil? Eso no existe.

Hace tiempo leía, en un foro, una historia divertida en la que unos chicos contaban sus experiencias como repartidores de unos grandes almacenes. Había de todo, desde un problema con un grupo de gente de… violento carácter y actividades delictivas, que no estaban conformes con el funcionamiento de su televisor, hasta una experiencia bochornosa en un club de alterne, donde no tenían efectivo para darle una buena propina a un repartidor después de servir un pedido voluminoso  y, ejem, digamos que el resto del día tuvo que darse prisa para terminar los repartos a tiempo.

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¿Qué es turgente? -dices mientras clavas tu…

pupila en mi pupila azul.
¿Qué es turgente? ¿Y tú me lo preguntas?
Turgente… bueno, eso.

Lo siento, señor Bécquer, no quiero ser irrespetuoso, pero su poema (algo pastelero, todo hay que decirlo) me venía de perlas.

Y ¿a qué viene esta entrada? Porque hoy, de una vez por todas, he decidido desterrar de mi vida la expresión “turgentes pechos”.

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La mala educación (por escrito)

Imagina que estás hablando con un amigo y, a la hora de despedirte, te das la vuelta y te vas sin decir nada.

Imagina que, cuando un cliente se acerca a tu empresa, le haces esperar mientras hablas del partido de fútbol con tus compañeros de trabajo.

Imagina que, en medio de una conversación, la persona que tienes enfrente COMIENZA A HABLARTE EN VOZ ALTA Y SINQuETU LE ENTIENDAS MUYBIEN LOQUEDICE.

Estoy hablando, por supuesto, de los asquerosos correos electrónicos.

Los email son una especie de híbrido entre una conversación informal y una carta ordinaria, y así nos va, que no sabemos cómo tratarlos. Están las personas que los redactan como si pagaran por cada letra que envían, y las que no diferencian entre “asunto del mensaje” y “cuerpo del mensaje”.

Imagen sacada de un libro de texto de quinto de primaria:

Antes se decía que comerse letras era “como si escribieras un sms”, pero ahora habría que decir “como si mandaras un whatsapp”, que es algo así como hablar estando muy borracho.

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Escribiendo un libro: Cháchara de ambiente

Hace poco, comentando con mi pareja el libro Los Hijos de Anansi, hablábamos acerca de las escenas que parece que no aportan nada, y que te lo están contando todo.

En ese libro de mi idolatado Neil Gaiman, me fijé, los personajes casi no se describen. Son sus actos y sus palabras quienes definen su carácter y, si me apuras, hasta su aspecto físico.

Comparando mi estilo con el de Gaiman, he podido comprobar, una vez más, que las descripciones de mis personajes son un petardo. Un bodrio. Una piedra pesada, fea y engorrosa. Hay que fastidiarse.

¡Pero tengo la solución! ¡Ya sé cómo arreglar este problema!

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