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EL TREN DE LAS TRES TREINTA

Una vez leí u oí, no recuerdo dónde, que los suicidas en realidad no quieren morir, lo que quieren es cambiar su vida, pero no saben cómo conseguirlo.

Y es que, cuando estamos deprimidos o tenemos una depresión, somos incapaces de ver más allá de la agonía en la que estamos sumidos, nos falla la perspectiva temporal, el maldito presente se nos hace permanente, una prisión de la que no nos es posible escapar, y el futuro, la tierra prometida, la salvación, nos parece por completo inalcanzable. Sentimos que no hay nada que hacer.

Pero, como dice el refranero español, “No hay mal que cien años dure”. Nada es para siempre, todo puede cambiar en cualquier momento, con nuestra ayuda o sin ella.

A veces, como le ocurre al protagonista de este relato –un hombre en plena crisis de la mediana edad que no ve otra solución a su problema que quitarse de en medio–, basta con sentarnos en un lugar apacible y permitir que nuestra imaginación vuele más allá de los límites de nuestra agonía.

A veces con solo esto basta.

No hay nada como un banco en el lugar adecuado para inspirarse. Cuando era pequeña y oía a la gente hablar sobre ladrones de bancos, tenía otra idea en la cabeza…

Espero que os guste el relato.

 

EL TREN DE LAS TRES TREINTA

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TODOS MIRANDO

Hace nada he participado en un concurso de relatos que tenían una condición especial: el relato debía basarse en la letra de una canción.

Es una buena idea, ¿verdad? En cuanto pensé un rato se me ocurrieron algunos relatos que podían dar mucho juego. Luego me puse a descartar.

Si me dedicaba a relatar la historia de Pacto entre caballeros me iba a poner de mal yogur, porque no soporto esa canción. ¿Estás llamando caballeros a unos drogadictos proxenetas ladrones? ¡Al cuerno! Pensé en algunas letras de Mecano, pero o bien eran muy surrealistas o bien daban ganas de llorar, y las lágrimas, a estas alturas de mi vida, mejor que sean de risa.

Entonces llegó mi chica y, en un segundo, me dio la respuesta.

-¿Por qué no escribes sobre Todos mirando? -me dijo.

Y ya no pensé más.

La canción va de algo como esto, pero con un tipo de verdad y no con una estatua. No voy a poner una fotografía de un hombre desnudo porque este blog es muy decente. 

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LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

Me gustan las historias de piratas. No me refiero a los piratas modernos, de los que asaltan barcos de pescadores y piden rescates, sino a los piratas clásicos, los que luchan contra ingleses, españoles y franceses por igual, los hombres de fortuna, villanos y héroes, pícaros, violentos, embusteros, ladrones y, en general, gente de una personalidad irresistible.

 

Walter Matthau en una película de Polanski que, por alguna razón, no le gusta a nadie.

Rancios, que son todos unos rancios.

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La ondina y los senderistas

Una ondina es un espíritu del agua, una ninfa más o menos humana (en el sentido de un-par-de-cada-cosa) de espectacular y femenina belleza, según dicen, porque quienes lo dicen suelen ser hombres.2099911-bigthumbnail

Aquí parece que la ondina tiene cola de pez, pero ni caso.

La wikipedia se explica muy bien en este sentido, quizá porque cualquiera puede escribir en base a su experiencia propia, y ya se sabe que las ondinas son como los talleres mecánicos: antes o después, siempre piensas que te la han jugado.

El año pasado conocí a una ondina llamada Safilia. Mi chica y yo recorríamos algunas etapas del sendero GR11, una ruta que atraviesa los Pirineos de costa a costa, y estuve a punto de golpearla sin querer mientras me refrescaba los pies en un arroyo.

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EL ÚLTIMO VIAJE DEL VIENTO DEL SUR

Escribí este relato para un concurso. La condición, muy sencilla, era que debía versar sobre un artefacto.

Como no se me ocurrían buenas ideas, recurrí a personajes que bailan en mi cabeza desde hace tiempo, y a los que conozco muy bien. Escribir sobre ellos es divertido y muy fresco.

No trata sobre coches ni sobre armas; es una historia sencilla de dos personas ejecutando una venganza. De todos modos, por si te lo preguntas al terminar de leer, el Pegaso Z existió y era un coche precioso.

Gabriel de Algora, por otra parte, era un artesano del siglo XVIII, responsable de armas como estos fusiles de chispa, que se conservan en el Metropolitan Museum of Art, en Nueva York.

Espero que lo disfrutes.

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