VOLVEMOS A LAS ANDADAS

Entrada y relatos escritos por Libertad García-Villada y Jesús Durán.

El titulo podría hacer pensar que se refiere a nuestro nuevo fracaso en Zenda. Bueno, sí: es así. 

Es nuestra prisión particular. 

Pero también representa un triunfo para el blog, ya que os traemos dos relatos. Porque participamos a cuatro manos y con dos textos en cada convocatoria. 

En realidad —y lo confirmamos cuando comentamos el destino de los relatos una vez terminados—, hablamos más de cuándo y cómo gestionar la entrada en Relatos y mentiras que del hecho de obtener un premio. Aunque siempre se sueña, por supuesto.

En esta ocasión la temática era «septiembre» y la vuelta al trabajo. Sí, es duro, ¿eh? Pensadlo como el concepto del fin del verano, de las vacaciones, del ocio, del relax y todas sus variantes. Ains.

Para esta convocatoria nos hemos tirado de cabeza al humor y a la crítica. Porque volver a las andadas durante otros once meses no deja de ser duro. No queda otra que pensar que escaparemos del encierro en algún momento.

Con humor se lleva mejor.

Por esto te recomendamos que leas nuestros dos relatos.

Esperamos que te gusten.

Inicio del nuevo curso

Hoy empieza el mes de septiembre. Y ya se iba notando el final del verano. No solo en la temperatura, que va bajando: un incipiente frescor ha tomado la calle. También cada vez hay menos gente con cara de asombro cargando cámaras y señalándonos con el dedo, incluso algunos se nos quieren subir para hacerse selfis, como si fuéramos una atracción más. Y hay menos niños. Menos bullicio. Por fin.

Pero la relativa calma termina hoy: vuelven los trajeados y las trajeadas. A tropel. A saco.

Bueno, como siempre, algunos, los menos, han sido puntuales. Puntuales en los bares de alrededor. Allí cuentan sus recién disfrutadas vacaciones. Y, cómo no, sus proyectos de futuro, también estivales. A viva voz, con restos de los churros sin masticar aún en la boca. Hasta aquí llegan sus palabras y sus risas, tal es el vocerío. Otros, en cambio, no aparecerán. Ni siquiera hoy, el primer día de trabajo tras un ardiente verano. Y después se dejarán ver más bien poco. Unos poquitos venían con cara de preocupación, lo que no es muy frecuente. Suelen dejarse caer con un aire despreocupado, como si no tuvieran problemas —algunos muy graves— de los que ocuparse. A saber qué se está cociendo ahora dentro de este edificio en el que hago guardia junto con mi hermano gemelo, Velarde. Quizás él tiene alguna información al respecto, pero no la compartirá conmigo. Procura no hablarme; de hecho, ni siquiera me mira. Tal vez lo haga un poco de soslayo, cuando cree que me despisto. Afirma que estoy del lado de los que no tienen la razón. Y es que a los trajeados y las trajeadas que se sientan aquí dentro a soltar mentiras e insultarse, a echarse unos a otros las culpas porque ninguno quiere ser responsable de sus muchas cagadas, a jugarse el país como si les perteneciera, se los puede dividir en dos grupos diferentes. Y Velarde va con los otros. Si he de ser sincero, le llevo la contraria en esto solo por chincharle, porque cada vez me importan menos, tanto los unos como los otros: al fin y al cabo, son todos unos impresentables que han convertido este lugar de asamblea en un patio de colegio. 

Y si en vez de bronce fuera de carne y hueso, levantaría la zarpa de esta estúpida bola en la que estoy apoyado, sacaría las garras, entraría con furia en el edificio y me los comería a todos. Es lo que se merecen.

Borrón y cuenta nueva

La irritante alarma de Alien le sacó de su breve sueñoApagó el soniquete de un golpe, como en Atrapado en el tiempo. Aquel monolito de 2001 solo le recordaba que debía levantarse. Era muy temprano. «Joder, si a esta hora era cuando solía acostarme hasta hace bien poco». Pero tenía que ir a al trabajo. A currar. Como en Tiempos modernos. Su Verano azul había terminado. Aquel estío se había quedado sin novia. La invitación a La boda de mi mejor amigo acrecentó su envidia, y buscó consuelo viendo series y películas sin parar.

Se dio una ducha rápida —en la que se repitió el «Estoy cansado, jefe» de La Milla Verde—, añorando la piscina del hotel. Luego se dispuso a desayunar al son de Breakfast in America. Este esfuerzo por mantenerse alerta fue su primera aventura, su Willow, una de las muchas que le esperaban aquel día. En poco tiempo tenía que ingerir algo y prepararse comida para después. No era Ratatouille y si ya derramó parte del café y se peleó con el tapón del tetrabrik de leche…, ¿cómo iba a ser capaz de preparase un bocadillo en semejante estado de somnolencia? Además, no tenía ni pan ni embutido.

Se sentía solo, perdido, como en La carretera. Demasiados días de bufet libre…  Y entonces se asustó. Y del susto pasó al sudor. «No no no». Miró el reloj de la cocina. «¿A qué hora pasa el tren?». El maquinista de La General le aseguró que ya iba tarde. Comprobó en la aplicación del teléfono los horarios y se puso en pie de un salto. «¡Pasa en veinte minutos y aún tengo que vestirme y llegar a la estación! Maldito Bullet Train de las narices». Tanto tiempo sin horarios y usando taxis le había hecho olvidarse del transporte público. No contaba con un chofer a lo Green Book. De camino a la habitación se dio cuenta de que no llevarse almuerzo era el menor de sus problemas. Al buscar la indumentaria vislumbró, en el fondo del ropero, como en Las Crónicas de Narnia, a su enemigo: los pantalones largos. Estaban tal cual los dejó tras lavarlos el último día de trabajo, Hace un millón de años. Los sacó y los observó colgados de la percha, como si fuese un paleontólogo de Jurassic Park que hubiese descubierto un huevo en el interior de una cueva. Llevaba semanas en pantalón corto, bañador o gayumbos, muy al estilo de El gran Lebowski. Sus piernas se quejaron ante aquella aberrante visión de incomodidad y calor. Tantos días con exigua vestimenta, como si viviera en Showgirls, le había hecho creerse que podía imponer su criterio a lo Harry el Sucio.

El tiempo apremiaba: pronto no le tocaba otra que hacer un Carros de fuego hacia el apeadero. Y esa urgencia era la causante del horror que le abordó. «¡Hostias, no puedo abrochármelos! ¿En qué momento habían menguado?». La culpa no era de Cariño, he encogido a los niños: el pantalón mantenía su estructura. Era él el causante. Mejor dicho, su tripa. El café triple ingerido en un Fast & Furious le provocó una intensa energía, como en El lobo de Wall Street, y le trajo de nuevo a la memoria el bufet y aquellos postres obscenos tan cerca de donde solía sentarse. Pura lujuria a lo Instinto básico. Metió la barriga, firme como si tuviese una revisión del sargento de La chaqueta metálica, y logró abrocharse el pantalón y subirse la cremallera. No sabía si podría aguantar esa contracción autoimpuesta para mantener el tripón tenso. Tendría que llamar a House. Y volvió a sudar: faltaba la camisa; «¡la camisa!». No tenía de manga corta, todas de manga larga, porque era como le gustaban con la chaqueta. Se la puso con la máxima expectación, abotonando de arriba abajo. Cada ojal traspasado, un logro, una meta conseguida. Un peligro eliminado a lo Breaking Bad. Cuando termino se sintió como un lomo embuchado. «Si respiro lento sobreviviré». Ahora a remontar esa encerrona, como en el ataúd de Kill Bill. 

Estaba claro que su operación de cuerpo fitness de verano era algo del pasado. Pocas palas, mucho chiringuito y nulo voleibol Top Gun. Suerte que la chaqueta, estilo cazadora, era holgada, a lo Indiana Jones, y que en el trabajo ponían el aire acondicionado en consonancia con Invernalia, de Juego de tronos. Salió de la habitación con el peculiar ruido clap clap clap de las chancletas… Y cayó en la cuenta de que no se había puesto calcetines. Tuvo que regresar por los laberínticos pasillos, como si estuviese en el Overlook de El resplandor. Otro de sus enemigos. Un artículo olvidado. Y maldijo. Porque ¿cómo iba a ponérselos con un pantalón tan prieto? Parecía una malla de Flash Dance. Se sentó e hizo un intento. Fue Misión imposible: el pantalón se quejó. Decidió quitárselo, meterse los calcetines, y volver a embutirse los pantalones. Su vocabulario malsonante ganó terreno. Más que el de la niña de El exorcista.

Con el tiempo justo, tras una carrera en la calle y otra en el apeadero al estilo de Rocky II, porque no era un digno caminar, saltó adentro, al interior del atestado vagón. Chocó con gente y se bamboleó como si estuviese en una barcaza de desembarco de Salvar al soldado Ryan. Sudó como el piloto de Aterriza como puedas, olió la cargada humanidad de la gente tal que en El perfume y, tras hacer transbordo, esquivó a otros que, de igual manera que él, desencajados, parecían sacados de Guerra Mundial Z.

Era el primer día de trabajo. No sabía si se encontraría con un Up in the Air. Solo quería un Lost in Translation

Para hoy, estaría bien.


2 comments on VOLVEMOS A LAS ANDADAS

  1. Como siempre, muy bien escrito y ligero de leer. Me encantan las menciones que habéis hecho a todas las películas. Solo hubiera añadido al final:

    Y fue corriendo al trabajo al estilo Forrest Gump, pensando hacia dentro “La verdad, aunque yo siempre iba corriendo, nunca pensé que eso me llevara a ningún lado”

    1. Sí, la verdad es que la vida cotidiana da bastante juego para incluir diversas escenas, incluida la que comentas.

      Gracias por tus palabras y por leernos.

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