LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

Me gustan las historias de piratas. No me refiero a los piratas modernos, de los que asaltan barcos de pescadores y piden rescates, sino a los piratas clásicos, los que luchan contra ingleses, españoles y franceses por igual, los hombres de fortuna, villanos y héroes, pícaros, violentos, embusteros, ladrones y, en general, gente de una personalidad irresistible.

 

Walter Matthau en una película de Polanski que, por alguna razón, no le gusta a nadie.

Rancios, que son todos unos rancios.

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Y A TI TE ENCONTRÉ EN LA CALLE

Hacía tiempo que no escribía. La inspiración, o el tiempo necesario para sentarse a escribir, a veces te viene impuesto.

Escribí este micro relato, como hacemos todos, basándome en hechos reales.

Pero las voces van a mejor.

Y A TI TE ENCONTRÉ EN LA CALLE

Damian subió el volumen de la radio del coche. Seguía escuchando los maullidos, pero con la música apenas oía los jadeos del gato que llevaba en el asiento trasero.

—Se está ahogando —dijo Dante—. Se muere.

Damian se ajustó el cinturón de seguridad. Dante era un listillo. ¿Qué sabría él?

—Cállate —le dijo—. Tú qué sabrás.

Dante se calló, porque sólo era una voz dentro de la cabeza de Damian. Pero no permaneció así mucho rato.

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La ondina y los senderistas

Una ondina es un espíritu del agua, una ninfa más o menos humana (en el sentido de un-par-de-cada-cosa) de espectacular y femenina belleza, según dicen, porque quienes lo dicen suelen ser hombres.2099911-bigthumbnail

Aquí parece que la ondina tiene cola de pez, pero ni caso.

La wikipedia se explica muy bien en este sentido, quizá porque cualquiera puede escribir en base a su experiencia propia, y ya se sabe que las ondinas son como los talleres mecánicos: antes o después, siempre piensas que te la han jugado.

El año pasado conocí a una ondina llamada Safilia. Mi chica y yo recorríamos algunas etapas del sendero GR11, una ruta que atraviesa los Pirineos de costa a costa, y estuve a punto de golpearla sin querer mientras me refrescaba los pies en un arroyo.

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EL ÚLTIMO VIAJE DEL VIENTO DEL SUR

Escribí este relato para un concurso. La condición, muy sencilla, era que debía versar sobre un artefacto.

Como no se me ocurrían buenas ideas, recurrí a personajes que bailan en mi cabeza desde hace tiempo, y a los que conozco muy bien. Escribir sobre ellos es divertido y muy fresco.

No trata sobre coches ni sobre armas; es una historia sencilla de dos personas ejecutando una venganza. De todos modos, por si te lo preguntas al terminar de leer, el Pegaso Z existió y era un coche precioso.

Gabriel de Algora, por otra parte, era un artesano del siglo XVIII, responsable de armas como estos fusiles de chispa, que se conservan en el Metropolitan Museum of Art, en Nueva York.

Espero que lo disfrutes.

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NADA

Me gustan los relatos que se escriben en homenaje a un escritor o a un personaje. A veces te encuentras textos muy malos, por supuesto, que no son más que burdos intentos de copiar al original. Pero a veces encuentras autores que realmente han sabido captar el espíritu del creador, que han comprendido su esencia. Los libros Homenaje a Tolkien o Drácula insólito, por ejemplo, contienen algunas pequeñas obras de arte que te harán sonreír.

En fin. Recordando uno de mis libros favoritos de la infancia, hace un tiempo escribí un pequeño relato. No intenté captar el espíritu de Michael Ende, porque no habría sabido hacerlo, desde luego, pero sí quise aportar mi visión sobre la relación entre su mundo y el nuestro.

No es gran cosa, lo sé. Sólo es una defensa de los sueños.

 

NADA

—Sabías que este día llegaría, Luna. Los dos lo sabíamos. 

—Eso no lo hace más fácil. No quiero olvidarte y desaparecer. 

—Yo tampoco. Pero no siempre podemos hacer lo que queremos. 

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