Ama al perseverante, desprecia al genio

Los genios, por lo general, son unos idiotas. No en el sentido intelectual, claro, sino social. No hay nadie tan antipático como aquel que no necesita esforzarse.

Tú conoces a unos cuantos. No me refiero a genios,sino a personas que logran sus objetivos sin esforzarse. El compañero del colegio que no estudiaba nunca y aprobaba sin hincar los codos, el niño de familia adinerada al que siempre le regalaban todo lo que quería, o el colega que tiene un talento natural para la danza y que, a su lado, tus clases particulares de baile de salón te hacen parecer un T-800 de la primera de Terminator.

Si es que bailas. Yo considero que el baile es una actividad que sólo debería estar permitida en la intimidad y en estado de embriaguez, así que a mí no me mires.

Hay mucha gente con talento, como tantas veces nos demuestra Internet. El talento no es escaso, es algo muy común, y lo poseen muchas más personas de las que pensamos.

No voy a decir que todos tenemos un talento especial para algo; eso no es cierto. Lo lamento. Muchas personas somos simplemente mediocres, no destacamos en ningún campo, no superamos a la media. Pero muchas otras personas no han encontrado ese campo, esa habilidad, en la que podrían destacar si se esforzaran lo suficiente.

Porque el talento abunda, lo que falta es perseverancia. Más o menos, las fórmulas son así:

Talento más constancia = genio.

Constancia sin talento = persona que se supera = persona feliz.

Talento sin constancia = animador en las fiestas de antiguos compañeros de instituto.

Olvida a los genios. No les tengas envidia, no desees cambiarte por ellos. Imita mejor a la gente perseverante, desarrolla tu constancia; esa característica es la que te hará feliz. Porque los genios, si no se esfuerzan, no aprenden lo que significa el fracaso, y una persona sin tolerancia a la frustración, es una persona airada e infeliz.

Si lo dice este muñeco verde, debe ser cierto.

Un día estaba hablando con un amigo que practicaba la escalada. Me contó que había llegado a escalar una vía de un nivel más que considerable (8a) y que en un año había progresado mucho… Y luego me contó su secreto.

–Estuvimos haciendo números… En el último año, habíamos salido a escalar más o menos 180 días. Cuando teníamos cambios de turno en el trabajo, cogíamos el coche, llegábamos a la zona de escalada y nos pegábamos un rato con la roca. Luego dormíamos en una tienda, madrugábamos un poco para escalar un rato más y volvíamos a tiempo para volver al trabajo. Era demasiado esfuerzo… Al final bajamos el ritmo.

Ese es el inconveniente de destacar, por supuesto. Las personas que destacan en un campo no suelen tener tiempo para dedicarle a otros aspectos de su vida.

En la escalada, de todos modos, la felicidad está en la superación, no en la dificultad de la vía a la que te enfrentas. Y ese debería ser siempre nuestro baremo a la hora de considerar nuestros logros.

Nadie lo consigue a la primera, que no te engañen.

Hace un par de años asistí a una celebración, una fiesta informal, en la que uno de los participantes dio una pequeña charla. Insistió en la importancia de la lealtad, la confianza y el respeto hacia nuestros compañeros y profesores. También insistió en la necesidad de profundizar en aquellos temas que estudiamos, porque saber las cosas “por encima” es no saber nada, y, por supuesto, habló de la perseverancia.

No corremos carreras de 100 metros, sino carreras de fondo. No hablamos de impulsos, sino de constancia. No pasamos un día entero estudiando las 24 horas, pero estudiamos una hora cada día.

La perseverancia marca la diferencia. Pero no es algo que pueda decirte “haz la prueba, ya verás”. La perseverancia, precisamente, no consiste en “probar”, sino en “profundizar”, en insistir un día detrás de otro.

No te engañes. Detrás de un campeón siempre hay una persona constante. Escribir un libro, correr una carrera de larga distancia o colocarte un cinturón negro no es algo que puedas obtener gracias a tu talento.

Hay que trabajar duro.

Nin, el kanji que habla, entre otras cosas, de la perseverancia.

Y para que este artículo no quede tan sosainas, algunos datos sobre el tiempo que los escritores dedican a lo que mejor saben hacer:

Stephen King:

King escribe cada día del año, incluyendo cumpleaños y vacaciones, y no cesa hasta que alcanza su cuota diaria de 2000 palabras. Trabaja a las mañanas, comenzando sobre las 8:00 u 8:30. Algunos días acaba para las 11.30 ya ha finalizado, pero normalmente le lleva hasta las 13.30 para alcanzar su objetivo.

Haruki Murakami

se levanta a las 4 de la mañana, trabaja 6 horas. Por la tarde corre 10 km o nada 1.500 m, lee, escucha música y se va a la cama a las 9. Sigue esa rutina sin ninguna variación. Dice que termina siendo una especie de hipnosis, que le permite alcanzar un profundo estado mental.

Isaac Asimov

trabajaba 8 horas al día, 7 días a la semana. No descansaba ningún festivo o fin de semana, y su horario era intocable. Cuando estaba dedicado a escribir, su media era de 35 páginas al día. No le gustaba revisar más de una vez sus escritos, porque lo consideraba una pérdida de tiempo.

Y la inevitable referencia a un genio… Neil Gaiman

Al relatar el origen de El océano al final del camino, que nació porque echaba de menos a su esposa Amanda y quería escribirle un relato que contuviera sus cosas favoritas —sinceridad, emoción y Neil Gaiman—, ha resaltado que al final el texto creció tanto que tuvo que llamar a su editorial para decir: «Lo siento, pero por lo visto he escrito una novela sin querer».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.