Entrenar a los 40 y la edad apropiada para aprender

A un servidor siempre le han llamado la atención las artes marciales. El cine tiene parte de culpa, por supuesto, pero en general, la estructura, disciplina y filosofía de las artes marciales tradicionales me parecen muy interesantes en muchos aspectos.

No sólo desde un punto de vista físico, quiero decir.

Hay una razón oculta y algo inconfesable para que yo practique artes marciales: Me encantaría, algún día, cuando un tipo me pitara con el coche, por ejemplo, poder bajarme, echar el cuerpo atrás, extender el brazo izquierdo, hacer la señal de “acércate” con la mano y decirle

—Ahora veremos si tu kung-fu es mejor que mi kung-fu

Lo intentaría decir con un tono más serio, pero ¿para qué engañarnos? Sé la cara que iba a poner, y se parece más a Jackie Chan que a Bruce Lee.

En fin, he escrito un pequeño artículo contando mi experiencia al empezar a practicar un arte marcial, porque para aprender siempre hay tiempo.

Espero que lo disfrutes. Yo lo he hecho.

 

ENTRENAR A LOS 40

Cómo conocí el Ninjutsu y por qué sigo entrenando

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Nostalgia, un libro que he leído sin saber por qué.

—Pues nada, que no sé por qué he leído este libro.

—¿Por qué dice usted eso?

—Pues, no sé… Porque los libros de este tipo no suelen gustarme.

—No lo entiendo. ¿A qué tipo de libro se refiere?

—A los que hablan de la vida de las personas. Mira, en la descripción de la obra nos dicen que

“Nostalgia narra la vida de Lucía y Manuel, dos personajes muy diferentes entre sí, pero ambos sin duda entrañables e inolvidables. […] La historia, pues, muestra cómo sus dos protagonistas van evolucionando con el paso del tiempo en su manera de entender la vida y de afrontarla”.

y yo soy más de historias, en fin, menos intimistas, en las que asistimos a la evolución de los personajes a través de hechos extraordinarios, ajenos y evasivos. Pero mira, me equivoqué, y te voy a contar el porqué.

—Oiga, que yo sólo le he pedido la hora y tengo prisa…

—Bah, tú qué sabrás. Calla y escucha.

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Ángeles de Sangre y Carne de Primera: El inspector Proaza me cae gordo

Voy a retomar las reseñas sobre libros, que se me acumulan.

Y es que me lo he pasado  fenomenal leyendo un par de libros de novela negra que me han demostrado, una vez más, que la diversión acecha en las obras más insospechadas. Porque no hay nada mejor que divertirse con un libro, y ojo, que no hablo  de reírse, sino de pasarlo bien, igual que cuando montas en una montaña rusa o ves una buena película de miedo.

Rafael Estrada, creo yo, es de esos escritores que piensan que no hay nada mejor que una buena historia, y se nota.

En estos libros asistimos a los primeros casos de Juanito Proaza,  un inspector de homicidios que resuelve de forma magistral, gracias a sus dotes de investigador, un difícil caso de asesinato en el que…

No, estos libros no funcionan así. El inspector Proaza es listo y hace lo que puede, pero los casos que nos plantea Rafael Estrada en estos libros no se solucionan gracias a pistas imposibles ni a notas que el asesino envía a la policía. Son casos extraños, truculentos, complicados, en los que no existe un único villano ni un héroe que lo capture. Cuando los lees, te da la sensación de estar en la piel de un policía que tiene que desenterrar los cabos para poder atarlos, que depende de la labor de sus compañeros y que juega con las cartas que le han tocado, ni más, ni menos.

El protagonista es un tipo normal, tan interesante como para gustarnos, pero no tan extravagante como para no resultar creíble. Y tiene buen gusto para la música, por cierto. Sí, los libros tienen banda sonora y un listado de canciones al final. Buen punto.

El argumento principal de cada libro, es decir, el caso que hay que resolver, podría formar parte de un episodio de CSI, pero son casos con tantas caras diferentes que a veces no sabes muy bien cuál es la principal. La motivación de cada implicado es diferente y eso hace que el conjunto resulte tridimensional, creíble dentro de su crudeza, y original, y mira que es difícil conseguir eso.

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LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

Me gustan las historias de piratas. No me refiero a los piratas modernos, de los que asaltan barcos de pescadores y piden rescates, sino a los piratas clásicos, los que luchan contra ingleses, españoles y franceses por igual, los hombres de fortuna, villanos y héroes, pícaros, violentos, embusteros, ladrones y, en general, gente de una personalidad irresistible.

 

Walter Matthau en una película de Polanski que, por alguna razón, no le gusta a nadie.

Rancios, que son todos unos rancios.

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Algunas personas extraordinarias

Sabrina González, veintipocos años, calificada como “la nueva Einstein” por una prensa que ya no diferencia el color amarillo del resto, no usa las redes sociales, no bebe, no fuma y tener pareja no es algo que le quite el sueño. Pobre, pobre Sabrina, qué vida tan triste lleva.

Nos encantan los mediocres. Nos gusta la normalidad, la tranquilidad de saber que nadie es mejor que nosotros, que estamos en la media, que somos del montón, quizá un poco más listos que los demás, pero no demasiado.

mediocre.

Del lat. mediocris.

1. adj. De calidad media.

2. adj. De poco mérito, tirando a malo.

Ya sabes, en la media.

Kilian Jornet es un deportista que, entre otras cosas, creció sin jugar al fútbol ni ver la televisión. Él prefería correr. En su libro “Correr o morir“, conocemos a una persona entregada a las carreras y a las montañas. No tuvo una infancia al uso, se pasó la adolescencia corriendo y no hace las cosas como Dios manda, así que casi seguro estará desaprovechando su vida. Pobre, pobre Kilian, la de cosas que se está perdiendo.

“Pues vaya vida lleva”. “Eso no puede ser sano”. “No sabe lo que se está perdiendo”

Cada vez que escucho una frase similar me da la risa. ¿Quienes ponen esos “peros”? ¿Quienes ven mal a aquellos que destacan? Tú lo has dicho: los que no pueden imitarlos, los que no destacan en nada. Los incapaces.

Aquellos que gobiernan el mundo con nuestros votos. La democracia es lo que tiene.

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