Reseña día 1 Cap de Creus – Llança: El estimulante viento de la costa

Ir a Cap de Creus y no conocer la Tramontana es como entrar en un pub irlandés y pedir una cerveza sin alcohol. Te pierdes lo esencial.

La Tramontana es un viento que amenaza con derribarte cuando sopla con ganas, que lleva arena hasta rincones de tu cuerpo que, por pudor, no conoce casi nadie, y que te impide hablar, caminar con la espalda erguida o sacar una foto sujetando el móvil con una sola mano… Es un producto típico de por aquí y no conoces la zona si no te entran escalofríos cuando alguien dice “uy, con un poco de aire se está mucho más cómodo”.

En fin. Para empezar la ruta desde el principio, desde el propio cabo, nosotros dormimos en Llançá la noche anterior y, previamente, nos hemos puesto de acuerdo con un taxi para que nos recoja a las ocho y cuarto de la mañana y nos lleve al faro de Cap de Creus.

Es decir, que, en vez de ir a dormir a Cadaqués, por ejemplo, que es lo que suele hacer mucha gente, nosotros buscamos una pensión en Llança, que es la localidad donde terminó nuestra primera etapa, y reservamos en ella dos noches. De ese modo, pudimos dejar las mochilas con casi todo el peso en la habitación y recorrer la primera etapa con una mochila pequeña con lo necesario para el día: un bocadillo, agua, crema solar y ese tipo de cosas.

¿Y por qué a las ocho y cuarto de la mañana? Porque habíamos quedado a las ocho con unos amigos que vinieron desde Barcelona para compartir con nosotros la primera etapa y desearnos mucha suerte… Creo que, en el fondo, querían comprobar si estábamos bien de la cabeza o si no les estábamos engañando.

A veces pienso que nosotros éramos los únicos que creíamos que podíamos terminarlo.

A las nueve y media empezamos a andar. Queremos bajar al nivel del mar para recoger un poco de agua y llevarlo al Cantábrico, porque en el corazón de todo senderista hay un tontaina sensible, pero nos resulta imposible porque el aire sopla cada vez más fuerte y amenaza con tirarnos al suelo.

Así que comenzamos nuestra Transpirenaica encorvados, caminando muy deprisa y deseando alejarnos de la costa cuanto antes. Las marcas blancas y rojas están recién pintadas y, con un poco de atención, se siguen muy bien. Pasamos por las ruinas de un molino, que son un buen sitio para parar a almorzar porque está resguardado del puñetero viento, y en cuatro horas y media llegamos a Port de la Selva, que es más o menos la mitad del camino. Hasta aquí, dice el GPS, hemos recorrido unos 15km y +700m.

Bueno, pues para ser el primer día no vamos mal, pero claro, no llevamos apenas peso. El pueblo es muy turístico y marinero, que es lo que se suele decir de un pueblo lleno de restaurantes con letreros de mariscadas y paellas, pero aparte de eso es bastante bonito y el entorno está lleno de senderos muy sugerentes. Aquí paramos a comer en la pizzería La Timba, donde pagamos 26€ por una pizza, unas patatas, dos jarras bien hermosas de cerveza y dos cafés. El servicio y el local son muy buenos tirando a lujosos para nuestros estándares, así que el precio está bastante bien. Nos damos estos caprichos para compensar la falta de caprichos en los días futuros, porque estamos muy emocionados, pero también somos bastante pesimistas.

Para llegar a Llançá, el final de la etapa, desde aquí se puede subir al Monasterio de San Pere de Roda, que pinta estupendo y es lo que indican las guías oficiales, pero también se puede ir por la costa, por un paseo habilitado junto al mar que es muy bonito y con menos desnivel. Elegimos la costa por el “Paseo de Ronda” (GR92) porque, lo que es monte, nos da la sensación de que vamos a tener bastante estos días. Son unos ocho kilómetros y también hay desnivel que salvar, que entre cuestas y escaleras tampoco estás muy quieto, así que no es como para tomarse dos chupitos en la comida “porque la ruta ya está hecha”. Pero vaya, que es un paseo.

Aprovechamos para coger agua del mar, que aquí sí se puede, y pasamos por un faro, un par de playas y muchas casas de costa que sin duda fueron lujosas en su día, pero que están casi todas cerradas y algunas en mal estado, y se han convertido en el equivalente a los extras de una película de zombies.

Pensábamos en recoger un poco de agua de mar, guardarlo en un frasquito pequeño y llevarlo hasta el Cantábrico, pero no llegó hasta allí. Lo perdimos un día en un refugio, al cabo de un par de semanas, donde alguien, al encontrarlo, lo abrirá y pensará que pertenece a una persona con un gusto muy extraño para los perfumes.

Si no hubiera soplado tanto aire habríamos disfrutado mucho más de la etapa. A lo largo de todo el día hay cobertura para el móvil más o menos razonable, así que envío fotos a los amigos haciendo el tonto mientras me tropiezo por no mirar al suelo. Esto me pasa mucho y hay que contarlo, porque uno es como es.

Al llegar a Llançá, puedes seguir el Paseo para llegar hasta el puerto, o cruzar la carretera unas cuantas veces a lo loco, que es lo que hacemos nosotros para no bajar al mar y luego subir a la pensión donde nos alojamos, porque ya estamos un poco cansados.

Total, que con las paradas y demás, llegamos a destino en ocho horas, después de 23km y  +/-1000 metros de desnivel, y eso que parecía  que nos íbamos a librar de sudar…

En las rutas se suele hablar de “desnivel acumulado” cuando se suma el desnivel positivo, es decir, el que has recorrido mirando hacia arriba, sudando tinta y maldiciendo, o el desnivel negativo, que es el que recorres mirando hacia abajo con cuidado y bastones pensando “ay, ay, ay, que me voy a dar una culada”. Aquí los resumo diciendo “+/- 1000m” para referirme a mil metros de desnivel positivo y otros tantos negativos, por ejemplo.

También se habla de “desnivel acumulado positivo” cuando sumas todo lo que has subido en total, es decir, la suma de todas y cada una de las cuestas del día que conforman un perfil como de dientes de sierra, para entendernos. Esto es importante porque a veces nos fijamos en el punto de inicio y en el punto de destino, restamos la altura de uno a otro y listo, pensamos que ya tenemos el desnivel “positivo”.

A poco que lo pienses, verás que eso es una tontería como la copa de un pino (pirenaico) que te puede meter en un apuro y ojo, que lo he visto así reflejado en alguna reseña oficial en revistas serias, como comento en alguna etapa más adelante en la que +700 “teóricos” se convierten en más del doble cuando sumas todos los perfiles. Así que recuerda: nunca te fíes de los datos de “desnivel acumulado” que te damos los demás y compruébalos con un mapa antes de salir de casa. Tus piernas lo agradecerán.

Dormimos en la Pensión Llança, donde pagamos 70€ por día por habitación doble con baño en régimen de media pensión. Cambiamos los desayunos por unos picnic a base de bocadillos vegetales estupendos, fruta y botella de agua, y así podemos madrugar y empezar a andar pronto. El personal es agradable y las cenas muy ricas, a base de pasta y ensaladas.

Acabaríamos odiando profundamente las ensaladas y los macarrones por puro hartazgo.

¿No lo he dicho? Somos vegetarianos de los que no ponen “peros”[1] después de decir que son vegetarianos, es decir, que no comemos huevos ni lácteos (además de carne y pescado, claro). Esto nos traerá algún que otro problema en el futuro, como desarrollar una cierta intolerancia a la pasta blanca y un odio profundo a los bocadillos de lechuga.

[1] Decir “soy vegetariano pero como pescado”, por ejemplo, es como decir “soy abstemio pero me embolingo de vez en cuando”. Las etiquetas de las personas son como los nombres de las montañas: para conocerlas de verdad, son irrelevantes.

Reseña día 2 Llançá Espolla: El asfalto caliente cuece y enriquece los pies

El móvil de Silvia toca diana a las cinco y media de la mañana. Ha puesto una melodía suavecita y menos mal, porque antes tenía un timbre de estos de teléfono antiguo que hacía que la gente de los refugios pegara unos botes en los colchones la mar de graciosos cuando sonaba. Esto resulta más relajante, aunque habrá que ver qué opinan en los refugios cuando durmamos en alguno. Nos vestimos rápido y a las seis, con las primeras luces, encendemos el GPS y empezamos a andar con el estómago vacío, porque a esas horas no nos entran ni los buenos días.

El camino está bien marcado y con un poco de atención se sigue muy bien. Eso se agradece mucho los primeros días, porque todavía no tenemos cambiado el horario para los madrugones, uno tiende a dormirse un poco tarde y, las primeras dos horas, el cerebro funciona a medio gas.

Al rato de empezar encontramos un desvío a la derecha que marca “200m a la ermita de Sant Silvestre”. Nos acercamos a verla porque a veces estos desvíos merecen la pena, y efectivamente, merece la pena. Además, después de ver la ermita no tenemos que volver sobre nuestros pasos, porque el desvío conecta con el GR11 siguiendo recto. Si no fuera tan temprano, sería un buen lugar para almorzar.

Esta ermita sería un lugar precioso para dormir si no tuviera un hermoso y enorme letrero de “prohibido acampar”. Además, está rodeada de lomas y nos dio la sensación, por primera vez, de que nos estábamos alejando de la costa. Yo no le dije nada a Silvia porque las primeras horas del día intentaba no hablar demasiado para no saturarla con mi cháchara habitual, pero en esa ermita tuve la sensación de que estaba empezando a recorrer la Transpirenaica.

Llegamos a Villamañiscle sobre las nueve y pico de la mañana. Es un pueblo pequeño y, a esas horas de un lunes, no vemos por la calle más que a un gato que vuelve de fiesta. Paramos a comer medio bocata, ahora sí, y a estirar un rato. No entramos en el pueblo a conocerlo porque queda mucho día por delante y no queremos perder mucho tiempo.

Siguiendo por el GR llegamos a Mas Mallol, que es una especie de casa/cabaña que por alguna razón tiene nombre propio. Cosas de los mapas. Aquí el camino se bifurca y hay dos opciones: seguir por la ruta larga, que pasa por el Monasterio de San Quirce de Cólera, o la ruta corta, con la que se ahorran casi 8km, dirección Rabós y luego directamente a Espolla.

Nosotros optamos por la ruta larga, porque queremos ver el Monasterio y por esa vena masoquista que tienen todas las personas que pasan sus vacaciones con una mochila al hombro. Pero, después de caminar un buen rato y llegar al monasterio, nos encontramos con que no se puede visitar, que sólo se puede ver desde fuera y tampoco del todo… Así que nuestro gozo en un pozo; de haberlo sabido habríamos elegido la ruta corta porque, después de parar a comer algo, al retomar el sendero, nos alcanza el calor.

Verano del 2016: Empezó a hacer calor a primeros de junio y las temperaturas fueron sofocantes más o menos hasta octubre. Nosotros tuvimos suerte y los picos de calor de julio los pasamos en las etapas más altas, pero en estas primeras jornadas, el enemigo más incómodo es el calor. Y el asfalto. Y las rozaduras en los pies.

El sol, en cotas bajas, cuando pega, pega bien. Pero lo malo no es eso… Lo malo es que hay que caminar por asfalto varios kilómetros seguidos, y eso hace que a uno se le cuezan los pies, se le tuesten las piernas y se le ase la cabeza, con lo que se te queda un cuerpo muy gastronómico. Pasamos por delante de un desvío a un dolmen, pero estamos tan torrefactados que lo ignoramos y seguimos recto.

Llegamos a Espolla a las dos de la tarde, después de ocho horas, 28km, +900m y -790m, según el GPS que, honestamente, creo que es un exagerado. Ya veremos en casa cuando analicemos el track, pero yo creo que es un poco menos.

Después de analizar el track, llego a la conclusión de que el GPS, debido a esos pasitos adelante y atrás que damos todos, y por la manía de las personas de no caminar en línea recta, suele marcarnos así a ojo un 10% más de lo previsto sobre el papel. Se supone que los datos recogidos del GPS en vivo y en directo son más fiables, pero pueden llevar al desánimo de los sufridos lectores. Espero que no sea así y que recuerden ustedes que un camino de 1000 kilómetros, como decía Miyamoto Musashi, se recorre dando un paso después de otro. Que es la forma Zen de decir que no hay que agobiarse, y que todo se termina superando.

Dormimos en Can Salas: una habitación increíble, dos cenas vegetarianas impresionantes y unos picnic para el día siguiente que consiste en dos hamburguesas vegetales, un plato enorme de arroz con verduras, fruta y agua. Hay que avisar con antelación si se quiere cenar, porque de eso se ocupa otra persona, pero la gestión merece la pena. Nos ha dado tiempo a ducharnos, lavar la ropa y descansar, y eso es lo que necesitaban nuestros pies recalentados. Pagamos en total 105€, que no es barato, pero sólo por la fondue de chocolate de la cena, ya ha merecido la pena.

Esa otra persona se llama Norma, que además de prepararnos la cena, nos contó que gestiona los apartamentos Ca La Marutxi, que como no están en el GR11, ofrecen la posibilidad de buscar al esforzado senderista y luego llevarlo de vuelta, al día siguiente, al punto donde lo han recogido. Es una alternativa interesante en algunos puntos del sendero, y a nosotros nos supuso pasar del infierno al paraíso en el Pirineo navarro, muchos, muchos días más adelante. Ya te contaré, ya.

Esta forma de recorrer el GR11, recurriendo a refugios guardados y alojamientos en pueblos, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Nosotros realizamos todas las reservas antes de salir de casa, por lo que estábamos “obligados” a cumplir los objetivos y a llegar a los lugares acordados. Fue un poco complicado hacer todas las reservas, pero mereció la pena.

Hay gente que no gusta de este método, que dice que se siente agobiada por la necesidad de llegar a los sitios. Es verdad que, de este modo, no tienes muchas opciones si, por ejemplo, tienes que parar un par de días por una gastritis o por mal tiempo, pero yo creo que, cuando has realizado una reserva previa, tienes un aliciente extra para cumplir tus objetivos. De no haber sido por esa necesidad, más de un día nosotros no habríamos terminado la jornada con los objetivos marcados porque habríamos parado antes a descansar, habríamos necesitado más tiempo y eso quizá habría marcado la diferencia entre terminar el GR y no terminarlo. No se trata de llevarlo todo atado y bien atado (un tipo con el que charlamos, precisamente ese día, nos llamó cuadriculados por llevar las reservas hechas, y se quedó tan ancho), se trata de tener un programa. Ese ”programa”, en el que tienes estipulado dónde dormir cada noche, te permite hacer variaciones si algo sale mal, jugar con el clima y con las lesiones, recurriendo a los transportes públicos o privados si hace falta, pero con la certeza de que vas a tener un lugar donde dormir cada noche.

Todos ponemos el límite en algún punto; unos no usan los refugios para dormir, otros tampoco para comer, y hay quien se hace el GR completo en total autosuficiencia. Siempre hay alguien más fuerte, más rápido o más purista, así que es mejor no darle importancia a esas cosas.

En cualquier caso, para nosotros, las camas y las cenas calientes significan que dormimos  y nos recuperamos mejor, y también que podemos caminar más ligeros, lo que nos permite avanzar más distancia cada día.

Y esa ducha de agua caliente al terminar la ruta… ¡Ay, eso no tiene precio!   

Reseña día 3 Espolla – La Junquera: La dura vida de la frontera

A las seis de la mañana ya estamos con las mochilas al hombro; así de madrugadores son los aguerridos transpireneistas.

En Espolla, antes de abandonar el pueblo, puedes ver un dolmen en una plaza. Se llama la Plaza del Dolmen, porque allí son muy hospitalarios, pero poco originales. Si eres como yo, al que le gustan mucho estos chalecitos unifamiliares del Neolítico, no puedes dejar de visitarlo.

Desde Espolla, dirección Els Villars, que es donde se retoma el GR11, el camino es cómodo y está bien marcado, y al poco de abandonar el pueblo empieza a coger pendiente, no sea que uno se relaje y se apoltrone.

Nos esperan 700 metros de desnivel positivo muy alegres. Puedes aprovechar para visitar el dolmen de Les Morelles, que es muy chulo y está muy cerca del sendero, y además el siguiente dolmen que aparece indicado, el Dolmen d’Arreganyats, está más alejado del sendero. Doy fe.

A mí me gustan mucho estas cosas; a lo largo del GR11 se pasa por varios Dólmenes, Menhires, Crómlech y demás. No los visité todos, por supuesto, pero estos primeros días no pude resistir la tentación y paramos a ver unos cuantos… En este caso, Silvia se quedó en el camino mientras yo me acerqué a ver el Dolmen d’Arreganyats… Entre unas cosas y otras, que incluyeron un sobresalto por un animal que hacía un ruido muy poco tranquilizador entre unos arbustos y que me dio alas para volver corriendo tan rápido que me equivoqué de sendero y me perdí, tardé casi una hora. Nos esperaba un día largo, así que le prometí a Silvia, porque uno es consciente de las obligaciones que tiene con un compañero de viaje, que no volvería a perder tanto tiempo en un desvío de ese tipo.

No lo cumplí, claro.

Llegamos al Collado de Llosarda sobre las diez de la mañana. Ojo, que en la subida te puedes despistar porque se camina mucho rato por una pista que hay que dejar antes del collado, y ya sabes lo que pasa con las pistas, que te distraes charlando y arreglando el mundo y, como avanzas muy rápido, cuando te quieres dar cuenta, te has saltado el desvío.

Cuando vas por una pista es conveniente mirar el GPS de vez en cuando. Las marcas que indican el desvío por un sendero a veces no son muy evidentes, y tener que dar la vuelta y desandar lo andado, que suele ser un buen trecho porque por las pistas se camina rápido, sienta como que te den de patadas en el estómago cuando has comido legumbres. Desde ese día, cada vez que íbamos por una pista decíamos “hay que estar atentos, que luego hay que desviarse”, para que no nos volviera a suceder.

No nos funcionó, claro. Las pistas son el equivalente a las copas con sombrillitas y colores chillones en los bares de la costa: En cuanto las tomas, se te pone una sonrisilla estúpida y dejas de prestar atención a lo que pasa a tu alrededor.

Desde ahí se llanea un rato y se baja a Requesens… a base de pequeñas subidas y bajadas que acabarán pasando factura, pero el camino en general es fresco y muy bonito.

En Requesens hay un bar. Se pueden llenar las cantimploras, aunque los letreros dicen que el agua no es potable, que es lo que suele decir la gente cuando quieren decir que el agua no está tratada y que si te pones malo es cosa tuya. Con razón, ojo.

Se puede comer y, si duermes por allí, puedes cenar si avisas con tiempo y llegas a un acuerdo con la dueña, porque la cocina suele cerrar a media tarde. También hay un albergue y una casa rural. La mujer nos contó que hay una zona de acampada libre allí mismo, en un prado cercano, y poco antes de llegar a Requesens pasamos por un refugio libre… Creo que es el mejor lugar para acampar de esta etapa.

Allí hay un poco de cobertura para el móvil… Poca, pero hay.

Cerca de Requesens hay un castillo que se llama, obviamente, Castillo de Requesens. Nosotros no pasamos por allí y es una pena, porque tiene pinta de ser muy bonito. Unos días más tarde, un tipo nos dijo que había vivaqueado en el castillo y que había dormido muy bien. Yo creo que, teniendo el área de acampada libre, el refugio y el restaurante en Requesens, resultará más cómodo dormir allí, pero no puedo asegurarlo.

Nota importante: Requesens consta, básicamente, del restaurante, una granja y un montón de vacas. No hay nada más. El restaurante se llama “La Cantina”. En la web castellderequesens.cat tienes más información. Te digo esto porque yo pensaba que Requesens era un pueblo y, en fin, llegar allí con expectativas resulta algo desmoralizador.

A partir de ahí, el sendero se convierte en una sartén de guisantes con cebolla. Nosotros somos la cebolla.

Primero hay una subida por pista de 4km sin una triste sombra, la típica pista de polvo y arena. Luego se llanea entre matojos y zarzas que te dejan las piernas como si hubieras cortado las uñas a toda una familia de gatos, casi sin ver el sendero y tirando de GPS y de intuición, y luego bajarás a La Junquera por un sendero reseco al que sólo le falta un puesto ambulante de venta de polvorones para que tu garganta se cierre como cuenta bancaria a final de mes.

En total, en realidad sólo poco más de tres horas desde Requesens a La Junquera, pero se hacen muy pesadas.

Una hora antes de finalizar hay una ermita con una fuente de agua muy rica, que hay que decirlo todo. Sirve, además de para refrescarse, para limpiarse los lagrimones que te han caído al empezar la bajada. Llegar a ella es una bendición.

Y al poco de abandonar la ermita, te encuentras con las hermosas vistas de las autovías y los camiones, el tráfico y el ruido: la naturaleza en todo su esplendor. Llegar a La Junquera por senderos es un poco triste.

El GPS, al que he decidido llamar Simón[1], dice que hemos hecho 30km, +1.150m y -1.100m, incluida la visita al dolmen. Hemos tardado en total 10 horas y media, pero hemos parado como si fuéramos de tiendas y así se pierde mucho tiempo.

Un truco importante: Si llevas GPS, marca en el track la dirección del lugar donde vas a alojarte. O bien, cuando lo estés preparando en tu casa, termina el track y comienza el siguiente desde ese punto… De ese modo, al llegar a los pueblos podrás ir directamente al lugar donde vas a dormir, que como se suele llegar cansado, se agradece mucho, y por las mañanas ahorrarás tiempo.

En fin… dormimos en la pensión Marfil, 42€ la habitación, y cerca del inicio de la ruta del día siguiente. En el bar que hay junto a la pensión, puedes tomar dos tercios de Voll Damm por 4€, que es lo que le da categoría al lugar.

Llegar a la Junquera fue terrible. Creo que fue uno de los días en los que peor lo pasamos de toda la ruta. La subida por pista desde Requesens, con el calor del mediodía, no fue nada comparado con caminar el siguiente tramo entre arbustos crecidos que invadían el camino y lomas negras y cenicientas por algún incendio, que te dejaban el cuerpo y el ánimo por los suelos.

Por eso, cuando llegamos a la pensión, después de ducharnos y lavar la ropa, salimos a la calle a tomar una cerveza, y nos sorprendió encontrarnos tan descansados. El cuerpo se recupera rápido. “Tengo que acordarme de esto para no agobiarme en los días más largos de la ruta”, pensé, y me vino muy bien hacerlo.

La Junquera es una localidad de frontera, con todo lo que ello conlleva. Un tipo nos preguntó que dónde nos alojábamos y, al responderle que habíamos reservado en la Pensión Marfil, nos dijo, textualmente “ah, muy bien, porque en el resto del pueblo sólo hay putas y camioneros”. A mí me hizo gracia esa frase y, cuando me cruzaba con alguien, pensaba “ese no tiene pinta de camionero, así que…”. Pero no decía nada en voz alta, porque Silvia ya piensa que soy vulgar y soez como piropo de… de camionero vaya, y no es plan de confirmar sus sospechas. Que ninguna señorita de afecto negociable se ofenda, por favor. Es una broma. 

[1] Por el juego de “Simón dice”, ya sabes. No confundir con el juguete “Simón”, que era ese artefacto del demonio, redondo y dividido en cuatro cuadrantes de colores que se iluminaban, y que consistía en poner a prueba la capacidad de frustración de los niños.

Reseña día 4 La Junquera – Maçanet: Carretera en una ruta de montaña

Salir de La Junquera puede ser complicado, pero como teníamos el track marcado en el GPS desde la pensión (guiño, guiño), no nos costó nada.

El camino es bonito y está muy bien marcado. Al poco de empezar pasamos por un bosque que se debió quemar hace tiempo, y los árboles tienen troncos negros y hojas verdes. Hace un efecto raro, entre triste y esperanzador. El camino sube bastante al principio por una pista, y eso viene bien porque hemos salido con la fresca y mira, quitarse desnivel de golpe por terreno cómodo, a primera hora se agradece.

Lo de “la fresca” es un decir, porque a las ocho de la mañana ya hacía calor como para ver ondulitas en el aire, ya sabes, como en los desiertos del Sahara o de Zaragoza. A este paso vamos a tener que hacer las rutas por la noche.

Paramos a desayunar a las ocho. Lo de levantarse y echar a andar pronto es lo mejor hasta que el GR gane un poco de altura y el calor deje de ser un problema, así que todos los días le damos un par de horas en ayunas. Hay gente que dice que eso es malo para el cuerpo y quizá tengan razón, pero en fin… A nosotros nos resulta bien, porque nos permite echar a andar sin perder mucho tiempo por la mañana.

El camino sube, baja, vuelve a subir… Hay un momento en el que el GR que aparece en mi GPS, es decir, el track que habíamos preparado en casa, acorta campo a través, pero las marcas nos envían camino abajo haciendo una “V” cerrada y prolongada. El supuesto atajo no aparece y tenemos que recorrer la “V” completa, por lo que sumamos dos kilómetros a lo previsto y por asfalto, que lo hace todavía más pesado. No sé si me explico, esto tendré que trabajarlo en casa con dibujitos.

Vamos a aportar algo de información sobre este tema.

Nosotros llevamos un GPS “de mano” Garmin etrex 30x, un modelo básico al que se le puede cargar un mapa. En el GPS habíamos instalado el mapa “Topo Pirineos” (versión 6), que es gratuito y cuyos creadores, haciendo gala de una generosidad maravillosa, actualizan muy a menudo y lo mejoran constantemente.

En casa, a lo largo de varios meses, nos habíamos dedicado a preparar la ruta, es decir, que buscábamos en Internet el “track” de alguien que hubiera recorrido el mismo camino que pensábamos recorrer nosotros, o alguna variante parecida, y lo modificábamos hasta dejarlo tal y como pensábamos recorrerlo. Eso significa que llevábamos todo el recorrido previsto guardado en el GPS, incluidas algunas variantes. Si, por ejemplo, nos sorprendía una tormenta en un punto delicado, no tendríamos más que seguir los puntos de la pantalla… Eso ya nos ocurrió hace algunos años cerca del Vignemale y comprobamos que el GPS es un trasto muy útil que te puede sacar de más de un apuro, porque a veces el tiempo cambia muy rápido y la niebla, por ejemplo, en montaña se te echa encima como un gato sobre una loncha de jamón cocido.

Fue un trabajo pesado y engorroso. Incluidas las variaciones, preparamos cerca de cincuenta etapas, que incluían rutas de escape, puntos de control, avisos de desvíos, etc… Cuando terminamos, guardamos toda esa información en un GPS y brindamos con unas cuantas cervezas. Este tipo de trabajos previos son muy interesantes, no sólo por todo lo que aprendes sobre la zona, sino porque ponen a prueba tu paciencia frente a un ordenador.

La mayoría de los tracks los obtuvimos de travesiapirenaica.com, aunque no nos coincidía ni el sentido de la marcha, ni las etapas, ni nada. Cuando decimos que hemos estado un año preparando la ruta, entre otras cosas, nos referimos a este trabajo, que incluye  buscar información sobre alojamientos, transporte, servicios de salud, cajeros automáticos, restaurantes y demás. Una alegría, ya te digo.

De todos modos, incluso con los kilómetros añadidos, a las diez y poco hacemos una parada en La Vajol y nos rellenamos las cantimploras en la Fuente del Amor, oh, la, la, donde el agua sale fresquita y te puedes sentar en un banco justo enfrente en el que da la sombra.

Un poco más adelante, por cierto, hay un bar restaurante, pero nos parecía un poco raro pedir una cerveza a esas horas, que luego nos miran mal a los senderistas, y por eso optamos por la fuente.

Aquí debemos aclarar, porque somos pobres pero honrados, que cuando nos paramos en la fuente no sabíamos que a doscientos metros había un bar abierto. De haber sido así, habría caído una cerveza fría como que hay Dios.

Aquí tuvimos una duda, un momento de incertidumbre, un quebranto. En el pueblo hay carteles que dicen que Maçanet está a seis kilómetros y el perfil muestra que es todo para abajo…

Pues bien, para que sean “seis kilómetros y todo para abajo”, hay que ignorar a las marcas del GR como los políticos a los votantes después de las elecciones, y seguir por la carretera.

Eso es incómodo, claro. Pero es más rápido, porque las marcas del GR, que es por donde vamos nosotros, suben por el monte, bajan por torrenteras, giran, tuercen y se divierten con el mal cuerpo que se le queda al senderista que se ha comido un bocadillo enorme en La Vajol porque, total, “sólo hay que bajar un rato”. Y al final, después de tanta vuelta, hay que caminar por carretera un rato de todos modos.

Vamos, que este último tramo no nos lo esperábamos y nos ha sabido un poco a cuerno y, después de tararear todas las canciones que nos sabíamos de Asfalto y de Burning, que con el calor que hace es lo que procede, llegamos a Maçanet de Cabrenys a las dos de la tarde, muy buena hora para todo lo que nos hemos quejado, después de 24 km, +800m y -600m según Simón.

Nos alojamos en el Hotel La Cuadra, que de entrada parece un establecimiento de más categoría de lo que un servidor está acostumbrado, así que nos asustamos un poco porque cuando reservamos no parecía tan lujoso pero, en fin, reservar a primeros de mes es lo que tiene, que uno no mira lo que se gasta. De todos modos, pagamos 68€ por la habitación, que es muy barato para lo bien que está el sitio. Como no desayunamos allí, nos cambian el desayuno (que estaba incluido) por dos bocadillos de escalibada que al día siguiente comprobamos que están increíbles, pero esos bocadillos sólo los hacen si presentas el carné de vegano nivel 5.

También pensamos en dejar un calcetín usado dentro de la caja fuerte, pero aún tenemos mucho camino por delante y lo podemos necesitar. Por eso, y sólo por eso, no lo hacemos.

En El Hotel La Cuadra nos prepararon una cena fantástica que incluía un plato de setas pequeñitas típicas de la zona, cuyo nombre no pudimos recordar porque a nosotros nos sacas de las más habituales[1]  y ya nos perdemos. A nuestro lado vimos a una pareja de personas ya mayores, que parecía que venían a descansar a este lugar, y pensamos que cuando seamos unos viejunos nos gustaría parecernos a ellos, ya sabes, en plan:

—¿Qué te parece si nos vamos al Pirineo, cariño? Ahora que estamos jubilados y tenemos mucho dinero y tiempo libre, podemos ir en temporada baja y pasar unas semanas haciendo senderismo y disfrutando de la gastronomía local.

—Me parece muy bien, tesoro. Llamaré a los alojamientos habituales para que nos reserven las habitaciones de siempre,  y le diré a Ambrosio que nos prepare las maletas.

Bueno, a lo mejor con esto último me he calentado un poco.

Pero es verdad: Maçanet de Casbrenys es un pueblo bonito pero no turístico, con un entorno interesante para recorrer en otoño o primavera. Desde luego, si volvemos por la zona (¡cuando volvamos!) iremos a La Cuadra y nos quedaremos un par de días para hacer rutillas por la zona en plan relax.


[1] Las que se encuentran dentro de una bolsa, congeladas y con fecha de caducidad.

Reseña día 5 Maçanet – Albanya: Caprichos de senderista en un camping

Esta etapa dicen que es corta, sencilla, apta para niños y embarazadas. Vamos, que según las reseñas que leas, se puede hacer con los ojos cerrados y a la pata coja. Llevamos sólo cuatro días andando, pero ya estamos aprendiendo que las reseñas hay que leerlas con una ceja levantada y un cierto escepticismo. Porque algunas de las publicaciones que consultamos proponen unos tiempos bastante parecidos a los nuestros, pero algunas otras parecen escritas por el mismo tipo que conocemos todos que se hace Madrid-Valencia en dos horas. Eso significa que, a pesar de que parece una etapa corta, madrugamos como el resto de los días y sin perder tiempo.

Al salir de Maçanet seguimos las indicaciones que nos dieron el día anterior en el hotel, y pronto encontramos unos carteles muy sugerentes, de estos con flechas, colores vistosos, tiempos y sellos oficiales, que parece que si no les haces caso te van a poner una multa, y tiramos por una pista asfaltada durante cinco km más o menos. Nos damos cuenta nada más salir de que las marcas del GR no siguen por ese camino, lo que significa que estamos recorriendo una variante al GR-11 actual. Probablemente, por esta variante se tarde lo mismo o incluso menos que por la oficial, así que respecto al tiempo tardado, estamos tan felices.

A veces es mejor escuchar a la gente de la zona que a los letreros del GR “oficial”. Siempre que tenemos ocasión, preguntamos por el mejor camino a seguir a los lugareños, guardas de refugio o senderistas, porque son los que saben (más o menos) qué camino es el mejor y cuál hay que evitar porque se encuentra en mal estado. Esto no siempre arroja buenos resultados, claro, como comprobamos en alguna etapa más adelante… Pero cuando todavía no estás internado en montaña, cuando se trata de llegar de un pueblo a otro por el camino más bonito y sin perderte, lo primero es preguntar.

Lo segundo… ¿qué es? Pues llevar el GPS con pilas nuevas, mapa y track actualizados, claro.

Así llegamos hasta el cruce con el Molí d’en Robert, que supongo yo que será el molino del Roberto, ya sabes, el de la Encarna. Los nombres de estos cruces siempre me han hecho mucha gracia. Luego el camino transcurre por bosques, pistas cómodas, valles, vistas preciosas y todo muy de decir “ohhh” y “ahhh” para compensar el esfuerzo y los madrugones. Esos valles son una preciosidad y en otoño o primavera tienen que ser impresionantes.

Pasamos por un refugio y por la Iglesia de Sant Feliu de Carbonils, que es bonita y acogedora y tiene unos rincones muy chulos para dormir, creo yo… Lo digo para los que os movéis con tienda y preguntáis por sitios donde dormir. Ojo, que nadie nos ha dicho a nosotros que allí se pueda dormir. Si resulta que os sorprende el señor párroco y resulta que anda escaso de caridad cristiana y no necesita realizar buenas acciones, y es de los que opina que ayudar al necesitado es una directriz, y no una norma, no nos hacemos responsables.

Las Iglesias y Ermitas suelen disponer de algunos rincones más o menos resguardados muy interesantes donde, si bien muchas veces no puedes montar la tienda, sí ofrecen cobijo siempre que lleves un aislante, un buen saco de dormir y una funda de vivac. Pero en algunos de esos lugares está prohibido dormir, en otros no te dejan y en general, conviene preguntar al intermediario (el párroco de turno), si Dios se ha pronunciado sobre que puedas pasar la noche resguardado en ese lugar concreto o debas marcharte a buscar refugio en otro edificio o, en su defecto, en otra religión. Aunque con lo que ensuciamos las personas y lo poco agradecidos que somos en general, entiendo que los guardianes de lo espiritual se tomen muy en serio que no ensucies lo terrenal.

La pista que lleva al pueblo tiene un montón de desvíos. Se puede prestar atención a las señales y coger atajos, o bien seguir la pista sin más, que es lo que hicimos nosotros porque… bueno… se va más rápido por la pista que por los senderos… y hacía calor… y había bichos entre los arbustos… y…

Vaya, que no nos dimos cuenta, nos saltamos un desvío y seguimos por la pista. Simón dice que han sido 20km, +650m y -770m, recorridos en 6 horas y media más o menos. Pues es verdad lo que decían las reseñas, y esta etapa resulta bastante agradecida y cómoda.

Llegamos a Albanya. De este pueblo hay que decir varias cosas:

  1. Es bonito y tiene sitios para bañarse en el río.
  2. Junto a la iglesia hay una fuente de agua limpia y fresca… Sí, ya lo sé, eso es lo mismo que se dice de todas las fuentes, pero ésta se llama “fuente de L’Olla” y alguien ha garabateado la piedra hasta transformar la “L” en una “P”. Como un servidor, en el fondo, tiene un sentido del humor muy básico, se ha reído por lo bajini mientras decía en voz alta “jo, estos críos, todo lo estropean”.
  3. No hay cobertura para casi ninguna compañía.
  4. Junto a la iglesia hay una pequeña tienda de alimentación.

Y ya. Apenas hay más servicios.

Nosotros teníamos reservado un bungalow en el camping Bassegoda, que está a un kilómetro del pueblo siguiendo el GR, porque no encontramos otro sitio donde dormir. En el camping tampoco hay cobertura, pero por tres euros tienes WiFi para contar a la familia que sigues vivo, a pesar de lo que sugiera tu olor corporal.

Hemos apoquinado 65€ por el bungalow y, como no tenían de dos personas cuando reservamos, nos han dado uno de cinco personas por el precio de uno de dos, así que tenemos para nosotros sólos un alojamiento estupendo. Compramos algo de comer en la tienda del camping y nos hacemos una cena bastante razonable a base de pasta y garbanzos, que esperamos que nos dé fuerzas para la siguiente etapa, porque es una de las que tenemos marcadas como especialmente largas y nos da algo de miedo.

Además de las tareas de todos los días (lavar la ropa que habíamos usado, ducharnos y darnos un masaje en las zonas más doloridas, que empezaban a ocupar un porcentaje del cuerpo nada despreciable, aprovechamos para hacer recuento de comida. Sabíamos que íbamos a descansar un día entero en el pueblo de Beget, pero también que allí no podríamos comprar casi nada. Nos quedaban un par de barritas energéticas que empezaban a estar un poco duras, un paquete de Oreos entero y media tableta de chocolate. Es decir, que de azúcar andábamos sobrados. Pero también sabíamos que íbamos a comer hidratos en forma de pasta y arroz durante las siguientes comidas, así que nos preocupaba encontrar algo de proteína que, en esas circunstancias, se reduce muchas veces a conseguir que te pongan un buen plato de legumbres. Por eso, cuando teníamos ocasión y no se nos iba mucho de precio, reservábamos en los cámping, porque en sus tiendas siempre puedes encontrar algo que llevarte a la boca. 

También hay piscina dentro del complejo. ¡Eso sí es un lujo! Meterse en el agua relaja mucho y le hace a uno preguntarse si realmente se ha ganado tantos caprichos. La etapa no ha sido muy larga, pero llevamos seis días andando, el sol nos está castigando más de lo que esperábamos, y los músculos se aflojan como la pasta cuando lleva demasiado tiempo al fuego. Las contracturas hacen que nuestra espalda parezca un plato de ravioli. No entramos en el agua con la cerveza de la mano porque nos parece demasiado descaro.

Lo mejor es tomarse la piscina como un premio por hacer bien la siguiente etapa, es decir, como un premio anticipado. Así uno ya no puede echarse atrás y está obligado a recorrer la siguiente etapa sin rechistar, si no quiere provocar una anomalía temporal y destruir el universo.

Lo sé de buena tinta, yo.