Interludio Zen Nº 1

Para realizar cualquier ruta de senderismo hace falta una cierta forma física y algo de cabeza. Sin embargo, cuando decimos que “hace falta cabeza”, ¿a qué nos referimos?

Nos referimos a la capacidad de sacrificio, es decir, a la habilidad que mostramos a la hora de no dejarnos llevar por el cansancio o los dolores. Un montañero famoso dijo en una ocasión que, cuando dices por primera vez, “¡no puedo más!”, tan sólo has agotado el 10% de tu capacidad. Eso significa que tenemos capacidad para hacer un esfuerzo mucho mayor de lo que pensamos, o al menos, de lo que pensamos cuando no estamos acostumbrados al esfuerzo. La capacidad de sacrificio, como tantas otras cosas, se entrena y se consigue a base de enfrentarnos a nuestros dolores y nuestro cansancio.

También nos referimos a nuestra pericia cuando hay que hacer frente al desánimo o las adversidades. “Tener cabeza” significa que, cuando estás muy cansado y ves que tienes que superar un collado terrible de piedras descompuestas, debes recordar que el cansancio pasa y que por la noche vas a recuperarte. Todo camino se recorre un paso después de otro y, siempre que seamos conscientes de nuestros límites, es importante no dejarnos llevar por el agotamiento y mantenernos serenos. Esto se aplica también cuando nos sorprende una tormenta, o baja la niebla, o nos perdemos. Tener cabeza significa mantener la calma, controlar nuestros pensamientos y no dejarnos llevar por las ganas de gritar o de llorar. Esto también se aprende a base de práctica. 

Resumiendo de algún modo, “tener cabeza” significa controlar nuestras emociones, que no es lo mismo que reprimirlas. Significa que, cuando estás cansado y tu compañero dice algo que no te gusta, debes cerrar la boca antes de contestar algo inconveniente, porque cuando estamos cansados resulta muy fácil enfadarse por tonterías.

Yo llevo tatuados en un antebrazo unos kanjis (letras japonesas) cuyo significado se puede resumir en “pensamiento correcto”. Cada vez que me acercaba demasiado a Silvia y ella estaba a punto de golpearme con el bastón, en vez de enfadarme, me decía a mí mismo “¡piensa correctamente!”, porque si tú vas detrás de alguien y te llevas un bastonazo porque esa persona se resbala o le patina la punta metálica del bastón, la culpa es tuya por no mantener una distancia adecuada. También lo pensaba cuando estábamos subiendo una loma y, pensando que ya nos encontrábamos en el collado, veíamos una nueva pendiente que debíamos subir. En vez de gritar una palabrota o enfadarme, volvía a decirme a mí mismo “¡piensa correctamente!”. En esas ocasiones, intentaba hacer un chiste o volverme hacia Silvia con una sonrisa y decir alguna tontería. A veces, para mantener el buen humor o una actitud positiva, basta con un gesto sencillo. No sé si a ella le ayudaba en algo que yo mantuviera esta actitud, pero sé que, cuando yo estaba agotado y maldiciendo el calor y el camino, volverme hacia mi compañera y ver una sonrisa en su cara me animaba mucho.

Esta es una de las primeras lecciones que te dan las montañas: Pueden ser un paraíso o un infierno en función del clima o del camino y no podrás hacer nada por evitarlo, pero tu actitud es cosa tuya, y llegar a un collado y gritar “¡yuju! ¡lo hemos conseguido!” o decir “ya era hora, qué asco de pendiente”, puede marcar la diferencia entre disfrutar de lo que estás haciendo, de cada paso, o simplemente, hacerlo para  quitártelo de encima.

Si se tratara únicamente de llegar hasta un lugar determinado, no lo haríamos andando. Importa el camino, no la meta.

Reseña día 7 Beget – Setcases: Con un buen trote se llega a todas partes

La etapa de hoy nos tiene muy mosqueados. Cuando la estudiábamos en casa, yo miraba los perfiles y los tiempos que marcaban las revistas y levantaba una ceja. Bueno, levantaba las dos porque mira que lo intento, pero levantar sólo una ceja no me sale. Porque tenemos marcadas entre ocho y nueve horas y, según nuestra experiencia en días pasados, esa distancia y ese desnivel nos va a costar un par de horas más.

Pero en fin, como el cielo está encapotado, quién lo desencapotará, tampoco queremos perder tiempo con elucubraciones que no nos solucionan nada, así que madrugamos como cada día, nos vestimos, nos apretamos bien los cordones de las zapatillas, extendemos los bastones, nos colocamos las mochilas y respiramos hondo. Vamos a ello.

Salimos de Beget por un sendero bien marcado. Nuestro primer objetivo es la localidad de Molló, que está a mitad de camino, a unas cuatro horas. El camino está bien marcado, pero ojo, que despista bastante…

Hay dos formas de llegar a Molló: por un sendero y por el sendero del GR11. ¿Son el mismo camino? Pues a veces sí y a veces no, así que el sufrido senderista tiene que elegir. Las dos opciones llegan  al mismo lado y nosotros vamos alternando cuando los dos caminos se cruzan, como si fuéramos vientos indecisos. A veces se ataja, a veces se da un rodeo y a veces se tiene que saltar el quitamiedos de la carretera, así, a lo furtivo, pero los dos senderos son cómodos y llegamos a Molló frescos y por la sombra, porque el camino es frondoso como el pecho de Antonio Banderas.

Molló es un pueblo con bastante vida, comparado con Beget. Hay comercios, farmacia, tiendas… Vamos, que está muy bien. Nosotros paramos a comer algo de fruta que habíamos racaneado de la cena del día anterior en un banco cerca de la iglesia del pueblo, pero no paramos nada. El día había amanecido cubierto, pero a media mañana bajó la niebla y resultaba un poco incómodo porque no se veía demasiado. El GPS empezó a resultar de utilidad.

En el pueblo, para no perder tiempo, lo mejor es preguntar a los parroquianos por dónde demonios sigue el camino, porque no está muy claro. En realidad no hay más que buscar la parte alta del pueblo y seguir las marcas amarillas que se alternan con las habituales del GR, porque de nuevo se puede elegir entre esos dos senderos. Por cierto, al salir del pueblo pasamos por delante de algunas casas un poco aisladas, preciosas, que dan ganas de llamar a la puerta y preguntar a los propietarios cuánto piden por ellas.

Junto a una de las casas vemos una pequeña fuente con nombre propio, La Font del Rossinyol, que significa “la Fuente del Ruiseñor”. ¿Te imaginas lo terriblemente chulo y molón[1] que tiene que ser vivir en una casa con una fuente al lado?

Sí, seguro que habrá inconvenientes, pero… ¡Una casa con una fuente! ¡Me encanta!

Subimos hasta casi 1.900m. Los prados, la niebla y la magia del lugar hacen que caminemos en silencio. Es la magia del lugar, pero también influye que llevamos casi 1.500m positivos y no nos queda mucho fuelle.

Hay que prestar ojo a las marcas si baja la niebla, porque no se encuentran con facilidad y puedes despistarte, aunque realmente no hay mucha pérdida si prestas atención. Paramos a comer por segunda vez y empezamos a perder altura. Estamos felices y contentos porque el camino es bastante cómodo en general, así que llegamos a Setcases a las ocho horas y media de haber salido de Beget. Entramos caminando despacio y con gafas de sol a pesar de que está nublado, así en plan cool, sobrado, como si no hubiéramos sudado todo el día. Que se note que aquí hay nivel.

¿Qué dice Simón? Que han sido 24km, +1600m y -850m. El tiempo que hemos empleado nos parece bastante bueno, y eso nos recuerda de nuevo que lo importante no son los números, sino las condiciones del camino. Incluso siendo cómodo como es, a pleno sol, el día se habría podido complicar un poco o al menos volverse mucho más incómodo.

Dormimos en Can Falera. Pagamos 94€ por dormir, desayunar, y cenar un buen plato de pasta y una ensalada, bastante buenos. Es un establecimiento que está en la carretera y se encuentra fácil, que todo cuenta. Pero antes de la cena nos entra hambre y nos zapiñamos una bolsa de patatas fritas, porque ser vegetariano y sentir debilidad por la comida basura no están reñidos.

Setcases es un pueblo pequeño, pero tiene tiendas y puedes abastecerte de alguna que otra cosa. Antes de la cena nos dimos un buen paseo por él y nos quedamos con la sensación de que merecería la pena volver por aquí con más tiempo para conocer la zona. No está situado en un lugar tan especial como otros pueblos de montaña, pero resulta bastante acogedor. En Can Falera cenamos bastante bien a pesar de que, y no por última vez en la ruta, la primera opción del chef fue prepararnos una trucha.

[1] Los adjetivos no son lo mío.

Reseña día 8 Setcases – Nuria: Empieza el trote

Nos levantamos con los resultados de las segundas elecciones que se celebran para ver si nos ponemos de acuerdo y elegimos un gobierno, pero ninguno de los candidatos ha prometido aumentar el presupuesto para mantener la red de senderos o subvencionar la reparación de los refugios, que es lo que nos importa ahora, así que no pensamos mucho en ello. Nada como las montañas para darte cuenta de lo grande que es el mundo y lo pequeñas que somos las personas. Además, en esta etapa se empiezan a disfrutar los paisajes de montaña que uno tanto echa de menos y que te ponen en tu sitio.

Al lío. El rocío es un asco. No me refiero a la fiesta de Sevilla, esa en la que la gente se viste con trajes raros y cantan las cosas tristes que les pasan, sino a esa humedad que te cala las botas, que se ríe del Goretex y que se aposenta en forma de gotitas de agua justo entre los dedos de los pies, para que las ampollas crezcan hermosas y lozanas. Salimos a las seis y recorremos cuatro kilómetros por carretera pero, a la hora de dejar el asfalto, tenemos la zapatillas caladas y los calcetines, ahí, ahí. Menos mal que a partir del refugio de Ull de Ter ya hay menos vegetación y se pisa terreno más seco.

¿Que si está bien marcada esta zona? A veces sí ya veces es mejor que te imagines las marcas, porque verlas, lo que es verlas… Si eres un poco hábil no tendrás problema pero, si no lo eres, el GPS se convertirá de nuevo en tu mejor amigo. Como es mi caso.

Un inciso. Con el GPS también puedes perderte, porque ese trasto es como un amigo sabiondo pero un poco cabroncete, de esos que cuando les dices “¿no me podías haber avisado antes de que no iba por el camino correcto?” te responden “es que no me preguntaste”, y te sonríen con cara de inocentes.

El GPS hay que saber usarlo, hay que practicar en casa con él y hay que recurrir a él siempre que no sepas qué hacer. El GPS apagado, sin un buen mapa o ruta introducidos, o sin una buena preparación previa, es un peso más inútil que un frasco de agua deshidratada.

Esto que acabo de contar no es ninguna tontería; nos cruzamos unos días más tarde con un tipo que, charlando con él, decía que se había perdido un par de veces. Cuando le preguntamos que si tenía GPS nos dijo que sí, guardado en la mochila junto con el frontal.

Caray, no sé. Entiendo que le quieras dar algo de aventura a una ruta y que prefieras orientarte por el sol y ese sexto sentido que tienen algunos privilegiados para no perderse nunca pero, si ya has tenido que hacer dedo algún día porque has aparecido a veinte kilómetros de donde pensabas que estabas (como te lo cuento), quizá sea el momento de plantearse que

  1. a) tú no eres de esos privilegiados que no se pierden nunca.
  2. b) perderse no es la mejor forma de hacer una ruta.

Pero en fin, cada uno recorre las montañas como mejor le parece.

Sigamos con la ruta. Hay que seguir las marcas y, subir, subir y seguir subiendo hasta el Coll de la Marrana, donde posiblemente se habrán contado muchos chistes malos, y cuando se nos plantea la opción de bajar recto hasta el valle y el siguiente collado, coger el camino que sale a la derecha y que recorre las cimas cercanas. Hay que bajar casi 200 metros, y luego volver a subir y, después de recuperar el aliento, disfrutar de las vistas increíbles.

La ruta alternativa que baja desde ese Collado directamente y que nos ahorra el sube y baja seguro que es más rápida y descansada pero merece la pena coger el camino de la derecha y recorrer las pequeñas cimas hasta que los caminos se encuentran de nuevo, un buen rato más tarde. Hay que llevar esa alternativa prevista por si el cuerpo anda flojales o si hace mal tiempo pero, si no es así, la cordal que se recorre hasta el Coll de Nou Creus es para quedarse con la boca abierta, sin miedo, además, porque a esa altura casi no hay moscas.

El Coll de Nou Creus, o Collado de las Nueve Cruces, me produjo una sensación extraña. Allí se han colocado esas cruces como recuerdo de unos devotos que fallecieron intentando llegar al Santuario de Nuria. Yo había leído que se habían colocado en memoria de unos montañeros, así que vaya usted a saber. En cualquier caso, para no parecer irrespetuoso, aclararé que el collado es un lugar realmente mágico y quienes colocaron las cruces lograron honrar sin duda la memoria de aquellas personas. Ya firmaba yo por que alguien colocara un recuerdo mío en las montañas cuando me marche de este valle de lágrimas. Pero que sea biodegradable y no moleste a nadie, por favor, que yo soy así de discreto.

Una leyenda… ¡Eso sí que es un buen legado! Dentro de muchos años, los lugareños dirán “por aquí pasaron una pareja haciendo la transpirenaica, y él era un tipo calvo y normal que no destacaba por nada en particular…”

Sí, lo sé. Tengo que trabajar un poco más en mi leyenda.

Desde allí es todo bajada cómoda y bien marcada hasta Nuria. Allí nos llevamos una sorpresa graciosa: el albergue donde nos alojamos no se encuentra en el grueso de las instalaciones del Santuario, donde está el edificio con tiendas de recuerdos, restaurantes y ese tipo de cosas, sino que está alejado de todo aquello, subiendo una pista empinada de 150m de altura. Viva y bravo.

Hay cobertura a tope en todas partes, porque se ve que aquí la gente se deja mucha pasta y hay que tenerlos contentos.

En fin, que entre unas cosas y otras, Simón dice que han sido 22km, +1.930m y -1.060m, en ocho horas y media totales.

Es una buena etapa, la verdad… Pero a pesar de lo que asustan los números, también es bastante llevadera. Eso no nos libra de llegar al albergue, ducharnos y pasar casi una hora estirando, con masajes y dando un buen uso a las cremas antiinflamatorias.

Eso sí, con estos desniveles que estamos haciendo, se me están quedando unas piernas que, si no fuera por los tostados, los arañazos y los pelos, en minifalda estaría monísimo.

El Santuario de Nuria es muy decepcionante. Esto es lo que hay. Hay un tren que te lleva desde el centro de Barcelona en dos horas, lo que hace que, como nos contaron allí, haya gente que vaya en sandalias a intentar subir el Puigmal. Está todo muy limpio y cuidado, desde luego, y en el albergue donde dormimos, que está alejado de ese centro turístico, nos trataron fenomenal y cenamos, por cierto, unas hamburguesas vegetales riquísimas (94€ por dormir, cenar, dos picnic, un mapa grande y unas cañas con una bolsa de patatas fritas). Pero este Santuario-hotel-centro comercial no fue concebido para senderistas y gente de mal vivir y está más orientado a que la gente saque la cartera de forma regular. Las marcas te indican cómo llegar, más o menos, a las pistas de esquí, remontes, tiendas y lugares en los que hay que pagar, pero para las montañas (o incluso el albergue) no hay tantas indicaciones. En ese momento entendí la sensación que se le debió quedar a Jesucristo cuando vio convertido el  templo en un seven-eleven y se lio a garrotazos con los tenderos.

Voy a contar una anécdota curiosa que a Silvia le hizo mucha gracia. Como no encontrábamos el albergue, Silvia entró en uno de los edificios a preguntar cómo se llegaba y yo me quedé fuera, esperando.

Le atendió una chica que, muy amablemente, le indicó por dónde teníamos que tirar. Silvia aprovechó para preguntar por dónde salía el camino al día siguiente.

Chica: —¿A dónde vais?

Silvia: —A Puigcerdá, por el Puigmal.

Chica: —Pero… ¡Eso es muchísimo! Puigcerdá está muy lejos, no lo vas a poder hacer.

Silvia: —Lo hemos mirado y es una distancia razonable, no creo que…

Chica : —¡Pero esto no es lo mismo! ¡Es que esto son montañas!

Silvia sonrió sin decir nada, porque estaba muy cansada, le dio las gracias y salió a buscarme. A día de hoy nos seguimos preguntando si aquella chica habría dicho lo mismo si hubiera entrado yo, o si hubiéramos entrado juntos. ¿Habría infravalorado así a un hombre? Quizá sí, pero nunca lo sabremos. Cada día hay más mujeres que salen a la montaña con su mochila al hombro y sin necesidad de dar explicaciones pero, en algunas zonas, sigue siendo habitual que, cuando nos cruzamos y paramos a charlar, den por supuesto que es a mí a quien le gusta la montaña y Silvia quien va de acompañante.

Si viviera por la zona me acercaría más de un día y más de dos al Santuario, sin duda, porque el entorno es precioso, pero como fin de ruta resulta un poco triste, porque parece un añadido en mitad de las montañas, una aportación grotesca.

En fin, decíamos que el Santuario de Nuria nos pareció un centro comercial terrible ubicado en un lugar precioso, más o menos lo que nos ocurre con la mayoría de estaciones de esquí.

Si sentí eso en Nuria, yo, que soy un tipo bastante urbano y al que se le humedecían los ojos al ver un pueblo a lo lejos al final de cada etapa, sin duda fue porque la Montaña empezaba a calar en mí, y el hechizo de los Pirineos estaba haciendo su trabajo

O era el hechizo de Pirineos o era la falta de nutrientes. Todo puede ser.       

Reseña día 9 Nuria – Puigcerdá: La cima más alta de todo el GR

Hoy nos vamos a saltar el GR casi totalmente. En vez de bajar un poco al sur a Planoles y hacer dos etapas siguiendo el sendero de forma escrupulosa, subiremos al Puigmal por un sendero más al norte, por decirlo algún modo, y seguiremos hacia Puigcerdá por la frontera con Francia hasta el Coll de la Creu de Melans, donde ahí sí, enlazamos con el sendero del GR11.

¿Y por qué vamos a hacer este cambio? Porque nos han dicho que es muy bonito y además parece un trazado más lógico para atravesar esta zona. El GR11 es uno de los caminos que se pueden seguir a lo largo de la Transpirenaica, es decir, para ir de un mar al otro, pero no es el único. También existe un GR10, que transcurre por la parte francesa, la HRP, con más desniveles y, en general, más complicado, y la N240, que también la usa mucha gente. Para gustos, las tortillas.

El día será largo, pero llevamos un montón de analgésicos y antiinflamatorios para que nos animen en los momentos difíciles. Más les vale. Nos encomendamos a los dioses de las montañas y vamos con ello.

Salimos a las cinco y media del albergue con las primeras luces. Bajamos a Nuria y no vemos señales que lleven al Puigmal, igual que tampoco vimos ayer marcas para llegar al albergue. La subida, una vez que la encuentras, está muy bien indicada, no tiene perdida y es empinada como el brazo de un franquista.

Llegamos a lo alto de la montaña, que son 2.916,13m, con un margen de error que depende de lo alto que seas. Las vistas son fantásticas, pero hace muchísimo aire y bastante frío, así que nos vamos rápido. Siguiendo la misma dirección que hemos tomado al subir, bajamos por una pedrera más o menos indicada y seguimos el camino por la frontera con Francia, que resulta bastante obvio porque sigue una línea de lomas y remontes de estación de esquí. Decimos “Jo, qué bonito” o “oh, la, la, que c’est beau”, según a qué lado nos encontremos.

Al cabo de un rato abandonamos esa frontera y, por una pista muy cómoda, nos alejamos de las lomas bastante rápido, porque alguien se dejó la puerta abierta y sigue soplando aire.

¡Por fin enlazamos con un GR! Pensábamos que andamos un poco perdidos por haber abandonado la ruta principal y que, a partir de ahora, estará todo mejor indicado.

¿Verdad que sería bonito? Pues no. Se ve que aquí no llegó el presupuesto para postes o marcas, y avanzamos siguiendo roderas de coches y trochas desdibujadas. Las vacas nos miran mal. Un grupo de ellas de dirige hacia nosotros con cara de malas pulgas, avanzando en pararelo en nuestra dirección, como si fueran protagonistas de una película de Tarantino. Deje uno de comer carne para esto… Las vacas de por aquí son unas desagradecidas.

Un inciso: las vacas a veces se acercan a los senderistas porque los confunden con los pastores y, en algunas épocas, se ponen muy pesadas. Esa historia nos la contó un tipo hace unos años, en la Cerdanya, en la ruta llamada Estanys Amagats. Nos contó que las vacas necesitan suplementos de sal en algunas épocas determinadas, y que cuando le veían llegar con los sacos se ponían incluso un poco agresivas. Por eso a veces, junto a las cabañas de pastores o los abrevaderos, se ven sacos de sal abiertos. No, no echan sal en los senderos para que la gente no se resbale en invierno, como hacen con las aceras de las calles.

Pues eso,  el camino está mal indicado y me paso más rato con el GPS en la mano que mirando dónde piso, y eso es más incómodo que caminar con trocitos de guindilla metidos en las uñas de los pies, por decir algo. Al cabo de un rato se alcanza una pista y la cosa mejora. Queda un buen trecho, pero se avanza rápido. Hay que ir dirección a Vilallovent, que es un pueblo en el que, por cierto, no encontramos ningún bar, cosa rara y sospechosa. Paramos a beber agua a la sombra de un árbol, en mitad de la calle, porque estamos bastante perjudicados. El día está siendo muy largo, pero en fin, Puigcerdá está un poco más adelante.

Nos duelen las plantas de los pies, y los tobillos, y las rodillas, pero llegamos a Puigcerdá, que es un pueblo muy peculiar, y al hotel Terminus, que lo elegimos porque está al lado del ascensor que sube a la parte alta del pueblo, y está bien situado para salir al día siguiente. También lo elegimos por el precio, porque este pueblo no es barato. Pagamos 74€ por dormir en media pensión, y cenamos una crema de calabacín y guisantes con setas y verduras, muy ricos, la verdad.

Simón dice que hoy han caído 35km con +1.400m y -2.300m, a lo largo de once horas en total. Normal que nos duelan partes del cuerpo que ni sabemos para qué sirven… Pero nos sobran fuerzas para dar un paseo por el pueblo, porque en el fondo somos unos turistas.

Puigcerdá es un pueblo raro. Tiene un ascensor que te lleva a la parte alta, donde hay algunas calles y miradores realmente fantásticos. Lo curioso es que también hay tiendas de ropa y complementos bastante caros que desmerecen el conjunto. Una chica nos contó que la situación para los residentes no es buena, porque los sueldos de los trabajadores son de “zona rural”, pero los precios de las tiendas se han subido a “zona turista vip”. Nos gustó la parte baja del pueblo, más residencial y menos comercial, pero en líneas generales, no es un lugar que elegiríamos para pasar una semana, no sé si me explico.

El bar donde paramos nada más entrar y donde volvimos por la noche, después de cenar algo, se llama “Bar Chiringuito II”. Lo sabemos porque sacamos una fotografía de la fachada, precisamente, para acordarnos de este sitio.

¿Por qué lo hicimos? Porque nos dejaron sentarnos en la terraza a tomar una jarra de cerveza y comernos un bocadillo que traíamos todavía intacto desde Nuria. Según entramos en el pueblo nos encontramos con un par de bares que tenían carteles de “prohibido consumir nada que no hayamos vendido nosotros” (con otras palabras) y eso desanima bastante.

No es una buena política. En este bar fueron más empáticos, o quizá más listos, y es que no sólo no nos pusieron pegas, sino que nos sacaron algo para picar. A estas alturas de la ruta comenzamos a valorar mucho los gestos amables, por pequeños que sean, y nuestra forma de agradecerlos, aparte de decirlo allí mismo, es esta: ¡Muchas gracias! ¡Gracias por vuestra amabilidad! ¡Gracias por la charla, por la sonrisa y por no considerar a los senderistas como unos gorrones a los que hay que espantar! ¡Gracias por alegrarnos un poco más el día!

Hay que ser agradecidos. El karma se toma estas cosas en serio, el muy perro.

Reseña día 10 Puigcerdá – Malniu: Bosque, lluvia y una cena maravillosa

Después de la paliza que nos dimos ayer, hoy no tenemos ganas de madrugar mucho y, además, esta etapa es corta y cómoda. Nos levantamos a las seis y media y empezamos a andar cuando todo el  pueblo ya se ha despertado, sobre las siete y algo, y resulta un poco raro porque estos días atrás, cuando salíamos, no estaban despiertos ni los gallos. Sólo llevamos una pequeña parte del recorrido y no madrugar ya nos parece raro.

Las marcas de GR, de nuevo, más que verlas nos las imaginamos, así que toca caminar de nuevo con los bastones en una mano y el GPS en la otra, moviéndolo mientras camino como si fuera un zahorí buscando agua, lo que además de ser incómodo, me hace sentir ridículo y muy poco montañero, pero esto es lo que hay.

Pasamos por el pueblo de Guils de Cerdanya, pequeño y agradable, y paramos en un bar que está en el mismo camino y en el que desayunamos tan ricamente y sin prisas. Es un pueblo bonito y un buen lugar donde parar. Hay un grupo de personas que parece que se alojan en él, y pienso, como la mitad de los días, que sería bonito venir aquí a descansar y dar paseos por la zona. Nos tratan fenomenal y el desayuno nos pone las pilas.

Digo eso porque, justo aquí, el GPS empieza a agonizar, así que cambio las pilas y se ofrecen amablemente a quedarse con las viejas para tirarlas a un contenedor apropiado. No es que sean un peso extra, pero empezar el día con la mochila colocada, limpia y sin basura me hace sentir bien, cómodo y limpito. Soy así de maniático.

Por cierto,  son ya las nueve de la mañana y unos albañiles de la zona están almorzando unos bocadillos de panceta king-size de más de media barra, junto a unos extranjeros de vacaciones con sus desayunos de primero, segundo y postre. Muy pintoresco.

A partir de ahí, el camino empieza a subir y es importante no hacer caso de las señales, que una dice “a Malniu 1,15 horas” y al cabo de un rato te encuentras otra que dice “a Malniu 2 horas”, tal cual, y te da mucho la risa porque, además de calcular al revés, esos tiempos son como las promesas electorales: si se cumplen, será por pura coincidencia, porque cada cartel debe estar calculado por un tipo diferente.

El camino medio se sigue, medio se intuye, pero en general se lleva muy bien. Pasamos por prados verdes y brillantes, llenos de vida y de insectos, y antes de llegar al refugio entramos en un bosque y nos encontramos al primer ejemplar de alaridón que vemos desde que empezamos a caminar en el Mediterráneo.

¿Y qué es ese animal? Te lo explico: La fauna de las montañas suele consistir en rebecos, diferentes aves, marmotas y alaridones. Estos últimos son unos animales curiosos que, mientras están caminando y sin razón aparente, se ponen a dar berridos y alaridos en mitad del monte, sin ningún sentido y sin decir nada relevante, con el único fin de escucharse a sí mismos. Suelen ir en grupos, por lo que, al gritar de ese modo estando cerca los unos de los otros, quizá tengan problemas de audición. Se cree que en su hábitat natural, que consiste en bares y discotecas, también actúan de forma parecida, pero nadie ha conseguido hacer un estudio serio sobre el tema.

El sonido que emiten es algo parecido a esto:

—EeeeEEHEEEoooOOOOEEEEEEooooo.

En fin, son bichos molestos, pero no hay que hacerles mucho caso.

El bosque es muy bonito y el camino muy evidente. El cielo lleva un tiempo cubierto y poco antes de llegar al refugio comienza a llover. Son cuatro gotas, pero cuando nos ponemos a cubierto, ya dentro del refugio, se convierten en cuatro millones. Ya sabía yo que, en vez de sandalias, tenía que haber metido unas botas de agua en la mochila. Mañana tenemos una jornada muy larga y, como no mejore el tiempo, vamos a terminar mojados y arrugados como el desayuno de los estreñidos: uvas pasas metidas en agua.

Hemos hecho algo más de quince kilómetros con unos desniveles de +1.130m y -160m, y hemos tardado cinco horas y media incluyendo las paradas a desayunar y demás. Es una jornada tranquila si la comparamos con la anterior y, ay, con la que nos espera mañana, que va a ser fina.

En el refugio hay algo de cobertura con alguna compañía, pero poco. También hay un lugar donde montar la tienda, más o menos por detrás, en una zona que te indican los guardas. La verdad es que son bastante enrollados.

Aquí pasan varias cosas curiosas. Una de ellas es que, junto al refugio, hay un grupo de adolescentes, muy numeroso, de algún colegio o algo similar, que cuando se desploma el cielo entran al refugio. El guarda habla con los responsables y, contra todo pronóstico, los niños se portan de cine, sin hacer más ruido del normal en esas circunstancias, dirigiéndose a la gente con amabilidad y pidiendo todo por favor. Qué cosas.

En lo más fuerte de la tormenta, entra un tipo calado hasta los huesos, con una mochila enorme y cara de estar paseando por la Gran Vía un día soleado. Pregunta dónde puede plantar la tienda, porque total, hace buen día. Lo dice en voz alta porque el ruido de la lluvia hace que casi no se le oiga.

—Te ha pillado una buena tormenta, ¿eh? —le dice uno de los guardas.

—Bueno, no es tanto —responde él—. Soy irlandés.

Y así, con la reina madre de todas las chulerías, conocimos a Patrick, un tipo simpático, fuerte, y malhablado como un conductor de mulas. Nos dijo que trabajaba en Puigcerdá, si no recuerdo mal, así que no debe ser extraño encontrarlo por la zona.

Cenamos unas verduras asadas, una ensalada y una fuente de garbanzos con verduras muy calientes, muy abundantes y muy ricos. Dormir, las cenas, unas cervezas, cargar los móviles y unos picnic enormes para el día siguiente nos sale por 76,50€. La atención de los guardas de los refugios, informándonos de las previsiones meteorológicas y dándonos alternativas para la ruta larga del día siguiente, como siempre, no tiene precio y nunca se la agradecemos lo suficiente.

Por la noche nos tomamos un relajante para dormir. La ruta de mañana va a ser muy larga y la previsión del tiempo no es buena… Estamos nerviosos y necesitamos descansar bien.