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5 adaptaciones que (a lo mejor) no recuerdas

A veces recordamos la película, pero olvidamos que está basada en un libro. Empecemos por una facilita.

 

1.  Hola. Me llamo Iñigo Montoya… Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir. 

Esta te la sabes, ¿verdad? La Princesa Prometida es una película que no se olvida fácilmente. Está basada en el libro homónimo de William Goldman, un gran desconocido con una impresionante carrera en el cine. El libro también es una pequeña obra de arte que debes leer. Si a tu edición le falta una parte de la historia, el autor te invita a escribirle y te la hará llegar sin coste alguno. Como se lo cuento, señora.

 

2. Podemos recordarlo por usted. 

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La interpretación de las cortinas azules

Recupero y edito este post de mi antiguo blog, que me he acordado de él hace poco. Es un poco tostón, te lo advierto.

Cita:

Frase sacada de una novela cualquiera: Las cortinas eran azules.
Lo que interpreta tu profesor de literatura: Las cortinas representan la inmensa depresión del protagonista y su falta de deseo de continuar con la búsqueda.
Lo que quería decir el autor: Las cortinas eran azules y ya está, coño.

Cortina-Tergal AzulVale, es un ejemplo un poco traído por los pelos, lo sé, pero nos vale para hablar de

POR QUÉ NO SOMOS DUEÑOS DE LO QUE ESCRIBIMOS

Cuando escribes tienes una idea en mente, ¿verdad? Piensas “qué bonito va a quedar este párrafo describiendo el cuarto del protagonista con sus cortinitas y sus visillos y sus tapetes y sus monerías”. Eres así de cursi en tu mente. Todos lo somos.

Sin embargo, cuando escribes no eres consciente de las implicaciones de tus palabras en los lectores, no sabes cómo pueden afectarlos y, por lo tanto, cómo van a interpretarlas. ¿Por qué? Porque el escritor traduce emociones en palabras, y la traducción de un sentimiento siempre es algo muy personal, como la ropa interior usada.

¿Qué quiere decir el autor cuando dice que las cortinas son azules?

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¿Está sobrevalorado leer?

Recupero esta entrada de un blog antiguo porque la quieres tener a mano.

Estás esperando a un amigo en un bar. En vez de vídeos de caídas graciosas de youtube en el móvil, tienes en las manos un libro de bolsillo. No sólo eso, además lo estás leyendo.

Cuando alguien te mira raro, te acuerdas de esta entrada. Supongo.

En un foro de literatura en el que participo se planteaba hace poco esta pregunta…


¿Está sobrevalorado leer?


La respuesta no es tan obvia como parece. Respira profundamente y cuenta hasta diez antes de seguir, porque generalizo cosa mala.

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Por qué debes perseguir aquello que te hace feliz.

Porque si no lo haces, serás un desgraciado.

Qué tontería, ¿verdad? A mí se me olvida a menudo. Al cabo del día, unas cuantas veces. Jo.

Estaba leyendo este excelente artículo de Chuck Palahniuk (escribió El Club de la Lucha, por ejemplo), llamado Trece consejos para escribir, y se me ha ocurrido una idea:

SOY UN IDIOTA

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Esto también es mentira.

Las ideas son frágiles. Las ideas se agotan, enferman, envejecen y mueren.
Las ideas no marcan diferencias, ni resisten las burlas, la indiferencia y los golpes.

Esa era la mentira. Ahora voy a decir una verdad.

Las ideas sangran. Las ideas lloran, gritan y se desesperan, pero no abandonan. No se rinden. No desaparecen.

Las historias, desde los cuentos que se comparten al calor de una hoguera hasta las grandes sagas inmortales, son ideas, complejas y cambiantes, vivas, repletas de personajes, acciones y consecuencias.

No subestimes  a las historias. Son fuertes, y resistentes, y cuando las cabreas se pueden volver muy peligrosas.

¿Te ha quedado claro? Podrás acabar conmigo, pero mis historias, las que he escrito y alguien ha leído, las que nacieron y crecieron en mi interior, y me abandonaron en forma de grafito, tinta o destellos en una pantalla, son más fuertes que yo, y que tú, y nos sobrevivirán a ambos, por mucho que me prohibas, que me impongas o que me ignores.

Así que déjame en paz.