Es cuestión de perspectiva

Escribí el breve relato que presento en esta entrada para una competición; por supuesto no gané ni el premio de consolación, pero este es un detalle sin importancia que no viene aquí a cuento. El tema no era libre: la historia tenía que ser o fantástica o de ciencia-ficción. Justo antes de que me pusiera manos a la obra vi «El lobo de Wall Street», una película que me impactó no poco y que me inspiró bastante a la hora de componer el relato.

«El lobo de Wall Street» me genera muchos sentimientos encontrados. Para empezar, Martin Scorsese, su director, no es santo de mi devoción. Me parece un director extraordinario e incomparable que sabe contar una historia como nadie. Pero los protagonistas de sus películas rara vez son mujeres y estas habitualmente se ven relegadas a papeles de prostituta, fulana, zorra o esposa sumisa. Y esto, no sé por qué será, me hace poca gracia.

Por otro lado, a Leonardo DiCaprio, su actor principal, no puedo verlo ni en pintura.

A ver, que sí, que es uno de los mejores actores que hay en la actualidad en activo. Pero tiene algo en la cara, o quizá sea su expresión, que se me hace harto desagradable.

O quizá sea su sonrisa de autosuficiencia.

Y luego tenemos la película en sí, que cuenta las peripecias de un agente de bolsa y sus compañeros que se dedican a estafar a la gente y a gastarse la pasta en gran medida en prostitutas y drogas, es decir, por completo amoral, sin escrúpulos y, en mi opinión, repugnante. De ese tipo de gente que piensa que todo todo tiene un precio y para la que Dios es el dinero. De ese tipo de gente, en fin, en extremo perturbadora que te incomoda hasta en la ficción y de la que prefieres no saber nada de nada para no tener que malgastar en ella ni un pensamiento, porque es basura. No obstante, la película, cuando la vi, me encantó; a veces uno tiene que poner a un lado sus prejuicios y dejarse sorprender. El ritmo de la narración es casi perfecto (el final me pareció un poco acelerado); la historia está contada con un sentido del humor muy irónico, muy de mi gusto; Leonardo DiCaprio borda su papel; y la historia en sí es muy original, quizá porque se trata de un hecho real y ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción. No he leído el libro en la que está basada, las memorias del agente de bolsa de Nueva York Jordan Belfort, primero porque mucho me temo que no estarán al nivel de la película, y segundo, y sobre todo, por no darle ni un centavo a semejante individuo. Además, el tema no me interesa. Si fui a ver la película fue sobre todo porque se trata de una comedia negra; las memorias no creo que lo sean, porque por lo que he leído, Belfort (como era de prever) las escribió con un tono que muestra que está muy pagado de sí mismo, es decir, en serio.

Como he mencionado, «El lobo de Wall Street» me inspiró para escribir el siguiente relato, cuyo final, por así decirlo, está dotado de justicia poética (o así lo veo yo).

Espero que te guste.


ES CUESTIÓN DE PERSPECTIVA

Qué fiesta la de anoche. Hubo en ella todo lo que uno puede desear: alcohol a raudales, chicas complacientes y una deslumbrante variedad de drogas. Y él no se privó de nada. Pero, ay, conseguir llegar puntualmente hoy al trabajo le ha supuesto un esfuerzo ímprobo. Porque se encuentra fatal; ya no tiene edad para participar en orgías. Se sienta a su mesa de oficina, se reclina sobre el respaldo del asiento y permanece así un rato, tratando de recuperarse… Nada, es inútil. La cabeza le da vertiginosas vueltas, y tiene el estómago revuelto. Decide ir al aseo a mojarse la cara con agua fría; cree que este recurso quizá le ayude a aclararse un poco. Cuando logra alcanzar el lavabo, lo primero que hace es mirarse en el espejo. Pero no se ve. Tampoco si se mira directamente. “Esto sí que es extraño”, piensa alarmado. Se toca la cara, el cabello, el cuerpo…, todo está en su sitio, puede sentirlo. Pero no puede verlo. Se dice, para calmarse, que posiblemente se deba a una alteración de la percepción, un efecto secundario de alguna de esas pastillas que tomó en la madrugada; no puede haber otra razón. De pronto, uno de sus colegas entra al aseo, se acerca a él, tanto que casi se le echa encima, y se mira en el espejo. Antes de que él pueda decir nada, su colega se atusa el cabello, se sonríe ampliamente, y se dice todo serio: “Eres un tigre, un tigre”. Mira en derredor, como para asegurarse de que nadie lo ha oído, y sin más ni más se encierra en una de las cabinas. Él, consciente de que su colega no lo ha visto, está petrificado junto al lavabo. ¡Es de verdad invisible! “Y ahora ¿qué hago?”, se pregunta. “¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Y si voy apareciéndome por partes?… Sería muy desagradable”. Resuelve que es mejor que, con cuidado de no llamar la atención, recoja sus cosas y se vaya a casa, y se quede allí hasta que se le pase. Cuando vuelve a su sitio, se ve. Esta ahí, sentado en su silla, en apariencia durmiendo. Al descubrirse así se da cuenta por fin de que lo que siente no es sino su cuerpo amputado, su cuerpo fantasma. Y de que está muerto.

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