HASTA NUNCA

Muy buenos y tórridos días. 

Hoy toca estrenarme en el blog. Dicho así suena, digamos, ejem, peculiar.

Afortunadamente —para mí, claro—, no es la primera vez que participo en este «espacio para contar cosas». De hecho, tuve ya el honor de colaborar en varios relatos a cuatro manos con Libertad; El experimento, por poner un buen ejemplo.

La cuestión es decidir cuál debe ser ese primer texto en solitario. 

Hay que mojarse.

Tal vez un poema.

Una reseña. 

Un relato.

Dudas, muchas dudas. Y con esa inquietud me encuentro frente al teclado. 

Recientemente hemos publicado una excelente entrada titulada Versos y fotogramas, por este motivo descarto hoy un poema.

¿Una reseña? Eduardo, con su afilada prosa, nos deleitó hace nada con En defensa de La Tierra Larga. Imposible hacerlo mejor y, además, siendo él el administrador tengo que ganarme su confianza para seguir por aquí; no es conveniente que parezca que le hago la competencia. La reseña debe esperar.

Quedaba la opción de un relato. Tiendo a la ciencia-ficción, pero después de leer uno tan bueno como El límite del Universo, de Libertad, publicado hace escasamente unas semanas… poco puedo hacer en mi intento de refrescar agosto. 

¿Refrescar?

Pues un relato que no es de ciencia-ficción. Una historia que nos muestra una decisión tomada para olvidar.

Lo de refrescar va por empezar de una vez, lo que se dice tirarme a la piscina, al agua.

En este caso, al océano.

Espero que te entretenga.

Siendo la primera entrada en solitario quiero dedicarle a Libertad y a Eduardo este momento. 


Hasta nunca

«La memoria es el espejo donde vemos a los ausentes».

                                                                  Joseph Joubert

El agua le golpeó. O quizás quiso acariciarlo.

Tenía tres balas de cañón atadas a los pies y las manos inmovilizadas con cuerdas y grilletes.

Lo habían lanzado por la borda del barco entre las risas y burlas de los marineros. El capitán hizo los honores.  «Hasta nunca», le susurró al oído instantes antes de empujarlo con fuerza.

Su primera reacción al hundirse en el agua helada fue aguantar la respiración. Pero cuando el peso, que tiraba de su cuerpo hacia el fondo, le alejó de la quilla, se dio cuenta de que su fin era inevitable. De nada serviría su instinto de supervivencia, retener el aire, pensar que lograría sobrevivir.

Bajó la cabeza hacia el oscuro destino que le aguardaba. Luego miró arriba y vio la luz del sol formando ondas en la superficie del agua, un hermoso juego de reflejos en continuo movimiento.

Los oídos se le taponaron y sintió aún más frío. Notó que se desplazaba hacia un lateral debido a la corriente subterránea.

Había dejado de forcejear. 

Pronto tendría que enfrentarse al momento en que abriría la boca en un intento agónico por encontrar un aire inexistente. 

La oscuridad era casi total. Estaba descendiendo muy rápido. 

Cerró los ojos.

Pensó que era el momento adecuado para rendirse a las profundidades del océano.

Se encontraba tranquilo, sin miedo. Allí, en ausencia total de sonidos, ante su fin cercano, sintió paz.

Recordó la noche anterior, en la que unos cantos le hicieron asomarse por la borda y entrevió, con dificultad por la oscuridad, a unos seres que entonaban extrañas melodías. Al principio no entendió nada, después esos cantos que penetraban en su cabeza se convirtieron en un mensaje sin voz. Utilizaban sonidos profundos y vibrantes provocándole emociones que no había experimentado nunca y que al mismo tiempo le resultaban familiares. Ni siquiera ahora era capaz de describirlos con palabras, ni expresar exactamente qué le transmitieron.

Pero era dolor.

Eso sí lo entendió. También que, si no quería sentirlo, tenía que marcharse de allí, decirle a la tripulación que al día siguiente zarpasen y que no permaneciesen en esas aguas.

Quiso comunicarle todo lo ocurrido al capitán y a la tripulación, pero no pudo. El propio capitán tomó la iniciativa al convencerlos a todos de que estaba maldito y que la única solución para la llegada de vientos favorables era tirarlo por la borda. Los marineros ni se inmutaron, al contrario: vitorearon como energúmenos ante la posibilidad de que el sacrificio les sacase de la calma chicha.

Abandonó estos recuerdos y abrió los ojos.

La visión de un ser a escasos centímetros de su cara provocó que gritase expulsando el ínfimo aire de que aún disponía en el fondo de los pulmones.

Esa cara luminiscente y de tonos rosados hizo una mueca mostrando unos dientes afilados, un gesto grotesco y aterrador.

Empezó a boquear. El agua entró con fuerza en sus pulmones y sufrió espasmos violentos al intentar expulsarla. La visión se le tornó borrosa y sintió que perdía el conocimiento.

Un impacto en el pecho, violento y repentino, le hizo doblarse de dolor.

Sin embargo, algo estaba cambiando.

Se sentía mejor tras los espasmos y el golpe. Su tórax no se movía con su respiración ni tenía sensación de ahogo. De hecho ―y tuvo miedo de nuevo―, sus pulmones flotaban delante de sus ojos, como si fuesen los restos de las alas de un pájaro. Por otro lado, era capaz de pensar con claridad.

Ahora podía ver perfectamente en la oscuridad de esas profundas aguas. 

Al mirarse las manos cayó en la cuenta de que no tenía las ataduras ni las cadenas. Tampoco sus pies estaban ligados a las balas de cañón. Estaba desnudo y libre, si es que esta palabra, en ese momento, pudiese tener algún significado.

Se llevó las manos al pecho y encontró un enorme hueco en lo que debería ser su esternón. Gritó asombrado percibiendo el sonido y la vibración de su voz.

Y cuando oyó una respuesta a su grito, a su canto, supo que estaban allí quienes lo habían avisado la noche anterior.

Su carne humana comenzó a desprenderse de su ser. Allí donde antes tenía las costillas, ahora crecía cartílago. Su cuerpo comenzaba a endurecerse como si la piel blanca y reblandecida por el agua salada se tornase prieta y lisa.

Los primeros seres comenzaron a llegar. Se sorprendió de haberse asustado momentos antes. Conocía perfectamente la razón de todas las diferentes aristas y pliegues de su piel, reconocía sus rostros de ojos enormes.

Empezaba a sentirse lleno de energía. Se estiró y gritó con todas las fuerzas de que disponía en ese momento. De su garganta surgió la melodía agónica de un ser atormentado.

Quería olvidar.

Ahora lo recordaba, había tomado esta decisión por un dolor que le sobrepasó. Y pensó que la única manera de no sufrir era transformarse. Su gente, los primeros pobladores del mundo, disponían de esa habilidad. También les era imposible olvidar, mantenían todos los recuerdos, la intensidad de cada instante durante sus inmortales vidas. Los humanos, sin embargo, podían dejar de recordar. Y en cualquier caso, para ellos, los humanos, el recuerdo del dolor era solo eso, un recuerdo, nunca lo experimentaban de nuevo como cuando lo sufrieron por vez primera: ni el dolor de una herida, ni el de una pasión ni el de una pérdida.

Entonces ella, su amor, había muerto. Y al no querer aceptarlo acabó dejando su mundo y estuvo vagando sin identidad.

Entendió que perdió los recuerdos y estos habían vuelto ahora.

Había intentado escapar de su dolor, como si fuese un sentimiento ajeno a la propia existencia, mediante el olvido. Sin embargo, los sentimientos están todos entrelazados: la vida es la suma de todos y cada uno ellos, y de nada sirve querer desprenderse de una parte. En aquellos momentos entendió que en la memoria mantenía en el presente a los ausentes, que dependía de él poder sobrellevar las penas y el dolor para poder experimentar también las alegrías y el amor. 

Que su amada hubiese querido que siguiese recordándola por siempre.

Desconocía cuánto llevaba vagando, aunque imaginaba que la percepción del tiempo transcurrido llegaría de un momento a otro. Y así fue, lo notó en la temperatura del agua, en las corrientes que se movían en las profundidades y, sobre todo, en el recuerdo de su amada.

El odio comenzó a inundarle.

Humanos que se dedicaban a capturar a los de su especie cuando salían de las profundidades para cantarles a los barcos. Humanos. Eran todos iguales.

Recordó el sonido de horror y dolor de su amada cuando desapareció capturada por un barco. Sus recuerdos estaban ya completos, era capaz de reproducirlos con exactitud. Entendió que el hambre que sentía era una rabia que le pedía matarlos a todos.

Devoraría la carne de aquellos hombres como purga por los que no pudo atrapar en su momento.

Los cantos de sus congéneres le decían que no debía alimentarse de ellos, que el océano se haría cargo tarde o temprano; o el paso del inexorable tiempo. Ese canto le decía que la venganza era humana, una acción sin sentido: fútil, frágil e irracional, que no le llevaría a recuperar a su amada. Sin embargo, no pensaba de ese modo, no pensaba, y cantó una melodía de odio: aniquilar a aquellos humanos que no cantaban y que hablaban sin decir nada. Deseaba esa satisfacción efímera.

Ascendió rápido, su cuerpo se lo pedía, su pensamiento lo reforzaba. Era ya de noche en la superficie y todo estaba en calma. Asaltarían la fragata y probarían la sangre de todos y cada uno de ellos. 

Contemplaría con gusto ese momento de terror en sus miradas.

Empezó a entonar una melodía y oyó cómo todos lo seguían a coro. Ya no era un sonido atrayente, era un canto de muerte y sangre. Subieron al barco y fueron pasando por la cubierta, las bodegas y las literas, arrancándoles a todos las gargantas.

Cuando llegó al camarote del capitán, le agarró con fuerza del cuello y quedaron cara a cara. En esa mirada asustada que le devolvió el hombre vio un brillo de reconocimiento. 

Antes de devorarlo le cantó un «Hasta nunca». Pero tal vez no le entendió en absoluto. No entendió nada.

4 comments on HASTA NUNCA

  1. Siempre me han gustado los relatos que hablan sobre aspectos tan humanos como el dolor, la memoria, el sufrimiento, o el perdón, arropados por una trama bien entretenida y tan original como esta.

    Y es que se pueden sacar varias conclusiones, y lo que es mejor, que cada persona podrá sacar sus propias lecturas basándose en sus experiencias vividas.

    Con un toque mágico y bien escrito, este magnífico relato habla sobre la complejidad de la mente humana, de ese “gran espejo” que es la memoria, y que el “hasta” y “nunca” no tiene ni principio ni final.

  2. Gracias por tus palabras.

    Usar fantasía para extraer y mostrar aspectos humanos que cambian con el paso del tiempo. En este caso, el dolor, la memoria y la venganza.
    Las conclusiones, como comentas, pertenecen al lector.

    Gracias por leernos.
    Un abrazo.

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