Un chiste curioso, el arenque rojo y la idiosincrasia de las redes sociales

Se suponía que esta entrada iba a ser la reseña de un par de cuentos rusos poco conocidos en nuestro país, uno de Tolstoi y otro de Dostoievski, que leí recientemente y que creo que merecen una mención. Y sí, estoy trabajando en ella. Pero protagonicé unos días atrás una anécdota, un despropósito más bien, que no puedo por menos compartir aquí. Porque me ha dado la oportunidad de aprender algunos detalles sobre cierto recurso literario y mucho sobre la naturaleza humana. Además, da bastante que pensar.

Resulta que tengo una cuenta en Facebook, como tantísima otra gente. La comparto solo con allegados, así que el número de contactos que tengo es pequeño, incluso -supongo- irrisorio para algunos: no pasa de cuarenta. Mi Facebook es bastante privado y sigo las cuentas de muy pocos. Una de las que seguía hasta hace nada, hasta el incidente que voy a narrar, era la de la escritora Lynn Miclea. No la seguía porque conozca a la señora Miclea por sus obras, sino porque cuelga en su cuenta como veinte chistes al día, todos buenos. Y en estos tiempos que vivimos, convulsos y deprimentes, de pandemia, crisis varias, políticos más mediocres que de costumbre y multitudinarias demostraciones de falta de empatía y civismo, creo que no hay que desperdiciar las oportunidades de esbozar una sonrisa. Lo cierto es que había días que me los alegraba por completo. Los chistes, he de decir, no son de su cosecha, ella se limita a colgarlos en su cuenta.

Pues bien, hace poco, colgó el siguiente (lo presento traducido del inglés):


Un agente de policía para a un hombre de 89 años alrededor de las 2 a.m. y le pregunta que adónde va a esas horas de la noche.

El hombre responde: “Voy de camino a una charla sobre el abuso del alcohol y los efectos que tiene en el cuerpo humano, sobre fumar y trasnochar hasta tarde”.

El agente dice: “¿En serio? ¿Y quién va a dar semejante sermón a estas horas de la noche?”

El hombre responde: “Esa será mi esposa”.


Quizá pierda con la traducción, pero el chiste es bastante bueno. Sin embargo, al leerlo me pareció raro que se hiciera hincapié en la edad del protagonista cuando la gracia del chiste no depende para nada de este dato. Si el chiste hubiera empezado: “Un hombre de mediana edad…”, el final sería igual de gracioso. O así me lo pareció a mí cuando lo leí. Pero la edad está ahí, en la primera frase, con lo que debe cumplir una función importante. Porque si no no satisfaría el principio dramático del Arma de Chéjov, del que ya hablamos en el blog hace un tiempo.

Puede que este análisis parezca fuera de lugar, pero los chistes no son sino microrrelatos con un final divertido. Y por cuanto son microrrelatos, deben regirse por las normas que rigen todos los relatos. Si no cumple el principio de Chéjov, el chiste no está bien construido. Pero en el caso que nos ocupa, me costaba creerlo, me costaba creer que la edad fuera un mero adorno cuando estaba emplazada en un lugar tan preeminente del texto. Había de tener una razón de ser. Alguien podría ofrecer la explicación de que la policía paró a nuestro protagonista por su edad, pero ver a un conductor de noche desde otro coche y determinar su edad me parece harto difícil; tampoco veo la razón para parar a un hombre conduciendo solo porque sea mayor. Si era necesaria una excusa para parar el coche del protagonista, habría sido mucho más fácil decir que el hombre había superado el límite de velocidad (en su afán de no llegar aún más tarde a su casa); en este caso su edad podría haber sido cualquiera.

Lo reconozco: quizá, sí, le di demasiadas vueltas al asunto. Es que por deformación profesional, para mí todo ha de tener su lógica, y si no se la veo de buenas a primeras, la busco. Así que pregunté en la entrada del chiste por qué era relevante la edad del hombre, por qué no podría haber sido un hombre de mediana edad (por ejemplo). Mis preguntas iban dirigidas a la autora de la cuenta, que debía saber mejor que nadie la respuesta, por haber colgado el chiste y por ser escritora. Las escribí antes de irme a costar, a eso de las once y pico de la noche.

Cuando amanecí a la mañana siguiente, a las siete menos cuarto, me encontré con que ya más de cien personas habían respondido a mis preguntas. Con comentarios ofensivos. Los había de todo tipo, porque casi cada persona involucrada vio, o quiso ver, implícita en mi pregunta una degeneración diferente. Unos me acusaron de ageism (edadismo en nuestro idioma, palabra y concepto que desconocía hasta ese momento); otros de ser de la cultura de la cancelación (otro concepto cuya existencia desconocía); otros de ser una amargada sin sentido del humor (¿acaso, por Dios, es esto un defecto?), otros de ser una ofendidita (no entendí el motivo) y la mayoría de ser directamente estúpida.

No puedo sino invitaros a que le echéis un ojo a la entrada para que os entretengáis un rato, un buen rato, porque el asunto continuó durante ese día y el siguiente y al final fueron unos cuatrocientos los comentarios que recibí. Por cierto que la autora de la página también me contestó, y aunque trató de ser sutil en su respuesta, no dio lugar a duda: fue otra que me tildó de amargada de la vida.

Todo este despropósito llama la atención. Porque en las redes sociales, en contraste con el cara a cara, la gente, cuando se comunica, al hacerlo por escrito tiene tiempo de sobra para leer con calma lo que otros cuelgan y escribir en respuesta un comentario, si es esta su voluntad. Uno no se ve sometido a la inmediatez de una conversación real. Como digo, hay tiempo. Por supuesto que falta todo lo que facilita la comprensión: el tono de voz y el gesto de la cara del que se expresa. Pero uno siempre puede compensar este defecto preguntando, que preguntar es gratis. Cuando se producen despropósitos como el que describo, entiendo que la gente lee los comentarios en las redes ya con una actitud defensiva, esperando (ojo, que no escribo temiendo) que sean ofensivos de una manera u otra. Así, preguntas totalmente inocentes como las mías se verán ni más ni menos como el resultado de una cierta animosidad.

Alguien dijo una vez: “Solo se ve lo que se observa y solo se observa lo que ya está en mente”. Qué gran verdad.

Ese día tenía tiempo, y sobre todo ganas, y me tomé la molestia de contestar a muchos de los comentarios, con educación y buenas maneras en casi todos los casos, movida por la curiosidad de entender por qué estaba recibiendo semejante trato. Casi nadie reaccionó frente a mis respuestas. Entonces entendí de qué iba la historia: las ofensas no eran personales, ni mucho menos, la gente estaba allí en una competición por escribir el comentario más ofensivo, o divertido, según se quiera verlo. Que estuvieran dirigidos a mí, es decir, a una persona en particular, era por completo irrelevante. Se trataba, pues, de un linchamiento colectivo por ver quién era el más ingenioso. Esto implica una necesidad de atención por parte de los involucrados que ni mi hija de tres años tiene. O que el mundo está lleno de humoristas frustrados, no sé. Todo malo, en cualquier caso.

Pero los peores no eran los que insultaban, sino los que me criticaban por decir que aquello era un despropósito, a mí y a los pocos que me defendieron. Porque los que insultaban eran idiotas, pero los que además defendían esta actitud ofensiva eran idiotas al cuadrado.

Con todo, tuve suerte y hubo un par de personas, entre más de cuatrocientas, que dieron una respuesta racional.

Un indio (de la India) me aclaró que la edad en el chiste es una distracción, responde a un recurso literario denominado red herring.

Y vosotros os preguntareis: ¿qué es el red herring (aparte de un pez —arenque rojo— que no existe)? Lo sabéis de sobra: en castellano a este recurso se lo denomina pista falsa. Efectivamente, es la técnica por excelencia de las novelas de detectives: es información que el escritor incluye en la novela para confundir al lector, para llevarlo a conclusiones erróneas sobre, por ejemplo, la identidad del asesino. Con su uso se pretende que, cuando la verdad sale finalmente a la luz, esta tenga un efecto más impactante. No soy aficionada a las novelas de detectives (tengo en mi haber algo de Agatha Christie y poco más) pero, por ejemplo, la serie The Killing utiliza mucho este recurso, demasiado, de hecho.

La expresión red herring es, por cierto, un modismo con una historia interesante.

En el chiste, la edad es una pista falsa: se incluye para preparar al oyente para un chiste sobre personas de edad (elderly joke), bastante comunes en EEUU, de manera que el final, al menos en teoría, es más inesperado y tiene un efecto más contundente. Estoy por esta teoría.

Por otro lado, un canadiense (de Canadá), editor y escritor de oficio, dijo que mi pregunta era realmente buena y que, en su opinión, la pista falsa en este caso era innecesaria, porque lleva a una distracción que, en vez de reforzar el final, lo debilita. Puede que tenga razón: las pistas falsas pueden ser deliberadas o accidentales. Cuando uno llega a este nivel de análisis, las conclusiones, supongo, son muy subjetivas, como ocurre con las críticas literarias.

Hubo además un par de locas con una  actitud digna de estudio.

Una de ellas insistió de manera enfermiza en que el chiste me había ofendido (en ningún caso aclaró cómo ni por qué) y que por ello había montado todo el taco. No importó cuantas veces le dijera que estaba errada, ella erre que erre. Me maravilla esta gente que vive en su propia realidad, en la que todo es como ellos creen que es y a la que son fieles pase lo que pase. Deben ser muy felices.

La otra loca se descargó un par de fotos mías de internet (de mi perfil de Facebook y de LinkedIn), escribió “Retrasada” por toda su superficie y muy amablemente me las mandó vía Messenger. Al parecer las redes sociales hacen un flaco favor a mucha gente con problemas mentales graves, son un instrumento para que desarrollen su enfermedad.

En fin.

Lo mas interesante de todo el asunto es que es la forma, incorrecta, en que está escrito el chiste la causa de toda esta confusión. Busqué en internet otras versiones del chiste. La que he publicado aquí, la que dio pie a todo el asunto, incita a pensar que el hombre va conduciendo (pese a que no se indique tal en ningún momento). ¿Por qué? Porque se utiliza el verbo “parar” y porque en este país en el que vivo, origen del chiste, la gente no pasea por la calle, menos aún de noche. Encontré otra versión que decía que el protagonista fue “abordado” por la policía, lo que incita a pensar que iba caminando por la calle. En este último caso, está totalmente justificado que la policía le pregunte adónde va a las dos de la mañana tan solo por su edad. Este es, por tanto, un claro ejemplo de cómo la interpretación de un texto depende de la percepción y la experiencia de los lectores y de cuán importante es, en consecuencia, utilizar las palabras correctas en todo momento.

Qué he aprendido de esta experiencia

Como escritora.

Que dar pistas falsas en una historia es un recurso que se denomina también red herring, modismo con una historia peculiar.

Sobre la naturaleza humana (considerando que el chiste fue leído por casi seis mil personas).

Que hay un porcentaje nada despreciable (al menos un 7%) de gente que de buenas a primeras considera estúpidos a aquellos que no se comportan como ellos mismos, es decir, de manera normal (recordemos que normal es a lo que estamos acostumbrados, ni más ni menos), sin pararse en ningún momento a preguntarse sus motivaciones. Es decir, hay un porcentaje inquietante de gente que se cree que son la medida de todo y que están en posesión de la verdad. O lo que es lo mismo: hay un porcentaje importante de idiotas, en el sentido estricto de la palabra. No es que esto no lo supiera, pero esta historia me ha proporcionado una idea de la cantidad. Y lo cierto es que hay mucho idiota suelto.

El porcentaje de gente con graves problemas mentales es bajo (0,3%), pero equivale al de gente con capacidad de raciocinio. Esto es preocupante.

Sobre los chistes.

Son sagrados. Si le arruinas un chiste a alguien eres peor que…, pues no sé, que un asesino en serie, que al fin y al cabo solo suelen asesinar a prostitutas.

Sobre el alcohol.

Que beber para olvidar no te hace perder la memoria. Pero sienta bien.

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