Y A TI TE ENCONTRÉ EN LA CALLE

Hacía tiempo que no escribía. La inspiración, o el tiempo necesario para sentarse a escribir, a veces te viene impuesto.

Escribí este micro relato, como hacemos todos, basándome en hechos reales.

Pero las voces van a mejor.

Y A TI TE ENCONTRÉ EN LA CALLE

Damian subió el volumen de la radio del coche. Seguía escuchando los maullidos, pero con la música apenas oía los jadeos del gato que llevaba en el asiento trasero.

—Se está ahogando —dijo Dante—. Se muere.

Damian se ajustó el cinturón de seguridad. Dante era un listillo. ¿Qué sabría él?

—Cállate —le dijo—. Tú qué sabrás.

Dante se calló, porque sólo era una voz dentro de la cabeza de Damian. Pero no permaneció así mucho rato.

—Damian… Esto es innecesario, de verdad. Tenías que haberlo dejado en un callejón y él se habría buscado la vida. Meterlo en la jaula y hacerle pasar por esto es cruel.

Damian se giró hacia al asiento del copiloto de forma involuntaria. Se sintió estúpido y volvió a mirar al frente. A veces, la voz de Dante parecía muy real.

—Eso es una idiotez —le dijo—. Eso sí sería cruel. Y no es una jaula, es un transportín. ¿Por qué conviertes todo lo que hago en un ataque a los gatos?

—Porque crees que sabes lo que es mejor para un gato, y no es verdad.

Damian suspiró y se negó a responder. El gato que llevaba en el transportín había sido atacado por un perro. Podía haberlo dejado donde lo vio, en un parque, y desde allí quizá se habría escondido en la colonia o en la casa donde le dieran de comer. Estuvo a punto de hacerlo, pero entonces se puso a maullar. Damian siempre fue muy sensible a los maullidos.

Se dejó coger sin oponer resistencia. O estaba muy acostumbrado a los seres humanos, o estaba en las últimas. Resultó ser esto último.

—Hola, Laura. Te traemos al gato que te he dicho por teléfono.

Laura, la veterinaria, miró a Damian y luego a la puerta, esperando que entrara alguien más.

—Eh… Te traigo yo, quiero decir. —La gente no lleva bien que los demás escuchen voces en su cabeza—. El gato. Lo que te he contado antes.

Laura, con la sonrisa de los que saben sonreír en los malos momentos, le hizo pasar a una sala. Lo examinó, habló con una compañera y tardó muy poco en darle un diagnóstico.

—No es por el ataque. Mira el color del tercer párpado y de los labios… Además, está muy deshidratado, y eso es mala señal, y tiene el hígado muy inflamado. Casi seguro que no puede andar, y por eso le ha enganchado el perro. Vamos a hacerle una prueba, pero ya te digo que pinta muy mal.

Dante, desde el interior de Damian, miró hacia otro lado y bufó.

—Te dije que esto era innecesario. Le tenías que haber dejado morir en su casa.

Damian esperó sin decir nada. Al cabo de un rato vio de nuevo a Laura. Ella negó con la cabeza, y él supo lo que quería decir.

—Puedes marcharte si quieres.

—No, deja. Prefiero quedarme con él.

Laura asintió. Dante guardó un respetuoso silencio y no molestó a Damian mientras sedaban al gato.  En sus ojos se reflejaba el miedo. Damian lo acarició, con una mano debajo de su cabeza y la otra detrás de las orejas, hasta que el calmante hizo efecto. Siguió así hasta que Laura le dijo que había terminado. Tardó unos segundos más en retirar las manos.

—Si estaba tan mal —dijo Damian mientras recogía el transportín —al menos le hemos evitado la agonía en un callejón, o algo parecido.

Laura, que era amable con animales y personas por igual, le miró y asintió con la cabeza.

—En estos casos es lo mejor que se puede hacer, ya lo sabes. —Hizo una pausa mientras Damian se volvía para despedirse. —La próxima vez que nos veamos tiene que ser en mejores circunstancias. No te veía desde…

—Desde lo de Dante.

—Sí, más o menos.

Damian sonrió, le dio las gracias y se marchó con una sensación extraña, como cuando sientes que has olvidado algo, o como cuando notas un sabor diferente que no logras identificar en tu plato favorito.

—Vale, quizá no haya sido mala idea traerlo —dijo Dante cuando estaban en la calle—. Pero no lo tengo claro.

—Tú qué sabrás —respondió en voz alta. Un tipo que pasaba a su lado se volvió, y Damian simuló que llevaba un auricular en el oído. Eso siempre funcionaba. —No era un gato casero ni tenía chip. Ha sido mejor así.

Dante no dijo nada y, desde el interior de Damian, desde lo más intenso de sus recuerdos, lo miró con altanería. Los humanos no tenían ni idea de gatos.

8 pensamientos en “Y A TI TE ENCONTRÉ EN LA CALLE

    • Gracias a ti, por leerme! Escribiría más relatos sobre gatos, pero casi ninguno de los que conozco me lee.

      Y los que lo hacen, son unos criticones, en plan “buen relato, pero le falta pescado” y cosas por el estilo.

  1. Y no a todos los gatos les gusta el pescado. Ni tampoco a todas las personas. Yo, x ejemplo soy de carne y odio el pescado. Que se le va a hacer… nadie es perfecto.
    Pero las personas somos todas personas humanas y TODAS merecemos un respeto y q se nos trate con dignidad y ajustandose a verdad.

    • Desde luego que todas las personas somos humanas, de eso no cabe ninguna duda. Yo, por ejemplo, no como ni carne ni pescado, porque pienso, también, que todos los animales merecen que se les trate con dignidad, pero ese es otro tema. Guiño, guiño.

      No sé qué historia crees que estoy contando, ni quién eres, ni quién crees que soy yo… En este caso, cuento una historia basada en una experiencia: un gato fue atacado por un perro, lo encontré moribundo y muy enfermo e hice lo que habría hecho si hubiera sido de mi familia… No hay nada más y no me baso en “intereses y conveniencias”, sino en mi experiencia y mis ganas de contar un relato.

      Así que, no sé, diviértete con el blog y antes de pensar que estoy escribiendo sobre un tema que, imagino , te afecta en primera persona, dale una vuelta…

      Eso sí, las voces de Dante en mi cabeza son total y absolutamente
      (di que inventadas)
      inventadas

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