Pesadillas recurrentes

El sueño de la razón produce mosntruos, Francisco de Goya y Lucientes.

®Museo Nacional del Prado

Después de que Borja publicara recientemente una entrada sobre microrrelatos, se me ocurrió crear una entrada con algunos microrrelatos propios, de mi cosecha, para hacerlos públicos de una vez y quitármelos de encima. Los escribí hace tiempo, cuando me dio por la escritura y aún no sabía que lo mío, por decirlo de alguna manera, son los tablones de al menos 200 páginas. Le pregunté a Eduardo qué le parecía la idea y me dijo que bien, pero como siempre pasa con Eduardo, cuando tú ya te estás dando palmadas en la espalda, él te suelta la puñalada: su «sí» vino seguido de no sé cuántos «peros». En resumen, lo que vino a decir fue que la entrada no debía estar basada solo en algunos de mis trabajos, sino que además debía contar con una introducción que la hiciera interesante. Hay que saber leer entre líneas.

Tengo un par de microrrelatos que escribí por completo por separado y sin embargo tratan sobre un mismo tema: las pesadillas recurrentes. Uno de ellos se centra en un tipo de pesadilla recurrente bastante común entre gente que cursó en la universidad. El otro describe una pesadilla recurrente mía que siempre tengo, tal y como la plasmo en el relato o con alguna variación, en tiempos de estrés: sueño que un tsunami acaba con mi vida. Al parecer es una pesadilla bastante común. Hice una búsqueda rápida en internet y hay más de trescientas mil entradas sobre el tema. También descubrí que hay páginas y páginas dedicadas a la interpretación de los sueños, como esta. A ver si un día de estos me entero de dónde saca la gente tiempo que dedicar a estos menesteres.

Otra de mis pesadillas recurrentes es que quiero sacar una fotografía cuando estoy viviendo un momento especial, para inmortalizarlo, y siempre siempre ocurre que me he olvidado la cámara o esta no tiene batería o directamente no funciona, lo que me genera muchísima ansiedad y una terrible frustración. Esta pesadilla, al parecer, no es tan frecuente. Pero no hay que ser Freud para poder interpretarla.

Las pesadillas, según Wikipedia, que se ha convertido en la fuente de referencia mundial para tratar cualquier tema así, a bote pronto, son ensueños que puede causar una fuerte respuesta emocional, comúnmente miedo o terror, aunque también pueden provocar depresión, ansiedad y una profunda tristeza. Las pesadillas pueden contener situaciones de peligro, malestar o pánico físico o psicológico. De la entrada en Wikipedia cabe resaltar también la siguiente frase: “Hasta cerca del siglo XVIII, las pesadillas eran a menudo consideradas obras de monstruos, los cuales se creía que se sentaban sobre el pecho de los durmientes, oprimiéndolo con su peso, lo que originó el nombre de pesadilla (nombre derivado de peso)”. Una curiosidad que de hecho es evidente en el arte pictórico. He aquí algunos ejemplos que encontré buscando imágenes con las que ornamentar esta entrada. Si os fijáis, son variaciones de un mismo tema.

Si yo durmiera en semejante postura, también tendría pesadillas: soñaría que me parto la espalda.

Observando estas pinturas uno puede llegar a dos conclusiones: que los hombres no tienen pesadillas, o que los hombres que las pintaron no solo querían representar una pesadilla. Ay, esas mentes sucias…

Por cierto, los gatos también tienen sus pesadillas.

He de destacar, aquí, en un apartado, que buscando las anteriores pinturas me encontré con otras de carácter onírico muy impresionantes, como esta:

Produce escalofríos, ¿verdad?

Su autor es Zdzislaw Beksinski, un pintor polaco con una imaginación muy extraña. Échales un ojo, que merecen la pena.

Y bueno, ya sí, aquí están mis dos microrrelatos.


Pesadilla recurrente

Lo ve llegar paso a paso. Pronto lo alcanzará. Y él está solo y sin escapatoria. Su estómago se convierte en una roca de ácido sulfúrico; sus intestinos se revuelven con vida propia; el corazón le golpea el pecho con furia, como si tratara de escapar de su jaula de carne y hueso; sus pulmones luchan a muerte por conseguir un trago de un aire que los está abrasando; su lengua se seca en el desierto de su boca; sus piernas se vuelven dos fardos de carne muerta; un sudor acre se derrite en sus sienes; y, lo peor, su mente se queda totalmente en blanco. Ya está aquí, ya lo tiene frente a sí. Lo mira con atención. Es de una extensión imposible y de una complejidad apabullante. Sin duda el producto de una mente cruel y retorcida. Al punto sabe que no va a poder con él. Vencido, hunde la cabeza entre los hombros: nunca conseguirá acabar la carrera.

El examinador se sienta y anuncia “Tienen ustedes una hora para entregarlo”.


Una versión bastante más breve del mismo relato, pero que viene a producir la misma ansiedad, sería:

“Guarden todo lo que tengan sobre la mesa y saquen papel y lápiz.”

Qué traumas más tontos crea la educación.


Mi otro microrrelato es este:

Inesperado

Por fin está cumpliendo su sueño vital: pasea por un desierto, a solas. El paisaje es perfecto, el silencio también. Lleva su cámara fotográfica y va inmortalizando el momento. Se detiene para apuntar al horizonte, donde ha divisado un promontorio. Pero a través del objetivo, mientras enfoca, se da cuenta de que desaparece. El cielo pierde su luz, la arena se oscurece. Intrigado, alza el rostro: un ola gigantesca ha engullido el desierto y está ya sobre él, a punto de romperse. Instintivamente se agacha y, pese al repentino pánico, genera un último pensamiento: “Qué manera más absurda de morir”.

Preciosa la ola de Hokusai, pero solo en el cuadro.

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