Deja que tus hijos vuelen

Ayer me avisaron de que tenía una carta certificada. Recordé que por correo nunca se reciben buenas noticias, y pensé que, probablemente, el estado me habría puesto una multa por calentarme al sol, o por un excesivo disfrute, cuando salgo a pasear, de los terrenos de caza, ya sabes, lo que antes se llamaba “el campo”.

Pero no fue así. Hace unos meses lleve unos relatos al Registro de la Propiedad Intelectual, y en la carta me informaban de que todo estaba en orden. Si algún millonario me quiere plagiar, ahora ya podré demandarle a placer.

 

Qué cosas. Empiezan como ideas pequeñitas pero, con el tiempo, se convierten en obras hechas y derechas. El milagro de la vida aplicado a la imaginación.

Me sentí un poco extraño. Por un lado, es el primer paso lógico que se debe dar si tienes intención de publicar tu obra. Pero, por otro lado…

Por otro lado me sentí algo vacío, como cuando eres un niño y tu mejor amigo hace nuevas amistades. Me sentí celoso de las mentes de los lectores, porque las ideas nacen sobre el papel, crecen en las mentes de aquellos que las leen, y vuelan cuando se registran, se publican o simplemente se comparten.

Así deben sentirse las ideas de Stephen King. Ellas también se chulean cuando nacen en el seno de una familia rica.

Las ideas son los hijos no reconocidos de los escritores, aquellos que jamás admitiríamos en sociedad, pero a los que amamos en secreto. Al ser leídas, nuestras ideas dejan de pertenecernos, y nos sentimos un poco más vacíos y estúpidos.

Sobre todo estúpidos. Ninguna persona cuerda dedicaría su tiempo a escribir obras de ficción.

 

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