VIVIR DELIBERADAMENTE

¿Nunca te ha parecido, visitando un museo de pintura, que todas las obras son más o menos iguales, o igual de anodinas, hasta que de repente te encuentras con una de la que no puedes apartar la mirada?

Al general Tanz, en el clásico La noche de los generales, se le va la pinza contemplando un autorretrato de Van Gogh, y luego pasa lo que pasa.

Esto es lo que le ocurre al protagonista de este relato, en el que mezclo cosas muy diferentes. Por un lado, quería centrarlo en un tipo de zona de confort algo especial: las obsesiones. Se me ocurrió a poco de que empezara a escribir ficción, mientras trabajaba en mi primera novela y estaba por completo obsesionada con ella: no pensaba en otra cosa en todo el día. Día tras día tras día. Me producía un placer incomparable recrearme de esta manera, me sentía muy a gusto enclaustrada dentro de mi mente y sus creaciones. Me di cuenta entonces de lo peligrosas que son las obsesiones, tomen estas la forma que tomen: una afición, una rutina, un trabajo, una persona, una obra de arte, una pieza de música, un pensamiento…, por cuanto nos separan por completo de nuestro entorno, de la vida real. Supongo que muchos escritores viven de continuo de esta manera y no viven de ninguna otra, quizá en realidad no vivan casi nunca en el mundo del resto de los mortales. Y esto, a mí por lo menos, me da que pensar (también explica la actitud cuando menos singular de algunos de ellos).

Y por otro lado, quería que contuviera uno de mis cuadros favoritos: Bosque de abedules (1902), de Gustav Klimt. Una pintura que –es mi opinión– puede llegar a enamorar e incluso a obsesionar.

¿Quién no querría perderse en este bosque?

Además, cuando estaba perfilando este relato, vi una charla de TED que me impresionó bastante, en la que una superviviente de infarto cerebral masivo habla de lo que sintió cuando lo estaba sufriendo: múltiples sinestesias. Una adaptación de su descripción acabó en el relato. El resultado es una historia sin duda singular y que encierra bastante más de lo que parece a primera vista.

Espero que te guste.


VIVIR DELIBERADAMENTE

El protagonista de este relato es un oficinista gris de mediana edad que habitaba en la parte más gris de una ciudad cualquiera, la misma en la que había nacido y se había criado, y en la que había vivido, sin excepción, todos sus días. Su padre, también un oficinista gris, no logró más méritos que el de haber sido un buen trabajador y un marido y padre discreto. Y su madre había sido una mujer piadosa en extremo que vivía por y para su marido: no pensaba si no era por él, ni hacía si él no hacía, y al final, cuando él murió, ella se dejó morir por no vivir sin él. No tenía hermanos ni amigos. A sus padres les faltó la vitalidad necesaria para tener más de un vástago, y el hacer y mantener amistades supone un esfuerzo que él se sentía incapaz de realizar. Y para qué hablar de una relación amorosa. En resumen: llevaba una vida exenta de preocupaciones. Y no había nada a que su alma aspirase más allá de hacer su trabajo decentemente, como lo había hecho su padre, y de mantener una rutina que lo confortaba, en la que se sentía seguro.

Era una rutina muy sencilla la suya. De lunes a viernes se reducía a levantarse temprano por la mañana, ducharse, vestirse, desayunarse, ir al trabajo, trabajar, hacer una breve pausa para almorzar, seguir trabajando, regresar a casa del trabajo, ducharse, preparar la cena, cenar, leer la prensa, dormir. Durante los fines de semana limpiaba la casa, hacía compra, lavaba y planchaba la ropa que hubiera para lavar, y, por supuesto, también desayunaba, almorzaba, cenaba, leía, dormía. Y soñaba por soñar. No tenía pasatiempos porque carecía de la constancia que requiere el practicarlos, y no practicaba ningún deporte porque el deporte le cansaba. Pero siempre volvía del trabajo a casa caminando. No lo hacía porque disfrutara particularmente del paseo, que discurría en parte por una de las calles principales de la ciudad, ni tampoco porque le agradara ver gente, ni por deleitarse con el buen tiempo cuando lo hacía. Lo hacía tan solo porque se decía que era bueno para la salud. Cualquier otra razón contemplaba detalles que carecían para él de significación.

Un buen día, mientras regresaba a casa, cuando se encontraba a medio camino ni más ni menos, inesperadamente se puso a llover, pero no de cualquier manera, sino que dio la impresión de que el cielo entero iba a desplomarse contra el suelo. Y, qué mala suerte, él iba sin paraguas. Resolvió guarecerse del chaparrón en el primer refugio que halló abierto: el museo de pintura. Nunca antes de aquella tarde había entrado en semejante antro. Al igual que lo hicieron sus padres, consideraba que el arte en general representaba una debilidad del espíritu, que era un signo de inmadurez, nada más que el producto del ego del artista, que induce al resto de los mortales a sumirse en una patética ensoñación. Una trampa para la mente. Un peligro para la razón. Una absurda pérdida de tiempo. Es decir: le desagradaba profundamente. Pero como al parecer iba a tener que pasar un buen rato allí, a cubierto, decidió dar una vuelta por las salas y ver de cerca una muestra de lo que tanto le repulsaba. Y, cómo no, encontró exactamente lo que esperaba encontrar: una confirmación a su idea. Porque con independencia de su origen en el tiempo y en el espacio, el movimiento artístico al que pertenecieran y la pericia estética del correspondiente autor, que en ciertos casos parecía harto dudosa, las obras resultaban pretenciosas: era palpable a la vista que carecían de esencia, de alma, no eran sino tristes instantáneas forzadas por la imaginación del artista. Y no solo eso, eran además poco originales, estaban centradas en una variedad de temas vergonzosamente escasa: escenas que eran o diarias o religiosas o mitológicas o históricas; objetos de la vida cotidiana, bien combinados armónicamente, bien mezclados de cualquier manera; mujeres, mujeres de todas las clases, desnudas casi siempre, a veces vestidas, de pie, sentadas o tumbadas, solas o en compañía; retratos de grandes y de humildes; paisajes con marina, o con montañas, o con lago… Una y otra vez los mismos elementos, vistos y expresados de formas diferentes, sí, pero a fin de cuentas una monotonía. La vida y el ambiente de otros, de los mismos siempre, nada de su interés.

“Qué falta de talento y de imaginación, qué fraude, qué fraude”, pensó con hartazgo. “Salvo por ese bosque”. Se paró en seco. “¿Qué bosque?”, se preguntó extrañado. Y volvió sobre sus últimos pasos. Ese bosque que estaba ahí. Ese bosque que había captado con el rabillo del ojo al pasar por su lado. Ese bosque inevitable. Se quedó plantado delante de él sin poder desclavarle los ojos. Era un denso y profundo bosque de sombríos abedules coronados de verde que se erguían humildes sobre una alfombra de hojas alegres. Un lugar solitario y apacible. Un oasis aislado del mundo. Un paraíso en el que uno podía esconderse de todo y de todos, y ser feliz para los restos. Tan tentador… Cautivado por su belleza, se sentó en un banco que había frente a él y, con total abandono, se dedicó a contemplarlo. Y, sin querer, por vez primera en su vida soñó despierto, soñó… Soñó que era allí donde había jugado con los niños —sus compañeros de clase y los chicos de su barrio— con los que, de niño, nunca se atrevió a jugar, y donde, de adolescente, había yacido por vez primera con su primera amante, aquella joven de la que tiempo atrás estuvo perdidamente enamorado pero a la que nunca osó dirigir ni una palabra tan solo; que era el lugar al que iba a pasear todos los sábados con esa familia de la que carecía pero que en el fondo codiciaba; el mausoleo en el que algún día la mujer de su vida esparciría sus cenizas, y en el que descansaría en paz por siempre jamás. Ese bosque. Ese bosque encerraba toda la vida que, en secreto, le gustaría haber tenido, encerraba sus anhelos más íntimos.

Permaneció allí sentado y ausente hasta mucho después de que parara de llover, hasta la hora de cierre del museo. Pero volvió al día siguiente, y al otro, y al otro…, porque no podía dejar de sumirse en ese bosque, de pasear por entre sus tranquilos árboles escuchando el silencio de los invisibles pájaros y el ruido de hojas secas de sus pasos, embriagándose con el dulce aroma del otoño, y encontrando a quien quisiera encontrar allí, en su coto privado, para hacer lo que no se atrevía ni a desear siquiera. Pasaba en el museo todas las tardes, todas, soñando despierto, sintiéndose, por vez primera en su vida, vivo. Y así aquel bosque se convirtió en una adicción para él, y él en su ávido esclavo. Tanto que, todos los días, al acudir apresurado a su encuentro, la ansiedad acumulada hasta entonces desde que dejara el museo el día anterior alcanzaba su momento álgido, y él sentía que le faltaba el aire y que el corazón le latía desbocado, y un sudor helado se le derretía en las sienes, y le flaqueaban las piernas y los brazos…, pero todos estos síntomas desaparecían por completo cuando por fin se sentaba frente al cuadro y dejaba que su imaginación hiciera el resto.

—Se lo han llevado —le informó el vigilante de la sala una tarde, cuando llegó puntualmente a su cita diaria—. A una exposición en otra ciudad. Lo traerán de vuelta en un mes.

Pero él no iba a poder sobrevivir un mes eterno sin su presencia. Porque no era capaz de representarlo en la mente con todo su esplendor, y porque cualquiera de sus copias estaba inanimada. Ese bosque maravilloso respiraba solo en su propio cuadro. Y solo cuando él lo tenía delante, su imaginación despertaba y, volando libre, lo deleitaba incansable con acrobacias imposibles, con placeres indescriptibles… Lo necesitaba. Sin pensarlo dos veces solicitó sus vacaciones y se trasladó a la ciudad a la que lo habían desplazado. Alquiló un pequeño apartamento ubicado no lejos del museo en que lo exhibían. Y, con todo el tiempo que tenía en sus manos, se dedicó no solo a contemplarlo ensimismado, sino también a prestar atención hasta al último de sus rasgos: todas sus sombras y todas sus luces; la longitud, el grosor, la textura y el color preciso de cada una de sus hojas; sus espacios en blanco…, para incorporarlos sin tacha a su fantasía. Conscientemente obvió otros detalles que ya había obviado, en particular el título, el autor, el modelo utilizado y la función de la obra, pues le parecían irrelevantes. Desde su punto de vista, si él no lo hubiera descubierto, ese lienzo no existiría. Existía solo por y para él. Para complacerlo.

Cuando por fin fue devuelto a su sitio, ya lo conocía al detalle, con la misma intimidad con que se conocen el uno al otro dos recién casados al volver de luna de miel. Y sentía que su unión era inquebrantable.

Pasó el imparable tiempo. Y con su paso, al cuadro se lo volvieron a llevar una vez, y otra, y otra…, lejos, a otras ciudades, a otros países. Y él, sin poder contenerse, lo siguió y le estuvo haciendo constante compañía hasta su regreso a casa. Siempre. Así pues, a lo largo de los años, de los lustros, de las décadas, viajó por todo el mundo, visitando hasta un total de veinte ciudades, la mayoría de ellas en países diferentes a su patria. Pero fueron éstos países y ciudades que él no llegó a conocer porque nunca se dignó a discurrir por lugar alguno que no formara parte de su bosque, de su mundo particular. Y día tras día construyó en sus lindes, entre los lados del marco en que estaba contenido, una vida entera, la que le hubiera gustado tener si él no fuese como era, si tuviera la voluntad, el valor y la constancia necesarias para llevarla a cabo, y si, además, el mundo no fuese como era sino como él quería que fuese. Tuvo al amparo de sus abedules innumerables encuentros, todos distintos, con innumerables amantes, de entre las cuales, a la más hermosa, la más lograda, la más perfecta, la hizo su esposa, y con ella formó una familia numerosa de cinco hijos y quince nietos, todos los cuales lo respetaban y lo adoraban. No podía desear más. Su vida era perfecta. Y él era feliz, tremendamente feliz.

Un buen día, estaba sentado frente al cuadro, recuperándose de la ansiedad creciente de no haberlo visto desde la tarde anterior, cuando algo inesperado y extraño ocurrió. Por vez primera desde que conocía aquel lienzo, podía sentir el aliento de su textura en la piel, y oler sus colores, y oír su luz, y observó fascinado que el cuadro, de repente, se expandía hacia afuera del marco que lo contenía, abarcando todo el espacio que les rodeaba, volviéndose infinito, y de que hasta el último de sus propios átomos estaba enlazado con los de la pintura. Y también de que esta estaba por completo vacía de contenido. Y con la última luz de la consciencia comprendió que se estaba muriendo. Y que en realidad no había vivido.

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