TENEMOS MUCHO QUE DECIR

Vengo en esta entrada a hablar sobre un libro que he leído hace poco y que recomiendo: Having our say, de Amy Hill Hearth y las hermanas Delany (Sarah y Elizabeth). Yo lo he conseguido en este país en el que vivo, EEUU; en inglés, por lo tanto (un inglés muy sencillo). Pero, según la Casa del libro, fue publicado en España en 1994 por la editorial Planeta, así que puede conseguirse tambien en castellano, si bien está ya descatalogado y solo es posible encontrar a la venta ejemplares de segunda mano (bastante baratos, por cierto).

Es un libro muy recomendable por varias razones. Pero antes de darlas tengo que contar un poco la historia que tiene detrás. No el libro en sí, sino el ejemplar que yo he leído. No te la pierdas que es importante.

Having our say lo recibí como un regalo hace ya unos cuantos años, quizá diez. Entonces trabajaba como postdoctoral en un grupo pequeño, compuesto por mi jefe, dos postdoctorales (incluyéndome) y una técnico. La técnico, que se llamaba Geraldine, y yo compartíamos despacho. Era una mujer mayor, cercana a la jubilación, a la que le encantaba conversar. Era además muy amable: me ayudó no poco a instalarme cuando aterricé en este país. Nos llevábamos bien, teníamos una relación cordial. Incluso intercambiábamos un pequeño regalo por nuestro cumpleaños. Un año me vino con este libro del que estoy hablando. No lo voy a negar: me atrajo muy poco. No solo por la portada, que es terrible (no suelo juzgar los libros por su cubierta, pero tengo mis límites), sino por el tema en general: Having our say es una historia oral contada por las hermanas Delany, dos mujeres negras que vivieron en EEUU desde finales del siglo diecinueve hasta finales del veinte, más de cien años. Para Geraldine este libro era un regalo perfectamente normal y sin duda pensó que debía interesarme y que debía leerlo. Un detalle: Geraldine era negra. Y ¿por qué no me interesó? Pues precisamente porque era una historia de negros. Que nadie se eche las manos a la cabeza por esta expresión ni me tache de racista. Sencillamente el libro cuenta una parte muy particular de la historia de este país, que no me interesaba, desde un punto de vista que me era muy ajeno. No es mi país. El racismo que tienen aquí no es un problema con el que yo haya crecido. No está en mi acervo. No es mío. Lo veía como algo muy lejano. Y además entonces tenía la cabeza en otras cosas. Así que abandoné el libro en mi estantería pensando que seguramente nunca llegaría a leerlo.

Pasaron los años.

Recientemente me encontré esperando la entrega de un libro nuevo (vía Amazon) y como no podía estar sin leer nada mientras, me dije que habría que darle una oportunidad a alguno de esos libros que tengo y que nunca he leído. Unos cuantos, la verdad, como todo el mundo. Having our say uno de ellos. Si lo elegí es porque es corto, como esperaba que fuera la espera.

¿Qué puedo decir del libro? Que engancha desde la primera página y se lee de un tirón. Es entretenido, informativo y muy entrañable. Las hermanas Delany, como toda su familia, son gente de admirar. Su padre no fue libre durante su infancia, hasta que se abolió la esclavitud. Tuvo suerte: sus dueños se ocuparon de que aprendiera a leer y a escribir, y esto salvó a su familia. Tras la abolición de la esclavitud, los negros fueron dejados a su suerte y muchos desconocían cómo escribir, leer, cocinar o las cuestiones de higiene más básicas, por cuanto habían sido tratados hasta entonces como animales. Algunos murieron de escorbuto por pura ignorancia. Las hermanas Delany, como sus hermanos y hermanas, en contra de todas las adversidades -racismo, pobreza y, en su caso particular, también machismo-, cursaron estudios superiores y trabajaron, una como profesora y la otra como dentista. Un logro impresionante para mujeres negras que vivieron durante el siglo pasado en EEUU. Además, una de ellas, Sarah, viajó con su anciana madre, ya viuda, por toda Europa. La verdad es que la historia te lleva de sorpresa en sorpresa mostrándote cómo estas mujeres, que lo tenían todo en contra, salieron adelante con bien gracias a su fuerza de voluntad y su fe en sí mismas.

Hay datos que aportan que te ponen los pelos de punta. Entre otros, que de niñas no podían alejarse apenas de su casa porque entonces cualquiera podía violar a una niña negra sin que tuviera ninguna consecuencia legal. Su vida valía bien poco. Otros son curiosos, como el hecho de que un alto porcentaje de los negros de este país, que tanto racismo han sufrido, tengan su sangre mezclada con la de otras razas, la blanca principalmente, pero también la india (nativos) y la china. Pero ojo, que lo mismo ocurre con muchos de los blancos, que llevan sangre negra, sin saberlo en la mayoría de los casos.

Es un libo que, en fin, me ha encantado. No sin razón se mantuvo en EEUU como best seller durante 105 semanas consecutivas. Y me ha hecho pensar mucho en mi primera reacción respecto a él. Las mujeres nos quejamos de que los hombres en general no leen a autoras. Y no solo los hombres: es famoso el caso de J.W. Rowling (entre otros similares), que firmó sus libros así, sin descubrirse como mujer, para evitar que fueran rechazados por los niños. Los niños. Si no hubiera actuado de esta manera, quizá no conoceríamos a Harry Potter. Como los negros en este país, que a ojos de la Ley han alcanzado la igualdad, pero que en la práctica aún son considerados y tratados por muchos como ciudadanos de segunda, las mujeres en Occidente (en todo el mundo realmente, pero estoy ahora hablando del que mejor conocemos, del nuestro) también seguimos viviendo bajo el peso del machismo. Es más fácil cambiar un papel, la ley, que una idea que ha sido imperante durante miles de años: que las mujeres somos inferiores en muchos aspectos y que nuestro lugar esta en la cama y en el hogar, cuidando de la casa y de los niños. Lo que tenemos que contar no interesa. Nuestro punto de vista no interesa. Y esto es así. Recuerdo una anécdota que me ocurrió hace años, en un vuelo corto, interestatal, aquí, en EEUU. Iba leyendo La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, una novela deliciosa que, por cierto, aprovecho aquí para recomendar. Se sentó a mi lado un señor como de cincuenta y muchos, quizá sesenta años. De clase media. Al notar mi interés por mi lectura me preguntó qué estaba leyendo. “La elegancia del erizo“, contesté. “Oh -dijo-, mi hija me la regaló hace unos meses, pero no la he leído porque me parece que es una novela para mujeres. ¿Crees que puede ser del interés de un hombre?”, me preguntó. Me hizo gracia este comentario, porque la novela en sí es sobre todo de corte filosófico. Le contesté que era un libro que, no solo una mujer, también cualquier hombre inteligente podía disfrutar mucho. Efectivamente: no volvió a dirigirme la palabra en el resto del trayecto.

Pero la indiferencia no acaba aquí. Algo que no he logrado entender es por qué los hombres no luchan por nosotras. Siempre que hay una manifestación feminista para exigir, por ejemplo, mano más dura contra la violencia de género, que sí existe, la presencia de los hombres es anecdótica. Entiendo que muchos piensan que no son la causa del problema y que no tienen por qué estar allí. Defendiendo una causa justa. Cuando no hacer nada por solventar un problema no es mucho peor que crearlo.

Yo no me considero racista, pero por cuanto soy blanca y no hago nada en contra del racismo, soy parte del problema que sufren aquí los negros. En este país en el que, ante la Ley, son iguales que los blancos, pero en el que aún sufren un racismo brutal todos los días. Si no los apoyo activamente y si no me intereso por lo que tienen que decir, por su punto de vista en la historia, no estoy siendo mucho mejor que sus verdugos. Ni que otra gente que discrimina a sus congéneres en base a prejuicios sin sustento o a intereses propios. Como los machistas.

Lee Tenemos mucho que decir, que es un libro maravilloso y no tienes excusa para no hacerlo.

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