Solaris y Pícnic extraterrestre, dos novelas que tienes que ver

Se suponía que iba a publicar una reseña sobre The Great Pursuit (1977), de Tom Sharpe (y prometo escribirla y colgarla en el blog en breve), pero unos días atrás me empezó a seducir la idea de crear una entrada sui generis sobre novelas de ciencia-ficción y sus adaptaciones cinematográficas. ¿Por qué me ha dado por aquí? Pues porque la próxima novela que voy a escribir, y que ya tengo en mente, es de ciencia-ficción y, en consecuencia, últimamente pienso bastante en este género, que, si bien mis obras (dos, las dos que he publicado) hasta ahora han sido realistas de corte intimista, es mi favorito. Pero, ay, he de reconocer que en general no he leído mucha ciencia-ficción, más que nada porque para mí es como el melón. Me explico: el melón es una fruta que me encanta, pero creo que todo el mundo coincidirá conmigo en que es muy difícil encontrar un melón que esté en su punto, que merezca la pena. Así, novelas de «ciencia-ficción» hay muchas, pero que sean de ciencia-ficción de verdad y merezcan la pena, más bien pocas. También porque quería hablar de autores, novelas y, sobre todo, filmes de ciencia-ficción que son verdaderas obras maestras pero que, me temo, en nuestro país no mucha gente conoce.

«¿Qué crees que estás haciendo, Dave?»
Foto: Chris Maddison

Supongo que todo el mundo conoce el filme de Stanley Kubrick ‘2001: una odisea espacial’ (1968). Para muchos será solo un tostón tremendo, pero nadie puede negar que es perfecta, PERFECTA. No creo que tanta gente, sin embargo, haya leído la novela en la que está basada. 2001: una odisea espacial (1968), de Arthur C. Clarke, basada a su vez en el cuento El centinela, del mismo autor, es en mi opinión un libro que todo el mundo debería leer. Pero más imprescindible es, del mismo autor, Cita con Rama, una novela que Morgan Freeman lleva años tratando de adaptar al cine, pero al parecer el proyecto no termina de cuajar por falta de un guion que haga justicia a la obra. Cita con Rama es una de esas novelas que terminas con una cierta tristeza, porque tienes la certeza de que la siguiente novela que leas ni va a estar a su altura ni te va a satisfacer en igual medida. Rebosa intriga y suspense, engancha y produce adicción, entretiene enormemente y, el sello de todas las novelas de Clarke, es ciencia-ficción en estado puro: está dotada de una lógica y de una base Física deslumbrantes.

Pero bueno, yo he dicho que iba a hablar de lo desconocido y hasta ahora solo he hablado de lo que todo el mundo sabe (o debería).

Al lío, como diría Eduardo.

Quizá a muchos el nombre de Andréi Tarkovsky les suene a chino, pero no es chino, es ruso, y es el nombre de uno de los mejores directores de cine que ha existido, y que existirá, jamás, junto con Stanley Kubrick, Ingmar Bergman o Akira Kurosawa. Uno de los grandes.

He aquí el interfecto.

Tarkovsky para mí es el mejor [director], el que inventó un nuevo lenguaje, fiel a la naturaleza del cine, ya que captura la vida como un reflejo, la vida como un sueño.

Ingmar Bergman

Tarkovsky no realizó muchas películas, tan solo once, pero dos de ellas fueron de ciencia-ficción y son de las que quería hablar en esta entrada.

Una es ‘Solaris’.

El mar inteligente de Solaris.
Dicen que hay tres cosas que uno puede mirar sin cansarse: el fuego, el mar… y otra gente trabajando.

Solaris en origen es una novela del gran Stanislaw Lem y en mi opinión otra de las obras imprescindibles que uno tiene que leer antes de morir. A grandes rasgos trata de los intentos de un grupo de investigadores por entender la vida del planeta extrasolar Solaris. A algunos les sonara el nombre por una película con el mismo título que se estrenó en España allá por el 2002 y que estaba dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por George Clooney. No es una mala adaptación de la novela de Lem, Clooney sin duda la dota de una estética muy atractiva, pero es una versión que transforma Solaris en una historia romántica, cuando en realidad es mucho mucho más que esto: por un lado, se centra en la dificultad que puede implicar para el hombre tratar de entender una inteligencia extraterrestre, y por otro, indaga en la esencia misma del ser humano. La película ‘Solaris’ (1972) de Tarkovsky, si bien está centrada en este último aspecto, capta a la perfección toda la densidad de la trama y está considerada como una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos, comparable a ‘2001: una odisea espacial’ (así que alguno habrá que crea que es otro tostón insufrible).

El otro filme de ciencia-ficción de Tarkovsky es ‘Stalker’ (1979), también una inolvidable obra maestra, basada esta vez en la novela corta de los hermanos Strugatsky Picnic extraterrestre (1972). Arkady y Boris Strugatsky colaboraron en la creación de múltiples novelas e historias cortas de ciencia-ficción. Quizá alguien recuerde una coproducción germano-rusa que se estrenó en los años 80 con el título ‘Qué difícil es ser dios’ (1989). Estaba basada en una de las novelas de los hermanos (hay otra versión cinematográfica, rusa esta vez y más reciente, del 2013, que esa sí que sí es un tostón insoportable). Pero su novela más conocida en el mundo mundial es Picnic extraterrestre.

Un pícnic. Imagina un bosque, un camino rural, un prado. Los autos salen del camino rural hacia el prado, un grupo de jóvenes sale cargando botellas, cestas de comida, transistores y cámaras. Encienden fogatas, montan carpas, ponen la radio. Por la mañana se van. Los animales, aves e insectos que observaban con horror la larga noche se arrastran fuera de sus escondites. ¿Y qué ven ellos? Bujías y filtros viejos esparcidos alrededor… Trapos, focos quemados y una llave inglesa dejada atrás… Y, por supuesto, el desorden habitual: corazones de manzana, envoltorios de dulces, restos carbonizados de la fogata, latas, botellas, el pañuelo de alguien, la navaja de alguien, los periódicos rasgados, las monedas, las flores marchitas recogidas en otro prado.

Dr. Valentine Pilman, Pícnic extraterrestre

Pícnic extraterrestre trata de la vida en una villa tras la breve visita de unos extraterrestres. Los extraterrestres no interaccionan con nadie ni nadie los ve, pero tras abandonar la Tierra, dejan el lugar que han ocupado, «el area de pícnic», lleno de restos de su actividad (artilugios de todo tipo que nadie sabe cómo manejar ni para qué sirven, pero a los que se les atribuyen poderes especiales) y el gobierno lo transforma en un área reservada, La Zona. El protagonista, Red, es un buscavidas que mantiene a su familia entrando a hurtadillas en La Zona para extraer cualquier objeto de origen extraterrestre y venderlo en el mercado negro. La novela es original, entretenida y está bien escrita. Pero en su adaptación, Tarkovsky la transformó en una historia con un trasfondo filosófico importante, en el que indaga en los deseos de las personas y el miedo inherente a que estos se hagan realidad. Es decir, es una película que, como su ‘Solaris’, te hace pensar. También tiene una estética insuperable.

Parece que les ha entrado un poco de arena en la casa…

‘Stalker’ está considerado como uno de los mejores filmes jamás realizados.

‘2001: una odisea espacial’, ‘Solaris’ (de Tarkovsky) y ‘Stalker’ tienen en común que son películas de ciencia ficción que igualan o incluso superan la calidad de las obras en las que están basadas (con lo difícil que es esto, especialmente en un género en el que se requieren, en la mayoría de los casos, buenos efectos especiales). En gran medida porque fueron realizadas por grandes directores. Hay otros ejemplos, qué duda cabe. Quizá ‘Blade Runner’ (1982), de Ridley Scott, sea uno de ellos. Desafortunadamente, este no es el caso de ‘Dune’. Dune (1965), de Frank Herbert, es una obra de ciencia-ficción extraordinaria y abre una de las sagas más importantes de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Su adaptación a la pantalla más conocida, ‘Dune’ (1984), fue dirigida por David Lynch, quien es considerado por muchos un gran director. Sin embargo, su ‘Dune’ es una película ambiciosa y pretenciosa en extremo que, para los amantes de la novela, decepciona no poco. Muchas veces me he preguntado qué le pasaría a Lynch por la cabeza cuando decidió que podía resumir en poco más de dos horas una odisea de más de setecientas páginas. Posiblemente nada de nada.

Una imagen vale más que mil palabras, dicen.

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