Shakespeare, un relato y cervezas en un albergue

Estábamos a mediados de marzo. Habíamos caminado durante horas bajo la lluvia y el viento en una etapa más bien pesada del Camino de Santiago y, después de darnos una ducha, nos encontramos todos los peregrinos en la sala común de un albergue parroquial. Fue una noche mágica y única por razones que no puedo desvelar sin romper media docena de leyes divinas, un juramento, una promesa de meñique y una tontina, así que no lo diré nada.

Pero también fue una noche maravillosa por una razón que, hasta ahora, no he contado a nadie.

(Bueno, en realidad sí lo he hecho, pero no como es debido, que es lo que estoy haciendo ahora.)

 

Esa noche, mi amiga Tatiana y yo hablamos sobre literatura. Yo bebía una cerveza y ella, aunque no lo recuerdo bien, imagino que bebía un vino tinto. Ella es una lectora compulsiva, mucho más que yo. Nos pusimos a hablar de autores que nos gustaban y, no sé muy bien cómo, terminamos hablando de William Shakespeare.

Es jodidamente difícil encontrar a alguien así, alguien con quien reírte recordando escenas de sus obras como si fueran de una película reciente, alguien que se emocione hablando de un autor clásico, alguien con quien chocar tu copa y decir “¡por el bardo!” como si fuera un amigo común al que hace tiempo que no vemos…

El alcohol y los libros hacen unos amigos muy especiales. Escasos, cierto, pero especiales. También es verdad que entre el cansancio, las cervezas y que soy muy dado a inventarme cosas, quizá no todo lo que recuerdo es verdad.

Esa noche hablamos sobre cuál era nuestro libro favorito de Shakespeare, sobre la complejidad de sus personajes y la extraña belleza de sus sonetos. Hablamos, creo recordar, sobre Mucho ruido y pocas nueces, sobre La Tempestad y, por supuesto, sobre

(redoble de tambores)

Sueño de una noche de verano

No he encontrado ninguna imagen que le haga justicia a la reina Titania, así que tendrá que valer ésta, que he sacado de aquí.

Es una obra divertida, triste según cómo se mire, terriblemente evocadora y capaz de transportarte a otros mundo y otras épocas. Para disfrutarla bien hay que leerla con la mente un poco abierta e imaginarse no sólo el escenario, sino también el momento en el que fue escrita. No es la típica obra pesada escrita de forma rariponcia ni mucho menos, sino todo lo contrario: es amena y ágil. Algún día deberé verla en vivo, porque leer una obra de teatro y no verla representada es como leer un guión de cine e imaginarte la película, pero en fin…

 

Hay quien dice que esta obra devolvió a los elfos a la grandeza que habían perdido en los siglos anteriores, ya que se habían convertido en la imaginación popular en poco más que unos duendes traviesos. Aquí, sin embargo, los reyes Oberón y Titania son magníficos y temibles, algo que no se ha vuelto a ver en la literatura hasta mucho tiempo más tarde. Estoy seguro de que el gran J.R.R. Tolkien estaría de acuerdo conmigo.

 

Esta obra se menciona en muchos libros, cómics y películas. En Lores y Damas, del inigualable Terry Pratchett, se le hace un homenaje nada disimulado. Y en The Sandman, de Neil Gaiman, hay un número entero que tiene dos lecturas totalmente diferentes si conoces el libro y si no lo conoces (y las dos son fantásticas porque Gaiman es un genio).

 

 

Total, que esa  visión de los reyes elfos, la magia de Shakespeare, el amor y la pasión tan absurdos como inevitables, se clavaron dentro de mí como alfileres calientes sobre mantequilla. Y a veces aún me causan dolor, porque la nostalgia de algo que no has vivido tiene nombre y, por lo tanto, existe.

Escribí un relato que tenía como protagonista a uno de los personajes de esta obra. En realidad, Titania es también un personaje importante en una novela que estoy escribiendo actualmente, pero ahora te contaré la historia de Robin Buen Chico, el Puck, y de cómo pasó a formar parte de la corte de los reyes elfos.

Me encanta este cuento. Espero que a ti también.

 

“Es magnífico… ¡Y es cierto! Nunca ocurrió tal cosa y aun así es cierta. ¿Qué magia es ésta?”

(Se llama literatura, mi pequeño Puck)

A LOS ÁRBOLES NO LES GUSTA VIAJAR

 

Primero se escuchó el llanto.

—Antes de que huelas o veas a un bebé —dijo Robin Paso-Ligero, el duende—, oirás sus gritos y lloriqueos. Te lo dije, Pan, es un niño humano.

El gnomo apartó las hojas y se asomó con cautela al interior del árbol seco. Sobre una cama de musgo, resguardado de la lluvia y acompañado por dos ardillas, se encontraba un bebé de apenas unos meses.

—Pues tiene orejas puntiagudas —dijo Pan—, y yo creo que los humanos no tienen orejas. Este niño tiene sangre de elfo.

—Sí tienen orejas, estúpido, pero son redondas. Este pequeño bastardo debe haber sido abandonado por algún hombre que deja a su mujer sola demasiado tiempo. El hombre volvió de cazar, o de hacer la guerra, o de esas cosas que hacen ellos, y se encontró a un bebé que no era suyo chupando de la teta de su esposa. Habrá aprovechado un descuido de la madre para cambiárselo por el cachorro de un zorro, llevarse a este niño y abandonarlo aquí. Seguro que el hombre no tiene esas orejas.

—¿Por qué dices eso, Robin? ¿No puede haber sido la madre quien lo haya abandonado?

—¿Tu mujer habría dejado sólo a uno de sus hijos en el bosque, gnomo?

Pan lo pensó durante unos instantes.

—No, ya lo creo que no. Les quiere más que a mí, mucho más. Una vez amenazó con cortarme en pedazos con un hacha y hacer conmigo un guiso si no llevaba comida a los pequeños. Y creo que hablaba en serio.

Se quedaron mirando al bebé un rato, que había dejado de llorar y movía los brazos hacia ellos.

—Ya se ha callado—dijo Robin—. ¿Qué hacemos? ¿Avisamos a los lobos? Le debo un favor a Marduk Medio Labio, y me vendría bien saldar mi deuda.

—Ya, pero tiene orejas puntiagudas. ¿Y si es hijo de un elfo? Podríamos meternos en un buen lío. Sería mejor que lo dejáramos en el agua y que se lo llevara la corriente.

—¡El río! —gritó Robin—. ¡Me acabas de dar una idea fantástica! Escucha, el otro día estaba yo con Safilia, la ondina de Irabia…

—¿Tú? ¿Con una ondina? Pobrecita, debe ser terriblemente lela.

—Escucha, trasgo idiota, y deja de decir sandeces. Safilia me contó que la reina Titania se encuentra triste desde que perdió a su amante humano, que debió morirse de unas fiebres, o comido por los ogros, o algo así. ¡Podemos llevar a este bebé como regalo a la reina, y seguro que nos recompensará! ¡Podría ser su mascota, o su bufón! ¡Un niño medio humano!

El gnomo suspiró y miró en silencio al duende.

—Eres tonto, Robin Paso-Ligero —dijo—. Titania te comerá y escupirá tus huesos por hacerla perder el tiempo. ¿Regalar a la Reina a un humano medio elfo como mascota? ¿Un bebé? ¿Esa es tu mejor idea? Además, ¿cómo piensas llegar hasta el país de los elfos?

—¡Tú eres el tonto, Pan! ¡Viajaré en las copas de los árboles y por los arroyos! Los olmos, hayas y castaños me llevarán hasta el Eume, y allí buscaré a alguna amiga de Safilia. Viaja mucho, ¿sabes? Una vez, me contó, llegó hasta Finisterra, hasta el borde del mundo. Intentó nadar en el mar y estuvo a punto de ahogarse… ––Robin hizo una pausa y se pasó la mano por la perilla––. Es verdad que no es muy lista.

—Ahí te quedas, duende, yo de este asunto no quiero saber nada —dijo el gnomo mientras se marchaba sin mirar atrás—. Pero recuerda mis palabras: no volverás a este bosque de una pieza. Titania es una mala perra. ––Se alejó mientras canturreaba una canción grosera que hablaba de culos y pedos, y las hojas se cerraban detrás de él como si nunca hubiera pasado nadie por allí.

—Ya verás, pequeñajo —dijo Robin al bebé—, va a ser un viaje muy divertido. Primero te llevaré yo a cuestas, pero cuando dejemos atrás las montañas seguro que ya estás hecho un pequeño hombrecito y podrás llevar mi equipaje. Y cuando encontremos a las ondinas te van a caer muy bien, porque son muy simpáticas y seguro que les caigo bien si voy acompañado de un guapo medio elfo. Luego viajaremos por el mar con ayuda de alguna sirena, o algún céfiro. ¿Conoces a los céfiros? Yo tengo un amigo que me debe un favor, y éste amigo conoce a un viento que nos puede llevar por encima del agua, por si acaso las sirenas no nos quieren. Así llegaremos a Albión. Luego caminaremos hasta los abedules de Sherwood, y desde allí…

Entre las ramas más altas, dos ardillas observaban con atención.

—¿Crees que llegará al mar? —preguntó una de ellas.

—¿Robin Paso-Ligero, el que se tropieza con sus propios pies? Si llega al borde del bosque sin que se lo coma Marduk Medio Labio, soy un ratón de campo—respondió la otra. Se marcharon entre risas y, cuando lo hicieron, olvidaron rápidamente al bebé y al duende. Las ardillas se distraen con cualquier cosa.

 

Pasaron dos meses y llegó el otoño. Los árboles cambiaron de color. Pan, el gnomo, se encontraba muy atareado preparando su casa para el invierno y no reparó en que hacía tiempo que no veía a su amigo el puck. Los duendes, de todos modos, son muy imprevisibles y no es bueno prestarles mucha atención.

Robin, con el bebé colocado en una bolsa que llevaba sobre el pecho, caminaba junto a un arroyo con paso lento, mascullando y maldiciendo. El bebé sonreía y parecía divertirse.

—Maldito trasgo peludo… El gnomo tenía razón, te tenía que haber dejado río abajo, lejos de nuestro bosque, y nadie habría sabido nunca de ti. Empiezo a pensar que no vales tanto como las molestias que me estás causando.

—¿Guá?

—Sí, tú ríete, pequeña bellota, que estás caliente y con la tripa llena mientras yo paso hambre para comprarte leche y comida.

El arroyo burbujeó junto a Robin. Se escuchó una risa fina y suave, cantarina como el agua resbalando entre los juncos, y entre las piedras de la orilla asomó la cabeza de una ondina.

—¿Robin? ¿Ya estás refunfuñando otra vez? Te pasas el día quejándote y llorando, eres una influencia terrible para ese bebé. Estoy segura de que no te ha visto sonreír ni una sola vez.

—Hola, Safilia. Te recuerdo que no es mi maldito bebé, yo sólo me lo encontré en el hueco de un árbol.

—Claro, eso dicen todos.

—Pero, ¿tú crees que nos parecemos en algo? Este pequeño monstruo es un mestizo tragón en el que llevo gastada una fortuna de oro y sal. Me obliga a pararme cada dos por tres con sus berridos y no hace más que ensuciarse una y otra vez. ¡Tenía que haber llegado al mar hace semanas! Quiero salir de una vez de este bosque y los árboles no me están ayudando.

—Te lo advertí, cabezota —dijo la ondina—. A los árboles no les gusta viajar y no se van a mover de su sitio porque tú se lo pidas. ¿Pensabas que te iban a llevar ellos? ¿Qué arrancarían sus raíces del suelo para complacerte?

—Pero… Pero el bebé… Yo pensaba que me ayudarían un poco y que Bellotita a estas alturas ya estaría corriendo él sólo, y cazando, y sembrando la tierra como hacen los de su especie.

—No sabes nada de bebés humanos, ¿verdad? No crecen tan deprisa. ¿Le has llamado Bellotita?

—Aún no tiene nombre —respondió el duende—, ya lo elegirá él cuando crezca. De momento le llamo así porque tiene la cabeza blanda y lisa como una bellota, y además es igual de inteligente. ¿Cuánto tardan en poder valerse por sí solos? ¡No ha crecido apenas nada desde que lo encontré! Y ahora come y vomita y… y… hace de todo más que al principio.

—¡Mi dulce duende, haciendo de mamá de un elfo! —La ondina se estaba divirtiendo de lo lindo—. Ay, Robin, ¡quién lo habría pensado! No quiero ni imaginarme cómo lo estás alimentando.

El duende paró y se sentó.

—No es un elfo—dijo resoplando—, sólo un medio elfo. Estoy comprando leche a los enanos y los gnomos. Esos avariciosos me están arruinando. Debo más oro y favores que en toda mi vida. ¿Tú no podrías…?

––No voy a acercarme a ese pequeño mestizo, Robin. Si se lo vas a regalar a Titania, no quiero tener nada que ver con él.

—¿Gua?

—Sí, monstruito, hablamos de ti ––dijo el duende––, decimos que eres un pequeño humano elfo con cabeza de bellota, hijo de una pescadera y de un boñiguero.

—¿Guaaaaa?

La ondina se alejó riendo, saltando entre las rocas y chapoteando en el agua, mientras el duende mantenía el ceño fruncido. Al cabo de un rato, cuando se aseguró de que nadie le veía, sacó un biberón de leche de almendra y cabra y lo calentó entre sus manos.

—Sí, Bellotita, ahora tienes que comer y luego te dormirás hasta la noche, ¿vale? —dijo con una sonrisa—. Porque si no lo haces, te entregaré a los lobos.

 

El invierno trajo con él la nieve y el frío. Robin se cobijaba en los árboles, que seguían negándose a moverse pero, al menos, le ofrecían refugio en sus troncos y entre sus raíces más gruesas. Paso a paso llegaron hasta el Río Eume y sus bosques frondosos, y los duendes, trasnos y trastolillos, gnomos y ondinas, les prestaron ayuda, cobijo y alimento para el bebé medio humano. Esperó y esperó, porque el duende no quería viajar por el mar con Bellota hasta la primavera. No se fiaba de los vientos, caprichosos y volubles, que no querían ayudarles ni decían saber nada de favores pendientes.

Por fin se calmó el invierno y Robin continuó el viaje, animado porque la última parte del trayecto no tenía que realizarla con el bebé a cuestas; iban a viajar en un bote.

—Ya verás, Bellota—le decía al niño—, las islas de Albión están muy cerca, y allí hay elfos por todas partes. No puedes dar una patada a una piedra sin darle en la cabeza a uno de ellos. Titania estará encantada contigo, porque le gustan las personas raras y no hay muchos mestizos correteando por ahí. Serás su juguete preferido, y yo me quedaré a vivir en su corte, y me tratarán bien porque habré hecho feliz a su reina, que me regalará joyas y tesoros—. Entonces se dormía, arropado por sus sueños de riqueza y comodidades, y soñaba con la corte de los elfos y con no volver a cargar con el pequeño humano nunca más.

Cuando llegó a la orilla del mar, en la costa del Fin del Mundo, muchos de los amigos que había hecho durante esos meses se reunieron para despedirle. Había sido un viaje más largo de lo esperado, y había formado muchas amistades y muchas deudas.

—Las sirenas y nereidas se turnarán para llevaros, Robin —dijo Safilia—. Será un viaje corto por mar, pero luego tendrás que recorrer andando una buena distancia en Albión. Recuerda amarme y serme fiel, porque yo te esperaré hasta que regreses, y cuando lo hagas viviremos juntos y tendremos muchos hijos.

—No olvides nuestro acuerdo, duende —dijeron los enanos—. A cambio de nuestra comida y nuestro cobijo, cuando vuelvas nos traerás una gema de la corona de Titania.

—Y a nosotros, Paso-Ligero—dijeron los gnomos—, nos debes un frasco de esencia de Pensamiento del País de los Elfos, a cambio de las ropas y las herramientas que te hemos entregado. Tampoco lo olvides.

—¡No os preocupéis, queridos amigos!—respondió Robin—. Todos tendréis lo que habéis pedido cuando regrese, no me olvidaré de vosotros ni por un instante. ¡Ya sabéis lo que hago yo con mis promesas!

Y con esa última frase, que no tranquilizó a nadie porque todos le conocían bien, el duende se hizo al mar en un pequeño bote acompañado por tres jóvenes sirenas que lo impulsaban y que hacían reír a Bellota con sus juegos y sus muecas.

 

El viaje resultó más largo de lo que esperaba, pero avanzaba mucho más rápido en la barca que caminando por tierra. Recalaban en la costa de vez en cuando para aprovisionarse de agua dulce y comida para el bebé, y para refugiarse cuando algún viento curioso se acercaba demasiado a ellos. Cuando se quiso dar cuenta, antes de los primeros calores del verano, estaba llegando a su destino y despidiéndose con cariño de las sirenas.

—¿Volveré a veros algún día? —preguntó con los ojos humedecidos—. Habéis sido maravillosas con nosotros y os echaré mucho de menos. ¿Me seguiréis queriendo?

—Por supuesto, duende —respondieron ellas—, ya sabes que las sirenas siempre cumplimos nuestras promesas.

Cuando se alejaron de la costa, saltando y jugando entre las olas, Robin se sintió como un estúpido.

—Ahora sé lo que significa que te engañen, Bellota—dijo al bebé—, y que te rompan el corazón. No pienso volver a mentir a nadie en toda mi vida.

—¿Gua-a?

—Pues sí, tienes razón, no debería hacer ese tipo de promesas. Me conoces bien.

El duende recuperó el ánimo al sentir de nuevo la tierra bajo sus pies y caminó durante dos días y dos noches, sin parar, porque hasta el más vago y rezongón de los duendes tiene una resistencia considerable, hasta que encontró un lugar donde descansar cerca de una granja de humanos. Consiguió leche fresca y algo de fruta para el bebé. Estuvo tentado de abandonarlo junto a los cerdos, para que lo alimentaran como si fuera uno de ellos y así poder volver a su bosque al otro lado del mar, pero había viajado muy lejos y había contraído deudas muy grandes como para darse la vuelta en el último momento. Siguió su camino, descansando en las pocas casas que encontró, cambiando leche, huevos y verduras en las granjas de los humamos por tierra, piedras y barro, y así pasaron los días.

Pero llegó un momento en el que, durante muchos kilómetros, no encontró ni granjas ni bosques en los que descansar, y siguió andando sin parar hasta que sintió que no podía dar un paso más.

—¡Maldita tierra de demonios y apestados! ¡A los elfos tenía que pertenecer! —Entonces, volviéndose hacia un viejo olmo, se arrodilló y levantó las manos en un gesto suplicante—. Hermoso árbol de Albión, ¿serías tan amable de llevar a este bebé en tu copa hasta el país de los elfos? Está oscureciendo y pueden ocurrirle todo tipo de desgracias. Yo lo sujetaré entre mis brazos y lo acunaré mientras lo llevas, no porque necesite que cargues conmigo ni porque te esté pidiendo un favor, sino para que no te moleste con sus berridos.

—No te llevaré, duende —respondió el árbol—. Viajar es molesto y doloroso, y luego tardo mucho tiempo en acomodar de nuevo mis raíces.

––Es un regalo para la reina Titania, la poderosa, cruel y tirana reina. Lo lleva esperando mucho tiempo. ––Hizo una pausa y añadió en voz baja:— Aunque ella no lo sabe aún, claro.

––No sé nada de regalos ni de elfos, duende, pero sí sé que mis raíces me dicen que no me mueva de donde estoy.

—Bah, sois todos iguales. Os piden un pequeño favor, y…

—Además, ya estás en el país de los elfos.

—Oh. ¿En serio?

El duende se quedó en silencio un poco preocupado. Llevaba cantando un buen rato mientras caminaba, y algunas de las canciones hablaban de la vida de Titania de forma poco decorosa, sin mencionar las maldiciones y los juramentos que llevaba gritando desde hacía días en voz alta. Siguió caminando sin cantar ni decir ni una sola palabra, porque tenía la sensación de que lo estaban vigilando. Pero al caer la noche, cuando decidió que lo mejor sería detenerse y descansar hasta el alba, como si estuvieran respondiendo al peor de sus temores, se formó a su alrededor una niebla que parecía surgir del suelo y, poco a poco, comenzaron a aparecer duendes, elfos y pixies, brotando entre las piedras y las hierbas y asomando detrás de los árboles. Rodeada por su séquito y vestida con un hermoso traje de flores y rocío, la reina Titania emergió del suelo y caminó hacia él, despacio, dándole tiempo para preocuparse por su futuro, que de pronto se había vuelto muy incierto y muy doloroso. La reina no destacaba por su sentido del humor.

—Así que tú eres el duende que lleva días graznando y rebuznando en mis tierras, y que viene del continente a traerme un regalo —dijo con una voz suave y armoniosa, como una flauta cuando se toca bajo el agua de un arroyo—. Me avisaron de que vendrías hace meses. ¿Cómo te llamas, pequeño trasgo?

—Yo… Mi reina… Me llamo duende Pies-Ligeros y soy un Robin… Quiero decir… Soy un duende y…

—Me has traído un niño medio elfo como regalo, ¿verdad? Qué amable. Buen chico, Robin, buen chico. Será un buen sirviente cuando crezca.

Robin miró al bebé a los ojos y vio en ellos una sonrisa, y alegría, y todo lo que podría ser si viviera como un humano libre. Había empezado a crecer y estaba demostrando ser fuerte y tener carácter. Sería valiente y listo, y si lo criaban los elfos como un hombre libre sin duda se convertiría en alguien excepcional, gran cazador y contador de historias.

También vio aquello en lo que se convertiría si crecía como sirviente de Titania. Durante su vida como sirviente no podría abandonar el país de los elfos y jamás conocería a otros humanos, ni vería un amanecer desde una ventana, ni conocería a una muchacha natural, sin encantos y conjuros, que se mostrara ante él tal cual era. Crecería, viviría y moriría como sirviente, siempre esperando una palabra amable o una caricia de su ama, doblado ante sus deseos y con un futuro incierto. Los humanos que servían a los elfos no solían ser muy dichosos.

Pensó muchas cosas y muchas se las calló, pero tomó una decisión.

—No, mi reina, os equivocáis —dijo—. El regalo no es el niño, sino yo. Yo seré vuestro sirviente, yo os haré reír y os protegeré de aquellos que os envidian, y también estaré a vuestro lado cuando nadie más se atreva a hacerlo, porque vuestra cólera es conocida por todos. Yo seré el que se atreverá a daros consejo y a advertiros de vuestros errores sin temer las consecuencias. El bebé sólo es el precio.

—¿El precio?

—Por mis servicios. No tenéis más que criarlo, cuidarlo y protegerlo como si fuera uno más de vuestro pueblo hasta que pueda valerse por sí sólo, y entonces lo entregaréis a un pueblo humano. No se darán cuenta de que tiene sangre de elfo, si los hombres de vuestras tierras son tan torpes como los de mi bosque, y lo acogerán como uno de los suyos. A cambio, yo permaneceré a vuestro lado para siempre.

Titania pensó durante unos instantes, pero sabía reconocer un buen trato cuando lo tenía delante. Cuidar de un medio humano durante unos años era un precio pequeño a cambio de los servicios de un puck que, si bien a veces daban muchos problemas, eran los más poderosos de los duendes. Con la supervisión y motivación adecuados (y Titania era experta en controlar y motivar), podía ser una incorporación excelente a su reino.

—Muy bien, Pies-Ligeros, me has convencido. Cuidaremos del pequeño mestizo y tú formarás parte de mi séquito, y me servirás durante el resto de tu vida. ¿Cómo se llama?

—Robin —dijo el duende—. Se llama Robin, como yo.

––Os acepto a los dos entonces, Robin el humano, y Robin el duende. Espero que sepas lo que estás haciendo.

––Claro que lo sé, mi reina ––respondió Pies-Ligeros con una sonrisa. El bebé lo miraba con sus enormes ojos verdes, con expectación y curiosidad––. Estoy comenzando un bonito cuento.

 

El puck no se equivocó. Aunque no siempre fue feliz, Robin el Hombre del Bosque tuvo una vida larga e intensa, y conoció el amor de una mujer humana. Llegó a ser un arquero hábil y un gran luchador, y su leyenda se contó durante mucho tiempo tanto entre los humanos como entre los elfos.

El duende, por su parte, tampoco se quedó atrás. Se convirtió en el mejor sirviente, confidente y amigo de la reina, pero nunca volvió a su hogar. Aún hoy sigue al lado de Titania, quien ha aprendido a escucharlo y a confiar en sus consejos, porque hay muy pocas personas que se atrevan a decirle la verdad a la Reina cuando está equivocada.

Los enanos y gnomos aún le siguen esperando, al otro lado del mar, para que pague las deudas que contrajo con sus antepasados. Aunque Safilia, la ondina, se olvidó muy pronto de él y se enamoró de un hermoso Gigante de Barro que la hizo muy feliz.

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