Escribiendo un libro: Las escenas cotidianas (2)

Piensa en grande, actúa en pequeño

Piensa en las grandes sagas, en los libros que cuentan con detalle la vida de un personaje, o simplemente en aquellos textos que, al terminarlos, te han dejado un vacío en el estómago porque sentías que estabas perdiendo a un amigo.

Los grandes libros cuentan con grandes personajes, eso ya lo sabemos, pero ¿qué es lo que hace que sintamos cariño por un hombre de papel? ¿Cómo podemos enamorarnos de una mujer que no existe más allá de las páginas de un libro? El secreto, como ocurre en tantas ocasiones, está en los detalles.

Y en la salsa. El secreto está en los detalles y en la salsa.

Hay una línea muy fina que separa lo cotidiano de lo irrelevante, es decir, los hechos que nos ayudan a conocer mejor a nuestros personajes, y aquellos que son completamente prescindibles y que no sirven más que para aburrir.

Por ejemplo, ¿qué es lo que hace alguien nada más levantarse? Asearse, claro, ir al baño, lavarse la cara…

Selene, al despertarse, se levantó, fue al aseo y se lavó la cara. Luego usó el baño, se peinó un poco y se lavó los dientes.

ESTO ES IRRELEVANTE: Selene hace lo que hacemos todos, ese texto no aporta nada.

Selene, después de despertarse y asearse, salió a la terraza de su piso y realizó quince minutos de meditación. Luego desayunó un bol de comida de gato y tiró medio kilo de cocaína por el retrete.

Vale, quizá he exagerado un poco, pero ese texto nos aporta un montón de información, nos anima a seguir leyendo, hace que Selene nos interese un poco más.

El día a día de los personajes nos ayuda a simpatizar con ellos, a sentir un cierto apego.

Sam cocina para Frodo, y al hacerlo vemos el cariño y la dedicación que pone en su tarea.

Por la tarde, Devan pasó un par de horas encerrado con sus libros. Luego vieron una película juntos, La Princesa Prometida, que Dailyn nunca había visto y que él se sabía casi de memoria. Se pasaron el resto del día bromeando y respondiendo “como desees” cada vez que uno le pedía algo al otro. Hacía meses que Devan no se reía tanto.

El tiempo siguió acelerándose. Por las mañanas le hacían pruebas y análisis en el hospital, pero le dejaban volver a casa. Devan había conseguido que no lo ingresaran hasta justo antes de la operación, amparándose en que vivía sólo y tenía asuntos que resolver. Por las tardes daban paseos por la ciudad sin un rumbo fijo ni visitar a nadie. Por las noches veían una película. A veces eran comedias y a veces dramas, pero siempre acababan bromeando sobre lo que veían y riendo como niños. Dailyn tenía una facultad especial para encontrar el lado bueno de las cosas y, sobre todo, para no dramatizar. “Nunca deberíamos sentirnos tristes”, decía, “porque la Tierra sigue viajando y girando alrededor del sol hagamos lo que hagamos y pase lo que pase, y la existencia del mundo ya es un motivo para ser feliz”. Devan no lo tenía tan claro, pero la escuchaba porque el punto de vista de ella era mucho más amplio que el suyo.

Extracto de Los que se niegan a morir.

Escribe sobre el día a día, pero recuerda que todo lo que escribes debe ser relevante. 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.