NADA

Me gustan los relatos que se escriben en homenaje a un escritor o a un personaje. A veces te encuentras textos muy malos, por supuesto, que no son más que burdos intentos de copiar al original. Pero a veces encuentras autores que realmente han sabido captar el espíritu del creador, que han comprendido su esencia. Los libros Homenaje a Tolkien o Drácula insólito, por ejemplo, contienen algunas pequeñas obras de arte que te harán sonreír.

En fin. Recordando uno de mis libros favoritos de la infancia, hace un tiempo escribí un pequeño relato. No intenté captar el espíritu de Michael Ende, porque no habría sabido hacerlo, desde luego, pero sí quise aportar mi visión sobre la relación entre su mundo y el nuestro.

No es gran cosa, lo sé. Sólo es una defensa de los sueños.

 

NADA

—Sabías que este día llegaría, Luna. Los dos lo sabíamos. 

—Eso no lo hace más fácil. No quiero olvidarte y desaparecer. 

—Yo tampoco. Pero no siempre podemos hacer lo que queremos. 


La doctora Konrad sonrió satisfecha, porque no hay nada mejor que la recompensa después de un duro trabajo. 

—Está respondiendo al tratamiento, señor Bux. Podemos proceder. 

El señor Bux asintió despacio, sin sonreír. Despertar a su hijo ya no suponía una alegría. “¿Estoy haciendo lo correcto?”, pensaba una y otra vez. “¿Qué sentido tiene despertar a mi hijo en un mundo en el que no le espera nadie?”. Él sí le esperaba, por supuesto, pero era un hombre solitario y viejo, y pensaba en sí mismo como si ya hubiera muerto. 

—¿Estamos a tiempo, doctora? Si lo despertamos ahora, ¿podrá volver a andar después de tantos años tumbado en una cama? 

—Aún no lo sabemos —respondió la mujer—. El MSC está funcionando, y eso es lo que importa en este momento. Estoy convencida de que saldrá adelante. 

El señor Bux no compartía ese optimismo. “Yo soy un viejo y mi hijo no tiene otra familia”, pensaba. “No debería vivir así”. El niño había crecido tumbado en una cama, ausente y vacío. Una mañana, hacía treinta años, furioso porque llegaba tarde al desayuno, su padre fue a despertarlo y no lo consiguió, ni con gritos ni con zarandeos. Sólo siguió dormido. Un médico tras otro fueron pasando por delante de su cama, sin saber qué hacer, mientras el niño crecía dormido y el padre envejecía. 

Luna se asoma a una ventana y contempla los límites de su jardín. Los bordes se desdibujan y, poco a poco, desaparece otro trozo de tierra. No hay oscuridad más allá de esos bordes, tan sólo un vacío aterrador y doloroso, una totalidad de nada. 

—¿Recuerdas cuando nos conocimos, querido? —dice ella—. Yo apenas me acuerdo. A veces me viene alguna imagen a la memoria, pero poco más. Mis recuerdos también están desapareciendo. 

Luna tiene ganas de llorar, pero se contiene. Ha sido reina durante muchos años, y las reinas no lloran. 

—Claro que me acuerdo —responde él—. Tu reino estaba en peligro, como ahora, pero unimos nuestras fuerzas y lo reconstruimos poco a poco. 

—¿Lo hicimos juntos? 

—¡Por supuesto! Lo creamos todo de nuevo… Los valles cambiantes, los ríos blancos… ¡Y las montañas de espuma! Pasamos meses enteros recorriendo el reino. 

Luna mira al hombre a los ojos. Ya no recuerda su nombre.

—¿Me amarás siempre? —pregunta ella. 

—¡Claro que te amaré! ¡Aunque tú me olvides, cosa que sucederá dentro de poco! De verdad, mi amor, no te preocupes. Crees que vas a morir, pero sólo es un cambio. Nos volveremos a encontrar, ya lo verás. 

El jardín ya no existe, y las paredes de la casa comienzan a desaparecer. El hombre abraza firmemente a Luna y la sonríe como una madre a un niño que teme dormirse sólo. 

—¿Hasta el último instante? —pregunta ella. 

—Para siempre. 

—Es el momento, señor Bux —dijo la doctora—. Vamos a introducir el suero. El tratamiento ya ha hecho su trabajo, ahora sólo nos queda saber si podemos despertar a Bastian. 

El señor Bux, que llevaba esperando ese momento desde hacía treinta años, decidió prolongarlo unos minutos más. Se sentó en una silla al lado de su hijo y lo miró con atención. Bajo el pelo enmarañado y las primeras arrugas, todavía se veía el rostro de un niño. 

—¿Estoy haciendo lo correcto? —preguntaba el padre a menudo. Voy a despertar a mi hijo de once años en el cuerpo de un hombre de cuarenta. A veces creo que sería mejor dejarlo como está. 

En esas ocasiones, la doctora callaba y le daba unas palmadas amistosas en el hombro, porque no tenía nada que decir. “Si funciona el tratamiento”, pensaba ella, “nadie volverá a pasar por este infierno”.

—¿Le he hablado alguna vez de mi infancia, doctora Konrad? —dijo el padre—. Cuando yo era un niño, soñaba todas las noches con un mundo mágico y maravilloso, un mundo de fantasía en el que tenía muchos amigos y donde vivía cientos de aventuras. Me marchaba a dormir temprano cada noche para soñar, y cuando estaba despierto no podía concentrarme en mis tareas, porque este mundo me parecía un lugar gris y aburrido. —Hizo una pausa y suspiró profundamente—. Proceda, por favor, no tiene sentido esperar más tiempo. 

La doctora y su equipo conectaron el suero. El anestesista comenzó a introducirlo lentamente mientras controlaba las constantes vitales del paciente. 

—Mi padre era un hombre severo —prosiguió el señor Bux—, y no toleraba mis distracciones. Me sometió a un tratamiento con estimulantes que afectaron a mi capacidad para dormir, y me obligaba a realizar tareas agotadoras despertándome de madrugada, de forma que no conseguía recordar mis sueños. Poco a poco fueron desapareciendo. 

El equipo médico seguía realizando su trabajo mientras la doctora Konrad cruzaba los dedos para que el paciente despertara. Si no lo hacía, posiblemente lo estuvieran matando. 

—Al final dejé de soñar con ese mundo, ¿sabe? Me olvidé de cómo hacerlo. Ahora veo a mi hijo dormido un día, y otro, y… a veces parece que sonríe. Creo que es feliz allá donde esté, doctora, y quizá no debamos despertarlo, quizá… 

—Demasiado tarde, señor Bux, ahora no podemos… ¡Mire! ¡Las constantes se mantienen! ¡Está abriendo los ojos! Bajad las luces o le dañaremos la vista. ¡Lo hemos conseguido! 

—Adiós, Luna. 

La luz inunda la habitación, y el mundo desaparece. El hombre escuchó la voz de su padre, inconfundible, envejecida y cansada, que le llamaba desde muy lejos. Luego comenzó a oir otras voces y se atrevió a abrir los ojos. 

—¡Bastian! —dijo la doctora—. Bastian, ¿me escucha? Por favor, parpadee si me está oyendo. 

Bastian parpadeó varias veces. Su vista comenzaba a aclararse. Vio a una mujer con bata blanca delante de él, que lo miraba con expectación y movía los dedos delante de su cara. También vio a su padre sentado a su izquierda. Parecía un anciano. Estaba llorando, pero no sabía si de alegría o de tristeza. 

—¿Padre? —Bastian, que llevaba gran parte de su vida sin moverse, se intentó incorporar en la cama, pero no pudo hacerlo. Los enfermeros lo sentaron con cuidado sobre un montón de almohadas—. Ahora lo comprendo, padre. Ahora lo comprendo todo. 

El hombre miró a su hijo. La doctora Konrad comprendió que necesitaban intimidad, y les dejaron solos. 

—Te he arrancado de ese mundo, ¿verdad? —dijo el señor Bux con voz entrecortada—. Allí eras feliz y ahora… He hecho como mi padre hizo conmigo, te he arrastrado a este mundo horrible y vacío… 

Bastián sonrió. Luna, sin duda, ya le habría olvidado, pero todavía le quedaba un as en la manga. Sabía que aquel mundo no había desaparecido totalmente, y cómo regresar a él y crearlo de nuevo.

 

El señor Bux vivió muchos años junto a su hijo, pero estaba convencido de que el mundo con el que soñaba de niño era tan sólo el producto de su imaginación, y no creía más que en aquello que veían sus ojos cansados. Por esa razón, quizá, nunca comprendió del todo a su hijo, y nunca volvió a soñar.

Bastian ha tenido una hija. Ha crecido libre de esas ataduras y, cuando sueña, vive en ese mundo. Cada noche, al acostarse, cierra los ojos y comienza una nueva aventura. Por las mañanas, al despertar, su padre le pide que le cuente todo lo que ha visto, y juntos escriben un diario. El mundo crece cada día.

La niña, un día no muy lejano, encontrará el modo de abrir esas puertas que se cierran al amanecer. Aquellas tierras se fundirán con las nuestras y sus habitantes se mezclarán con nosotros. Nuestro mundo se convertirá en un lugar muy, muy interesante… 

Pero, por supuesto, esa es otra historia.

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