Las obras menores de Tolkien, que de menores tienen poco

A J.R.R.Tolkien lo conoce todo el mundo.
Al menos lo conocen todos los lectores que tienen buen gusto. Y aquellos lectores que tienen buen gusto y no gustan de Tolkien es porque aún no lo han leído.

Para solucionar esto, voy a hacer una píldora reseña de sus “obras menores”, tres relatos largos ambientados fuera de la Tierra Media de estilos muy diferentes que te van a encantar, a sorprender y a, no sé, a flipar* de mala manera, hablando bien y pronto.

*Hablando bien porque ojito, que “flipar” lo acepta la RAE.

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Lo primero, el agradecimiento: El podcast “Regreso a Hobbiton“, de la Sociedad Tolkien Española, dedicó un fantástico programa a estas obras. Sólo había leído la primera y puse remedio. Me encantó, me sorprendió y flipé. Así que muchas gracias a los responsables del podcast, porque hacen un trabajo excelente. Escuchadlo, que merece la pena. Y ahora, al lío.

Edición del 91. Jo, qué viejo me siento.

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Egidio, el granjero de Ham

Es una obra con tintes humorísticos en la que aparecen gigantes, dragones y reyes bastante ineptos que no pintan nada.

Uno de estos tres elementos te resultará familiar, muy cercano, muy de “anda, como uno que yo conozco”. También lo has pensado, ¿verdad?
Pero no, no hablamos del dragón Smaug. Ése aparece en El Hobbit. Aquí tenemos a Crisófilax, que también tiene un buen tesoro y que, por culpa de un gigante algo despistado, se verá involucrado en la vida de Egidio, de Garm (su perro, que habla como lo haría un perro, con sensatez) y de su rey.

Es un relato entretenido que lo leerás en un par de ratos, con humor inglés y algo ácido, pero no es una comedia de las de chistes y carcajadas, sino de las de sonrisa permanente y ganas de seguir leyendo. Lo terminarás con una sensación agradable y pensando que su lectura es tiempo bien invertido.

Lo tengo repetido. No preguntes. Si eres de los que devuelven libros, te lo presto.

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Hoja, de Niggle

Te vas a quedar pensando en este relato durante un tiempo muy, muy largo, te lo aseguro. No es que sea un relato complicado, pero vas a pensar que es una alegoría de principio a fin, y no es así. A Tolkien, las alegorías le producían dentera. Así que lo leerás pensando que todo tiene un significado oculto y te lo aviso desde ya: Eso es así, casi seguro, pero el significado no tiene por qué ser el que tú crees, ni coincidir con el mío. Voy a aclarar esto con una brevísima sinopsis:

Niggle está pintando un cuadro. Será su obra maestra. En él hay un árbol, y cada hoja de ese árbol es diferente y única. Niggle dibuja una y otra vez la misma hoja cambiando de idea, retocando, redibujando y buscando la perfección. Pero entonces tiene que dejar el eterno cuadro inacabado para irse de viaje. Mucho más adelante, en otro lugar y otro tiempo, encontrará el árbol y el paisaje que pintaba en su cuadro.

He hecho un pequeño spoiler para añadir algo de intriga. Perdón. Pero de verdad, tienes que leer este relato. Es extraño, algo onírico, quizá, muy hermoso y con muchas lecturas y niveles de disfrute diferentes. Para mí, es el texto más sorprendente de Tolkien.

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El herrero de Wootton Mayor

He aquí un cuento de hadas. Pero en el que casi no hay hadas. Es más bien un cuento sobre personas, y lo que ocurre con esas personas cuando viajan al mundo de las hadas. Pero, en realidad, tampoco habla de las personas, y esos cambios no son el motor de la historia. Empecemos de nuevo.

He aquí un cuento sobre el país de las hadas… que transcurre en nuestro mundo. ¿Un cuento sobre un herrero? ¡Pero si ni siquiera es el protagonista! No lo estoy arreglando, ¿verdad?. Vale, ahora sí que sí.

He aquí un cuento. Uno de los buenos, de los que hacen volar tu imaginación sin que te des cuenta. Es un cuento sobre niños y adultos, sobre fiestas y la ilusión de que te toque un regalo inesperado. Es un cuento sobre las estrellas que encontramos en el camino, sobre el paso del tiempo y lo grande y desconocido que es el lugar en el que vivimos. Habrás notado, avispado lector, que no he dicho “el mundo en el que vivimos”.

Lee este relato. Durante un breve instante, cuando lo termines, sentirás que ha desaparecido un velo que te ocultaba colores y lugares. El velo volverá pasados unos segundos, pero tu vida será, durante el resto de ese día, un poco más luminosa.

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Y esto es un poco todo. Piensa que son relatos, es decir, que la información está condensada y no hay ni largas descripciones ni pasajes que no llevan a ningún lado. Tolkien no era el escritor más organizado del mundo, pero no daba puntada sin hilo. Todo está ahí por una razón. Y eso, unido a ese estilo maravilloso con un toque de “principios de siglo” (me refiero al siglo XX) que cuando intento imitarlo me queda una chapuza ilegible, hace que pueda recomendar este libro a casi todo el mundo sin ningún riesgo.

Descubre a Tolkien. Léelo. Disfruta de su inabarcable subcreación. No hay nada igual.

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