LA PRIMERA

Con urgencia buscó a su hombre por el jardín. Lo encontró tumbado en la hierba, a la sombra de un árbol, dormitando, para variar. Como su papá era un pez gordo, al niño nunca le había faltado de nada y no había tenido que hacer en su vida un esfuerzo, ni intención alguna tenía de hacerlo. Se pasaba los días comiendo, durmiendo, holgazaneando por el jardín y, cuando le daba la gana, haciéndole el amor de aquella manera. Sabía que en el fondo no era mal chico, pero carecía de inquietudes y de ambición. Y era más simple que el asa de un cubo. Con todo, lo que peor llevaba era cómo idolatraba a su padre, era todo “Papá esto” y “Papá lo otro”; la palabra de su papá era sagrada. No los aguantaba, ni a él, con su dejadez, ni mucho menos a su padre, que andaba siempre entrometiéndose en su vida y diciéndoles lo que podían o no hacer. Pero no había tenido la oportunidad de elegir: desde el principio había sido educada para vivir por y para su hombre y su matrimonio con él había sido concertado. “Si fuera libre —pensó―, podría decidir cómo vivir”. Y sería de una manera muy diferente, porque ella sí tenía inquietudes y ambición: quería salir de allí, conocer mundo, conocer otras gentes, conocer otras costumbres… Conocer, ante todo. Conocimiento. Miró la pieza de fruta que llevaba en la mano. “Con un solo mordisco basta”, le había dicho la serpiente. Eva sonrió y, sin esperar ya más, le pegó un buen bocado a la manzana.

#Heroínas

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