LA MUJER DEL HÉROE

Lois se dejó caer derrotada en el sofá. Había tenido un día muy muy largo, pero bueno, en nada diferente a cualquier otro. Se había levantado al alba, se había arreglado, de aquella manera, en un pis pas y había despertado a su marido y a su hijo con el desayuno ya listo. Entre bocado y bocado, había hecho las camas, preparado la cartera del niño y su maletín de trabajo y había recogido la cocina. Tras bregar con su hijo un buen rato para lograr vestirlo y montarlo en el coche ―misión casi imposible si el mocoso se ponía tozudo―, lo había dejado en la guardería a primera hora de la mañana, de camino al trabajo, donde se había tragado ocho horas de oficina aguantando los gritos de su jefe, que nunca estaba contento con nada. Había terminado su jornada a toda prisa para no llegar tarde a recoger al crío. Ya en casa, mientras lo entretenía hasta la hora del baño, había puesto una lavadora y una secadora y había preparado la cena. Por la noche, después de asear al niño, le había dado de cenar y lo había acostado; una hora de cuentos le había costado que se durmiera. Ahora, antes de, por fin, poder descansar unas horas, aún tenía que esperar a que su marido volviera a casa para cenar.

Por cierto, se retrasaba.

Sonó el teléfono. Lois lo descolgó con el presentimiento de que la llamada no era mensajera de buenas noticias.

―Sí, dígame.

―Cariño, soy yo.

Mal asunto: su marido solo le llamaba “cariño” cuando quería algo de ella.

―¿Ajá? ―dijo con una ceja más levantada que la otra.

―Que resulta que…, ¿a que no sabes con quién me he encontrado en el congreso?

―Déjame adivinar… Con Bruce y con Peter.

―Eh…, pues sí… El caso es que, después de la última sesión, hemos ido a un bar de al lado a tomar una cerveza y, bueno, esto…, los he invitado a cenar en casa.

―… ¿Hoy?

―Sí. No te importa, ¿verdad?

―… No, claro. ¿Por qué habría de importarme?

―Llegaremos en un cuarto de hora o así.

―¿Los traes tú?

―Sí.

―No vengas muy rápido.

―Descuida. Un beso. Te quiero ―dijo su marido con su voz más zalamera, y colgó.

“Ya puedes”, pensó Lois.

Regresó el auricular a su sitio, se levantó del sofá con desgana y fue a la cocina. Se asomó a la nevera. Había preparado cena para dos, no para cuatro, y no tenía nada con que agasajar a los invitados. Volvió al salón con ganas de llorar, pero como era una mujer práctica, en vez de dramatizar, se puso una copa de vermú bien servida. De nuevo se dejó caer en el sofá. Una cosa era clara: tendría que encargar la cena por teléfono. Bebió un par de tragos pensativa. Estaba harta. Siempre la misma historia. Cada vez que el dichoso congreso se celebraba en la ciudad, su marido aparecía en casa con invitados por sorpresa. En tales ocasiones, la velada solía eternizarse; antes o después se emborrachaban todos como piojos y, contándose batallitas, acababan destrozando parte del mobiliario y dejaban el piso hecho un asco. Esta vez al menos eran Bruce y Peter, que eran medio sensatos, pero otras veces se había traído a alguna de sus engreídas amigas. Esas sí que perdían los papeles en cuanto tomaban un par de copas. No las soportaba, a ninguna, pero la peor era Selina, sin duda. Siempre que pasaba por casa, desaparecía alguna de sus joyas. “Aún quedan cuatro días de congreso ―pensó―, igual una noche de estas Clark la invita”. Se mordió el labio inferior. Xavier, el organizador, era un hombre razonable, entendería la situación, sobre todo si ponía al niño de excusa. Sin pensarlo dos veces, buscó su nombre en la agenda, descolgó de nuevo el auricular y marcó su número de teléfono, decidida a conseguir que el Congreso Internacional de Superhéroes no volviera a celebrarse jamás en Metrópolis.

#Heroínas

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