LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

Me gustan las historias de piratas. No me refiero a los piratas modernos, de los que asaltan barcos de pescadores y piden rescates, sino a los piratas clásicos, los que luchan contra ingleses, españoles y franceses por igual, los hombres de fortuna, villanos y héroes, pícaros, violentos, embusteros, ladrones y, en general, gente de una personalidad irresistible.

 

Walter Matthau en una película de Polanski que, por alguna razón, no le gusta a nadie.

Rancios, que son todos unos rancios.

Casi todo lo que imaginamos al pensar en un pirata proviene de una misma obra: La Isla del Tesoro, del magnífico Robert L. Stevenson. En esa novela aparece John Silver, pirata de pata de palo y loro en el hombro. Aparece el código de los piratas (más o menos) en forma de cartas amenazadoras y códigos secretos, aparece la idea del tesoro enterrado y, por supuesto, un mapa donde una X marca el lugar.

Todos esos clichés, arquetipos y demás, han crecido y se han instalado en nuestra memoria colectiva gracias al trabajo de algunos otros escritores. ¿O acaso hemos olvidado al inmortal Garfio? James Barrie era otro genio inmortal, pero en lo que respecta a piratas, Stevenson se lleva la palma. Esto es así porque lo digo yo, y punto.

Las cosas claras: Este señor representa a un pirata tanto como el tipo de Crepúsculo representa a un vampiro. Es monísimo, pero dan ganas de abofetearlo. 

 

Bueno, en Nación de Piratas se explican mucho mejor que yo con la obra de Stevenson. Si te interesa el tema, echa un ojo al blog.

Como me gusta mucho el tema, escribí un relato inspirado en la famosa canción que todos hemos escuchado en alguna ocasión. Espero que te parezca entretenido. Escribirlo, desde luego, ha sido muy divertido.

Ah, ¿no sabes a qué canción me refiero? vamos, seguro que la has escuchado cantar alguna vez en algún tugurio del puerto. Empieza diciendo algo como…

Quince hombres en el cofre del muerto, ho, ho, ho, y una botella de ron

Puedes descargar el relato en PDF, si te resulta más cómodo.

LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

 

***

LA CANCIÓN Y LOS CONDENADOS

—Creo que me iré a dormir —dijo el hombre, haciendo ademán de levantarse—. Mis viejos huesos me duelen esta noche, y eso significa que se acerca una tormenta.

—¡Pero aún es pronto!

Los niños refunfuñaron y se quejaron a gritos. Sally, la más pequeña del grupo, reprimió un bostezo y se tapó la boca con las manos, pero su abuelo se dio cuenta.

—Además, ya es muy tarde y deberíais estar en la cama.

Los niños guardaron un silencio tan respetuoso, tan formal, que el hombre no pudo reprimir una sonrisa.

—Bueno, de acuerdo —dijo mientras se sentaba de nuevo—, pero será sólo un rato más. Sally, coloca la manta a tu abuelo, querida, que no me puedo agachar. Billy, alimenta la chimenea, no vayamos a coger frío. Si mañana alguno de vosotros se levanta con fiebre, vuestra abuela me echará la culpa a mí.

El sol se había ocultado hacía ya un buen rato, pero no se veía ninguna estrella. El cielo se había cubierto con rapidez y el viento golpeaba las ventanas cada vez con más violencia. Los huesos de William B. no solían equivocarse, y eso significaba que la tormenta no tardaría en llegar.

Los niños obedecieron con rapidez, porque sabían que, si su abuelo se lo pensaba mejor, les mandaría a todos a la cama sin rechistar y sin admitir ni una queja. El hombre miró de reojo la copa que había sobre la mesita, a su izquierda, e hizo una ligera mueca. Beth se percató del gesto y, cuando la miró, se levantó, se acercó corriendo al aparador y volvió con una botella de ron vieja y sin etiqueta, que su abuelo sólo bebía cuando se encontraban a solas, como aquella noche, sin invitados a la cena, ni huéspedes en las habitaciones de la planta baja de la casa ni ninguno de sus hijos a su alrededor revoloteando y pidiéndole dinero. Los niños estaban acostumbrados a pasar largas temporadas con sus abuelos, porque de ese modo, pensaban sus padres, se ganarían su afecto y templarían su mal carácter. William B. discutía a menudo con sus hijos, pero disfrutaba de la compañía de sus nietos.

Así, los niños llevaron a cabo el ritual que conocían bien. El hombre sacó los pies de sus zapatillas y los acercó al fuego de la chimenea, se arropó las piernas con la manta y se sirvió una copa de ron. Entonces empezó la discusión acostumbrada acerca de qué historia querían escuchar esa noche. Casi siempre era Beth, la mayor de los cuatro, quien se salía con la suya.

—¡Una pelea contra piratas! —exigió con un grito.

—¡No, cuando te abandonaron en la isla!

—Yo quiero saber cómo conociste a la abuela —dijo Sally—, eso nunca nos lo has contado…

—¡Los piratas! ¡Cuando te peleaste en una taberna!

La tormenta estalló a su alrededor. El primer relámpago iluminó el salón como si fuera pleno día y les pilló desprevenidos. El trueno fue ensordecedor. Los cristales vibraron, los niños dieron un respingo y se callaron al instante. Incluso el anciano se acomodó la manta, como si hubiera sentido un escalofrío. Siguieron en silencio durante unos instantes, y el único ruido lo producía la lluvia golpeando con fuerza las ventanas.

—Vaya, vaya —dijo William B. con un susurro—, parece que la tormenta también tiene sus peticiones… Billy, se han abierto las contraventanas. Ve a cerrarlas antes de que el viento arrastre una rama y la emprenda con los cristales. Está bien, voy a contaros la historia de cómo conocí a vuestra abuela. —Beth se cruzó de brazos, enfadada, y el hombre la miró frunciendo el ceño—. Pero no creáis que es un cuento romántico y feliz, oh, no señor. Es la historia del cofre del muerto, y no son pocos los hombres adultos que han sentido un gran temor al escucharla…

Billy se levantó y, ayudado por Beth, hizo lo que le habían pedido. Volvieron corriendo y, mientras su abuelo se servía un poco más de ron, se acercaron a él con los ojos muy abiertos, porque nada le interesa tanto a un niño como una historia capaz de asustar a un adulto. Un nuevo relámpago iluminó el rostro del anciano y el trueno le siguió casi al instante.

—La situación era muy delicada para vuestro abuelo —comenzó a decir—, sí, ya lo creo… La vieja Portuguesa se quejaba, la tormenta amenazaba con hacer jirones las velas, y los mástiles crujían como si fueran a partirse en cualquier momento. Era una buena nave, la Portuguesa, un galeón robusto y fiable, pero no podía competir contra el Fancy de Long John. El Fancy llevaba todo el día acercándose al galeón, poco a poco, pero sin que el capitán fuera capaz de librarse de él. Cuando les alcanzó la tormenta, el capitán vio su oportunidad. El capitán Arthson disponía de más trapos en su galeón que el viejo Long John con aquella rápida pero pequeña nave, y ordenó desplegar la gavía para aprovechar al máximo toda la superficie de las velas y de su mástil, enorme y robusto como… Vaya, esa nave tenía un buen palo mayor, sí señor. Su plan pareció funcionar y la vela les empujaba desde lo alto, la Portuguesa levantaba la popa como si fuera un buey arando la tierra, grande y testaruda, y embestía las olas como si no tuviera nada que temer de la tormenta. Pero el viento soplaba cada vez más fuerte… Long John arrió velas porque sabía lo que iba a ocurrir y dejó que Arthson se pusiera la soga al cuello él mismo, ya sabéis lo que quiero decir. La tormenta golpeaba a los dos barcos y la Portuguesa ganaba distancia, pero un golpe de viento cambió las tornas. Las velas se rasgaron, los palos crujieron tan alto que incluso los piratas juraban haberlo escuchado y, cuando quisieron arriar, ya era demasiado tarde y no recogimos más que jirones. El Fancy esperó con la mitad de sus velas recogidas, sin perder de vista a la Portuguesa pero sin intentar acortar distancias, esperó pacientemente y, cuando pasó lo peor de la tormenta, desplegó los trapos y nos alcanzó justo cuando comenzaba a ponerse el sol.

—¡Pero disparasteis los cañones!, ¿verdad, abuelo? —dijo Beth—. ¡El capitán os ordenó que dispararais para hundir su barco!

—Has escuchado demasiadas historias, Elizabeth, querida. No voy a relatarte los pormenores del asalto, no señor, porque no son adecuados para unos oídos tan jóvenes como los vuestros… ¡No protestéis! —El hombre hizo una pausa, masculló algo entre dientes y se sirvió una generosa ración de ron—. No es tan sencillo, maldita sea, los cañones no sirven de nada si el capitán no sabe orientar bien su barco, y no es fácil hacer virar un galeón con el mar encrespado. Os basta con saber que el Fancy recibió varios disparos bien calculados, pero se mantuvo a flote lo suficiente para pegarse a la Portuguesa como una rémora y, en un instante, antes de que el capitán reaccionara, los piratas estaban subiendo a la cubierta. Arthson ordenó a su tripulación que peleara, que plantara batalla con todo lo que tuvieran, y cada hombre de los dos barcos, incluso el personal de servicio y los marineros de menor rango, se enzarzaron en una terrible batalla.

>>Peleamos entre el humo de la pólvora y la espuma de las olas que seguían rompiendo contra los dos barcos, buscando a los enemigos entre los gritos de los heridos y atacando a todo aquel a quien no conociéramos, porque en una batalla resulta muy difícil distinguir a los amigos de los enemigos, ya que todos terminan cubiertos de sangre. El capitán vio que no podía hacer nada contra los piratas y ordenó a sus hombres que se rindieran, pero había esperado demasiado tiempo… Cuando depusieron las armas, muchos de sus hombres se encontraban en el suelo, gimiendo de dolor, y muchos otros habían encomendado su alma al Señor. Y, cuando nos quisimos dar cuenta, los supervivientes estábamos encadenados en la cubierta, a la intemperie, con hombres furiosos que nos vigilaban a un lado, y el mar encrespado al otro. Fue una noche triste y dolorosa. Los gritos de los heridos se escucharon aun durante horas, porque esos desalmados hijos de mil padres no quisieron darles una muerte digna a nuestros compañeros, y dejaron que se desangraran como cerdos mientras su nave se hundía en el mar…

Los niños miraban horrorizados a su abuelo. Sally se estaba tapando la cara con la manta de sus rodillas.

—Bueno, ya os dije que no era una historia bonita, no señor, la vida de los caballeros de fortuna nunca era fácil. Cuando salió el sol, los piratas tiraron a nuestros compañeros muertos por la borda, sin ninguna ceremonia ni responso cristiano. No tuvieron ni piedad ni compasión de nosotros, ya lo creo, y estoy convencido de que en aquellos momentos nos mantenían con vida sólo porque su capitán había insistido en ello, y porque en el fondo sabían que aún les podíamos ser de utilidad, sustituyendo a los muertos en las labores más pesadas o en la reparación de la nave. Estaban tan ocupados con esas tareas que aún tardaron varias horas en encontrar nuestro tesoro…

—¿Teníais un tesoro en el barco? ¿Oro y joyas de los españoles?

—Mucho mejor que eso, Beth, mucho mejor… En las bodegas se encontraba la muchacha más hermosa, inteligente y graciosa que se había embarcado nunca en un galeón: Vuestra abuela, la señorita Arlet, que había sido raptada hacía dos meses en Bristol, y por cuya entrega su padre ofrecía un tercio de su fortuna, que no era poca. Creo que el capitán pirata sospechaba que se encontraba a bordo, y por eso no atacó con los cañones, no fuera a herirla, o  algo peor, de forma involuntaria, bien sabía él que la recompensa por devolverla junto a su padre podía convertirse en un castigo igual de elevado si mostraba un sólo rasguño producido por su causa. Cuando la encontraron, la trataron con todo el cuidado y esmero que se merecía, sí señor, y ni uno sólo de aquellos bandidos se atrevió a decir una grosería o a mirarla de forma inapropiada.

>>Sí, ya sé lo que estáis pensando… “¿Pero no la encadenaron ni la encerraron en las bodegas?”, me vais a decir. Pues no lo hicieron, porque los piratas no eran tan ruines y malvados como se cuenta, no señor, y se habrían portado decentemente aunque el viejo Long John no hubiera prometido cortar una mano con su propio cuchillo al primero que se atreviera a tocarla un solo cabello. Además, la señorita Arlet sabía mantenerse en su lugar, ya lo creo, y pronto demostró que su noble cuna no la había convertido en una persona frágil y delicada, sino todo lo contrario. Esa misma noche cenó con el capitán, durmió en un camarote adecentado para sus necesidades, y al día siguiente ya se movía por el barco como si llevara en él toda la vida, con su largo cabello recogido con dos horquillas puntiagudas que demostró saber usar de forma muy imaginativa si alguien se burlaba de ella.

>>Vuestra abuela no pensaba languidecer en su camarote y dejar que se pagara un rescate por ella como si fuera un objeto de artesanía. Ella no era de ese tipo de mujeres, ya lo creo, y también era rápida de mente, más que la mayoría de los hombres que había a su alrededor. Por eso, cuando obtuvo permiso del capitán para visitar a los presos con no recuerdo qué pretexto, ya tenía un plan en su cabeza para sacarnos a todos de aquel embrollo.

>>Habéis de saber que vuestra abuela y yo, cuando nos vimos por primera vez, nos enamoramos al instante. Yo lo supe nada más verla, sí señor. Antes del asalto yo me ocupaba de satisfacer sus necesidades, me aseguraba de que era tratada correctamente por los hombres y mantenía limpio su camarote, y me las ingenié para que ella se fijara en mí. Yo no era el más apuesto de los hombres, ya veis qué narizota me gasto, y aunque aún no tenía la cicatriz de mi labio, aun así era bastante feo. Pero supe ganarme su corazón con mis atenciones, con las flores secas que robaba de la cocina y que colocaba junto a su almohada, y los libros que conseguía para ella del camarote del capitán. Yo era de los pocos hombres de mi cubierta que sabía leer, y hablábamos a menudo de aquellos libros, aunque por lo general no había tenido oportunidad más que para echar un vistazo a las últimas páginas. Al cabo de un tiempo de vernos a escondidas, una noche de cielo estrellado, nos confesamos nuestro amor eterno…

El hombre hizo una pausa y miró a los niños con el ceño muy fruncido, retándoles a que se quejaran, aunque fuera lo más mínimo, por el rumbo que estaba tomando aquella historia. Pero todos ellos habían aprendido a confiar en su abuelo y, si él decía que aquella no era una historia de amor, es que aún quedaban batalles y peleas por contar.

—Muy bien —dijo al cabo de un rato—, así estaban las cosas entre nosotros. Por eso, cuando nuestro barco fue atacado, ella no dejó de pensar en mí y en mi seguridad, y yo temía igualmente por la suya. ¡Ah, cuando la vi llegar a las bodegas sana y salva…! En ese momento supe, sin lugar a dudas, que saldríamos de allí todos juntos, tal era su fuerza y determinación.

>>”¿Y cuál era el plan de vuestra abuela?”, os preguntaréis. Lo primero que debéis saber es que, en los galeones de Su Majestad, no era extraño fabricar un féretro para, cuando moría un tripulante, poder darle cristiana sepultura, aunque fuera en el mar, y no dejar que los peces se alimentaran de su cuerpo como si fuera una bestia. Tan sólo se lanzaban los cuerpos al agua sin más miramientos cuando se trataba de piratas o de bellacos sin honor alguno, pero algunos oficiales, los hombres temerosos de Dios y los buenos cristianos, exigían que se construyera su ataúd e, incluso, lo pagaban por adelantado para, llegado el momento, asegurarse un entierro digno.

>>Pues bien; en aquel barco se encontraba el cofre del muerto, como los llamábamos nosotros, más suntuoso que había visto nunca. El capitán, hombre supersticioso y precavido, había ordenado construir un ataúd inmenso, sellado con brea, provisto de varios compartimentos donde guardar una biblia y sus objetos personales, y cerrado tan firmemente que un cuerpo podría consumirse por entero en su interior sin llegar jamás a ser acariciado por el agua. Y ese cofre nos dio la idea para escapar de nuestros captores.

>>Lo primero que hizo vuestra abuela fue pactar con uno de nuestros hombres, que había obtenido permiso para salir de las celdas. Como su cocinero había muerto en el combate, el capitán del galeón requisó al nuestro, también llamado John, para que se ocupara de alimentar a la tripulación, y después de cargarlo de grilletes, lo dejó salir de las celdas.

—Abuelo…

—¿Sí, Beth, querida?

—Te refieres al capitán de los piratas, ¿no? El capitán del galeón estaba preso contigo.

—Sí, cielo, eso quería decir, el capitán de los piratas que se había convertido en el capitán del galeón… ¡Qué lista eres! Y ahora deja de interrumpirme.

>>El cocinero pasó varios días portándose decentemente y sin dar pie a la menor sospecha. No era un buen cocinero, bien lo sabíamos todos, pero sabía hacer un guiso decente con  cualquier cosa que callera en sus manos, ya fueran peces, pájaros o restos de una comida anterior. Al cabo de un tiempo, cuando supo que nadie lo observaba, preparó unos emplastos de su invención y se los entregó a Arlet. Vuestra abuela se encerró en su camarote, con la excusa de que se encontraba muy enferma, y se negó a salir ni a dejar que nadie la viera. El médico de a bordo también había fallecido y la tripulación sólo contaba con su ayudante, ducho en cortes y suturas, pero sin un conocimiento serio sobre enfermedades. Al cabo de unos días, cuando las cartas indicaban que nos encontrábamos cerca de las costas de Barbudos, John se las ingenió para llevarle personalmente la comida a Arlet, custodiado, como siempre, por un pirata, y en esta ocasión, nadie respondió cuando llamaron a la puerta. Insistieron durante un tiempo sin escuchar ningún ruido de su interior y cuando abrieron la puerta de su camarote, la encontraron tendida en el suelo, con el cuello y los brazos cubiertos por unas pústulas sangrantes que, a ojos de los hombres, parecía la más terrible de las enfermedades.

>>El pirata salió corriendo a buscar ayuda, y John se las arregló para ajustar las ropas de vuestra abuela y que no se movieran con su respiración, y para darle un toque aún más dramático a la escena con los emplastos que le había preparado. Porque vuestra abuela, como ya imaginaréis, estaba fingiendo. Cuando regresó el hombre junto con el capitán, bastaron unos minutos para que John lo convenciera de que la muchacha había fallecido, de que su enfermedad sin duda sería contagiosa y que nadie debía acercarse a ella sin correr el riesgo de compartir su misma suerte, y de que, por otra parte, tampoco podían desembarazarse del cuerpo y entregarlo al mar si querían demostrar a su acaudalado padre que habían hecho todo lo posible por llevarla de vuelta a su tierra y que descansara juntos a sus antepasados. De ese modo podrían cobrar, si bien no la recompensa completa, ya que no la devolvían con vida, sí una suma razonable por haber salvado su alma.

>>El capitán volvió su atención hacia nosotros, los prisioneros, los más prescindibles de todos aquellos que se encontraban en el barco…  El capitán nos ofreció un trato: un voluntario de entre nosotros se ocuparía de atender a la joven y arriesgaría su vida al exponerse a la enfermedad, y gracias a su desinteresado sacrificio, el resto de los hombres llegarían vivos hasta el puerto.

>>Yo me ofrecí voluntario aunque, para darle más crédito a mi actuación, lloré como un niño y supliqué que, cuando hubiera terminado mi labor, me dejaran un día en mi celda a solas para poner mi alma en paz con Dios, pues bien sabía que, si no les convencía con mis lágrimas, me echarían por la borda ese mismo día para evitar que pudiera trasmitir la enfermedad a otros tripulantes. Aceptaron mis condiciones, por suerte para mí, y me ocupé de disponer el cuerpo de vuestra abuela para introducirlo en el féretro y sellarlo adecuadamente. Lo amarraron a un esquife rudimentario que habían construido con gruesos tablones, como si fuera un macabro camarote en aquella extraña balsa improvisada. Lo ataron con cuerdas y lo bajaron por la popa hasta que se posó sobre la superficie del mar, dejando que siguiera al barco atado con las maromas gruesas y engrasadas como los tiburones persiguen a los balleneros. De ese modo, alejada la enfermedad y una vez limpio su camarote, la tripulación ya no corría riesgo de contagio.

>>Ese era su plan… y también el nuestro. Lo preparé todo y, cuando llegó el momento de cerrar el magnífico cofre, dejé una pequeña rendija para que Arlet pudiera respirar y ver la luz del sol.

>>¡Ya os podéis imaginar el resto! Cuando cayó la noche, John, nuestro fiel amigo, descendió por las cuerdas sin ser visto hasta alcanzar el esquife con el féretro. Ayudó a Arlet a salir de él y volvió al barco con las herramientas para soltarnos a los demás. Por mucho que nos hubiera gustado cortarles el cuello a aquellos bribones que tanto daño nos habían causado, no éramos hombres suficientes y, junto con algunas provisiones que John había preparado con antelación, bajamos sin ser vistos, cortamos las cuerdas que nos unían al galeón, y lo perdimos de vista antes de que nadie advirtiera nuestra presencia…

>>No fue fácil, por supuesto. Durante toda la noche nos debatimos entre la vida y la muerte en aquel bote, azotados por el viento y las olas, pero al amanecer nos habíamos alejado tanto del galeón que, sin duda, cuando se dieron cuenta de nuestra desaparición, ya era muy tarde para buscarnos. El bote había sido bien aprovisionado, y tuvimos alimento y agua suficiente hasta alcanzar una de las islas que sabíamos que se encontraban cerca, y también ron para alejar nuestras penas. Los fugitivos, el cofre del muerto y el ron… ¡Menudo viaje más singular!

 

Los niños miraron a su abuelo con admiración, y luego empezaron a hablar todos a la vez.

­—¿Y cómo llegasteis a Inglaterra?

—¿Había piratas en aquella isla?

—¿Y qué dijo el capitán pirata cuando se dio cuenta de que os habíais fugado?

—¿Y la abuela Arlet estuvo todo el rato con vosotros?

William B. se intentó levantar, pero los niños se le echaron encima y volvió a caer en el sillón.

—Yo… Sí, en la isla había piratas, y… ¿cómo queréis que lo sepa? ¡No estábamos allí! ¡Y claro que vuestra abuela viajó con nosotros! ¿Dónde habría podido irse? Fue ella quien se ocupó de racionar la comida y el ron…

—¿Os escapasteis todos, abuelo? —dijo Beth.

El hombre miró a la niña y desvió la mirada durante un instante.

—Sí, querida, nunca se deja a nadie atrás, ya os lo he contado en otras ocasiones… Los caballeros no… Nunca…—William B. titubeó antes de continuar—. Fue muy duro para vuestro abuelo, ¿sabéis, niños? En la refriega habían acabado casi con todos nosotros, y ninguno de los heridos recibió ayuda médica. Cuando despuntó el alba del primer día, después del asalto, no quedábamos más que ocho hombres vivos, y cuando conseguimos escapar unos días más tarde, sólo quedábamos seis, incluido el capitán y John, el cocinero. Estuvimos cuatro días a la deriva, y gracias a unos remos fabricados con tablones de nuestro propio bote pudimos llegar a tierra firme. El capitán conocía aquellas aguas muy bien, ya lo creo… Tuvimos suerte y embarrancamos en tierras amigas. No había pasado ni una semana desde que escapamos de aquel barco y ya se corría la voz de nuestra hazaña, y del ridículo que había hecho aquel capitán, dejando que se fugara toda una tripulación bajo sus mismas narices. ¡Cada vez que alguien contaba la historia crecía el número de fugados! Pronto nos hicimos famosos, y cuando uno de nosotros entraba en una taberna, no pasaba mucho rato sin que alguien cantara nuestra canción…

>>Pero ya basta por hoy, niños, que se ha hecho muy tarde. Mañana os contaré otra historia, si os portáis bien y os metéis en la cama sin armar jaleo.

El hombre se levantó despacio, frotándose las rodillas y apoyándose en Beth. Billy recogió la manta y Sally le acercó su bastón.

—¡Buenas noches, abuelo!

—¿Mañana nos contarás otra vez esta historia?

—¡Vamos, marchaos a dormir de una vez! —dijo el hombre—. Vais a despertar a vuestra abuela y no queréis verla enfadada, ¿verdad?

Los niños se fueron corriendo a sus habitaciones, aunque Beth siguió haciendo preguntas y Sally aseguraba que no tenía nada de sueño. El anciano se quedó en pie, frente a la chimenea, con la mirada perdida y recordando, quizá, cuando era más joven y los huesos no le dolían al levantarse.

Pasó un largo rato. El fuego se apagó, e incluso la tormenta se alejó de las ventanas. La casa quedó en silencio.

—¿Vienes a la cama, cariño? —dijo una voz de mujer desde la puerta —. Ya es muy tarde.

—Voy, Arly, querida. Se me ha pasado la hora con los niños… Mañana no habrá quien los levante.

—¿Qué les estabas contando?

William B. sonrió y se agarró al brazo de la mujer. Caminaron despacio hacia su cuarto, sin hacer ruido para que los pequeños no se despertaran.

—Les contaba nuestra pequeña aventura en tu ataúd, querida. ¿Recuerdas aquellos días? Cuando escapaste de tu casa y embarcaste con nosotros, y cuando nos atraparon los ingleses.

 

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