EL ÚLTIMO VIAJE DEL VIENTO DEL SUR

Escribí este relato para un concurso. La condición, muy sencilla, era que debía versar sobre un artefacto.

Como no se me ocurrían buenas ideas, recurrí a personajes que bailan en mi cabeza desde hace tiempo, y a los que conozco muy bien. Escribir sobre ellos es divertido y muy fresco.

No trata sobre coches ni sobre armas; es una historia sencilla de dos personas ejecutando una venganza. De todos modos, por si te lo preguntas al terminar de leer, el Pegaso Z existió y era un coche precioso.

Gabriel de Algora, por otra parte, era un artesano del siglo XVIII, responsable de armas como estos fusiles de chispa, que se conservan en el Metropolitan Museum of Art, en Nueva York.

Espero que lo disfrutes.

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El cielo estaba cubierto. A Cris le preocupaba que empezara a llover, porque estaba convencido de que los limpiaparabrisas del coche no funcionarían. El muy cabrón se le resistía.

 Ari dormía en el asiento trasero, tumbada y tapada con una manta. No utilizaba cinturón de seguridad porque temía que la cinta intentara estrangularla, y se giraba ligeramente cuando Cris frenaba, pero sin llegar a caerse. Aunque la temperatura exterior había subido, dentro del coche seguía haciendo frío, y se cubría con la manta cuando se destapaba. Cris sentía envidia. Llevaba mucho tiempo conduciendo y necesitaba descansar, pero no se atrevía a dormir ni a apagar el motor. El descanso tendría que esperar.

Pasaron las horas. La luz del día cambió de color y se volvió roja, como si llegara al mundo a través de un pañuelo manchado de sangre. Ari se despertó.

—¿Dónde estamos? Joder, qué frío hace. ¿Puedes poner la calefacción un poco?

—Aún nos queda un buen rato –respondió Cris—.  No puedo encender la calefacción, y tú no deberías decir palabrotas. ¿Le resulta la respuesta de su agrado, señora condesa?

—No he dicho palabrotas.

—Has dicho “joder”, Ari.

—No, no lo he dicho. Me habrás oído mal por el ruido del motor.

Cris levantó el dedo índice y el corazón de la mano derecha. Eso significaba que era la segunda mentira que toleraba ese día. Le había prometido a Ari que, a la tercera mentira, abriría la puerta y la tiraría a la cuneta sin frenar ni un instante. Ella estaba casi, casi segura de que era una broma.

—Bueno, vale –dijo la chica al cabo de un rato—. No seas así. ¿Me dejas pasar delante?

Cris recogió la cartera y un paquete de cigarrillos que había dejado en el asiento, y ayudó a Ari a sentarse en el puesto del copiloto.

—¿Cuánto queda?

—Tres o cuatro horas… Pensé que tardaríamos menos, lo siento.

—¿Has tenido algún problema este rato?

—La dirección se atasca un poco y a veces le cuesta acelerar, pero por lo demás va todo bien. También llevamos el aire acondicionado al máximo, no he podido hacer nada con eso.

—¿Café?

—Por favor.

Ari cogió una mochila que había dejado en el asiento trasero. Sacó un termo y una taza y la llenó casi hasta arriba. Dio un buen trago antes de pasársela a Cris.

—Está casi frío.

—Da igual, gracias. No deberías beber café, sabes que no te sienta bien.

—Y tú no deberías fumar.

—Amén, hermana.

Cris siguió conduciendo un rato en silencio. Cuando la luz del día casi había desaparecido, los faros se encendieron. El vehículo tenía un sensor automático, pero los focos aguantaron hasta el último momento antes de iluminar la carretera.

—Menos mal –dijo Cris—. Pensé que no iban a funcionar las luces.

—Cris, estás muy cansado. Deberíamos parar un rato. ¿Quieres otro café? ¿Te enciendo un cigarrillo?

—Sí a todo… Pero no podemos parar. Vamos a dejar la carretera dentro de nada, en la pista iremos más despacio y estaré más tranquilo.

—¿Y no habrá problemas? Quiero decir… ¿Es un camino estrecho?

—Un poco, sobre todo al final, en el bosque, pero es cómodo. La única pega es que tiene muchos baches…

En ese momento, la rueda delantera se hundió en un agujero y botaron dentro del coche como si hubieran saltado sobre una cama elástica. Desde el maletero se escuchó un ruido sordo.

—¿Estás bien, Ari?

—Sí, yo… ¿Qué ha sido eso? ¿Has oído el ruido del maletero?

—La rueda de repuesto –respondió Cris—. Se habrá soltado. No te preocupes, va todo bien.

Ari asintió en silencio, pero sabía que, en aquel viaje, eran muchas las cosas que podían salir mal.

Dejaron la carretera y entraron en un camino. Se encontraban en un bosque, pero Ari apenas distinguía las sombras de los árboles cuando miraba por la ventana. Las nubes habían ganado la batalla al cielo despejado y estaba comenzando a llover. Era una lluvia ligera de primavera, pero el aire parecía pesado y húmedo, y en cualquier momento se podía desatar una tormenta.

—¿Falta mucho? —preguntó Ari. Intentaba mantener la voz firme, pero le temblaba ligeramente. Se tapó el cuello con la chaqueta. Con un poco de suerte, Cris pensaría que temblaba de frío—. Empiezo a estar cansada, y nos estamos alejando de la carretera… ¿No tendremos problemas para volver?

—Ari, cariño, no te preocupes. –Sin soltar el volante, Cris cogió su mano para tranquilizarla y sonrió—. Sabes que no dejaría que te ocurriera nada malo. Hemos hablado mucho de esto, ¿verdad? ¿Qué te dije?

—Que no sería fácil.

—¿Y qué más?

—Que no debía dudar… ni tener miedo.

Cris sintió una pequeña punzada de culpa. Ari era una muchacha fuerte y decidida, pero la estaba pidiendo demasiado. Había intentado convencerla de que no debía acompañarlo, habría preferido ocuparse él solo de aquel asunto, pero ella había insistido. “Debí ser inflexible”, pensó. “Debí obligarla a quedarse en su casa”.

Miró el rostro de Ari. En ese momento estaba encendiendo el mechero, y la llama proyectaba sombras extrañas sobre sus mejillas. Había estado llorando.

Era una costumbre que había heredado de su madre. No fumaba, pero siempre le daba la primera calada a sus cigarrillos. Helena y Fran, los padres de Ari, habían sido buenos amigos de Cris, que había pasado muchas horas en su casa. Ari había visto hacer ese gesto a su madre muchas veces: encender un cigarrillo, darle una calada profunda y pasárselo a Cris, algo manchado de carmín, intentando evitar que sus dedos se tocaran. Ari, desde que era una niña, siempre relacionaba a Cris con los cigarrillos, las risas y las historias a la luz de la chimenea.

Un día, con los ojos llorosos y las ojeras profundas que nacen después de una noche en vela, Helena le dijo a Ari que había discutido con Cris, y que no volvería a verle. Que no debía intentar llamarle ni ponerse en contacto con él. Hacía casi cuatro años de aquel incidente. Por aquel entonces ella tenía más de diez años, casi once, edad suficiente para desobedecer a su madre.

Se hicieron amigos. Cris sabía muchas cosas que el resto de los adultos no sabían o no querían enseñarle a Ari. Aprendió a defenderse de los chicos que la molestaban en el colegio. Aprendió a leer sus cuadernos cuando estaban cerrados, a verlos a través de los espejos y a meterse en sus sueños cuando dormían. Aprendió muchas cosas y pensó, en su inocencia, que estaba preparada para enfrentarse a cualquier cosa.

Estaba equivocada.

Dos meses atrás, antes de que terminara el invierno, aquel coche había atropellado a su madre. La destrozó las rodillas con el impacto y se rompió el cuello al caer. Murió antes de que nadie pudiera llegar hasta ella y guiarla hacia la luz. Esa fue una lección que nadie le había enseñado: la vida es injusta, y el control que tenemos sobre ella es una ilusión.

Lloraba todas las noches hasta quedarse dormida. Su padre a veces se quedaba mirando la televisión apagada durante mucho rato, sin decir nada, pero siempre pasaba a su habitación para arroparla y darle un beso de buenas noches. Se esforzaba en ser un buen padre, pero no podía competir con el vacío que había dejado Helena.

No vio a Cris en el funeral, pero sí al día siguiente, cuando visitó la tumba por primera vez. Él se encontraba allí, de pie, como si estuviera velando el alma de su madre.

—¿Sabes quién ha sido el culpable? –preguntó Ari.

—Tú también lo sabes –respondió él—. Un niño de papá borracho y drogado hasta las cejas.

—Ese era el tipo que conducía –dijo Ari—, pero no es lo que te he preguntado.

Cris la miró y sintió una admiración profunda y sincera. Ari tenía quince años y ya mostraba una habilidad inquietante.

—Tú también te has dado cuenta. Eres muy observadora, Ari… Era el Viento del Sur.

—Pensaba que no era más que un cuento.

—No lo es. Habitó durante medio siglo en un pueblo de la costa portuguesa, por eso le llaman así. Pero eso fue hace mucho tiempo… Luego se escondió en el interior de un arcabuz de Algora, y dicen que se cobraba una vida de más cada vez que era disparado. Pasó por varias armas, y se le perdió la pista a mediados del siglo XX, cuando tomó posesión de un Pegaso Z. Parece que desde entonces ha estado pasando de un automóvil a otro.

—¿Sigue metido en ese Ford?

—Sí, eso creo.

—¿Y podemos destruirlo?

Cris no respondió en ese momento, pero levantó una ceja en un gesto teatral que Ari no pudo ver.

El camino se había convertido en un sendero casi invadido por la vegetación. La lluvia caía con fuerza, pero los limpiaparabrisas no funcionaban. La atención de Cris estaba centrada en controlar el volante y la velocidad, y no podía distraerse con elementos menores. Había atado una cuerda de cáñamo al volante y la había pasado por su propio cuello, tres vueltas en el sentido de las agujas del reloj, y aun así el coche se le resistía. Los faros comenzaban a fallar.

—Hemos llegado –dijo al cabo de un rato—. Aquí termina el camino y unos metros más adelante se encuentra la entrada de la mina. Ahora tenemos que bajarnos y empujar. Ten cuidado con la puerta y no pases por delante del coche.

Ari obedeció en silencio. Bajaron y comenzaron a empujar con todas sus fuerzas, entre el barro y las piedras. El coche se resistió durante un rato, pero poco a poco empezó a moverse, primero un centímetro y luego otro, muy despacio,  hacia la boca de la montaña. Cris había intentado quitar la llave del contacto, pero había sido imposible y el motor seguía vivo, rugiendo en vacío. Las ruedas giraban empujadas por el músculo y la voluntad de Cris y Ari, y el vehículo se acercaba a la oscuridad.

—¡Falta poco! –gritó Cris—. ¡Sigue empujando, ya casi lo tenemos!

El motor aullaba, las luces parpadeaban, el claxon sonaba descontrolado y en el maletero se escuchaban ruidos cada vez más fuertes. Ari miró a Cris con una pregunta muda en sus labios.

—¡No aflojes, ya no falta nada! ¡Sabe que está perdido y se resiste! ¡Sigue empujando!

Ari cerró los ojos, gritó lo más alto que pudo y siguió empujando, apretando, ignorando el dolor de sus piernas y el agua que caía por su cabeza. Gritó, lloró y empujó hasta que no le quedaron lágrimas.

—¡Ahora! ¡Suelta, Ari, ya es nuestro!

La chica dejó de empujar y vio cómo el coche resbalaba despacio por una pendiente que se abría en la mina, y poco a poco cogía velocidad.

—¿Qué ocurre? ¿Está cayendo?

—Encontré este lugar hace tiempo… —Cris había perdido el aliento y le costaba respirar—. A pocos metros de la entrada, el suelo ha cedido y se abre una cueva profunda. Muy profunda… Jamás saldrá de ahí.

—Pero la entrada es visible, y las huellas conducen hasta ella.

—Volveré dentro de unos días y la volaré con dinamita. Por aquí no viene nunca nadie.

Ari se volvió hacia Cris. Tenía la cara sucia y estaba empapada de arriba abajo.

—¿Y ya está?

—Eso me temo, cariño. La venganza no ofrece compensación, sólo consuelo.

Ari miró otra vez hacia la cueva. Las huellas de las ruedas estaban llenas de agua y formaban charcos y dibujos en el suelo embarrado. Había pensado mucho en aquel momento y sentía un vacío extraño. A veces, no conviene que las cosas salgan como tú quieres.

—¿Ahora qué hacemos?

—Caminar hacia la carretera, y desde allí hasta el pueblo que hay al otro lado del monte. Nos espera un buen paseo, espero que tengas fuerzas.

Ari le cogió del brazo. Estaba agotada, pero sabía que aguantaría. El vacío de su interior, poco a poco, se empezaba a llenar de planes, de futuro, de promesas de diez horas de sueño sin interrupciones y la satisfacción de haber hecho aquello que te aporta paz, aunque no siempre sea lo correcto.

Dentro de la cueva, en el fondo de una sima profunda, el viejo Ford se había destrozado contra las piedras. El motor no emitía el menor ruido, y hasta las ruedas habían dejado de girar. En el maletero, amordazado y apenas consciente, un niño de papá que nunca había conducido otro coche que aquel, moría lentamente junto al Viento del Sur.

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