El peor relato posible

Recientemente, el señor Enjuto ha estado trabajando en unas entradas sobre tópicos y recursos para ir de listo, lo cual incluye hablar de varias CAGADAS que un autor novel (o no tan novel) puede cometer. Bien, pues gracias a su inspiración y de un ejercicio de narrativa que consistía en escribir algo con el máximo número de fallos de listillo posible, os traigo la mayor mierda que mi teclado ha tenido el dudoso honor de presenciar: un relato con tal número de pifias por renglón cuadrado que al intentar leerlo os saltará el antivirus.

30 técnicas para tener más foco y mejorar tu atención, por Daniel ...

ATENCIÓN: LEA BAJO SU RESPONSABILIDAD

Tenemos Deus Ex Machina, fallos de concordancia, topicazos, errores espaciotemporales, mucho adverbio, cambios de racord, acotaciones a tutti, introspección absurda, abuso del diccionario…

…vamos, que me lo he pasado teta. Con lo único que no me he querido atrever mucho es con la orcografía y con la parodia. Hasta la crueldad debe tener límites.

Quien con fuego juega, se quema

ESTO ES MALÍSIMO
Atención, que vienen curvas

Era una lóbrega y tormentosa noche. La cruel lluvia caía en abundantes torrentes fuertemente, excepto a ocasionales intervalos, cuando era interrumpida por una ráfaga huracanada de viento que barría las calles, repiqueteando contra los londinenses tejados y agitando fieramente la exigua, débil, potentorra, ambarina y rojiza llama de las farolas. Había gatos. Para el joven agente John Smith, que ahora mismo estaba tumbado en la cama con su hercúleo torso al desnudo, esa cruel melodía era música para sus oídos. 

El joven —y perfectamente en forma— agente de veinte años agarró un cigarrillo con desdén y se lo encendió. Su sabor le supo amargo como la vida, negro como su bruno pelo, pero la luz torneó las figuras de las dos mujeres con las que acababa de yacer, que enflaquecidas y extenuadas, se recuperaban en los brazos de Morfeo del vigoroso empotramiento al que habían sido sometidas.

La primera tenía el pelo rojo fuego, un puro volcán en erupción. La otra era una rubia explosiva y neumática. Ambas tenían los ojos verde esmeralda y unas manos nacidas para interpretar a Frédéric François Chopin. Sus pechos germánicos harían llorar de envidia a Reverte y a las valquirias. Él no había querido tener sexo con ellas, pero tras conocerlas tomando unas copas en un pub de moda local, habían insistido muchísimo para hacer un trío, y Jon, como buen agente, jamás rechazaba un caso.

Pero lo que él no podía saber es que durante aquella noche se iba a celebrar la última pasarela para las dos modelos.

Tras acabar el puro, John se levantó para ir al baño. Lo hizo disimuladamente y en sigilo, procurando no despertar a las dos sacerdotisas que acababan de apuntarse a su culto. Las exuberantes e inesperadas erecciones de Jon siempre le habían causado vergüenza y humillación, sobre todo en las duchas comunales del equipo de rugby, donde era capitán, quarterback e incluso entrenador, pues una vez el señor Tommy Carter se lesionó y John tomó las riendas y acabaron ganando la liga gracias a su liderazgo. Le dieron el M.V.P y la Bota de Oro.

En el baño estaba limpiándose las manos cuando escuchó un ruido fuertemente como de cristales rotos por un puño curtido. Su duro entrenamiento como boy scout, piloto de cazas y Call of Duty le habían otorgado unos agudos sentidos, como de pantera y puma. Se puso en guardia.

—¿Stacy? ¿Amber? —demandó—. ¿Ocurre algún imprevisto? —interrogó.

Pero John ya sabía lo que ocurría. En sus veinte años como mejor agente del cuerpo de New York siempre había orbitado a su alrededor un misterio, una mano en la oscuridad, un caso imposible. Él había vuelto.

John había resuelto cien casos, con lo cual tenía cien sospechosos. Empuñó su fiel pistola y salió del baño linterna en mano. También cogió un cuchillo, pues toda preparación era poca. Cruzó la cocina y entró al mancillado dormitorio. 

Los tímidos rayos de luz del amanecer se colaban la ventana y torneaban la figura de las mujeres. Alguien las había acuchillado, matándolas y cayendo muertas. Las sábanas sedosas, manchadas de carmesí, silbaban una melodía de muerte. Zaratustra había hablado y dos diosas habían muerto.

De súbito, como un relámpago, una figura apolínea cruzó la habitación y saltó por la ventana, cayendo en un tejadillo de al lado rodando. John no se lo pensó y le disparó, pero como falló, lo siguió y saltó y cayó en el mismo tejadillo rodando. Lo persiguió corriendo mucho.

La persecución fue implacable. Cada salto entre los tejados de la ciudad exprimía al máximo su duro entrenamiento atlético, pero su rival, que iba embutido en una negra gabardina como un ala de cuervo, no le daba tregua. Jhon perseguía a un demente que había hecho cosas terribles. Era malo. Ignoto, incluso.

—Desiste, nunca nadie me ha cogido —declamó el asesino.

—Hasta hoy —aseveró Jhon.

Llegaron al tejado de una catedral gótica. La noche era un privilegiado testigo de un duelo fratricida. Negros nubarrones los cubrían, ébanos oscuros cerúleos. Presa y cazador. Rival y villano. Alfa y omega. Yin y Yang. Jhon llegó un poco más tarde al tejado, así que blasfemó a todo el panteón olímpico, pues el asesino ya disponía de una buena cobertura.

Pero con lo que no contaba, era con John.

Empezó una ensalada de disparos. Los dos villanos se dispararon con violencia y los trozos de las gárgolas se hicieron pedazos en una lucha frenética. Eran pétalos negros de piedra deshojados por un demiurgo cruel. Entonces, John, apostado tras su parapeto con la última bala en su cargador, se acordó del momento que cambiaría su vida para siempre. Puso cara de flashback.

Fue hace cinco años. Tenía dieciséis y acababa de perder la virginidad con Wendy y de convertirse en el piloto más rápido de helicópteros de la academia militar. Lo hizo destronando a Ivan Karvovanoff, un marmóreo agente ruso de Rusia que hasta ahora ostentaba el título y la corona. Lo llamaban el Zar Rojo porque era de Rusia y le gustaba ese color. Después de eso, la rivalidad entre ellos dos se conviritó en algo inconcebible e inconmesurable. John siempre conseguía sobreponerse a Iván y le ganaba. Pero entonces, un día, martes — creó— el ruso se vengó tras perder por una décima la medalla de oro en natación olímpica. Él le cambió la muestra de orina del dopping a John por otra con droga y engañó a los médicos. Tras eso, se volvieron rivales, claro. Pero él sabía que la venganza de Iván era un mal ineludible: cruel y pegajoso como alquitrán en las botas: un mal del que no podía deshacerse. Su Bin Laden personal.

John siempre había sabido que Iván era el asesino que mataba en la ciudad. Esa sombra en el callejón, el susurro que trae la noche. Los dos jugaban una partida de ajedrez. Eran Kasparov y Fischer, pero con pistolas.

Sin embargo, John ya sabía quién lograría ejecutar el último jaque mate.

Salió proyectado de su cobertura como un guepardo y deliberadamente disparó desviado a unos metros de donde estaba Ivan escondido. Pudo ver la sonrisa en ese rostro ruso, era la sonrisa de una hiena, pero siberiana. Sin embargo, con lo que su némesis inexorable no contaba era con las extraordinarias habilidades de Jhon para el billar. Recientemente se había proclamado campeón de ese deporte, pues la trigonometría no tenía secretos para él. La última bala, el último as en la manga. La suerte estaba echada.

La bala rebotó en una gárgola, se desvió e impactó a Iván justo por detrás, en el cuello, antes de que este tuviera tiempo para disparar. Cayó herido y su carmesí sangre empezó a discurrir por el suelo como el mar rojo. El destino, juez imparcial, había dictado sentencia. El muro de Berlín había caído y la unión soviética acababa de ser disuelta. 

John se acercó, revólver en mano y miró a los ojos de su némesis. 

—Has estado demasiado tiempo jugado con fuego, Iván. Y al final, te has quemado.

6 comments on El peor relato posible

  1. Buenas tardes

    Me ha gustado mucho este relato. La de fallos que reúne lo hace, aunque sea un tanto raro de escribir, magnifico. Me ha divertido leerlo.

    Un saludo.

    Juan.

    1. Fue un ejercicio muy interesante, la verdad. Lo más curioso es que algunos de esos fallos garrafales los cometí en su día…. ¡Asih!

  2. Una sublime obra maestra que reivindica el denostado género de los agentes.
    La precisión con que están usadas las palabras, los giros inesperados de la trama y la profundidad de los personajes me han dejado despatarrado.
    Mi gran enhorabuena por traer un soplo de frescor a la literatura.

    1. Es usted un sabio como pocos. ¿Ha pensado en predicar su excelsa sabiduría subido a algún tipo de piedra? Mi enhorabuena por su pertinaz dedicación.

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