El final de Melancolía, una novela difícil de clasificar

Acabo de publicar en Amazon mi segunda novela, titulada El final de Melancolía (la primera fue Nostalgia, también disponible en Amazon). Pese a lo que el título pueda sugerir, no es un drama ni una novela ñoña. Diría que es difícil de clasificar. Se trata de una historia narrada por un psicópata, pero no es una novela negra ni un thriller. El tema principal es el amor, pero no es una novela romántica. Hay un asesinato, pero no es una novela policíaca. Está cargada de erotismo, pero no es una novela erótica. Es una novela intimista, pero no lo parece. Lo que sí es seguro es que es una novela que sorprende, entretiene, hace pensar y cuenta con unos personajes inolvidables.

Os dejo aquí una pequeña muestra de ella para que os animéis a leerla.


Iba a dejar la entrada así, tal cual. Pero Eduardo Enjuto Vázquez, amo y señor de este blog, tras leer el borrador me ha echado una bronca de no te menees: que si tengo que contar más de la novela (sin desvelar nada de importancia), que mencione las emociones que ha despertado en quienes ya la han leído, que si en vez de este fragmento pon este otro… En definitiva: que me trabaje un poco más la entrada.

Donde hay patrón no manda marinero.

Esta foto aquí no pinta nada, pero es que cada vez que pienso en la mar me viene a la cabeza (debilidades que tiene una).

¿De qué va la novela? Pues contiene una historia personal que nos cuenta Víctor y que empieza cuando este es estudiante universitario. Víctor entonces pertenece a un grupo de amigos con un nexo común: Ángela, una compañera por quien todos sienten emociones intensas que condicionan su vida. Años después de acabar la carrera, Víctor y Ángela se reencuentran. Ella está casada y tiene un hijo, él está soltero y sin compromiso. Ella se dedica a escribir, él vive de las rentas. Entablan una turbulenta relación sexual y a poco Ángela abandona a su familia para vivir con Víctor. Tras este paso, sin embargo, la relación no tarda en deteriorarse y Ángela un buen día desaparece sin más. Pero deja en casa de Víctor la última obra que estaba escribiendo, sus memorias, titulada Melancolía. Y una nota con la que le pide a Víctor que la termine por ella.

La vida de Víctor y él mismo habrán de cambiar radicalmente antes de que pueda darle a Melancolía un final.

Esta es la sinopsis a grandes rasgos.

¿De qué trata realmente la novela? Aunque el tema central es el amor, en El final de Melancolía hay otros temas que también dan forma a la trama, como la amistad, la juventud y sus errores típicos, la madurez o el miedo a la felicidad. Todos se mezclan en una historia compleja que está centrada o gira en torno a Ángela, que es, como Víctor la describe, “la mujer más hermosa que he visto nunca, una persona extraordinaria o, más resumidamente, perfecta”.

¿Qué ha dicho de ella la gente que ya la ha leído? Pues mi padre, desde que la ha leído, me llama pornógrafa. Mi madre prefiere no hablar del tema. Eduardo dijo de ella, entre otras muchas cosas (no todas buenas, si he de ser sincera): «Es un libro mucho más interesante de lo que parece ‘a primera lectura’, más profundo y emocional. No soy muy amigo de este tipo de historias, pero me ha atrapado y he pasado varias horas leyendo por el placer de leer, no por el interés en terminar o comentar la obra. Me he olvidado de que era ‘tu libro’ y he disfrutado con él, de sus personajes, de sus miserias y sus pasiones, y eso es algo muy, muy positivo.» Y nuestra común amiga Cristina Alonso Andicoberry dijo (idem): «Pues en general, el libro me ha gustado. La historia me ha resultado interesante. Como puntos fuertes: el título, que creo que es un acierto (aunque no sé si ‘melancolía’ es el sentimiento que genera esta historia); la idea del libro dentro del libro; el principio: los primeros párrafos captan bien la atención; el final, que está bien traído y no da mucha sensación de ‘y chimpún’; y la (a veces insoportable) humanidad de los personajes, lo que los hace creíbles (en términos generales) y permite a la lectora identificarse en parte con ellos, lo cual creo que es interesante a la hora de captar la atención.»

Eduardo…

Y ahora ya sí os dejo con un fragmento de la obra. Espero que os guste.


No sé cuánto tiempo me quedé mirándola absorto, recordando un tiempo que sentía ya tan lejano que casi me parecía que lo había soñado, pero el suficiente como para llamar su atención y la de la librera. Volvieron las dos el rostro hacia mí casi al unísono, como si las hubiera llamado a la vez o fuera un gesto ensayado. La librera me reconoció al instante (yo era un buen cliente), me saludó con una leve inclinación de la cabeza y una sonrisa, de compromiso pero amable, y volvió el rostro al frente, hacia Ángela. Esta permaneció con la vista clavada en mí unos instantes, y después, sin mudar la expresión de su rostro, que en ese momento era una máscara de acto social, hizo un sutil gesto con la mano con el que me pidió que esperara (a que ella saliera de la tienda, supuse) y seguidamente continuó su charla con la dueña de la librería como si no me hubiera reconocido. Yo seguí mirándola, ahora sin saber qué hacer a continuación. No quería esperarla, no quería carearme con ella, darle la oportunidad de reconvenirme cómo la había tratado la última vez en que nos habíamos visto antes de aquella tarde, más de diez años atrás. Pero al mismo tiempo quería saber de ella, estar con ella, volver a tener esa sensación, que no había experimentado desde que nos separáramos, de intensa excitación y al mismo tiempo de absorbente calma, y que siempre había tenido cuando estaba a su lado, excepto en la última ocasión, en la que solo hubo excitación, la calma la había quemado el alcohol. Mas no tuve tiempo de tomar una decisión porque, antes de que lo hiciera, Ángela salió de la tienda y se me acercó. Lo hizo con la misma confianza con que se me había acercado la primera vez en que se dirigió a mí. Y, absurdamente, tuve de nuevo la sensación de que me había tomado por otra persona, no podía ser yo quien había atraído su atención. Un cambio inesperado en la conocida escena me sacó de mi estupor: llevaba de la mano a un niño de unos seis años. Se detuvo frente a mí y otra vez se quedó mirándome inexpresiva. El niño le lanzó una mirada interrogativa y fijó la vista en mí con curiosidad. No pude evitar devolverle la mirada. El aire familiar era indudable: los mismos ojos grises, los mismos pómulos marcados, los mismos labios generosos…, mas el resto, el castaño y lacio cabello, la recta y fina nariz, el cuadrado rostro, no era ella. Ángela le pasó la mano por el cabello y dijo:

—Saluda al señor, Sergio, es un amigo.

Sergio frunció el ceño un poco, pero con claro disgusto, y apartando de mí la mirada musitó un “Hola” de pocos amigos.

—Tendrás que perdonarlo, no le gustan los extraños, es muy tímido —me informó Ángela—. Hola, Víctor, me alegra volver a verte —dijo y, soltando al niño, me tomó por los hombros y me plantó un beso en cada mejilla. Después se separó de mí y me dedicó una cálida sonrisa de bienvenida.

Sentí que me sonrojaba, de vergüenza, y bajé la mirada.

—Hola, Ángela. Yo también me alegro de verte.

Ella me cogió una mano, instándome a mirarla.

—Víctor, me alegra volver a verte —repitió enfatizando la expresión—. Aunque he de reconocer que me ha costado un poco reconocerte. Tu aspecto ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos.

Volví a bajar la mirada.

—Tú estás igual —afirmé, pese a que aún no había fijado mi atención en ella, solo en una imagen suya del pasado que habitaba en mi memoria.

—¿Tienes tiempo para un café?

Esta proposición me pilló tan de improviso que no supe qué contestar. “¿Con el niño?”, me pregunté, mirándolo de soslayo; qué inconveniente. ¿Debía ofrecer mi casa? Estábamos a dos pasos de donde yo vivía. ¿De verdad quería entablar una conversación con Ángela? ¿De verdad quería volver a relacionarme con ella? Pese a la curiosidad que sentía, tratarla implicaría arriesgarme a que los recuerdos que de ella tenía atesorados, y sobre todo la idea que tenía de ella, resultaran alterados con los sentimientos que despertara en mí ahora, ahora que, tras más de una década en la que no nos habíamos tratado ni sabido nada el uno del otro, era una completa extraña para mí. Quizá hubiera cambiado por completo, quizá ya no fuera la mujer de mis sueños, sino tan solo su sombra. O aún peor, una mujer como cualquier otra.

—En la cafetería de allí enfrente —dijo señalando el local— sirven un café bastante decente. También tienen zumo natural, y los sándwiches no tienen mala pinta. ¿Te apetece un sándwich, Sergio?

El niño la miró como la estaba mirando yo, sin saber qué contestar, y después me miró a mí muy serio, preguntándose, supuse, si podría soportar tener que compartir durante un rato la atención de su madre con un extraño. De seguro la respuesta fue un rotundo no, pero debía tener hambre el crío, porque asintió con la cabeza.

—¿Tienes tiempo? —volvió a preguntarme Ángela, si bien su tono de voz no fue insistente, sino casual.

—Sí, claro —conseguí contestar, pero no añadí que, de hecho, tenía toda la tarde libre; pensé que, si la situación se me tornaba demasiado incómoda, quizá tuviera que esgrimir una excusa para marcharme con prisa.

En la cafetería, el camarero que nos atendió me saludó y me preguntó que si quería lo de siempre; me conocía. Como había dicho Ángela, el café era bastante decente, y de tanto en tanto me acercaba hasta allí, no tanto para tomarme un buen café, que también, cuanto para entretenerme un rato observando el paisanaje de la calle y del propio establecimiento.

—¿Vives por aquí cerca? —me preguntó Ángela una vez que el camarero nos hubo servido.

—Sí, en aquel edificio de allí —contesté señalando el inmueble a través del ventanal junto al que estábamos sentados.

Ángela miró hacia donde yo señalaba y yo aproveché para fijar la vista en ella con una cierta libertad. Había ganado unos kilos desde su juventud. No muchos, tres, quizá cuatro, pero se los noté. Ya no era algo etérea como lo había sido entonces, sino más bien maciza. Los pómulos se le marcaban más y su rostro estaba más lleno, resultaba más ovalado. Su busto también parecía más prominente. El resto se había mantenido inalterable frente al paso del tiempo: su cabello, sus ojos, sus labios, incluso su piel, eran los mismos. Pero no su mirada, aquí había un cambio sustancial. De joven, Ángela tenía una mirada especial, o así me lo había parecido entonces. Una mirada despierta y un poco irónica, pero a la vez enigmática, por cuanto uno percibía que no era del todo abierta, que guardaba las distancias, que ocultaba quizá a la auténtica Ángela o una parte muy importante de ella, la cual vigilaba atenta y recelosa a la Ángela exterior. Ahora, esta mirada inescrutable era la que predominaba bajo una delgada capa de educada expresividad que acataba las establecidas normas de urbanidad. Ángela parecía más distante e inalcanzable que nunca.

Volvió la vista a mí y yo bajé los ojos, turbado por mi descubrimiento y avergonzado de mi indiscreción.

—¡Qué casualidad! Es el mismo edificio en el que Sergio recibe clases de piano. Acaba de terminar la de hoy.

—El profesor Bautista, supongo —aventuré.

—Sí, ¿lo conoces?

—Después de haber vivido ya unos cuantos años en el piso, tengo una ligera idea de quiénes son mis vecinos.

—Sergio está muy contento con él, ¿verdad, Sergio?

El niño afirmó con la cabeza. Tenía la boca llena, estaba devorando con fruición el sándwich que había pedido. En efecto, tenía hambre.

—Y dime, Víctor, ¿qué tal te va? No sé nada de ti desde la universidad. De hecho, de nuestro grupo apenas sé nada de nadie.

—Yo tampoco. En cuanto a mí… —Emití un sordo suspiro: no estaba acostumbrado a conversar y menos aún a hablar de mi vida, la consideraba un tema aburrido—. No me puedo quejar, llevo una vida tranquila, sin dificultades ni preocupaciones; soy moderadamente feliz.

Ángela sonrió.

—¿Podrías desarrollar un poco el tema, por favor? Dime, ¿a qué te dedicas?

—A nada, realmente. —Ángela frunció levemente el ceño, debió pensar que le estaba tomando el pelo —. Y a todo un poco —me apresuré a aclarar—. Verás, a poco de que termináramos la carrera, mi abuelo materno murió. Los padres de mi madre, y bueno, también los de mi padre, eran gente de dinero. Mis padres lo son. —Noté que empezaba a enrojecer de nuevo—. Y cuando mi abuelo materno murió, mi madre, que es hija única, heredó una fortuna. Entonces mis padres decidieron cederme una parte del dinero que, en cualquier caso, algún día heredaría. Yo lo invertí en bienes inmuebles, y no me ha ido mal…

—Vives de las rentas —me atajó Ángela con un leve tono de sorpresa.

—Exacto —aseveré, sintiendo que me sonrojaba todavía más.

Ángela no dijo nada por unos instantes. Me miraba como si intentara decidir si creer o no lo que acababa de decirle.

—Nunca mencionaste que tu familia fuera adinerada.

—No es un tema del que me guste hablar. No es ningún mérito, o al menos no lo es mío. Yo solo lo he disfrutado y he sabido sacarle beneficio.

—¿Y a qué dedicas el tiempo, si puedo preguntar?

—Pues en parte a mantener los inmuebles en buenas condiciones y a lidiar con los inquilinos. Pero la verdad es que esto apenas me lleva tiempo. El resto lo ocupo en mantenerme entretenido: asisto a charlas académicas, a exposiciones, a conciertos, voy al cine, al teatro, hago ejercicio regularmente, cocino, a veces hago algún curso… —Me encogí de hombros—. Un poco de todo.

—¿No tienes familia?

—No.

—¿Pareja? —preguntó a continuación, pero al instante se cubrió los labios con una mano por un momento antes de decir—: Lo siento, no es asunto mío.

—No tiene importancia. No, no tengo pareja.

Ángela, en vez de seguir aplicándome el tercer grado, interrumpió la conversación y miró al pequeño, que había terminado su sándwich y nos observaba con curiosidad.

—¿Te apetece jugar al comecocos, Sergio? —le preguntó señalando una máquina que había al fondo de la cafetería.

El niño miró el artefacto y después me miró a mí. Yo le sonreí para darle confianza, suponiendo que no quería dejar a su madre a solas conmigo. Asintió y, extendiendo una mano abierta hacia Ángela, le pidió dinero para poder jugar. Ella le dio unas monedas y el niño nos abandonó resignado. Creo que intuyó, como yo, que su madre no quería que estuviera presente durante la parte subsecuente de nuestra conversación.

—Es tu hijo, ¿verdad? —pregunté mientras lo observábamos dirigirse hacia la máquina.

—Sí, el único que tengo.

—¿Casada?

—Sí, desde hace ya casi diez años.

—¿Feliz?

Ángela esbozó una sonrisa enigmática.

—Moderadamente.

La miré con detenimiento. Ella, ante mi indiscreción, bajó la mirada. No me parecía en absoluto una mujer feliz. Pese a su aparente hermetismo, tenía un aire de melancolía que no pasaba inadvertido. Decidí cambiar de tema.

—¿Y a qué dedicas tú tu tiempo?

—Hasta ahora, la mayor parte de él a cuidar de Sergio. Antes trabajaba, pero, con la crisis, perdí el empleo. También escribo.

Esperé en silencio a que se explayara algo más en su respuesta. Como no añadió nada, yo dije:

—Escribes…

Ángela se ruborizó ligeramente.

—Cuentos para niños.

Me sorprendió. Tardé unos segundos en reaccionar.

—Nunca lo habría imaginado.

—Ya.

—¿Has publicado alguno?

—Siete —respondió con un leve dejo de orgullo.

Volví la vista hacia Sergio. Estaba centrado en su juego. Yo estaba confuso. Demasiadas inesperadas sorpresas: Ángela de nuevo tangible; Ángela casada y madre; Ángela autora de cuentos infantiles.

—Entonces, ¿no sabes nada de nadie del grupo? —insistió reclamando de nuevo mi atención.

—No —dije secamente y fijé mi atención en mi taza de café, ya casi acabada. Temía la posible siguiente pregunta y pensé que, si parecía reacio a hablar sobre el tema, quizá la evitara.

No tuve suerte.

—¿Y Virginia? —preguntó, tal y como temía, a continuación.

No pude reprimir una mueca de desagrado.

—Rompimos a poco de que acabáramos la carrera. No he sabido nada de ella desde entonces. —Mostré una sonrisa de circunstancias. Quizá me librara con esta escueta respuesta y el gesto desalentador.

Pero Ángela insistió.

—¿Qué pasó? —preguntó directamente, mas sin curiosidad, como si supiera de antemano la respuesta.

—No funcionó —respondí, pero la expresión de Ángela me indicó que esperaba más información. Inconscientemente me recliné sobre el respaldo de mi asiento, aumentando la distancia que nos separaba—. Alquilé un apartamento. Durante la carrera me había acostumbrado a esta ciudad, me gustaba, quería quedarme a vivir en ella. Les dije a mis padres que iba a buscar trabajo aquí y ellos me adelantaron el dinero para el alquiler. Virginia vino a vivir conmigo. Y yo no pude soportarlo. No estaba preparado para compartir mi espacio y mi tiempo con otra persona, no de esa manera tan… absorbente. A poco corté con ella por lo sano.

Esta era la manera menos peliaguda de describir lo que le había hecho a Virginia. La verdad era vergonzante. La verdad era que cuando alquilé el piso no tenía ninguna intención de invitarla a vivir conmigo, de hecho no lo hice; pero cuando ella me lo sugirió no pude decirle que no, entonces no tenía ninguna excusa que esgrimir y la situación de Virginia era difícil: no tenía trabajo ni dinero para pagar un alquiler y su única opción era volver a la casa de sus padres, que vivían lejos de la ciudad. Yo tenía muy claro que iba a cortar con ella, pues ya no tenía para mí ningún sentido mantener la relación, ya no la necesitaba, ya no era un adolescente incapaz de relacionarse con la gente, de abordar a una mujer que le atrajera, era un hombre joven con una cierta experiencia en el campo sexual y ávido por adquirir más, mucha más. Pero aún no había decidido cómo ni qué razones argumentaría. Así que empezamos a vivir juntos. Me bastaron unos pocos días para darme cuenta de que yo no iba a ser capaz de soportar la situación mucho tiempo. Una cosa era que nos viéramos todos los días en la universidad, que saliéramos juntos a menudo, habitualmente con otra gente, y que durmiéramos el uno con el otro de vez en cuando, y otra muy diferente que la tuviera presente casi todo el día, desde que me levantaba hasta que me acostaba, y que tuviera que contar con ella para todo. Había perdido mi libertad por una persona que no me importaba. Me sentí como una fiera enjaulada, y a poco empezó a notárseme, no pude evitar reflejar una cierta animosidad hacia Virginia. Me levantaba por la mañana ya de mal humor, cargaba contra ella a la menor oportunidad, por cualquier razón, o sin ella, e incluso dejé de hacerle el amor. Y casi dejé de hablarle. Virginia intentó razonar conmigo, entender qué estaba pasando, mas yo evité hablar del asunto, porque la causa de mi comportamiento no era solo que ella estaba viviendo en mi casa, sino sobre todo que no la quería, que para mí no era sino una carga, y que quería que saliera de mi vida. Por supuesto, no tuve el valor de decirle esto a la cara, tampoco la madurez suficiente. Cuando la situación se hizo insostenible, tomó la decisión de ir a casa de sus padres una temporada. Me dijo que entendía que yo necesitaba tiempo para adaptarme a vivir con ella y que unos días separados quizá nos vinieran bien. Lo que hice a continuación fue monstruoso. Justo el día antes de que Virginia volviera a mi casa salí a tomar unas copas y me ligué a una tía, como había procurado hacer casi todos los días en que ella había estado ausente. Me llevé a la joven a mi apartamento, como me había llevado a mis conquistas previas. Follamos varias veces a lo largo de la noche. Después nos quedamos dormidos.

Virginia me había dicho que llegaría a mediodía. Por suerte o por desgracia, era una persona puntual en extremo. Procuré despertarme a las once y media de la mañana, y a continuación desperté a mi compañera de cama. Tal y como me había propuesto, estábamos a mitad de faena cuando sentí la puerta del apartamento abrirse. Solo yo noté la visita porque estaba atento, la esperaba; mi partenaire no se dio cuenta o no dio muestras de haber sentido nada alarmante. No miré, hice como si no hubiera oído nada, pero creo que Virginia llegó hasta el dormitorio, sin duda buscando el origen de los ruidosos gemidos que la joven que estaba conmigo soltaba casi sin pausa. No hubo gritos ni lágrimas, no tuvo lugar la escena que temía. A poco sentí la puerta del apartamento cerrarse con sigilo. Y no volví a saber nada de Virginia. No volvió ni a recoger lo poco que de ella había en mi casa.

Ni siquiera entonces, cuando le dije a Ángela que había roto con Virginia, era consciente del terrible e irreparable daño que debía haberle causado. No lo supe hasta años después, pero no impidió que me sonrojara sobremanera al recordar mi proceder. Ángela debió notar mi malestar, porque no insistió en el tema.

—Yo tampoco sé nada de nadie —dijo a continuación—. Es curioso, ¿verdad? Cinco años juntos, como uña y carne, y ahora no estoy segura de que fuera capaz de reconocer a alguno de ellos si me los cruzara en la calle.

—A mí me has reconocido.

—Sí, pero me ha costado, como ya he dicho. Tu aspecto… —Ángela dejó la frase ya dicha en suspenso y me miró con atención antes de decir con un cierto tono de irritación—: Si te he reconocido ha sido por la mirada. Sigues teniendo la misma mirada.

Me quedé con la absurda duda de si quería decir que mi mirada seguía siendo la misma que había tenido de joven o que la miraba a ella de la misma manera en que la miraba entonces. Probablemente implicó lo segundo. Por lo demás, estaba equivocada, no había cambiado tanto desde que terminara la carrera. Ahora llevaba el pelo cortado a cepillo, en vez de largo, y vestía traje de chaqueta, en vez de ropa informal, y me habían caído unos años encima, si bien parecían menos de los que en realidad eran. Pero sí había cambiado notablemente desde el día en que nos habíamos conocido. Mi sospecha de que aquella imagen de adolescente desvalido era la que ella había conservado a lo largo de la carrera no hizo sino reforzarse en ese momento. Como dicen, la primera impresión es la que cuenta.

—¿Y Ruth? —pregunté para cambiar de tema, o mejor dicho, para seguir con el empezado antes—. Estabais muy unidas. ¿No sabes nada de ella?

El rostro de Ángela se ensombreció con una expresión de profunda tristeza.

—Ruth murió hace unos años, Víctor. Leucemia.

—Vaya —solté sorprendido, no esperaba semejante noticia. Consideraba que aún éramos demasiado jóvenes para esa clase de sacrificios, tan absurdos, y demasiado viejos ya para morir jóvenes, como lo había hecho Alberto. Una edad indefinida a todos los efectos—. Y Joaquín, ¿qué fue de él?

Antes de que Ángela pudiera contestar, Sergio volvió a nosotros. Se lo veía cansado. Y al parecer había gastado ya todas sus monedas.

—¿Cuándo vamos a casa, mamá? —preguntó entre aburrido y somnoliento.

Ángela lo miró con ternura, le acarició el cabello, lo besó en la frente y se levantó de su asiento.

—Ya mismo, cielo. —Mientras ayudaba a su hijo a ponerse el abrigo, dijo, así como quien no quiere la cosa—: No sé nada de Joaquín. Ruth rompió con él años antes de caer enferma. Es una larga historia. Quizá otro día, con más tiempo, si de verdad te interesa.

Tardé unos instantes en reaccionar, en entender que Ángela me estaba ofreciendo la oportunidad de volver a verla. O quizá tardara en asumirlo. Exaltado por la posibilidad de perderla, me levanté con atropello de mi asiento, empujando mi silla, empujando la mesa, el vaso de zumo de Sergio se tambaleó y cayó de lado, derramando lo que quedaba de su contenido sobre la mesa. El niño miró el estropicio con expresión de sorpresa. Yo fijé la vista en Ángela. Ella me tendió una mano. No era mi mano lo que esperaba de mí. Sin despegar los ojos de ella saqué una tarjeta de visita de mi cartera y se la tendí.

—Nos vemos, Víctor —dijo con voz queda, guardando mi tarjeta en su bolso sin mirarla. Con la misma mano tomó a su hijo de la mano—. Dile adiós a Víctor, cielo.

—Adiós —replicó el crío ya dándome la espalda.

Los observé mientras abandonaban la cafetería y caminaban calle abajo hasta escapar a mi vista a través de la cristalera; después volví a sentarme. Me encendí un cigarrillo. La taza de café de la que Ángela había estado bebiendo reposaba todavía sobre la mesa, estaba manchada del carmín de sus labios, un sutil rosa palo. Acaricié la mancha con el pulgar y sin pensarlo me lo llevé a la boca. “Nos vemos, Víctor”, había dicho. La frase retumbaba en mi mente una y otra vez, y empecé a sentir una ansiedad que hacía muchos años que no sentía. Cuando acabé el cigarrillo, me encendí otro.

—Maldita seas, Ángela. Maldita seas.

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