“El criadero”, la hija aventajada de todas las historias que dan mal rollo

¿Conoces las típicas historias de un tipo que se queda atascado en un pueblo de mala muerte en el que todo da mala espina, donde parece que hasta los perros te miran mal y de donde sabes que no puede salir nada bueno?

Ah, ¿que no te gustan? No pasa nada, voy a reseñar un libro que te va a reconciliar con el género: El Criadero, por Gustavo E. Abrevaya, editado por Ediciones PG

No voy a dar pistas sobre lo que se cuenta en El Criadero porque descubrir la historia según vas leyendo es emocionante, así que a ver cómo me apaño. Vamos al lío.

 

La historia responde al modelo de “tipo normal se mete en problemas”, un “arquetipo argumental” muy útil para que el lector se sienta identificado con el protagonista. El protagonista actúa como lo haríamos cualquiera de nosotros, y sin tonterías. ¿Ves la típica escena que según estás leyendo piensas “¡no seas burro y haz tal cosa!”? En El Criadero eso no sucede. El autor coloca a los personajes en la línea fina y delicada que separa a los panolis de los héroes, es decir, que son personas normales y creíbles. No se echan a llorar y dejan que las cosas les sucedan en plan adolescente de relato de terror, pero tampoco se convierten en soldados y maestros de kung-fu de la noche a la mañana, que en otros libros a veces pasa y cuando leo esas cosas me llevan los demonios.

Por cierto, el protagonista se llama Álvaro y es un hombre enamorado del cine y de sí mismo. Es curioso y muy interesante, la verdad.

El escenario, te lo advierto, es de los que ponen los pelos de punta. Está ambientado en un pueblo de Argentina como podía ser un rincón perdido de Extremadura o de la Castilla profunda. Si no es por el lenguaje y sus localismos, pensarías que estás leyendo algo que podría ocurrir en el pueblo de tus abuelos, ése que recuerdas con alguna calle sin asfaltar, bares de mala muerte donde los parroquianos varones desayunaban orujo por las mañanas y los curas lucían sotana larga y malas pulgas.

 

-Nadie sale vivo de aquí -comenzó el cura y a Álvaro se le erizó la espalda-. No habrá salvación si no es con Jesús -advirtió-, porque es así, nadie sale vivo de aquí.Hasta el día del juicio final los muertos no se levantarán y sólo entonces habrá clarines en el cielo y el gran pozo se abrirá para que caigan los impíos. Pero nadie sale vivo de aquí.

 

¿Qué si la historia es sorprendente? Aquí es donde voy a echar una de cal… O de arena, no sé. Que voy a decir algo negativo, vaya. Y es que la historia me ha parecido algo forzada en un par de detalles. Sé que la realidad supera a la ficción y que en el mundo se ven cosas peores (o más raras) pero, si me pongo tiquismiquis, he levantado una ceja en algún momento. No puedo dar detalles sin entrar en spoilers, pero a veces los arquetipos son demasiado arquetipos, las cosas que pasan pasan mucho y el escenario resulta un poco confuso. Claro que yo escribo cuentos con inmortales, espíritus y gente rara en general, así que no hablaré muy alto.

Es una historia dura, pero dura de verdad. El autor no se regodea en ella y deja que sea el lector el que piense “¡pero qué burrada lo que estoy leyendo!”. Tampoco hay escenas de sadismo gratuito y eso se agradece, porque es un recurso facilón que no me gusta. El narrador se muestra frío e impersonal, y eso hace que el ambiente se vuelva más opresivo y asfixiante. No hay ases en la manga ni trampas del autor; lo que ves es lo que hay, para lo bueno y para lo otro.

Pero lo que me ha enganchado, lo que me ha atrapado de verdad, son los personajes secundarios. Son fantásticos y ponen los pelos de punta de la forma más inocente. Pasan de las pequeñas incorrecciones políticas a las misoginias más evidentes, de las amenazas sutiles a los silencios más terribles y violentos. En algunos momentos de la lectura he sentido un escalofrío, y conste que escribo esta reseña en pleno agosto. Esta sensación se logra también gracias a las conversaciones, que parecen casuales pero están llenas de significado. Las largas parrafadas de Álvaro, por ejemplo, que al principio me aburrían cosa mala, cuando avanza la historia las echas de menos y te das cuenta de cómo han contribuido desde las primeras páginas a crear un personaje rico, detallado y muy familiar.

 

-¿Qué cosa les pasa? -preguntó Álvaro sintiendo que su estómago se retorcía.

-¿A quienes?

-A… no sé, a las que quedan de noche en el desierto, los… las muertas.

-Una goma pinchada, pongamos por caso, no saben repararla, esperan a que venga el príncipe azul a resolverles el problema y como no llega salen a caminar. Total, las vacaciones empiezan cuando uno sale de casa, ¿no? Como el pueblo no se ve, se pierden, hay piedras por todas partes y en una de ésas pisaron mal y zas, ya está, se fracturaron un tobillo. Ahora es cuestión de tiempo, se sientan a frotarse el pie y a esperar, quizá el príncipe todavía esté en camino, ¿me entiende? Cuando se quieren acordar ya es de noche y, como habrá notado, por estos pagos cuando oscurece hiela, sabe, y además andan los perros cimarrones. Pero, sobre todo, amigazo, por las noches no se sale en las casas, me oye, nunca, nunca salimos, y menos todavía al desierto, así que a esas horas ni el Papa recibe ayuda.

 

Aquí tenía que poner una fotografía de perros cimarrones, perros sin amo que se han asilvestrado y se han vuelto salvajes y peligrosos. Pero todas las que he encontrado me dan un poco de mal rollo, así que he preferido poner una de mi perro Ikuma subido en mi sofá. El lector sabrá comprenderme.

 

En fin, que El Criadero es un libro muy visual, tiene un ritmo ágil que te mantendrá enganchado a él una hora detrás de otra y, salvo alguna escena pesada o algún detalle menor, vas a disfrutarlo de principio a fin. Ideal para prestar a un amigo cuando va a salir de viaje, sobre todo si le picas el radiador para que el coche le deje tirado en mitad de la carretera y tenga que caminar hasta un pueblo desconocido donde todo el mundo le mire mal.

A ver, a lo mejor pierdes la amistad, pero la combinación avería-pueblo-libro le va a encantar. Digo yo.

 

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