Dos relatos por el precio de uno

Pues resulta que esta misma mañana, por casualidad, me he enterado de que la editorial Zenda había convocado un concurso de relatos sobre animales (entiendo que los primates de dos patas no cuentan). Y he pensado que quizá sería una buena idea competir. El problema es que el plazo de presentación termina este domingo. Y que yo este fin de semana voy a pasarlo en el campo, bastante aislada. Y que antes de enviar a la editorial el relato (o los relatos, puesto que cada concursante puede presentar hasta dos historias), hay que publicarlo(s) en un blog o en una red social. Casi nada. Así que aquí estoy, escribiendo esta entrada, después de haberme estrujado la mollera toda la tarde para dejar el asunto finiquitado antes del sábado por la mañana. Odio trabajar bajo presión.

Estos son mis dos relatos. El primero seguramente sea una historia real. El segundo, que alude a la teoría del caos, quizá lo sea algún día.

Espero que te gusten.


La necesidad tiene cara de perro

A Manuel, como llevaba gafas, en el colegio sus compañeros de clase le llamaban el Cuatro Ojos. Podían apodarlo así porque no era ni alto ni fuerte, sino más bien bajo y menudo, un escuerzo. También porque era introvertido y callado y no tenía amigos que lo defendieran. Ni hermanos. Manuel era hijo único. Y como sus padres trabajaban hasta tarde, era, además, un niño con llave, uno de esos críos que cuando llegan a su casa del colegio no tienen a nadie esperándolos. Así que todas las tardes Manuel se preparaba la merienda y hacía sus deberes solo, sin ayuda. Pero, pese a todo, no se sentía solo, porque tenía a Curro. Curro era un perro canijo, peludo y feo como un demonio, un mil leches, uno de esos chuchos que la gente abandona por sistema en cuanto dejan de ser cachorros y ya no son bonitos ni hacen gracia. Manuel lo había recogido de la calle una fría tarde de principios de otoño y lo cuidaba con el sentido de responsabilidad de un adulto. Cuando llegaba a casa del colegio, lo primero que hacía era sacarlo a la calle y darle un buen paseo, para que el animal pudiera hacer cosas de perros. Ya de vuelta a casa, lo cepillaba y jugaba con él a la pelota un rato, porque si bien Curro no era ya joven, tenía alma de cachorro y la pelota le parecía una tentación insuperable. Jugaban hasta quedar agotados. Después Manuel compartía con el chucho su merienda y sin pausa le acariciaba la suave y confortante pelambrera mientras hacía los deberes, también cuando ya los había terminado y esperaba a sus padres viendo la televisión. Pero el perro era un secreto. Así, cuando Manuel oía que se abría la puerta del garaje, lo subía corriendo a su habitación para esconderlo en el armario. Curro, como todo buen chucho callejero, era muy listo, y cuando sentía a los padres de Manuel en el piso, se quedaba quieto quieto y no hacía ningún ruido. Por la noche, cuando los padres de Manuel ya dormían, el perro salía de su escondite, se subía a la cama del niño y se echaba a su lado con la cabeza apoyada en la almohada. Entonces Manuel lo abrazaba fuerte y soñaba con él.

Al otoño siguiente, a Manuel por su cumpleaños sus padres le regalaron un perro de verdad, y él no pensó en Curro nunca más.


El fin del mundo

El mundo colapsó y se detuvo para siempre instantes después de que la última mariposa viva aleteara por última vez.

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