Dos obras del maestro Gogol

Ser escritor aficionado, como lo somos los que publicamos en este blog, es sacrificado. Escribir en sí es muy muy duro. No obstante, si uno puede permitirse el lujo de vivir de lo que escribe, trabaja al menos con el gozo de saber que la obra en la que se afana, y por la que sufre lo indecible, una vez terminada, será publicada por una editorial y leída por una cantidad nada despreciable de personas. Pero aquellos que, como nosotros, escriben por vicio, sin poder vivir de la venta de sus obras, no encuentran sino dificultades y sin sabores en el desarrollo de su afición. Por un lado, tenemos que encontrar tiempo que dedicarle a la escritura, un tiempo de sobra que, si uno tiene trabajo y familia, no suele conseguirlo sino a costa de dormir menos de lo aconsejado y emplear horas de sueño en escribir. Por otro lado, no solo sabemos que nuestra obra lo más seguro es que no sea aceptada por ninguna editorial (después de invertir meses en intentarlo), sino también, lo que es peor, que una vez publicada (por medio de autoedición, se sobreentiende), casi nadie la leerá. Visto así, la verdad es que escribir por escribir parece una absoluta pérdida de tiempo. Y quizá lo sea.

A ver, que sí, que por supuesto: los escritores aficionados aún sentimos la satisfacción que produce escribir a aquellos a quienes les gusta; crear, no importa qué, es siempre una actividad gratificante para el creador (supongo que la Neuropsicología sabrá por qué).

Pero, no nos engañemos: en este tiempo en que vivimos, tan exigente, de qué sirve aplicarse en una afición, dedicarle horas y horas de tiempo vital, tan limitado y precioso, si uno no sabe siquiera lo bueno o malo que es en su desarrollo. La gente que practica un deporte determinado se mide con oponentes o con el cronómetro para saber si mejora o es bueno en su ejecución. En otras aficiones, como hacer maquetas, instrumentos musicales o relojes, uno sabe de su buen hacer mediante una obra terminada, que le permite determinar si el resultado es el deseado: la maqueta está bien montada, el instrumento musical suena como se espera que lo haga, el reloj funciona con precisión. Y en otras aficiones como bucear, navegar o escalar, uno no tiene más que lograr los objetivos, las metas, que se haya marcado en su desarrollo. Pero los escritores necesitamos lectores que opinen sobre nuestra obra para saber si esta merece o no la pena (la opinión propia no sirve, porque somos los padres y nos ciega el amor por nuestra criatura). Y a nosotros, los escritores aficionados, repito, nos lee muy poca gente, en muchos casos solo algunos allegados que, porque nos quieren, o por no quedar mal con nosotros, no nos van a decir sino lo que queremos oír: que nuestra novela (relato, microrrelato…) está muy bien escrita y que les ha encantado. Así, el escritor aficionado se halla siempre sumido (o a la deriva, más bien) en un mar de dudas, o al menos yo lo estoy, sobre su querida afición que le inducen a plantearse si no debería estar utilizando su tiempo libre en algo más práctico, como un curso o un máster o en aprender un idioma, una actividad que le permitiera mejorar su currículo y optar a un trabajo mejor y un sueldo más jugoso. Estas ideas te pasan por la cabeza con frecuencia cuando tienes hijos y los tienes que sacar adelante en un país en el que la educación es un lujo, como es mi caso. Más aún cuando desconfías de continuo de tus dotes para escribir, especialmente si eres de Ciencias, y no de Letras, y por lo tanto careces de la formación adecuada, de los instrumentos básicos para escribir bien, por mucho que leas. Una afición como esta, te dices, es un lujo que no puedes permitirte, una irresponsabilidad. Pero te resistes a darte por vencido y abandonar tus sueños, porque solo se vive una vez, y te alientas con la falsa ilusión de que algún día conseguirás que una editorial se interese por alguna de tus obras y la publique. Porque, te dices, hay escritores que venden que no escriben mejor que yo. No hay muchos, pero haberlos haylos. Por supuesto que no te comparas con los grandes escritores, pero piensas, en tu ignorancia, que ni tan siquiera el estilo de estos es algo inalcanzable, y que si tú tuvieras la formación y el tiempo precisos, podrías escribir como ellos. O casi.

Y después lees a Gogol y te quieres morir, porque te das cuenta de que, por mucho que quieras, jamás de los jamases serás capaz de escribir nada como Dios manda. Como él escribía.

Esto al menos fue lo que me ocurrió a mí.

No había leído nada de Nikolai Gogol (1809-1852; un personaje curioso, por cierto, según Wikipedia) hasta recientemente, cuando leí dos de sus obras, dos clásicos.

Es este un claro ejemplo, queridos lectores, de cómo una mala traducción puede destrozar por completo una historia.

Una es El Viy (publicada por primera vez en 1835 en el primer volumen de su colección de cuentos titulada Mírgorod). Se trata de una novela corta, o más bien de un cuento largo, de terror, basada en el folclor ucraniano, que recoge elementos de varios cuentos de la Europa Oriental. Esta es la historia que cuenta:

Tres jóvenes estudiantes de Kiev parten de la ciudad para pasar las vacaciones de julio. Perdidos en el bosque, finalmente llegan a una alquería dónde pasar la noche. Pero Jomá Brut, un seminarista, tiene un horroroso encuentro con una bruja, a la que consigue dejar moribunda. Más tarde será obligado a rezar durante tres noches delante del ataúd de una bella joven fallecida en misteriosas circunstancias. Aunque el seminarista desea huir, los cosacos al servicio de la fallecida, no le dejan otra opción que encerrarse a solas en la iglesia junto al ataúd de la muerte dónde pasará tres noches terroríficas.

No puedo decir mucho a favor o en contra de la obra porque lo que sí es realmente terrorífica es la traducción, tan mala que no permite al lector disfrutar del estilo de Gogol ni de la propia historia. Pero puedo decir que el cuento se lee muy rápido y no deja una gran impresión. No solo por la traducción, sino también en parte porque la historia al lector actual se le antoja anticuada y no le produce el miedo que debería. Pero resultan curiosas las ilustraciones originales que incluye. Aquí va una del Viy:

La otra es Historias de San Petersburgo, que reúne cinco relatos, escritos por Gogol entre 1835 y 1842, cuya acción transcurre en la antigua ciudad de los zares. La traducción en este caso es bastante buena y uno puede percibir con claridad el estilo de Gogol. Según he oído, se considera que su gramática es la más compleja de entre la de todos los escritores rusos. No sé si será cierto, pero lo que sí puedo decir es que Gogol ha desbancado de mi altar particular a García Márquez como mejor escritor. Ojo, que no estoy diciendo que sea mejor novelista, no estoy juzgando cómo escribía una historia o describía la acción que la hace evolucionar, sino cómo trata el lenguaje. Es una pura delicia. Cada frase es una pequeña joya en la que sujeto, adjetivos, adverbios y, en fin, todos los elementos gramaticales, aparecen juntos pero no revueltos ni forzados, de forma armónica, ocupando su lugar con elegancia y suavidad. Yo lo tengo claro: cuando sea mayor, quiero escribir como Gogol.

Qué puedo decir de las historias en sí. Según lo que he leído, los relatos de Gogol se caracterizan en general por dar la sensación de estar inacabados, con un final difuso y, a veces, sin sentido aparente. Esto ocurre con algunos de los relatos de esta obra que, además, al lector se le antojan, como El Vyi, algo anticuados; los temas que trata son universales, mas sus protagonistas, con su forma de conducirse, son propios del tiempo de Gogol y no ya tanto del nuestro. Pero no por ello dejan de merecer la pena. Y los hay de todos los colores: uno humorístico, uno surrealista, uno fantástico… Independientemente del tipo de relato, todos ellos llevan el sello del estilo algo sarcástico de Gogol. En mi opinión, el segundo relato, titulado “El retrato”, que trata sobre cómo el dinero todo lo corrompe, es uno de los mejores que he leído jamás. Llaman también la atención “Carta de un loco”, por cómo el autor va mostrando la paulatina pérdida de cordura de su protagonista, y “La nariz”, que se trata de un relato por completo surrealista (y de difícil interpretación).

Para terminar, un pequeño apunte sobre la portada de Historias de San Petersburgo. Se trata de una reproducción de un cuadro de Ilya Repin (titulado «Procesión de Pascua en la región de Kusrk»), autor desconocido por la gran mayoría en nuestro país, pero que es considerado uno de los mejores pintores rusos de todos los tiempos. Te dejo aquí un enlace para que admires algunas de sus obras.

3 comments on Dos obras del maestro Gogol

  1. Las ilustraciones de El Viy tienen pinta de ser inquietantes, en la línea del relato, por lo que cuentas.

    Me encanta la obra de Ilya Repin, que no conocía. Está genial cuando enlazas con autores y artistas diferentes, porque me quedo con una visión más amplia del libro o autor que estás reseñando.

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