CAFÉ BAGDAD (Relato de #unaNavidaddiferente)

A las cinco en punto de la tarde, en una mesa esquinera y apartada del Café Bagdad, se sentó un hombre maduro, alto y bien parecido. Vestía traje de chaqueta gris oscuro; se notaba a la legua, por el brillo y el corte de la tela, que era bueno y que estaba hecho a medida. Llevaba también un maletín de piel negro, que dejó en el suelo, a su vera. Con un gesto de la mano le indicó al camarero, quien desde que entrara no le había quitado ojo, que quería lo de siempre: un café turco. Después consultó su reloj con impaciencia; sus dos camaradas, como siempre, se retrasaban. Aunque quizá porque les había anticipado que el asunto a tratar era serio, tan solo tres minutos más tarde se presentaron. Eran los dos más jóvenes que su anfitrión, pero, como este, vestían trajes caros —uno negro y el otro marrón— y tenían aspecto de gastar mucha pasta. Pidieron también café turco. Una vez los tres estuvieron servidos, sin esperar ya interrupción alguna, se quitaron a una la mascarilla y empezaron a tratar de sus negocios.

Tomó primero la palabra el anfitrión:

—Esta mañana he recibido una llamada del “Santo”. Me ha dicho que no puede soportarlo más, que está harto de la gente, que está muy disgustado y que pasa de todo. Que no contemos con él este año —sentenció con voz afilada.

El anuncio cayó en la mesa como una bomba. Los dos hombres más jóvenes se reclinaron en el respaldo de su silla y, tragando saliva, intercambiaron una breve mirada de sorpresa.

—Es un farol —afirmó con voz insegura el hombre del traje negro.

—Mucho me temo que no.

Se hizo un silencio de preocupación.

—¿No será que le ha estado dando de nuevo a la priva? —aventuró el hombre del traje marrón con un deje de sarcasmo en la voz.

—Su mujer ya lo metió en cintura hace tiempo a ese respecto; por lo que sé, no prueba el alcohol desde hace años —dijo el hombre del traje gris—. Además, sonaba verdaderamente apesadumbrado.

Los otros dos hombres a una, como si fuera un gesto ensayado, soltaron un breve suspiro.

—La situación es terrible, pero no puede hacer esto, lavarse las manos —dijo el hombre del traje marrón—. Así pagan justos por pecadores.

—Lo dijo muy en serio, y ya sabéis lo tozudo que es: cuando se le mete algo en la cabeza, no hay manera de hacerle cambiar de parecer.

—¿Y qué podemos hacer nosotros al respecto? —preguntó el hombre del traje negro en un tono neutro, sin interés manifiesto, como si preguntara por preguntar, porque temía la respuesta.

—Me ha mandado su lista por fax… —empezó el hombre del traje gris tomando su maletín del suelo.

—¡Pero esto es un marronazo! —protestó el hombre del traje negro.

—¿Acaso podemos hacer doblete? —inquirió el hombre del traje marrón.

—No nos va a quedar más remedio —dijo el hombre del traje gris poniendo un grueso taco de folios sobre la mesa.

—¿Te ha mandado todo esto por fax? Vaya huevos.

—Está chapado a la antigua; aún se lía con el correo electrónico.

—¿Nos va a mandar ayuda al menos?

—Dijo que sí, pero habrá que verlo, porque su gente no es muy de fiar…

—A mí esa noche me viene fatal —volvió a interrumpir el hombre del traje negro—, que vienen mis suegros a cenar a casa.

El hombre del traje gris, mirándolo por encima de sus gafas de leer, se encogió de hombros como diciendo “A mí qué me cuentas”.

Con aire de resignación empezaron a pasarse las hojas unos a otros para revisar la lista. Tazas de café vacías se acumularon sin pausa sobre la mesa. De vez en cuando se oía una exclamación de sorpresa o de enojo o un “ni idea de lo que es esto” salir del trío. El taco inicial de folios fue poco a poco menguando. Tres horas más tarde, al llegar a la última página, el hombre del traje gris, pasándole los ojos, soltó una carcajada.

—Al menos el sentido del humor no lo ha perdido del todo —dijo mostrándosela a sus compañeros.

Al final del folio, había una nota escrita a mano con elegante caligrafía que decía:

“Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, quería pediros, además, un favor a título personal: que a todos aquellos que no llevaron mascarilla, que asistieron a reuniones, fiestas y botellones, que no se lavaron las manos con frecuencia, que no tuvieron cuidado alguno y, en fin, que no pensaron en la vida de los demás, les llevéis carbón, mucho carbón de mi parte; es lo mínimo que merecen. Y también a todos los políticos, por ineptos.

Un abrazo,

San Nicolás.”

#unaNavidaddiferente

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