Máximo Hiato y La Gran Calamidad

Toda buena aventura comienza con un mapa.

Conseguir este no había sido fácil —ni barato—. Llevaba hasta una isla, pero no prometía un tesoro; no al menos uno convencional. Las habladurías de taberna aseguraban que Airbatacán estaba gobernada por la Gran Calamidad y que era rica tanto en rumores inquietantes como en oro y joyas.

Máximo Hiato, el bardo errante conocedor de mil lenguas y embaucador de masas, desembarcó en Airbatacán con la intención de desmentir los mitos que rodeaban aquella tierra extraña, y de paso, estrechar lazos con sus lugareñas. Nada más llegar esquivó un atraco tribal, saldó un malentendido con una trepidante persecución y de rebote se ganó el cariño de una dama tropical; lo estándar en estos casos. Por desgracia para Máximo, el esposo de la muchacha resultó ser el sumo sacerdote de la isla y no se mostró muy receptivo tras sorprenderlo en compañía de su mujer y una preocupante ausencia de vestimentas.

Máximo se defendió argumentando que aquello en su tierra era el equivalente a las relaciones diplomáticas.

El sacerdote se lo quedó mirando, asintiendo.

Minutos después, Máximo era arrastrado hacia la guarida del mítico gobernante de Airbatacán: la Gran Calamidad. La entrada estaba apuntalada con unos bloques de un tamaño imposible de gestionar para una cultura que aún le estaba dando vueltas a la invención de la rueda. Tras recorrer la gruta a empujones, Máximo acabó de bruces frente a una sierpe colosal, una vermis de escamas granate, el terror con alas. Un dragón, vamos.

Arrodillado frente a la Gran Calamidad, cuyo título hacía honor a su tamaño, el sumo sacerdote proclamó lo siguiente:

—¡Oh, Calamidad, acepte estas joyas y este sacrificio humano como tributo por su grandeza!

El dragón se alzó de su montaña de tesoros y cadáveres de héroes intrépidos y le preguntó al bardo que cuáles eran sus últimas palabras. Máximo pensó en hacer un chiste que sirviera de epitafio, pero tras volverse y ver cómo los sacerdotes entrechocaban las rodillas presas del espanto, achicó los ojos y sonrió con picardía.

—¡Oh, Gran Calamidad! —Hizo una reverencia de concurso—. He surcado los Siete Mares, cruzado paisajes de ensueño, y sepa que jamás había contemplado augusta criatura como la que ahora tengo el honor de admirar. Me declaro su fiel esbirro, y como tributo por su grandeza, le traigo estas joyas y a estos seis cultistas. Espero que sean de su agrado.

Los sacerdotes se miraron inquietos. Aquello no entraba en la hoja parroquial.

—Además, si me perdona la vida —continuó el bardo—, juro revelarle el secreto que obligará a los habitantes de las islas de los Siete Mares a entregarle sus ahorros sin necesidad de esta parafernalia ritual, que la verdad, está algo pasada de moda.

El dragón arqueó su espalda plagada de espinas y se carcajeó, haciendo retumbar la cueva.

—Me gusta tu estilo, charlatán. Es refrescante —Su voz era un trueno—.  ¡Agáchate!

Máximo se arrojó cuerpo a tierra y la cueva se volvió un infierno. Entre alaridos y maldiciones, los sacerdotes quedaron reducidos a una pila de cenizas humeantes. El dragón extinguió su aliento y clavó dos orbes amarillos en el bardo.

—Y ahora, cantamañanas, echa los tesoros a ese montón y cumple con lo que has prometido.  

Tras darle un buen rato a la pala, Máximo se explicó largo y tendido —necesitó de una pizarra y algo de tiza—. El dragón lo escuchó divertido e interesado, tanto que se olvidó de listar los terribles sufrimientos que le haría padecer si osaba engañarle. El bardo se marchó de la cueva prometiendo resultados en breve.

A la mañana siguiente, el retumbar de un millar de pisadas despertó al dragón. La bestia rugió furiosa. ¡El charlatán le había engañado! Dispuesto estaba a dar rienda suelta a una masacre sin parangón, cuando de pronto se encontró con que los habitantes de la isla no se habían alzado en rebelión, si no que le estaban entregando sus riquezas de buena gana: riales de plata, tótems de jade, sacos de perlas… La Gran Calamidad estaba sorprendida. Su tiránico reinado siempre se había sostenido sobre tres pilares: el miedo, los sacrificios rituales y las pequeñas masacres periódicas. Aquello era algo novedoso. Preguntó que por qué lo hacían.

—¡Oh, Grandiosidad! —Al nuevo regente de Airbatacán le temblaba hasta la papada—. Su adalid nos ha hecho ver que en verdad nuestro oro y joyas estarían más seguros en su cueva que en nuestras casas. Además, nos ha asegurado que así creará riquezas y empleo. —Se giró hacia el bardo y habló en voz baja—. ¿Cómo lo llamó, adalid? Esa otra cosa…

—¡Oh, sí! Es una modernez que aprendí durante uno de mis viajes. —Máximo Hiato sonrió. Era una sonrisa de urraca—. Veréis, su Calamitosa Excelencia dejará de ser el monstruo de la isla y se convertirá en su benefactor. Custodiará las riquezas, administrará sus recursos y ofrecerá generosos préstamos a devolver en cómodos plazos. Todo ello a cambio de un módico impuesto que se llevará un servidor. Es un cambio a mejor, ¿no os parece?

El dragón se rascó la barbilla con una zarpa. No tenía claro eso último, pero le gustaba como sonaba aquella palabra: impuestos. Tras el acuerdo las riquezas comenzaron a correr de mano a mano; el dragón cada vez era más rico. La renombrada Gran Calamidad Financiera ya pensaba en ampliar su negocio a otras islas, cuando una mañana se percató de que algo iba mal con su tesoro: pronto descubrió que el bardo había cavado un túnel mientras hacía inventario y se había llevado las joyas más preciadas de la colección. Ya lejos de la isla, Máximo zarpó en busca de nuevas aventuras y desventuras, sabedor de que se acababa de ganar un archienemigo de por vida. De lo de la dama encinta se enteraría años más tarde, pero eso ya es una historia para otro día.


#ZendaAventuras

Twitter: @borradorcrisis

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