Antología de relatos «Orgullo Zombi»

Con esto del confinamiento estoy participando en concursos, antologías y demás gaitas en plan ametralladora. Hoy os traigo la antología Orgullo Zombi, un compendio completamente gratuito y completamente putrefacto. Mi relato está en la primera parte, pues al organizador de la antología le llegó semejante avalancha de relatos que tuvo que hacer dos tomos.

Os dejo los links a la antología, así como enlaces alternativos en Mega.

Orgullo Zombi. Tomo I: Regreso a la Vida

Antología Orgullo Zombi

Link Orgullo Zombi. Tomo I: Regreso a la Vida (Lektu)

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Orgullo Zombi. Tomo II: Regreso a la Vida

Antología Orgullo Zombi

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Lista de autores y relatos

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Un montón de gente marvelous
  • Una zombi bien educada – María Loreto Corbí @CorbiLoreto
  • El grimorio de Lafayette – Jordi Rocandio Clua – @JordiRocandio
  • El despertar de Vincent – David Bejarano
  • Curtido Licra – C. G. Demian
  • Cómo hablar con un zombi – Rocío Stevenson Muñoz – @Arachne81
  • Los Adán y Eva del apocalipsis – Laura Mars – @LauraMarsAutora
  • Siempre hay que mirar antes de cruzar – Javier Santos Arellano –@frenteandante
  • No soy una cobarde – Diego Alonso R. – @Diego_Inefable
  • Protocolo Shelley – Borja Alonso Alonso – @borradorcrisis
  • Ansia Roja – José Luis Pascual – @dentromonolito
  • Quijote y zombis – Bruno de Paúl González – @BrunodPG
  • Regreso mitológico – Jesús Miguel Zarza – @jaemm59
  • Veni vidi vici – Darío M. Urdiales – @Dariul2
  • Cuarentena – Fran Castillo – @fracasserr
  • La peor muerte – Lenin Rodríguez Peñate – @TheHermesL
  • Tres páginas por cada alma – Zahara Ordóñez Castaño – @azaordom
  • Bancos de niebla – Xiomara Imanoni Machado – @Xmi_93
  • La fortuna sonríe a los valientes – Raquel Pina Romeo – @no_o_chan
  • El rencor de los muertos – Tony Jiménez
  • Salta – Cristian Varela – @Crmavamo10
  • El anhelo – Noemí Ester Marmor – @NMarmor

Y ya, si no podéis bajar la antología o queréis leer mi relato…

Aquí viene…

PROTOCOLO SHELLEY


Ruge el teléfono. El hecho de que el aparato no esté conectado a la red, sino que sus circuitos arcanos se hayan cincelado en bismuto, anuncia que hay trabajo. Descuelgo.

El paquete ya debería haber llegado, agente Strauss. Confirme.

El buzón de la puerta de mi apartamento —mi cuchitril— escupe un sobre marrón abultado. No escucho pasos al otro lado, y eso que la tarima de madera del rellano está diseñada para que se queje como una vieja con artrosis ante el paso de un jodido ratón.

—Lo tengo —confirmo de mala gana—. Entonces, ¿qué será esta vez? 

Tenemos una fuga de seguridad tipo B+. Active el PROTOCOLO SHELLEY.

«Mierda». Me trago un juramento y cuelgo. A continuación saco dos paquetes de tabaco y empiezo a quemar los cigarrillos uno tras otro. Cuando el piso ya parece la carbonera de un tren me levanto y asalto el mueble bar. En ningún momento pierdo de vista el paquete que hay en el suelo. Tras beberme el equivalente a un coma etílico lo recojo y lo abro. Dentro encuentro el informe de la operación, un rollo de hilo quirúrgico grabado con runas nanométricas y el material de limpieza. Todo es instrumental de primera, menuda putada.

Suspiro, meto la mano en la chaqueta y saco un broche de plata de mil novecientos trece. Como siempre, apoyo en la frente mi tótem, mi piedra angular, y me recuerdo por qué y por quién estoy soportando toda esta mierda. Se que va a ser una noche jodida.

***

Detroit posee agujeros realmente infectos. Soy consciente de ello cuando entro a bar abandonado que indica el informe. De nuevo saco el broche y lo beso. Soy así de supersticioso. Las luces están dadas, pero todo está envuelto en penumbras. No es que sea un local íntimo, es que la mitad de las bombillas no funcionan. Hay graffitis por las paredes y el serrín cubre el suelo. El resto de la decoración parece escenografía robada de algún festival metalero. Probablemente así sea. Me prendo el billonésimo cigarrillo de la noche.

—¿Fuma? Creía que lo tenían prohibido —dice una voz. 

Mi contacto tiene acento sudamericano. Lo he visto nada más entrar, pero me hago el sorprendido. «Hay que guardar las apariencias». Está sentado en un aparte. Me acerco.

—Strauss —le saludo.

—Grey. —Me tiende la mano. La ignoro—. ¿Ha bebido, agente? —Arruga la nariz.

El tipo hace honor a su alias: traje gris de dos piezas. Usa gafas de sol, cosa que odio. Retrasa bastante la identificación. Abre la carpetilla y me enseña unas fotos del Himalaya, así como las imágenes de unas estatuas espantosas hechas de cuero. Me está hablando de Ghatanothoa, el primogénito del Gran Cé. Este dato me permite descartar la mitad de las opciones sobre qué clase de entidad tengo sentada justo delante.

Le pido que me explique de qué va todo esto y él habla por los codos. Sigo notando algo raro en su voz, pero no es su acento. Cuando lo tengo claro le digo que necesito ir a mear.

—Claro. Tome el tiempo que quiera, agente. Queda toda noche por delante.

Me levanto y entro en el que debe ser el baño más sucio de Detroit. Estoy en esa película, Trainspotting, solo que aquí el yonki es bastante más peligroso. La rapidez es crucial. Giro los grifos hasta la posición niágara y con un permanente edding-500 negro empiezo a trazar diagramas en las paredes y en suelo, frente a la puerta. Diría que estoy tan nervioso que el pulso me golpea la cabeza, pero mentiría. En cuanto termino el último esquema los niveles táumicos de entropía se disparan. Puedo notarlo, y por lo tanto, eso también es capaz.

Saco mi revólver. Cinco balas grabadas con un enlace Tesla-Hawking ideal para atrapar en un campo de contención a la criatura que tengo a menos de diez metros. Escucho un siseo inhumano, así que preparo el arma. Cuando la criatura se alinee sobre el diagrama…

«Un momento. ¿Como que un siseo…?»

BANG.

«…acento raro, maldita sea….»

BANG.

«… no pronunciado ni una sola vez la ese…»

BANG.

«…mierda. No me estoy enfrentado a lo que yo creía»

BANG.

Las balas vuelan sobre el diagrama y lo activan tras atravesar la puerta. Pero mi trampa no estaba preparada para el señor Grey, así que doscientos kilos de músculo y escamas revientan la madera y se fuman mis guardias. Ojos sin párpado, una boca llena de colmillos. El hombre serpiente se abalanza, me rodea y empieza a constreñirme.

—¡Sstrauss! —sisea. Su cabeza se eleva hasta ponerse a mi altura—. El PROTOCOLO SSHELLEY esstá en Detroit. ¿Dónde lo esscondeiss, monitoss?

—¡Que te den, jodida culebra! —Noto las costillas a punto de reventar—. ¡Tu maldito dios seguirá bien muerto en el Amazonas! ¡No te diré nada!

—¡Assí que ess cierto! —El hombre serpiente abre sus ojos viperinos—. Sse que no hablará, agente. Pero tranquilo, loss mioss pueden llegar a sser muy perssuassivoss…

Como salga de esta pienso pasar por el departamento de gastos la media tonelada de tabaco que he fumado y el cargamento de whisky que llevo encima. Toda esa mierda ha enmascarado mi olor al hombre serpiente. La bestia abre las fauces y me suelta una dentellada en el hombro. Grito al notar como sus colmillos atraviesan la chupa y se clavan en mi piel, en mi rugosa y callosa piel, inyectando un veneno paralizante que…

…que no me afecta un carajo.

La criatura reprime una arcada, chilla y una espuma negruzca empieza a brotar de su boca sin labios. Su cuerpo escamoso se retuerce de dolor. Me intenta volver a morder, pero suelto su presa y le arreo una patada. Siento cierto placer al verla agonizar, lo reconozco.

—El protocolo es un mecanismo de defensa, culebra idiota. ¿De verdad creíais que teníamos escondida una máquina para revivir a vuestros malditos primigenios? ¿Aquí, en Detroit? —Río. Me quito la chupa con cuidado, y con aún más tiento me desabotono la camisa. Mi cuerpo parece el sofá de un local punkarra: estoy lleno de remiendos, partes que no son mías; todo mezclado en un cóctel nigromántico jodidamente tóxico y venenoso. Mi brazo está hecho un asco, pero creo que aún tengo un par de repuestos en el frigo—. Soy el que envían cuando alguien mete las narices donde no debe. Supongo que llamarlo PROTOCOLO MARY SHELLEY era demasiado evidente.

El hombre serpiente intenta lanzarme una última dentellada agónica, pero para entonces ya he agarrado mi pipa y le he plantado un tiro en la cabeza. Estalla un festival de sangre y vísceras. No hay magia de por medio, tan solo un un tándem de pólvora y nitrocelulosa.

***

Lo peor de estar no vivo no es el parecer un diorama viviente montado por Tim Burton, ni siquiera el constante dolor sordo, sino el insomnio permanente. En algún lugar de California hay un operario de Netflix preguntándose quién coño es ese pirado de Detroit que está a punto de ventilarse todo el catálogo. La plataforma ofrece una cantidad de basura perfecta para desenchufar el cerebro, que es justo lo que necesito. 

Suena un timbrazo. Desenfundo la pipa y encañono la puerta de mi habitación. ¿Otra vez el teléfono? Imposible. Como mucho hago una limpieza al mes y el caso del jodido hombre serpiente me dejó hecho unos zorros. Apago la tele y salgo al salón. Descuelgo.

Tenemos un posible código EREBUSS, agente Strauss.

—Pues que se encargue el equipo McMurdo. Esta línea es solo para activar el PROTOCOLO SHELLEY. Lo sabes perfectamente. Ya lo hemos hablado, Víctor.

Abra el paquete y quizá cambie de idea.

El buzón de de mi apartamento escupe otro sobre marrón. Como siempre, no se escuchan pasos. Lo recojo y vuelvo con el teléfono. Abro el paquete y mis manos pasan por delante del informe de la operación, la imagen de un contenedor industrial, un campamento de alpinistas arrasado… Estoy a punto de cagarme en la abuela del que está al otro lado de la línea, cuando me topo con una fotografía en color sepia. 

La foto se me escurre entre los dedos. Si tuviera aliento lo habría perdido en ese instante.

Felicidades. Aunque supongo que querrá una fiesta de jubilación más… íntima.

¡No, no, no! ¡Mierda, mierda, mierda! Llevo medio siglo esperando este momento y no puede ser que me haya pillado en bragas. Tengo que pensar rápido. Vale. El contenedor de la fotografía de antes. ¿De dónde viene? De la Antártida. Ajá. Eso servirá.

—De acuerdo, pero no quiero que me liquiden antes de jubilarme como si esto fuera una peli mala de policías. Necesitaré un repetidor Ludwig, termita y trinitrofenilmetilnitramina.

 —¿Disculpe? —Aquello no es una pregunta.

—Lo más probable es que dentro de ese contenedor solo haya un par de pingüinos albinos y ciegos, pero no me la voy a jugar. Tekeli-li Tekeli-li, ¿lo pilla? Voy a prepararlo todo por si dentro de ese container hay un jodido shoggoth. Y para eso necesito explosivos.

El teléfono enmudece. Esas pausas nunca son buenas. Joder, joder…

Recibirá el segundo paquete en las próximas ocho horas.

Víctor cuelga y levanto el puño con rabia. Después de tanto tiempo va a ocurrir de verdad.

***

El código EREBUSS fue un éxito. No había ningún shoggoth en el contenedor, pero eso ya lo sabía. Ahora mismo estoy en un tren nocturno rumbo a Providence. En mitad del camino he entrado al baño y me he pintado el cuerpo con medio kilómetro de esquemas Nighthawk. Estoy nervioso y el tabaco no ayuda. Llevo demasiado tiempo esperando este día.

El PROTOCOLO SHELLEY es una mentira a medias. Puede que no podamos revivir a un maldito dios primigenio, pero al fin y al cabo, de algún sitio salen los agentes como yo. Antes nos hacían con trozos de cosas, pero por lo visto el carecer de identidad humana real —por llamarlo de alguna manera— nos volvía inestables. Tras la primera guerra mundial depuraron la técnica. Con algunos agentes funcionan bien las amenazas y los geis, otros, como es mi caso, necesitamos que nos agiten una zanahoria delante del hocico.

Saco la foto que había dentro del paquete. En ella se ve una mujer y un oficial alemán de la primera guerra mundial. Ella lleva un vestido largo abotonado y un sombrero blanco. Apenas se le ve la cara, pues la aparta de la cámara para que no se vea que está llorando. En la solapa del vestido se distingue un broche de plata de mil novecientos trece, el mismo que tengo a buen recaudo en el bolsillo de mi chaqueta. Mi tótem. Mi piedra angular.

***

Diez horas después llego a mi destino y me planto en un bloque de apartamentos que lleva en construcción como doscientas décadas. En cuanto pongo un pie en el terreno las salvaguardas sobrenaturales me zumban los oídos, me arden bajo la piel. El sitio parece abandonado, pero pronto encuentro un montacargas destartalado. Dibujo un símbolo arcano con el edding-500, el elevador revive y empieza a descender al trantrán. Al llegar al primer nivel dos armarios empotrados con ametralladoras pasan y me cachean.

—Fuera el revólver, las bengalas y la petaca —dice uno.

—¿Acaso saben quién soy?

Por lo visto sí, pues dudan y no se atreven a tocarme. Medio minuto después estoy en el segundo nivel. Un cabalista me regaña por acudir a la Sede con el cuerpo lleno de diagramas. Me dice que puede ser peligroso. «Sobre todo en un día tan especial como este, agente. Felicidades». Me disculpo, pero lo que de verdad quiero es que esa momia termine y deje de buscar. Al poco me da el visto bueno y continúo hasta el tercer nivel. 

Cuando las puertas se abren me topo con un comité de bienvenida para el mejor agente de la Sede: cuatro armarios con ametralladoras, perros que no son exactamente perros y él.

 —Ah, agente Strauss. Cuanto tiempo. Acompáñeme, por favor. Estará impaciente.

Víctor siempre habla así de raro, sea en persona o mediante telecomunicación interdimensional. Encuentro al encargado de todo el cotarro igual de arrugado y con las mismas gafas de sol, tipo aviador. Sospecho que tiene más de un siglo de edad. Cuando doy un paso adelante los perros que no son exactamente perros se vuelven locos y empiezan a ladrarme. Víctor duda un momento, pero al final ordena que se los lleven. Sabe que los seres como yo no les hacemos gracia. «Esa ha estado cerca», pienso.

***

El complejo es como una base secreta nazi, pero con banderas de Estados Unidos. Gris, átona, militar. Hay decenas de puertas, pero es mejor no saber lo que hay al otro lado. Víctor charla sobre los logros de la organización y me felicita por el éxito de mis dos últimas limpiezas, pero la verdad es que su cháchara me importa un carajo.

Le noto distraído —ríe. Odio cuando lo hace—. Es lógico, agente. Los que llegan hasta este punto están como ausentes. Al principio se alejan lo máximo posible de la Sede, pero al final siempre vuelven. Con el tiempo quizá ustedes dos…  

Mi cerebro desconecta y pone el piloto automático hasta que llegamos a la sección más profunda de la base. El Corazón. Aquella sala irradia poder y apesta a cobre y ozono. En el centro hay un obelisco egipcio de tres metros, pero ahí acaba la fantasía. El resto son suelos de metal, barandillas preguerra y fluorescentes halógenos. Busco con la mirada, pero no encuentro lo que quiero. 

—Es un pedazo de arcilla que nunca pidió venir a este mundo… —murmuro.

¿Cómo dice?

—Nada. Que llevo mucho tiempo esperando este momento —miento.

Lo mismo digo, agente. Tengo grandes planes para ustedes dos. Si les interesan, claro.

Hago un gesto con la mano y pongo cara de nada, pero Víctor vuelve a sonreír. Lo conozco bien y de una manera u otra siempre se acaba saliendo con la suya. Eso me espanta. La megafonía anuncia que el Puente SHELLEY-PASTEUR está activado. Los técnicos empiezan a tocar botones y la sala se carga de una electricidad estática insoportable.

Y por fin, lo traen. 

Dos soldados empujan una especie de pulmón de acero Emerson hasta arriba de diagramas. Por algún motivo me acuerdo del bulo de Walt Disney y la cabeza refrigerada.

—Quiero verla —digo de pronto—. Me lo merezco por lo del marrón de Kennedy y el tren funerario. Además, se lo que os ocurrió el año pasado y no me la voy a jugar a que el Puente salga mal y de ella no queden más que unos cuantos pedacitos socarrados.

Eso último ha sido un farol, pero raro es el año que no hay un fallo con el Puente. Al fin y al cabo, no siempre están las estrellas alineadas. Víctor me mira y aquella pausa me parece que dura una maldita eternidad. Al final hace un gesto desganado con la mano y asiente.

¡Bingo! Un técnico me abre la compuerta y bajo las escalerillas. El olor a cobre y ozono es más intenso. Cada paso que he dado durante el último medio siglo me ha llevado hasta este punto. Los dos soldados se hacen a un lado y me dejan espacio junto al pulmón de acero. 

«Amara Windchelmann. 1913», leo en la chapita. Hay un ventanuco opaco para asomarse al interior, pero prefiero no mirar. Aún soy capaz de recordar su rostro a la perfección. Aquél día llevaba un vestido largo abotonado y un sombrero blanco. Me regaló su broche de plata para que me diera suerte, mi tótem, mi piedra angular. Nunca más la volví a ver. 

El obelisco zumba. Todo el cableado está listo. El Puente SHELLEY-PASTEUR ruge.

Agente Strauss, es el momento. Apártese. Es una orden.

En ese momento soy consciente más que nunca de que he sido un esclavo en no-vida. Las cirugías arcanas, el dolor y todas las malditas operaciones de limpieza. Estar medio muerto es un coñazo, pero también atesora sus ventajas, como por ejemplo tener una caja torácica donde te queda hueco para las llaves de casa, una segunda pipa o varios kilos de termita y trinitrofenilmetilnitramina. Amara Windchelmann. Ella ha sido la zanahoria que han agitado delante de mi nariz todo este tiempo. En un mundo de mierda y en una época extraña, la idea de traerla de vuelta ha sido lo único que me ha mantenido cuerdo, y su broche de plata, el testimonio de que ella alguna vez fue real. Luego, con el tiempo, lo fue la evidencia de que jamás permitiría que Víctor la convirtiera en otro monstruo como yo.

Beso el ventanuco del tanque y me despido. Saco la bengala del abrigo, la prendo contra el pulmón de acero y la hinco en mi pecho. El óxido de hierro y aluminio reaccionan y empiezan a intercambiar electrones. Cuatro mil quinientos grados fahrenheit abrasan mi cuerpo reanimado, prenden la ciclonita y desatan una explosión acojonante. 

«Moderno Prometeo, mis huevos», pienso mientras todo se va al carajo. «Nos vemos en el otro lado, cariño», y por lo menos, de esto último estoy bastante seguro.

Nos leemos

Borja

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