QUÉ DIFÍCIL ES SER DIOS

Relato escrito a cuatro manos por Libertad García-Villada y Jesús Durán.

Muy buenos y calurosos días.

Hoy venimos con un interesante relato presentado, y no seleccionado, a la convocatoria VI del fanzine Droids and Druids. En este número el tema elegido como requisito era Transformaciones de cualquier tipo. 

Aprovechamos —no vamos a dejar pasar la oportunidad hablando de esta publicación— para dejaros el enlace de otro relato nuestro —en este caso estuvimos seleccionados— que contiene una buena historia de ciencia-ficción. Se titula La prueba de los dos dados y le tenemos ambos mucho cariño; además, que tuvimos el honor de contar con el beteo de Eduardo. 

Con este relato adicional mejoramos la entrada.

Adjuntamos el enlace a la descarga del número que lo contiene: Droids&Druids 5: Juegos. También está el podcast en ivoox, en el que se narró el relato y muy bien, por cierto. 

Vamos, que es un dos por uno.

Esperamos que os entretenga.

O mejor aún: esperamos que os entretengan ambos.

Ahora sí, os dejamos con el relato.

Impresas para el recuerdo.

Qué difícil es ser Dios

Gonzalo nunca supo cómo ocurrió.

Tampoco fue así: como mortal no lo supo, pero luego tuvo toda la información al respecto.

Una mañana iba paseando tranquilamente por la calle y al momento siguiente ya no estaba vivo. Un médico podría haberle dicho que ese repentino cambio de estado se había debido a la rotura de un aneurisma que tenía en el cerebro desde su más tierna infancia. Pero, en la práctica, este es un detalle sin importancia.

Lo importante es que ya no era un ser corpóreo: era pura alma.

El momento de su muerte había sido confuso. Recordaba un túnel y una intensa luz al final. Pero de este viaje, por llamarlo de alguna manera, poco más. Se encontraba ahora en un lugar brumoso y al mismo tiempo iluminado, en el que no percibía ruido alguno. De hecho, tuvo que chasquear los dedos junto a sus oídos varias veces para convencerse de que no se había quedado sordo. Allí parecía no haber nada ni nadie. La soledad, no obstante, le duró poco: como por arte de magia apareció frente a él un hombre; estaba tras una especie de púlpito y lo miraba con severidad por encima de sus anteojos. Gonzalo no supo precisar su edad, pero era mayor, esto seguro: tenía el cabello cano y profundas arrugas de expresión en el rostro. El desconocido carraspeó. Lo que al principio le pareció edad a Gonzalo, en realidad no era sino serenidad y experiencia, lo percibió en su mirada.

—Gonzalo de Castro Medina —leyó el hombre en un papel que sostenía en la mano.

—Un servidor —respondió Gonzalo por costumbre.

—Tienda una mano, así —le indicó el hombre extendiendo el puño.

Gonzalo hizo lo que se le pedía y al momento el desconocido le estampó un sello en el dorso de la mano. Gonzalo miró con curiosidad el dibujo dejado por la tinta. Para ser pura alma había sentido el sello con fuerza.

—Eres el número cuatro mil millones doscientos veintitrés mil.

Este era precisamente el número que figuraba en su piel.

Gonzalo asintió y parpadeó sin entender nada.

—Eres afortunado —dijo el hombre con fingido entusiasmo—. Te ha tocado ser Dios.

—¿Perdón? —preguntó Gonzalo confuso.

—Que te ha tocado ser Dios.

—No entiendo —insistió Gonzalo.

—Por supuesto. Estos nuevos, siempre hay que explicárselo todo —se quejó el extraño por lo bajo mirando a su derecha, como si hubiese allí un público oculto, fuera del alcance de la vista—. A ver, empecemos por lo fácil: ¿sabes dónde estás?

—¿En el Cielo? —aventuró Gonzalo sin mucha convicción.

—Sí, hijo mío, en el Cielo, en el Cielo. ¿Y sabes quién soy yo?

—¿San Pedro? —se arriesgó Gonzalo de nuevo.

—Un servidor —respondió el hombre imitando su tono al dar la misma respuesta momentos antes—. Bueno, pues ya lo sabes: estás a las puertas del Cielo.

—He muerto —musitó Gonzalo con sorpresa. Ya lo sospechaba, pero en ese momento la certeza aún le afectó.

—Muy agudo —comentó San Pedro.

Gonzalo chasqueó la lengua.

—Me venía mal.

—Lo dices por la señorita Dolores Guzmán de León. —No fue una pregunta.

Gonzalo se sonrojó hasta la raíz del pelo y con un hilo de voz dijo:

—Sí.

—Que no te quite el sueño: es una pelandusca de cuidado, te la habría pegado con otros antes de lo que canta el gallo y además tenía previsto quedarse con tus ahorros.

—Pero… esa era una cuestión mía descubrirla, perdonarla, decidir…

San Pedro agitó la cabeza, consciente de las dudas de las acciones que pudieron ser y no serían.

—Has muerto cuando tenías que morir, cuando Dios lo ha querido. —Se quedó un momento en silencio—. Digamos que era tu hora, al margen de Dios; eso te lo cuento ahora.

—No sé qué decir, soy todo dudas en este momento —dijo Gonzalo—. ¿Qué es eso de que me ha tocado ser Dios?

—Ah sí, se me olvidaba… Pues que te ha tocado. A ver, cómo te lo digo sin que suene mal… Es que Dios se ha desentendido de nosotros. —Miró de nuevo a su derecha; era tal vez un gesto aprendido y no olvidado de cuando Dios estaba por allí, pendiente de todo.

—¿Perdón? Ahora sí que es cuando muero…, vamos, que entiendo bien poco.

—Sí, desde hace siglos, unos veinte para ser precisos —dijo casi en un susurro San Pedro.

—¿Y eso?

—Lo de su hijo se lo tomó muy a pecho. —San Pedro se encogió de hombros—. Y en ese momento decidió tirar la toalla y nos abandonó. Fin. Me marcho. Adiós. Arrivederci. Goodbye. Que os den.

—Pero ¿y desde entonces?, ¿todos estos años? ¿Cómo…?

—Sustitutos —lo interrumpió San Pedro.

—Sustitutos… —Gonzalo tenía los ojos como platos—. ¿Cuántos?, ¿tantos?, ¿eh? —Se le agolpaban las preguntas.

San Pedro suspiró ante el desasosiego que observaba.

—Solemos poner uno cada doscientos años. —Vio que la boca de Gonzalo se abría de nuevo—. Comprende que nadie quiere ser Dios más tiempo. Bueno, en realidad nadie quiere ser Dios en general, pero al que le toca no le queda más remedio que cumplir ese tiempo.

—Pero…, pero… ¿y eso? —consiguió decir Gonzalo.

—Simplemente, sin Dios la Tierra no funciona. —Antes de que Gonzalo preguntase, añadió—: Y si no funciona, sus moradores no llegan al Cielo.

—No entiendo.

San Pedro se dio cuenta de que era difícil con Gonzalo. Respiró hondo y dijo:

—Por supuesto. Cada cosa a su tiempo. De momento quiero que entiendas que te ha tocado ser Dios.

—Pero esa es una responsabilidad muy grande.

—Mmmh…, no te creas.

—Y debe de ser difícil.

—Oh, hacerlo bien lo es, sin duda, pero nadie ha hecho un gran trabajo hasta ahora, nunca, ni siquiera el verdadero Dios. Primero llevó fatal la traición de Adán y Eva, y perdió interés por nosotros. Y como he dicho, con lo de su hijo ya… Aquello además fue todo un despropósito, que me dejó en esta situación para la eternidad, de portero. Es que hay que… Si se apañaban perfectamente sin mí antes.

Gonzalo le daba vueltas a la idea, casi no había escuchado la última parte, demasiada información divina.

—Pero si yo no he trabajado en la vida: soy rico de familia. ¿Cómo voy a ser Dios?

—Aquí no pedimos el currículo, si te ha tocado, te ha tocado.

—¿Y si me niego?

San Pedro chasqueó la lengua y soltó una risa que sonó casi como una tos.

—Los tuyos no llegarán al Cielo.

—¿Cómo es eso posible?

—Porque sin Dios, el tiempo se detiene en la Tierra: nadie muere y nadie llega al Cielo. Esto quiere decir que no volverás a ver a tu mamá, por ejemplo. Ni a la pelandusca. —Gonzalo torció el gesto—. Por esto mismo os toca siempre a uno de los nuevos, porque tenéis familiares o gente querida con la que os queréis reunir. Pero esto no es para siempre, por supuesto. A partir de los bisnietos o los tataranietos a la gente ya le da igual lo que pase. Se cansan de ser Dios. Tampoco se puede abusar. Doscientos años son suficientes. Esta es una especie de cláusula que dejó Dios al marcharse. 

Gonzalo no escuchaba apenas, en su mente buscaba escaquearse.

—Pero ¿por qué yo? Muere mucha gente al día —soltó gesticulando nervioso.

—Oh, es una lotería: el número de entrada —dijo San Pedro señalando la mano de Gonzalo—. Sencillamente te ha tocado. ¿Recuerdas todo lo que siempre has escuchado sobre el azar?

Gonzalo estaba demasiado pendiente de lo que le venía encima como para preocuparse de temas metafísicos. Una pregunta le rondaba la cabeza para librase de todo aquello:

—Pero ¿no se espera que Dios regrese en algún momento?

—Oh no, nos ha abandonado. Somos un experimento fallido. Se ha desentendido por completo.

—¿Un experimento? —. Todo parecía empeorar por momentos. 

—Sí. Desconozco los detalles, pero, por lo que sé, estaba intentando crear entes dotados de capacidad de raciocinio y buenos por naturaleza.

Gonzalo arqueo las cejas con incredulidad. 

—Lo sé —reconoció San Pedro cabizbajo.

—¿Y qué tengo que hacer exactamente? —. El tono era de resignación absoluta: más valía aprender pronto.

—Sígueme —dijo San Pedro.

En la práctica no fueron a ninguna parte: el lugar en que se encontraban cambió por completo, como un escenario entre escenas en una obra teatral. Ya no era un espacio abierto y hermoso, sino una sala infinita cuyas paredes estaban cubiertas de arriba abajo de botones luminosos, palancas de diferente longitud y manillares también de varios tamaños.

—¿Esto…? —empezó Gonzalo.

—Sí, es la sala de control: desde aquí se maneja la Tierra.

—Pero una sola persona no puede llevar todo esto. —Gonzalo miraba a todos lados y la sala no se acababa.

—Oh, claro que sí. Dios lo hacía perfectamente. Lo único que se necesita es leer las instrucciones. El resto es como los panes y los peces.

Gonzalo se quedó pensativo ante este último comentario.

—¿Y las instrucciones?

—Allí están —dijo San Pedro señalando una enorme estantería que había en una de las paredes cercanas. Contenía al menos mil tomos enciclopédicos.

—¿Y cuál de todos esos…? —empezó a preguntar Gonzalo con una cierta esperanza.

—¿Cómo que cuál? Todos ellos.

—¿Perdón? —. Su desconcierto volvió con más fuerza. Instintivamente se miró el número que tenía marcado en el dorso de la mano.

—Lo sé, es una pasada. Ningún Dios después de Dios se los ha leído. Así va el mundo como va. 

—¿Y una versión reducida?, ¿un compendio? —preguntó Gonzalo desesperado.

—Por favor.

Gonzalo suspiró mirando los libros. No le gustaba leer y no había estudiado en serio en su vida. Para qué si era rico de familia. Pero estaba convencido de que se apañaría. Al fin y al cabo iba a ser Dios. Debería de notársele en algo.

Miró a San Pedro y alzó los hombros: un último gesto de pura alma. 


Doscientos años y un día después, San Pedro se encaminaba a las puertas del Cielo.

El sustituto de Gonzalo, la próxima víctima, estaría allí, esperando. Sin embargo, confiaba en que con el «nuevo» Dios las explicaciones se desarrollarían de una manera más ordenada, más precisa. Llevaba además unas instrucciones escritas por Dios. Aunque él siempre había insistido en que siguiese llamándole Gonzalo.

Gonzalo, todo un personaje.

San Pedro recordaba todas las ocasiones en que le había confesado que ser Dios no era nada fácil. De hecho, casi había sido el peor Dios de todos.

Casi.

Se había librado en el último momento.

Menudo inicio el de Gonzalo, cuando colmado de soberbia pensaba que sabría apañarse sin tener que leer ninguno de los mil tomos de instrucciones. Sin intentarlo siquiera. A poco, como era de esperar, todo se fue complicando en una vertiginosa caída en picado: Gonzalo metió a medio mundo en una guerra absurda y sanguinaria, agravada por una terrible pandemia. Marcó un hito en la Historia.

Cuando consiguió sacar a los mortales de este embrollo, creyó que había aprendido la lección y que nada así volvería a ocurrir. Pero lo cierto es, como no tardó en comprobar, que pocas veces la gente aprende de sus errores y que suele volver a caer en ellos con sorprendente facilidad: unos pocos años después empezó otra guerra mundial. Peor aún que la anterior, aunque, eso sí, sin pandemia. Una guerra que además acabó de una forma atroz. Los muertos innecesarios bajo su dominio se contaban ya por millones, cientos de millones. Casi tantos como los ocasionados por Eleonora la Torpe, la mujer que ejerció de Dios durante un tiempo en la Edad Media. Con semejante nombre había pasado a la historia del Cielo y así se la recordaría por toda la eternidad. Fue la causante de la peste bubónica.

En proporción, sus muertos eran menos, le justificó Gonzalo a San Pedro. Y al fin y al cabo, el número, absoluto o relativo, no tenía tanta importancia: todos los muertos llegaban al Cielo, donde vivirían eternamente como almas.

No entendía Gonzalo aún entonces que la fase terrenal de la vida es la única en la que se experimentan realmente sensaciones físicas, las cuales generan las emociones y, por lo tanto, dan forma al alma. Por esto es importante y necesaria. Y todo el mundo debe tener su oportunidad. Él se la había arrebatado a tantos, prematuramente y haciéndoles sufrir en muchos casos, que seguro que se lo tendrían en cuenta, aunque todos los malos sentimientos eran extirpados del alma al llegar al Cielo.

Después de este triste episodio, de esta terrible guerra, Gonzalo estuvo una temporada a medio gas, dedicando gran parte del tiempo a fiestas divinas, al abandono, a la molicie del ocio; incluso pensó en desistir del cometido. No hizo gran cosa, no se esforzaba. San Pedro había tenido que rechazar no pocas veces las invitaciones de asistir a sus fiestas: tantos años y usando a los ángeles de mensajeros resultó cansino.

Esta fue una época de medias tintas en la Tierra. La gente se apañó como pudo, manteniéndose en un equilibrio inestable que se perdió no pocas veces. Estaba prácticamente abandonada a su suerte. No auguraba nada bueno.

Así, cuando parecía que ya no podía salir nada más mal, que ya había cometido Gonzalo todos los posibles errores, que algo había aprendido, hubo una nueva pandemia y otra guerra en Europa. Millones de personas de nuevo estaban muriendo. Por su torpeza. La Historia se repetía de nuevo solo porque Dios no aprendía. Entonces Gonzalo por fin lo vio claro: sería recordado para toda la eternidad como Gonzalo el Torpísimo. Sería el hazmerreír del Cielo. San Pedro sonrió para sus adentros al recordar que había sido él quien le había puesto este mote. Tuvo que utilizar su secreto sistema de llaves para ocultar esta acción en su mente y que Dios no se enterase.

El mote fue un duro golpe y un conveniente acicate. En principio Gonzalo se había tomado la responsabilidad de ser Dios con algo de ilusión: pensaba que cuando fuera liberado de este quehacer podría ir a la señorita Guzmán de León y decirle: «He sido Dios». No podía imaginar mejor táctica para conquistarla. San Pedro volvió a sonreír ante esa ocurrencia. Gonzalo le había dicho que no era una mujer fácil de conseguir, pero que estaba seguro de que se rendiría ante semejante currículo. La había estado observando hasta su muerte, de continuo. Y le tuvo que reconocer a San Pedro la verdad de sus palabras el primer día: la señorita Guzmán de León se había casado una sola vez, por dinero, y había tenido múltiples amantes. Pero él se lo perdonaba todo: estaba loco por ella. Y era capaz de cualquier cosa para ganársela. Allí en el Cielo nadie era de nadie, y la señorita Guzmán de León flirteaba a todas horas con cualquiera que se le cruzaba. El sexo en el Cielo no era posible, por supuesto, ni ninguna satisfacción física. Pero el amor aún existía. 

El amor es eterno.

Y Gonzalo se moría por lograr el de ella. No obstante, después de tanto error no tendría arrestos para presentarse, menos aún como Gonzalo el Torpísimo. Justo entonces, cuando la nueva guerra en Europa llevaba rodando ya varios meses, Gonzalo tuvo una epifanía. Recordaba muy bien San Pedro el momento: Gonzalo vino raudo a decirle que todas las posibles consecuencias de aquel nuevo desastre eran claras en su mente, o al menos la más importante: la señorita Guzmán de León lo rechazaría, de forma terminante además. Dijo que no podría soportarlo. Sin su amor, moraría solo en el Cielo para toda la eternidad. Era demasiado tiempo. El infierno no existía, pero semejante circunstancia, razonaba, bien podría parecérselo. San Pedro había suspirado entonces, haciendo evidente su descontento.

Tras este episodio, a Gonzalo se lo vio decaído y taciturno unos días, hasta que por fin se acercó a la librería, a los mil tomos de instrucciones, y tomó el primero con la firme intención de leerlo entero. De aprenderlo.

Este fue otro inicio.

San Pedro aligeró el paso para llegar a las puertas. Iba sonriendo, pensando en los últimos años, los acaecidos desde aquel memorable momento. Estos años habían sido considerados en la Tierra como los más pacíficos de la Historia. Apenas había habido conflictos bélicos, ninguna otra pandemia se había presentado y se habían realizado avances sin igual en los derechos humanos en todo el mundo. En resumen, no había sido el peor Dios y se le recordaría como Gonzalo el Autodidacta. El mejor título no era, desde luego, pero tampoco el peor. A este respecto, Gonzalo le confesó un día, casi al final, mientras tomaban unas aguas, que podría presentarse a la señorita Guzmán de León sin sentir una terrible vergüenza.

No le dijo San Pedro que este último mote se lo había puesto su amada…, aunque Dios seguro que ya lo sabía.

Le había quedado un asunto pendiente, un problema que no había logrado solucionar del todo, aunque esperaba que su sucesor siguiera sus pasos. No le había resultado fácil conseguir que casi toda la humanidad aceptase que el cambio climático era real. Ahora faltaba que se pusieran manos a la obra para evitarlo. Llevaba escritas instrucciones claras al respecto para el siguiente Dios. Esperaba que las siguiera al pie de la letra.

Recordaba las palabras de Gonzalo, el último día, en la sala mientras contemplaban ambos los tomos de instrucciones. Había una lección muy clara que había aprendido de toda la experiencia y que le comentó con una voz que San Pedro recordaría como la de alguien que sabe reconocer sus errores:

—Ser Dios no es cuestión de tener el poder, sino de aprender a utilizarlo bien.

San Pedro sonrió y ambos se abrazaron. Y coincidieron, por enésima vez, en que ser Dios es muy difícil. 

Solo cabía esperar que el siguiente sustituto estuviera a la altura. 

San Pedro llegó a su púlpito y cogió el sello. 

Sonrió al nuevo Dios.

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