El ensordecedor tamaño de la bestia

Leo las noticias de un diario y, en los comentarios, un tipo se queja del tono feminista de un artículo. En otra noticia, de nuevo los comentarios se llenan de quejas y críticas ante una serie de actuaciones destinadas a reducir el nivel de CO2 de las ciudades. Mire donde mire encuentro los mismos patrones de quejas, desprecio y odio. Los diarios se han convertido en blogs de opinión donde la masa de paletos y psicópatas tienen vía libre para vociferar al mismo nivel que los demás.

Palurdos, machistas, racistas y cobardes desatan su violencia amparados por el anonimato y la manada. Son bufones y analfabetos que vuelcan su mierda en blogs, foros y redes sociales; ésta es la nueva bestia, el terror que me acecha en sueños, el odio y la maldad del mundo que emerge y se hace fuerte, grita y se golpea el pecho desde lo alto de su montaña de basura. Es inmensa y poderosa, porque la alimentamos con orgullosas falacias y nuestro genuino desprecio hacia el dolor ajeno.

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Su opinión vale lo mismo que la de cualquier otra persona. ¿Por qué? Porque ellos lo dicen, y cuidado con pensar lo contrario porque eso es censura, diga lo que diga la Ley Mordaza. Es decir, la opinión de un idiota anónimo que insulta a tu inteligencia de forma gratuita e impune, se muestra al mismo nivel que una crítica constructiva de alguien que, por su experiencia o conocimientos, tiene algo interesante que aportar.

De hecho, para Internet vale más la opinión del idiota porque, en su afán por sacar de quicio a los demás, genera respuestas, movimientos, clicks, en definitiva, que es lo que cuenta para que la red funcione. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo Arquímedes. Si viviera hoy día, comprobaría desolado que la palanca es el ratón, que la mano que lo activa es ignorante y, como suele suceder con los ignorantes, segura de sí misma y peligrosa.

Agotado y vacío, asqueado por lo que veo a mi alrededor, intento aislarme del ruido, alejarme hacia el silencio de las historias contadas por personas a las que no conozco ni sigo en las redes sociales. Es el camino de los cuentos, las leyendas y los libros viejos, un camino como otro cualquiera.

Hace unos días adquirí un tarot artúrico, un juego de tarot que tenía ganas de conseguir desde que leí sobre su existencia en un cómic de los años 90 llamado Los caballeros de Pendragón. Ese cómic es responsable en parte de mi afición por el mito de Arturo y sus caballeros. A veces busco sus ideales en el mundo: el valor, la honestidad y el coraje necesario para aceptar una derrota. Pero no los encuentro, y desespero, y me alejo un poco más hacia la oscuridad y el silencio de las historias ajenas.

A veces la armadura no me protege y el mundo me alcanza. El maldito Grial nunca sirvió para nada.

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Estamos en manos de incompetentes, de ladrones y mentirosos sin corazón, necios que hacen daño a los demás sin darse cuenta del daño que se hacen a sí mismos. Nos gobiernan, nos rodean, opinan sobre nosotros, sobre nuestro aspecto, nuestras ideas o nuestra forma de pensar.

Echo de menos la infancia, cuando vivir era más sencillo, doloroso e intenso. Echo de menos las montañas y su simplicidad, tan bella y ajena, tan lejos de nosotros.

Hola oscuridad, vieja amiga,
he venido de nuevo a hablar contigo,
porque una visión, arrastrándose suavemente,
dejó sus semillas mientras estaba durmiendo,
y la visión que fue plantada en mi cerebro,
todavía permanece.

 

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