
Entrada y relatos escritos a cuatro manos por Libertad García-Villada y Jesús Durán.
Los relatos de esta entrada van de «mirar al cielo». Así lo pedía el concurso de Zenda en agosto. Ya hemos comentado alguna vez que nuestra participación está más orientada a escribir pensando que los textos resultantes acabarán en el blog.
El tema era el eclipse del pasado 12 de agosto. Y es que parece que se paró el mundo durante unos minutos. Las televisiones realizaron programas especiales, antes y durante; se habló de operaciones de salida y retorno para ver el eclipse, de que la gente no parase en los arcenes si les atrapaba el eclipse en caravana; se dieron cientos de consejos; se vendieron millones de gafas; aparecieron centenares de expertos; y se reunieron millares de personas —las que tenían algún porcentaje de visibilidad del eclipse en su población—mirando a un punto en el cielo.
Todo quieto, todos juntos. Todos mirando su tanto por ciento de eclipse. Compartiendo un momento único y especial.
Un espectáculo fascinante, una tregua, porque, mientras tanto, ese mismo día, por desgracia los bosques continuaban quemándose en Europa, con miles de personas desalojadas; el tifón Dolphin seguía golpeando China; la guerra en Ucrania proseguía; el Etna estaba en erupción; Colombia acababa de sufrir un terremoto con cientos de fallecidos; en África el ébola representaba una tremenda emergencia y, justo el 12 de agosto, la OMS advertía que, de seguir así, sería el peor brote de la historia; en Cuba continuaba una profunda crisis energética; el horror en Gaza no se detenía… Y podríamos seguir y seguir con las noticias de los distintos periódicos de los que se ha extraído esta relación. A nivel global, sin echar una mirada al lado, en tu barrio, tu ciudad.
Quizá en esto radique el valor del eclipse: en su capacidad para representar un refugio de nuestra actualidad.
Te dejamos con un par de relatos que te harán pensar. Porque el eclipse ya pasó.
Selección natural
La población mundial salió o se asomó a la calle para contemplar el espectáculo. Los gobiernos de todos los países lo habían pregonado durante meses y meses, de continuo. Hoy era el día: un enorme asteroide colisionaría contra la Luna. Se pronosticaba un impacto de tal magnitud que millones de toneladas de roca lunar brillante serían eyectadas al espacio exterior. La resultante lluvia plateada podría verse a la vez en la totalidad del planeta. No existían registros de un impacto astronómico similar ni se esperaba que volviera a ocurrir en miles de años. Era una oportunidad única. Nadie quería perdérselo.
La gente esperaba y esperaba mirando arriba, al cielo, en sepulcral silencio.
Y pasado un tiempo de cautela, cuando ya parecía que las predicciones eran erróneas y que nada especial tendría lugar, los gobernantes, bien guarecidos en sus bunkers y en compañía de los oligarcas que los controlaban, apretaron al unísono los botones de sus respectivos maletines nucleares, tal y como habían pactado entre sí. Era la solución a todos los crecientes problemas: la superpoblación, la contaminación, el cambio climático, las absurdas guerras por el agua potable y otros recursos básicos, el hambre, las epidemias, la miseria… Las molestias y las dificultades solventadas con la eliminación de doce mil millones de almas, cuyas vidas, en cualquier caso, tras el desarrollo de las IA robotizadas, carecían de sentido. No necesitaban ya más trabajadores, estos constituían un lastre absurdo para el desarrollo de la humanidad. Borrón y cuenta nueva. Tras un invierno nuclear de un par de décadas, el mundo volvería a ser habitable de pleno. Y sería suyo, de los poderes fácticos, los supervivientes, los elegidos, los vencedores del sistema.
El Concilio de los sapientes
El Gran Maestro entró en el sendero acompañado por su aprendiz. El trote del joven se tornó más relajado, dado que El Camino era zona neutral y nadie rompía El Pacto, ni siquiera por hambre. No había peligro, no tenían que estar en alerta por posibles depredadores. Pero cuando detectaron, por el olor, a dos lobos grises delante, el aprendiz relinchó nervioso, y se habría salido de la senda si el Maestro no lo hubiese calmado:
—Tranquilo, recuerda mis clases. ¿Qué representa El Camino?
—«El lugar en el que todos somos iguales y no se activa la Ley de la Naturaleza ni la cadena alimentaria», pero…
El viejo appaloosa lo interrumpió:
—Nada debe preocuparte. Esta senda es de todos y todos somos El Camino mientras permanezcamos en él. Recuerda que vamos al Concilio. El anterior fue hace 350 años, con el último eclipse total. Y ahora, con el nuevo eclipse, volveremos a votar para decidir si integramos a una nueva especie en el grupo de sapientes. Durante un viaje de Concilio, en el sendero que lleva al punto de reunión, no está permitido el daño.
Sin embargo, el joven seguía con los ollares abiertos, el cuello estirado y levantado el labio superior. El anciano sonrió y dijo:
—Estamos a salvo.
—Pero es que percibo a más depredadores y…
—Relájate; no tienes que preocuparte, Crines. Y nos queda bastante trayecto aún. Repasemos lo que te he enseñado sobre el Concilio. Primero, sobre El Camino, sus leyes inquebrantables. Cítalas.
Crines acompasó de nuevo el trote al de su viejo tutor y citó las leyes:
—El Camino es la travesía que desemboca en el punto de reunión de todas las especies sapientes. Es un lugar de respeto e igualdad.
—Bien. La Segunda Ley ya te la he citado, la que corresponde a la seguridad del sendero. Dime el resto.
—Cada animal debe llegar saciado, desde el tramo del Camino que considere adecuado a sus características, para no tener que salir a cazar o pasturar. Agua hay accesible durante todo el recorrido, porque este bordea un rio que desemboca en el mar, cerca del punto de reunión.
—Muy bien, sigue.
—El Concilio se celebrará siempre cerca del mar, para que las especies sapientes marinas puedan reunirse con los animales terrestres.
El mentor miró al joven alazán esperando las dos últimas.
—Cuando tiene lugar un eclipse total de sol, dos representantes de cada clan asistirán a la reunión para decidir si otra nueva especie, por sus méritos, puede entrar en el Concilio. Méritos que no deben estar en conflicto con la sostenibilidad del planeta, con sus recursos.
—¿Y la última?
—Ninguna especie del Concilio tendrá supremacía sobre el resto. La competencia es activa y aceptada por las características de cada especie en la cadena de supervivencia.
Crines dio un salto cuando de repente pasaron dos gatos por entre sus patas. No los había visto. Antes de que su mentor hablase de los felinos, dijo:
—Estos fueron de los primeros en ser aceptados, ¿verdad, Maestro?
—Así es. Hace ya muchos eclipses. Espero que recuerdes todo el registro de ascendencia del Concilio. Desde la primera especie a la última. También de aquellas que tuvieron que mejorar y esperar nuevas votaciones. Memoria atávica, es algo que tienes que seguir desarrollando y trabajando, Crines.
Por uno de los laterales del Camino entraron dos osos negros. Más adelante, casi al unísono con los ratones, se unieron dos elefantes. El mentor saludó al más grande.
—Estamos cerca de la zona de reunión. Ellos suelen ser los últimos en incorporarse. Seguro que las ballenas ya han llegado. También los delfines.
—Maestro, ¿la nueva especie estará presente en la reunión?
—No, Crines. Nunca. Se vota y se le lleva el mensaje a sus guías. Se decidirá qué clan les informará tanto si son admitidos como si, por el contrario, deben esperar a otro eclipse porque no han alcanzado el grado de evolución necesario.
Justo había acabado de hablar el mentor cuando llegaron a una planicie gris que sobresalía de manera peculiar sobre el mar. Crines sabía de aquel lugar, lo conocían todos los sapientes por las historias que se contaban cada noche. Tenía una superficie extraña, de una tierra dura y compacta que hacía resonar sus pezuñas. Al fondo, en el mar, pudo vislumbrar seres que no había visto nunca y que el Maestro le había descrito: pulpos, orcas, sepias…, todos se acercaban.
—Maestro, esta superficie me es desconocida…
—Son ruinas. Tampoco sabemos qué fueron en origen. Están desde el inicio de nuestro tiempo. Pero cumplen la función de acercar tierra y mar. Mira —dijo levantando la vista—. Llegan los búhos y los halcones…
Crines calló para concentrar sus instintos en aprender. Por eso estaba allí. Consideraba un privilegio poder asistir al Concilio. Lo primero que harían todos era guardar silencio, cerrar los ojos y dejar que el eclipse les llenase de oscuridad para tener luz en esta nueva decisión. El equilibrio era importante.
Desde el mar, una veterana ballena, responsable del nuevo Concilio, en el lenguaje común de todos los clanes, parte de su tradición oral y colectiva, daba las gracias a los presentes e invitaba a cerrar los ojos ante el inminente eclipse. Crines pensó en la votación, qué decidirían sobre la especie solicitante, tan atípica, que caminaba erguida sobre dos pies y usaba palos y piedras con sus dos manos… Y aunque Crines no quería tener prejuicios, lo cierto era que no terminaba de gustarle.

