La perseverancia es la clave del éxito.
Por eso sabemos que, algún día, ganaremos el concurso de relatos de Navidad que organiza Zenda.
Que sí, que vale, que hoy no es ese día… Este año no nos han seleccionado. Para ser honestos, los relatos que fueron elegidos son fantásticos. Echa un ojo. Hay alguno que nos da rabia no haberlo escrito nosotros, de lo bueno que es.
Hay mucho talento ahí fuera. Pero aquí dentro también hay un talento que te mueres de gusto, y por eso sabemos que algún día ganaremos el concurso.
Mientras tanto, te dejamos con los relatos que presentamos en esta ocasión: dos de Libertad y Jesús, y dos de Eduardo, que soy yo.
Te describo así un poco por encima de qué van cada uno, para que no pierdas tiempo:
Capitalismo: Una gamberrada que no debes leer a tus criaturas, porque van a perder el respeto por la Navidad, por los regalos y por el libre mercado.
Trust Santa y Los Magos: Donde se nos cuenta el nacimiento de un monopolio regalil navideño.
Un regalo complicado: Los gatos también piden regalos a Papa Noel, y son más majos de lo que crees.
Regalo malo: No regales animales en navidad, que está feo y te pueden comer las entrañas.

CAPITALISMO
Maquinado por Libertad García-Villada y Jesús Durán
—Señor, ¿qué vamos a hacer estas Navidades? El abuelo no hace bien su trabajo. El año pasado ya nos dio muchos problemas. Su trastorno neurocognitivo avanza muy rápido. No podemos seguir así. Le tengo aprecio y todo eso, pero creo que ha llegado el momento de, tal vez, cambiarlo de puesto, o de mantenerlo en segundo plano junto a un suplente. Porque si perdemos la confianza de la gente, nuestros beneficios se verán perjudicados, quizá para siempre. Y será el principio del fin. Mi consejo, como responsable de RRHH, es que busquemos un substituto lo antes posible.
El director de la empresa escuchaba en silencio mientras admiraba el amanecer desde el ventanal del despacho. Le gustaba ver el sol sobresalir poco a poco del borde del océano en el horizonte, descubriendo, con su luz, la playa, las palmeras, el paisaje tropical al que aún, pese a los muchos años transcurridos desde que se mudaran a aquella isla, no se había acostumbrado. Todavía le costaba alejar de su mente las nieves perpetuas de Finlandia.
La Revolución Industrial había traído más cambios de los que la gente de a pie conocía. El consecuente crecimiento de la población conllevó la existencia de numerosos niños, demasiados en realidad. Y una demanda sin precedentes de juguetes. Después le siguió la producción industrial de estos, la mayoría casi indestructibles, de plástico, que determinó que, en poco tiempo, la compra de juguetes artesanos, caros y frágiles en comparación, decreciese de manera significativa. Sin público objetivo ni compradores de sus productos, a los elfos les era imposible pagar al estado de Finlandia el alquiler por el área que ocupaban desde siempre en el Círculo Polar Ártico, donde vivían apartados del mundo. Tendrían que migrar y buscar otras formas de ganarse el sustento para sobrevivir. Por suerte, les quedaba el nombre, la fama. Algo de lo que aún podrían vivir, si sabían cómo utilizarlo. Tras muchas asambleas y razonamientos, llegaron a la conclusión de que la única manera que tenían de salir adelante era mediante un acuerdo con las empresas productoras de todos aquellos chismes. En el fondo los necesitaban para mantener el espíritu navideño, sin el cual los niños no pedirían juguetes en las Fiestas y su beneficio neto disminuiría de forma drástica.
Y es así como consiguieron activos financieros y postularse en la Bolsa de Nueva York y en el NASDAQ con acciones y valores de la producción mundial de juguetes.
Pero la jugada maestra, lo que más les rentaba, fue crear la patente de Papa Noel. Era un hecho que su figura tenía una influencia incuestionable en los niños, y que sus apariciones antes de Navidad habían sido una idea de marketing genial. A los pequeños les encantaba sentarse en sus rodillas para susurrarle al oído, en confianza, los regalos que querían recibir. Un deseo que Santa podía manipular, en esa corta interacción, con sus dotes oratorias, mejoradas mediante cursos agresivos de ventas, para atender a peticiones de las compañías productoras, previo pago de un plus, por supuesto. Los anuncios comerciales con Santa eran también una ventaja significativa. Todos los años admitían un número limitado de contratos, y muchas compañías, no solo de juguetes, ofrecían lo inimaginable por conseguir uno de ellos. Así es como pudieron abandonar la fría Finlandia, con su alquiler prohibitivo, y migrar a una pequeña y aislada isla en el Caribe. Que era ahora de su propiedad. Y en la que se vivía tan bien… En poco tiempo se habían amoldado al sol, el calor, la playa y los mojitos. Todo por tan solo un poco de trabajo en las Navidades. Que caía sobre todo en los hombros de Santa.
Una idea magnifica la de adquirir y mantener el mito de Santa Claus. El problema era que, en la realidad, los mitos tienen fecha de caducidad, y el anciano que les hacía las veces de Papá Noel estaba senil y era incapaz de hacer su trabajo con el rigor requerido. Necesitaban un substituto. Una vez más. Desde luego que los humanos no servían ni para trabajar, duraban nada de tiempo. Además de que les salía mantener al gordo en un pico.
El director volvió la vista al jefe de RRHH. Lo miró de arriba a abajo: aceptaba sus palabras porque era alguien cercano a la gente y en su labor estaba llevarse bien con todos, no mostrarse drástico con el personal directo. Sin embargo, para él, como director, cero empatía, eran simples números y, en particular, el viejo era un enorme lastre y había llegado el momento de darle la patada. Sin ambages. No quería correr riesgos, se jugaban demasiado. ¿Dejarlo en segundo plano? Ni hablar. A la puta calle. Mostró una sonrisa perfecta y le dijo en un tono que no admitía réplica:
—Pon un anuncio en Indeed, Glassdoor y LinkedIn, ya sabes, encubierto, como siempre, a ver qué sacamos. Y a aquel —dijo señalando al anciano que ocupaba el despacho de al lado—, rescíndele el contrato hoy mismo sin falta. Es un incapaz.
Santa tenía la vista clavada en el papel que le acababa de poner delante uno de esos hombrecillos que pululaban por todas partes. Cuando caminaba por la calle le saludaban todos sonriéndole. Como si lo conocieran de toda la vida. Pero él no sabía quiénes eran: todos le parecían iguales. ¿Y el lugar? Estaba hasta los cojones de aquel sitio en el que hacía un calor infernal. ¿La comida? No hacían más que cebarlo a base de cocidos y fabadas. Y encima no le dejaban ni cortarse ni arreglarse la barba.
Tampoco sabía lo que hacia allí.
Y mucho menos qué significaba aquel papel que le habían largado y que acababa de firmar. De un tiempo a esta parte la cabeza no le funcionaba muy bien. Lo único que sabía con seguridad era que quería volver a casa. Y que su madre lo cuidara.

TRUST SANTA Y LOS MAGOS
Urdido por Libertad García-Villada y Jesús Durán
La pesada puerta de madera se abrió e inundó la estancia con copos de la formidable tormenta que aullaba en el exterior.
Santa entró y, pateando con fuerza el suelo, se sacudió la nieve al tiempo que, con un vozarrón que llegó a toda la sala, proclamó:
—Hace un tiempo excelente.
Los allí presentes no parecían compartir esta afirmación. De hecho, los tres se revolvieron al unísono incómodos en el mullido sofá. El más cercano a la puerta refunfuñó:
—Hace demasiado frío. Deberíamos haber convocado la reunión en el desierto.
Santa miró al Rey Melchor e hizo un gesto con la mano, como infravalorando el comentario. Despacio se sentó y se quitó su rojo gorro y lo dejó sobre la mesa.
Faltaban tres semanas para Navidad y no tenía ganas de debatir sobre el tiempo y lo bueno que era la humedad versus la aridez de la arena, por lo que, sin preámbulos, abordó el tema que quería tratar con Sus Majestades:
—Tenemos que aunar esfuerzos. Crear un trust.
Los tres Reyes se miraron entre sí y se echaron a reír.
Santa esperó a que se serenasen sin decir nada, en silencio.
—Estás listo si piensas que vamos a unirnos a un materialista como tú —dijo el Rey Baltasar.
—No nos interesa. Nosotros tenemos nuestra propia entidad y distribución —añadió el Rey Gaspar.
Santa disponía de aquellos datos, incluyendo los de repartos totales. Sus elfos asesores del Departamento de Gestión Comercial y Marketing le habían mostrado un volumen ingente de tablas, gráficas y estadísticas. Y sabía muy bien que en los últimos años habían cambiado de forma espectacular las tendencias de distribución. Gran parte de los regalos principales se daban ahora en Navidad y los obsequios residuales correspondían a Reyes. Cada cinco de enero se efectuaban menos entregas. Conocía los despidos que Sus Majestades habían tenido que llevar a cabo para quedarse con menos pajes. Por el contrario, él tenía que contratar más elfos que luego debía alimentar y entretener al terminar las Fiestas, durante el resto del año, amén de tener que ampliar su taller cada poco para el nuevo aforo. Y luego estaban las travesuras, incrementadas por tantos y tantos elfos en plantilla. No no no, ya no podía más.
Decidió atacar, sin ambages:
—Cada Navidad recibís menos peticiones, un creciente descenso de niños interesados en fotografiarse con vosotros, una disminución de centros comerciales con un espacio para que os lleven las cartas. Y luego, con el cambio climático, cada año se os fastidian más cabalgatas…
Santa dejó que su crudo mensaje calara en Sus Majestades. Los miró fijo de uno en uno. Sabía que eran listos y tenían ya analizada la situación. Pero claro, mantenían demasiado vivo su orgullo para reconocerlo.
—¿Qué propones?
Santa miró al Rey Baltasar. Él había lanzado la pregunta, pero los otros dos monarcas asentían con la cabeza en un silencioso quorum.
—Unir nuestros recursos, no despedir más pajes ni contratar más elfos, y utilizar los sistemas predictivos para anticipar y programar los pedidos.
Se enfadaron, gritaron. Se formó la discusión que Santa temía. Él estaba acostumbrado a los cambios, a metamorfosearse; en un inicio le llamaron San Nicolás, allá por el siglo IV; después pasó por distintas adaptaciones, como, por ejemplo, «Sinterklass»; también por fusiones con otras tradiciones con diferentes ropajes; o su implicación con marcas y campañas publicitarias…, hasta ser lo que era ahora: un negocio. Por el contrario, los Reyes Magos y sus regalos eran, desde hacía más de dos mil años, la tradición y, sin lugar a dudas, lo antiguo, lo arcaico. Lo caduco.
Permitió que se desahogasen. Porque sabían que, poco a poco, los padres que no querían a Santa o que deseaban mantener el romance de belenes, oro, incienso y mirra, estaban cambiando su práctica por otra: la del árbol y los obsequios en Nochebuena y Navidad. Era una cuestión de modernidad impuesta. Incluso los más acérrimos defensores de los Reyes Magos terminaban por entregarle los obsequios a sus hijos el veinticuatro o el veinticinco de diciembre para que dispusieran de más tiempo para jugar y estar entretenidos en las Fiestas. Por razones de comodidad.
A todas estas conclusiones llegaron los tres Reyes. Porque para eso eran magos. Y muy sabios.
—¿Qué quieres hacer con el tema predictivo? —En esta ocasión fue el Rey Gaspar quien habló por Sus Majestades.
Santa dejó su móvil de última generación sobre la mesa y lo señaló.
—Aquí está todo lo que necesitamos para adelantar los pedidos y las entregas. —Hizo una pausa para que sus palabras surtieran efecto—. Con este dispositivo sabremos de antemano qué es lo que van a comprar.
»Los niños lo usan desde muy temprana edad y buscan lo que les gusta: juguetes, chismes varios; para los padres es una adicción, están conectados a todas horas. Lo sabemos todo de ellos. Si queremos, podemos forzar los algoritmos para que terminen con los stocks que tengamos sin salida. Productos obsoletos. Condicionar sus demandas.
»Sí, vamos a disponer de tiempo, no necesitaremos contratar personal nuevo y ahorraremos en recursos. Entre los cuatro el negocio se llevará mucho mejor.
Los Reyes se pusieron a debatir. Santa, conocedor de todos los idiomas del mundo, no entendía aquella lengua.
Al poco Sus Majestades callaron. Parecía que había trato. Papá Noel sonrió; serían unos buenos socios y un gran respiro para las cargas de trabajo.
—De acuerdo —dijo el Rey Melchor. Los otros dos monarcas asintieron con firmeza, reforzando la respuesta.
—Perfecto. Ahora, hay algo más que debemos tratar —soltó Santa de inmediato.
Los Reyes lo miraron con recelo. ¿Qué faltaba por tratar después de aquel acuerdo?
Santa se levantó, descolgó el enorme calendario de diciembre y enero que estaba en la pared y lo colocó sobre la mesa. Extrajo cuatro rotuladores fluorescentes distintos del bolsillo y destapando el de color rojo, dijo:
—Muy bien. Dado que vamos a ser cuatro en el negocio, es el momento de repartir las vacaciones.

UN REGALO COMPLICADO
Fraguado por Eduardo Enjuto
Martín llama al timbre con desgana. Las horas empiezan a pesar. Está cansado y tiene ganas de irse a casa.
La puerta se abre unos centímetros. Una voz de mujer pregunta quién es. «Paquete para Miriam», responde el repartidor.
Se hace el silencio. La gente, por lo general, abre al instante, las manos lo recogen, deme su DNI, gracias, buenos días. Pero la mujer no abre. Como todos los días.
—Paquete para Miriam —repite Martín.
—No espero ningún paquete.
Martín suspira. Eso le ha pasado ayer, y antes de ayer. Siempre es igual.
—Tengo esta caja para Miriam S. Viene a tu nombre.
—Sí, pero no espero nada. Ya lo sabes.
Cada día va con un paquete a esa casa. Nunca espera nada. Nunca abre, nunca los recoge, y cada día, al volver al almacén, tiene que rellenar papeles, aguantar reproches y perder un tiempo que no tiene.
Miriam va a cerrar la puerta, pero entonces se produce un milagro: Sopa, su gata ciega, se acerca y maúlla a la voz de la calle. Martín se agacha, mete la mano por el hueco y acaricia la cabeza de la gata, que empieza a ronronear.
La mujer se sorprende; a su compañera no le gustan los extraños y nunca se acerca a la entrada. La coge en brazos y abre la puerta del todo.
—Pasa, anda, que se va el calor.
—Siento molestarte —dice Martín mientras entra—. Pero mi jefe dice que tengo que insistir y… Creo que es una botella de algo. Por la forma.
Miriam deja a la gata en el suelo y coge el paquete de las manos del repartidor. Están frías. En la etiqueta aparece un remitente: «Noel&Rodolfo Corp.».
—Qué gracioso —dice en voz alta. Se da la vuelta y deja la caja encima de una mesa—. Estás helado. ¿Quieres un café rápido? Ya que has entrado…
—Sí, por favor —responde él—. Llevo todo el día sin parar. Me han contratado para las fiestas, ¿sabes? Voy muy lento, pero por cinco minutos no pasa nada.
La mujer se acerca a la cocina y vuelve con un café negro en un vaso de cristal, sin azúcar.
—No pensé que fuera un problema para ti. No recoger los paquetes, quiero decir.
Martín da un sorbo con cautela experta.
—Ugh.
—¿Está fuerte?
—Es… intenso.
No hablan más. En la pared, una fotografía de ella. Una marca delata que ha retirado un segundo marco hace poco tiempo. Martín es listo y ata cabos.
—No te molesto más —dice mientras le devuelve el vaso. Sus manos se vuelven a rozar; las de él ya no están frías—. Todo lo que tengo en la furgoneta es de la misma empresa, ¿sabes? Son envíos internacionales. Quiero decir… No es algo que te envíe alguien de aquí. Supongo.
Ella sonríe. La gata vuelve a maullar.
—A Sopa le caes bien.
—¿A quién?
—Mi gata.
Martín se agacha y vuelve a provocar un ronroneo. «Yo tenía un gato», quiere decir. Pero tendría que hablar de él en pasado, y todavía no está preparado.
—Gracias por el café. ¿Qué haces con el paquete? ¿Lo recoges?
—Sí, claro… Tiene que ser un error, pero no es justo que lo pagues tú.
Él entrega una hoja, ella escribe su nombre. Firma con un bolígrafo de gel azul, suave y de trazo grueso.
Miriam piensa muchas cosas. «Cuando pases por aquí, puedes llamar a mi puerta y tomar otro café». Lo piensa, pero no lo dice.
«Espero que no sea un regalo de su expareja», piensa él mirando la caja alargada. «Y que no tenga una pareja nueva, ya puestos».
Sopa, mientras tanto, los mira sin ver, desde el suelo. Empieza a tener hambre. Oye la puerta abrirse, voces, una risa nerviosa, puerta de nuevo. Un suspiro.
Manos que la recogen y acarician, susurros. Puerta de la cocina, frigorífico. ¿Jamón cocido? ¡Jamón cocido! Eso significa que Miriam está de buen humor. Le da dos lonchas. Está de muy buen humor.
Mientras tanto, lejos de allí, un hombre viejo, grande y fuerte, hace números con una calculadora vieja, grande y usada. Sus renos están tumbados cerca de él. Uno de ellos se levanta y se acerca.
—¿No te salen las cuenta, o qué? —dice moviendo mucho los labios.
—Esto nos va a arruinar, Rodolfo —dice el hombre—. ¿Cuántas botellas llevamos?
—Casi dos mil.
El hombre suelta una blasfemia inapropiada. Los renos se miran y aguantan una risa nerviosa.
—Y tienes que sumar el sueldo de los repartidores —dice el reno—. Nos cuestan un dineral.
—Los elfos no salían tan caros.
—Por eso se han marchado. Pero si ves que no podemos con esto, podemos pedir ayuda a la realeza…
—Ni los menciones. ¿Qué ha pasado con Miriam S.?
—Hay que enviarle otra botella. Por fin ha cogido la primera, pero necesitará más.
—¿Otra? ¿Pero qué le pasa a esta gente? ¿Tan difícil es mostrarse un poco abiertos? ¿Receptivos? ¡Que es Navidad, por el amor del cielo!
El hombre sube el tono de voz y Rodolfo, que conoce a su jefe, le acerca un vaso con una buena dosis de coñac que ha servido sin derramar ni una gota. Algo encomiable, porque no tiene manos. La coloca encima de una carta que fue enviada, nadie sabe cómo, por una gata ciega.
Su petición está muy clara. Quiere un compañero para su humana. Que le gusten los gatos. «Cómo lo consigáis», termina diciendo, «es cosa vuestra».

REGALO MALO
Pergeñado por Eduardo Enjuto
Sandra grita hasta quedarse sin aliento. Intenta respirar, pero sus pulmones no responden. Está paralizada. No puede moverse ni apartar la mirada del monstruo que acaba de matar a su padre y le está devorando las entrañas.
La sangre se extiende por la alfombra. «Esa mancha no va a salir con lejía», piensa de forma irracional.
El monstruo tiene la forma de un gato, la cara de un gato, el pelo de un gato. El monstruo tiene el carácter de un demonio del infierno, cruel y carente de toda humanidad. Porque es un monstruo.
Las uñas, afiladas como agujas, desgarran la piel del hombre muerto como si fuera papel. Hunde la cabeza en su caja torácica y ronronea cuando la saca cubierta de sangre.
El ruido de un disparo saca a Sandra de su atontamiento. Su madre acaba de aparecer por la puerta con una escopeta y vuelve a disparar al gato demoníaco, pero falla de nuevo.
—¡Corre, insensata! —grita mientras la empuja para que suba las escaleras—. ¡Corre por tu vida!
Sandra le hace caso y sube los escalones de dos en dos. No se atreve a volverse, pero los disparos y los gritos de su madre le confirman que sigue sin dar en el blanco. Que es el color del pelo del gato.
Llega hasta la segunda planta. Su hermana llora desde su cuarto de niña pequeña, pintado de rosa y lleno de posters de Metallica y de Iron Maiden. Siempre ha sido rarita. Quiere correr hacia ella, pero en medio se encuentra Fido. El perrito.
Fido es un Golden Retriever de pura raza. Sus padres pagaron un dineral a un anciano oriental que les dijo que era el último de una camada de perros fantásticos, cuya madre estaba descansando en una playa del sur, después de rechazar a los cachorros y entregarlos con una sonrisa.
Pero Fido no era el animal protector, esponjoso y cariñoso que esperaban. La mira sin pestañear, sin emitir ni un sonido. La sangre gotea de su pequeña boca de dientes pequeños y afilados. Su nariz olfatea el miedo. También es pequeña.
Sandra sabe que, en cuanto dé un paso, saltará hacia ella y la morderá en el cuello, en las manos, en la cara y allí donde tenga la piel desnuda, como hizo con su padre cuando sacó de un cajón un paquete de petardos. Ese fue el resorte. En ese momento, le saltó a la yugular y el mundo se fue al infierno.
Su hermana ha dejado de llorar. La ve salir de su cuarto, con su pijama de ositos, calcetines de forro polar y un bate de beisbol en las manos que tiene enrollado un alambre de púas. Fue su regalo de Navidad del año pasado.
Con sigilo y una tranquilidad experta y preocupante, se acerca al cachorro con el arma en alto. Lo baja con toda la fuerza de sus bracitos delgados, pero el animal la oye en el último segundo y esquiva el golpe.
—¡Corre! —le dice a Sandra. Todo el mundo le dice que corra. Se siente como una tonta en una película de terror—. ¡A mi cuarto!
Las dos hermanas entran en la habitación y cierran la puerta justo cuando Fido se ha convertido en una bola de dientes capaz de desgarrar piel, músculos, tendones y huesos.
Sandra se acurruca detrás de su hermana pequeña, que se mantiene firme, de pie, con el bate agarrado con fuerza.
—Os dije que no quería una mascota —dice con voz aguda—. Que regalar animales no está bien, y menos en Navidad.
Sandra, que no ha dejado de temblar, escucha las suaves pisadas del gato que sube las escaleras y empieza a arañar la puerta con sus garras mientras el perro sigue ladrando.
Al otro lado de la ventana, en la calle, los gritos y ladridos, y el olor de la pólvora y el miedo, lo impregnan todo. El caos se adueña de una ciudad tomada al asalto por los animales que fueron regalados el año anterior. En el asfalto, con letras de sangre y la redonda y cuidada caligrafía de un gato, se leen las palabras «Adopta, no compres».
