Mi amigo del alma

Entrada y relato escritos a cuatro manos por Jesús Durán y Libertad García-Villada.

El año pasado participamos en la antología Antolofobia: Susurradores del miedo con un historia que transcurre, en parte, bajo la presión constante de un grupo de matones de instituto; es un texto de violencia y sufrimiento. Por otro lado, puedes leer, en el blog, otro crudo relato, real, que aborda las consecuencias del bullying escolar: Por cuatro razones.
En la literatura y el cine existen multitud de títulos que abordan el tema del matonismo, desde Carrie, sangriento, a Matilda, entrañable.


Nosotros hemos querido darle una vuelta a este problema universal, este padecimiento diario para quien lo sufre, siempre lleno de burlas y ensañamiento que dejan huella. Porque a nuestro protagonista algo comienza a resquebrajársele por dentro. Y aunque parece que está condenado a la derrota sin ayuda ninguna de su mejor amigo, algo cambia… cuando la paciencia encuentra su límite.
Y escribimos bajo esta idea el presente relato.

Esperamos que te guste

Mi amigo del alma

Intento recuperar el aliento. El puñetazo en pleno plexo solar me ha dejado doblado. Cuando, boqueando como un pez fuera del agua, puedo por fin llenarme de aire los pulmones, miro de soslayo a Jorge. Está sentado en el suelo a escasos metros de mí, observándome con curiosidad. Me cuesta hablar y me sale un susurro mezcla de reproche y jadeo:

—Nunca me ayudas cuando se meten conmigo, ¿qué clase de amigo eres? 

—De la clase «B» —contesta Jorge sin vacilar y con retintín.

—No tiene gracia, ninguna —respondo enojado.

Jorge se me acerca y dice en un susurro:

—Te ayudaré cuando empieces a plantarles cara en vez de limitarte a resistirte.

Gruño de furia ante la injusticia de la situación: son tres camorristas que me superan en tamaño y fuerza. Y el cabecilla suele llevar navaja. ¿Cómo voy a plantarles cara? Cierro los ojos, pensando en las posibles alternativas. «Debo ser valiente —me digo tras unos minutos—. No hay otra opción».

—Está bien —musito. Y miro hacia mi amigo, pero Jorge ya no está.

Comencé el nuevo curso temiendo que fuese como el anterior: una puta pesadilla. Porque un grupo de matones de un curso superior, repetidores, me tienen enfilado y no me dejan en paz. Mi norma diaria consiste en esconderme en los recreos; no hay otra, porque si esos cabrones me ven, me retienen sin parar de fastidiarme hasta el fin del descanso. Debo andarme con cuidado también por las mañanas, al llegar a la escuela, y por las tardes, al salir, para no encontrarme con ellos. He desarrollado diferentes tácticas con el fin de evitarlos, pero antes o después acaban dando conmigo y me hacen pasar un rato muy chungo: insultos, empujones, golpes, y carcajadas, muchas carcajadas a mi costa. Es un proceso de humillación cuya intensidad ha aumentado con el tiempo. ¿La razón? Soy el blanco perfecto: bajo para mi edad, delgado, con gafas y sin amigos que me arropen. Un primo, vamos.

Pero no todo son complicaciones este año, también hay novedades positivas. Un nuevo chaval en la clase con quien, por la razón que sea, congenio. El día que apareció en la escuela, se apalancó a mi lado a falta de otro asiento vacío en el aula. Suelo sentarme solo; las filas de pupitres son de a dos y mis compañeros, los muy capullos, procuran no ocupar el que hay al lado del mío, ninguno quiere congeniar con la víctima de los matones.

Jorge, como se llama el nuevo, es todo lo que a mí me gustaría ser: alto, atlético, atractivo, divertido… Lo cierto es que no logro comprender por qué, tras los días iniciales de adaptación al nuevo centro, Jorge sigue acompañándome en clase y en los recreos. Y en el autobús. Y algunos días incluso se acerca a casa, por las tardes, para hacer los deberes juntos. 

Le confesé que no entendía por qué pierde el tiempo con un mierda como yo. Y que tampoco lo debe entender nadie de la clase.

—¡Vamos tío, déjate de dramas! —soltó Jorge con ironía—. No eres un mierda, eres un jodido cobarde. Pero tus compañeros son algo mucho peor, porque saben lo que te pasa y no hacen nada, aun más: te ignoran. Son tan cagados como tú, pero además son cómplices. Ellos sí que son unos mierdas.

Con estas palabras he dormido muchas noches, dándoles vueltas.

Con todo, Jorge no es de ninguna ayuda. Aunque ha visto varias veces cómo me atacan los matones, no mueve un dedo a mi favor; al contrario, se mantiene en la distancia, contemplando la jarana, como un mero espectador. Eso sí, después me sermonea: «Tienes miedo, no sacas la mala hostia suficiente para darles una patada en la boca y callarlos de golpe». Jorge siempre repite el mismo chorreo.

No entiendo su actitud. Un amigo de verdad no haría algo así. Pero Jorge es la única compañía que tengo; no quiero perderlo. Debo aceptar su conducta con resignación; quizá él también tiene miedo y se niega a admitirlo.

Hoy, de puro agotamiento, porque de la ansiedad que me produce esta situación tan asquerosa apenas duermo por las noches, me he quedado frito en el autobús del colegio y el conductor me ha despertado ya en el aparcamiento de final de línea.

—Te acerco a otra parada o llamo a tus padres si quieres —se ha ofrecido el hombre.

—No se moleste —le he dicho algo avergonzado por mi falta—, no vivo lejos de aquí. En veinte minutos estaré en casa.

Y me he puesto a caminar pensando en acortar a través de un descampado que hay a medio camino.

Por aquí iba. A mi puta bola. En esta tierra de nadie.

Y de repente he oído unas risas. Que conozco demasiado bien. Hostias, casi me meo encima de la impresión al darme cuenta de que estoy rodeado. Los hijos de puta de los matones. Que a saber qué hacen en este lugar; nada bueno desde luego.

El cabecilla dice en plan vacilón:

—Eh, delgaducho, ¿es que te has perdido? Este es nuestro territorio, ¿cómo te atreves a venir aquí, capullo? ¡Agarradlo! 

No tengo tiempo de escapar, sus dos secuaces me apresan con fuerza por los brazos.

—¿Qué vamos a hacer contigo, mierdecilla? —pregunta el jefe con expresión aviesa. Mira alrededor como buscando una respuesta y al momento se le dibuja una sonrisa malévola. Saca la navaja y la abre. Lo que dice me deja helado—: Sujetadlo contra el bidón aquel y bajadle los pantalones. Te voy a tajar tu puto culo, pringao.

—¡No no no! —me oigo gritar con pánico, resistiéndome y tratando de soltarme, pero no me sirve de nada, apenas puedo moverme.

Sus compinches, entre carcajadas, me colocan en posición y me dejan con los cuartos traseros al aire. Veo el brillo de la navaja, el matón no deja de blandirla delante de mi cara.

—No te revuelvas tanto, joder —dice con sorna. 

—Date prisa —le mete presión uno de sus compañeros bregando conmigo por mantenerme controlado. 

—Vamos vamos, sujetádmelo bien —dice el cabecilla colocándose detrás de mí—, que le voy a hacer trizas el culo. 

De nuevo intento liberarme, gritando y mirando a todas partes en busca de ayuda. Pero no hay nadie a la vista. Cierro los ojos y deseo que aparezca mi amigo. Sin duda en esta situación me ayudaría, ¿no? Cuando los vuelvo a abrir, Jorge está ahí, a escasos metros. De espectador, como siempre. Voy a llamarlo, pero me acuerdo de sus palabras: no me defenderá mientras no plante cara. Debo ser valiente, al menos una vez. 

Al menos esta vez. 

Dejo que me domine el odio acumulado: demasiadas palizas en el colegio e interminables noches sin dormir. Y por encima de todo, quiero mostrarle a Jorge de lo que soy capaz. Grito, grito de pura rabia, con tal fuerza que siento calor, como si me subiese una fiebre incontrolable. Y muerdo el brazo del cabrón que me aguanta el lado derecho, quien, aullando de dolor, me suelta de inmediato. Me zafo a continuación con violencia del otro mamón y me dispongo a enfrentarme a lo que pueda pasar.

Entonces algo inesperado ocurre.

Jorge salta como una fiera. Como si se hubiese contagiado de la fiebre que siento.

Me quedo de una pieza observando el espectáculo. Mi amigo me defiende de mis acosadores con una fuerza sobrenatural. A uno lo agarra por el cuello y lo golpea contra el bidón. Y una vez en el suelo lo patea sin piedad hasta que cruje algo, tal vez unos huesos. A otro lo reduce de un directo en la tráquea. Al jefe le encaja puñetazo tras puñetazo en el cuerpo y la cara. Y cuando lo deja sin sentido, se arrodilla y, agarrándole la cabeza con ambas manos, se la golpea varias veces contra el firme, donde se va formando un charco de sangre entre la grava. 

Esa sangre, el olor metálico, me hace sentir tan mal…

He abierto los ojos hace unos minutos. Estaba tirado en el suelo. Me he enderezado rápido, desorientado, preguntándome si habría perdido el conocimiento. Al mirar en derredor, he visto que los tres tipos yacen a escasos metros, inmóviles. Ni rastro de Jorge. Me duelen las manos: las tengo magulladas y manchadas de sangre. Sé, de algún modo, que esta sangre no es mía… «¿Qué hostias…?», me digo en voz alta. Estoy absorto contemplando mis maltrechos nudillos, pensando en una causa que explique por qué están así. Carece de sentido, de razón… O la hay… ¿La hay, de verdad? Intuyo que sí.

Y una sensación de tristeza profunda me invade el corazón al entender por qué Jorge ha desaparecido. 

Y por qué nunca más volveré a verlo.


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