ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE (#cuentosdeNavidad)

Pablito se despertó a media noche con ganas de hacer pis y decidió, tras pensar no poco si merecía la pena arriesgarse a salir del calor de la cama al frío del pasillo, que no podía aguantarse y que tenía que ir al baño sí o sí. Al levantarse notó que algo raro pasaba: le parecía que el suelo se movía, vaya si se movía: de un lado a otro, de un lado a otro, de un lado a otro… Qué extraño. Se apoyó en la pared del pasillo porque por un momento pensó que podría irse al suelo. Siguió avanzando. Tenía una fuerte sensación de irrealidad, como si estuviera en un sueño, un sueño extraño. Las sombras en la oscuridad parecían tener cuerpo, densidad y vida. Y, qué extraño también, sentía presión en los oídos y una cierta pesadez en la cabeza, como si llevara un gorro que le quedara pequeño.

Cuando pasó por delante de la puerta del salón se dio cuenta de que había luz dentro. Esto era inusual a esas horas de la noche. Muy inusual. Se asomó. Un hombre algo grueso y en batín colorado colocaba paquetes debajo del árbol de Navidad. Pablito se quedó mirándolo sin entender muy bien lo que estaba presenciando, si bien había algo en la figura de aquel gigante entre sombras que le resultaba familiar. El hombre por fin se dio cuenta de su presencia y se quedó como paralizado.

—Vuelve a la cama, Pablito —dijo tras unos instantes, la voz ronca y de mando.

El niño entonces abrió mucho los ojos y con algo de esfuerzo acertó a preguntar:

—¿Eres Papá Noel?

El hombre no contestó inmediatamente, dio la impresión de dudar.

—Sí, Pablito. Y tú deberías estar en la cama, durmiendo.

—Es que necesito hacer pis… ¡Papá Noel! ¿Eres tú de verdad?

—Si, Pablito, soy yo.

Pablito sintió que algo se le rompía dentro y le entraron unas ganas insuperables de llorar.

—¡Papá Noel, te quiero tanto! —dijo sin saber muy bien por qué, pero seguro de lo que sentía.

—¡Ssssh! Vas a despertar a tu hermana.

—También quiero mucho a mi hermana —dijo Pablito sin poder ya contener el llanto.

—¿Estás bien, Pablito? —preguntó el hombre con preocupación.

El crío asintió con vehemencia.

—¿Seguro?

El niño volvió a asentir.

—Bueno, pues venga, date prisa, ve al baño y después al catre. ¿O es que quieres quedarte sin regalos este año?

Esto de ninguna manera.

—No, Papá Noel —respondió Pablito con gravedad ya regresando al pasillo.

Aún apoyándose en la pared, Pablito llegó al baño, encendió la luz, que le resultó cegadora, hizo pis deprisa y corriendo, manteniendo apenas el equilibrio y sin atinar muy bien en la taza, y tomó el camino de vuelta a su habitación. Al pasar por delante del salón observó que estaba a oscuras, como debía a esas horas de la noche, y que el suelo bajo el árbol estaba plagado de regalos. Con cuidado de no hacer ruido, casi a gatas, se acercó para verificar que había regalos para él. Ahí estaban, un total de seis, si había contado bien, todos con su nombre escrito en una enorme etiqueta. Regresó a su cama casi arrastrándose y se dispuso a dormir con una sonrisa de alivio: pese a que Papá Noel todo lo sabía, no parecía haberle tenido en cuenta que aquella misma noche, después de la cena, a escondidas, se hubiera bebido el culo de todas las copas de los mayores.

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