DÈJÁ VU

We are getting away with it

all messed up

Getting away with it

all messed up

That’s the living

James

Me ha costado bastante escribir este relato. No porque sea algo más largo de lo habitual ni por los temas, delicados, que toca. Sino porque no conseguía darle un final que me convenciera. Ni a mí ni a Eduardo Enjuto, que ha hecho aquí un poco de Terence Fletcher (el director de orquesta de Whiplash) y me ha ido desmoralizando hasta que, después de estrujarme no poco la cabeza, he dado con lo que él considera un buen final.

El relato tiene más de una capa y toca diversos temas. Creo que uno de los aspectos más interesantes que trata es cómo los humanos tendemos a proyectar nuestras emociones, el miedo incluido, sobre los que nos rodean, sobre todo los más allegados. También cómo tendemos a ver o creer lo que queremos ver o creer, lo que nos conforta.

Por cierto, la canción de James a la que aludo (Getting Away With It -All Messed Up-) es una maravilla.

Espero que el relato te guste.


Silvia recordaba perfectamente cuándo había tenido lugar el incidente, por llamarlo de alguna manera. Su hijo estaba en la cama escribiendo alguna historia en su ordenador portátil y ella acababa de atender en el teléfono de la habitación una llamada de su marido. Según devolvió el auricular a su sitio, su hijo con sorpresa le dijo:

—Mamá, la llamada, todo esto, todo, ¡yo ya lo he vivido!, ¡lo he vivido! ¿Es esto posible, mamá?

Lo denominaba incidente porque las condiciones en que se había producido le inducían a pensar que algo o alguien lo había provocado. Algo. Alguien. Él. Quizá Él lo había provocado.

Él, cuya existencia había negado gran parte de su vida. Lo conocía bien, o todo lo bien que quería conocerlo: durante años había estudiado en un colegio de monjas, y toda su familia era católica. Al principio no había tenido más opción que aceptarlo como el dios de los cristianos, al fin y al cabo el que le habían impuesto en la infancia. Hacia el final de este periodo, sin embargo, no creía ya en un dios cristiano, porque creer que el dios con el que te han criado es el único y verdadero le parecía absurdo. Creía entonces más bien en la existencia de dios como una fuerza creadora, independiente de las religiones. Para cuando terminó el bachillerato era ya atea convencida y la idea de dios le parecía una niñería, como el Ratoncito Pérez, Papá Noel o los Tres Reyes Magos. Desde entonces creía, porque en algo hay que creer, en la Ciencia, fervientemente —le había dedicado ya media vida—, y en su esquema mental toda hipótesis debía ser probada mediante la experimentación y todo conocimiento había de estar fundado en evidencias, pruebas. Nada probaba que Él existiera. Para ella no era sino un fruto de la imaginación, de la inventiva, de los hombres que, convenientemente, muy ad hoc, permitía dar respuesta a un sinfín de cuestiones. Deux ex machina.

No obstante, la educación que recibió durante años había dejado en ella una huella indeleble, una marca: no podía evitar comunicarse con Él. En la infancia y la adolescencia temprana no solo le hablaba, también le había pedido, como todo el mundo de Dios hace, que lograra para ella los imposibles: la paz mundial, la erradicación de la pobreza y la enfermedad, un sobresaliente en un examen difícil para el que no había estudiado lo suficiente… Por supuesto, nunca la había escuchado o al menos no había atendido sus ruegos. Desde entonces no había vuelto a pedirle nada. Pero no había conseguido quitarse el hábito de hablarle y aún lo hacía de vez en cuando, con la voz de la mente, como si fuera una compañía silenciosa a la que no podía ignorar ni de la que podía deshacerse. Un okupa del pensamiento.

Cuando nació su hijo, se prometió que no le inculcaría ningún tipo de creencia religiosa y que lucharía con toda su voluntad contra que alguien lo hiciera, contra semejante atropello. Quería que su hijo tuviera una mente lógica, libre de contaminaciones primitivas e irracionales. Podía creer la fantasía que quisiera, pero en Él no. A Dios ni se lo mentaba en su casa, como si no existiera para nada. Ni a Dios y ni a todo lo que le concernía.

Nunca tuvo la sospecha de que había creado una terrible trampa. Porque nunca se le pasó por la cabeza que lo peor, lo peor que le puede ocurrir a alguien, le iba a ocurrir a ella. A ella no, aquello no. Pero ahí estaba ahora, en su día a día, con una presencia que lo abarcaba todo y dolía como la vida misma. Y sin embargo, la rapidez con que el proceso se estaba desarrollando, mayor que la de su capacidad de asimilación, le hacía tener una cierta sensación de irrealidad, le parecía como si estuviera viviendo un sueño. O mejor dicho una pesadilla: su hijo se estaba muriendo. Silvia le daba a menudo vueltas a esta expresión misma, que rondaba de continuo su cabeza, y no podía sino pensar qué absurdo resultaba el gerundio: con frecuencia el tiempo, por ser inexorable y, por lo tanto, predecible, es como si no existiera. Su hijo se estaba muriendo, pero era como si ya estuviera muerto, porque iba a morir e iba a ocurrir antes de que se diera cuenta. Era la madre de un niño muerto con el que compartía una habitación de hospital en sus últimos días de vida.

Su hijo, que se llamaba Bastian, tenía tan solo diez años, era todavía un crío, pero un crío que entendía ya muchas cosas, aún más porque tenía una inteligencia superior a la media. Silvia le había ocultado la verdad, no le había dicho que se moría, pero al mismo tiempo había evitado también mentirle: se negaba a abusar de la confianza de su hijo, sobre todo ahora que era tan vulnerable. Le había dicho que todavía quedaba la esperanza de que se curara (al fin y al cabo, como dicen, la esperanza es lo último que se pierde).

Con todo, sabía que su hijo era consciente de que se moría, porque no se lo había preguntado en ningún momento: si albergara alguna duda sobre lo que le esperaba o no lo creyera posible, le habría planteado un millón de cuestiones al respecto. Pero el hecho de que no le hubiera hecho ni una era un claro indicio de que sabía lo que le estaba ocurriendo. Además, lo veía en la mirada, de terror, con que últimamente observaba todo lo que le rodeaba: los médicos, las enfermeras, la medicación y ella misma. Era la mirada del sentenciado, de quien sabe que le ha llegado su hora, pero no sabe exactamente cuándo. Su hijo vivía sus últimos días con pánico.

La mala suerte había querido además que justo un año antes uno de sus abuelos hubiera fallecido; era el primer allegado que moría desde que él tuviera uso de razón. Entonces Silvia había tenido que darle muchas explicaciones, porque la curiosidad de su hijo, propia de su edad, no tenía límites. No le había mentido —estaba en contra de la mentira en cualquiera de sus formas—, le había explicado qué es la muerte y le había dicho que cuando uno muere ya no hay más de nada, todo se acaba.

Silvia se preguntaba ahora qué idea se habría hecho su hijo de la muerte. Recordaba, o creía recordar, la idea que ella misma había tenido más o menos a su edad: pensaba que la muerte era como estar atrapado en un sueño del que uno no puede despertar o en un cuarto oscuro a solas. A una mente tan tierna le es difícil concebir que uno no es más, que deja de ser por completo. Esperaba que su hijo, pese a lo inteligente que era, no hubiera llegado todavía a este nivel de abstracción.

Y aquí, pues, estaba la trampa, la trampa perfecta: su hijo se estaba muriendo y lo sabía, y ella no tenía el recurso de decirle “No te preocupes, vas a ir al Cielo y en un poco nos volvemos a ver”. No podía darle ningún consuelo. Y no se sentía capaz de renegar de todos sus principios al respecto y mentirle. No podía decirle que lo había estado engañando todos estos años, que Dios sí existía, pero que se lo había ocultado. ¿Qué razón podría darle que justificara el engaño?, ¿que lo había hecho por celos, por miedo a que lo quisiera a Él más que a ella? A estas alturas, tras años de educación atea, lo más seguro es que su hijo no le creyera una palabra de semejante historia. Pero ni aunque hubiera alguna posibilidad de que lo hiciera se sentía capaz de ceder: su amor propio se lo impedía. Era esta para ella una lucha continua desde que la muerte había entrado en su vida, y la duda respecto a qué hacer le estaba matando lento, un poco cada día.

Su marido lo tenía fácil, por decirlo de alguna manera. Él no se debatía en ninguna lucha interna como ella, él había permitido que el dolor le anegara y había tirado la toalla, aunque su hijo muerto estuviera todavía en el hospital, esperándolo todos los días. En un acto de inmadurez y egoísmo muy propio de su género, se había negado a ir a verlo, a verlo morir día a día, sin entender, o sin querer entender, que a los enfermos y a los moribundos no se los visita por uno mismo, sino por ellos. Silvia estaba ya tan agotada a estas alturas del proceso que no se lo había discutido. Pero él debió notarle el desprecio, porque en el último momento, quizá por vergüenza torera, o acaso por un destello de sensatez, había accedido a ir a ver al niño. Tras la primera visita, sin embargo, ella le pidió que no volviera. Porque si bien había conseguido no llorar en la habitación del hospital, su expresión había sido tal durante toda la visita que no había logrado sino asustar más a su hijo.

Silvia no podía evitar sentir algo de decepción cuando pensaba en su marido. ¡Qué débiles eran los hombres, qué patéticos! La inevitable reacción era quejarse de que ya no hubiera hombres como los de antes. Pero Silvia a menudo se preguntaba si en algún momento realmente había habido hombres como los de antes. La Historia, y también la Literatura, reflejo de la Historia, indicaban que no, que los hombres han sido siempre ni más ni menos lo que son: unos niños grandes viviendo en un mundo modelado por ellos, a su medida. En cuanto les sacas de allí un poco están perdidos por completo.

Trataba de no darle vueltas ahora, bastante tenía en la cabeza, pero presentía que su matrimonio no sobreviviría a aquel bache. Si había llegado vivo hasta ese momento era tan solo por su hijo, que era el centro de su vida. Desde que naciera, ella y su marido se habían convertido en sus guardianes sin que nada más los uniera. Por increíble que le pareciera a veces, era como si los diez años anteriores de relación hubieran caído por siempre en el olvido. Silvia pensaba no poco en la derrota de su matrimonio antes de que su hijo enfermara. Y tenía la sensación de que ella y su marido se habían volcado en su hijo, tan deseado, tan esperado, dejando todo lo demás, ellos mismos incluidos, de lado. Como si no fueran capaces de amar a más de una persona y todo el amor que se tenían se lo hubiera llevado su hijo. Hacía años que no se tocaban siquiera y los besos que se daban eran de compromiso. No había sido su elección, había luchado contra esta degradación, pero su marido ni había querido hablarlo ni le había dado en ningún momento importancia, y ahora ya no la tenía tampoco para ella. Se preguntaba qué iba a ocurrir después exactamente. Pero el después del después era un tiempo que se le antojaba muy lejano, aunque ya le pisara los talones. Quedaba tanto por sufrir antes. Tanto. Lo que estaba pasando ahora, lo sabía, no era nada comparado con lo que vendría después: el vacío, el insoportable vacío. Lo temía como a la muerte misma.

Su mundo entero, pues, se estaba derrumbando. Y ella se sentía tan superada por las circunstancias, y tan sola, que no había podido por menos que tratar de encontrar algo de consuelo en un antiguo vicio suyo que no practicaba desde que ella y su marido decidieron tener un hijo: había vuelto a fumar. Le calmaba los nervios y le ayudaba a pensar. Procuraba controlarlo, fumar solo cuando sentía que ya no podía pasar más tiempo sin un alivio. Más que nada porque tenía que salir a la calle y esto le robaba tiempo con su hijo; este tiempo era ahora lo único de valor que tenía.

Fue precisamente en uno de estos momentos de artificiosa calma, mientras fumaba un cigarrillo en la calle, cuando lo pensó sin querer. Hacía tiempo que no pensaba en Él ni le hablaba, pero la desesperación, ya se sabe, nos hace débiles. Una plegaria se deslizó en su mente:

—Por favor, no le dejes morir así. Por favor, así no.

Y a poco de regresar a la habitación había tenido lugar el incidente. Recordaba perfectamente el momento. Acababa de colgar el auricular del teléfono después de hablar unos minutos con su marido, que había llamado para preguntar cómo estaba el niño, cuando su hijo dijo:

—Mamá, la llamada, todo esto, todo, ¡yo ya lo he vivido!, ¡lo he vivido! ¿Es esto posible, mamá?

Ella sonrió: era la primera vez que su hijo tenía esta sensación.

—Claro, cielo. Es lo que se llama un déjà vu. Casi todo el mundo lo experimenta alguna vez.

—¿Un déjà vu? ¿Y por qué se produce?

—Pues, la verdad es que no lo sé muy bien. ¿Por qué no lo consultas en internet?

Su hijo tecleó en su ordenador y pasó unos minutos mirando absorto la pantalla.

—Aquí dice que se cree que se debe a una anomalía de la memoria.

Silvia asintió, algo así creía recordar, segura de haberlo consultado ella misma en el pasado.

De repente su hijo añadió:

—También dice que hay gente que cree que vivimos una y otra vez y que los déjà vu son recuerdos de una vida anterior que no fueron borrados por completo—. Hizo una pausa y preguntó—: ¿Quiere esto decir que creen que son una prueba de que nos reencarnamos? —Su hijo no era ajeno al concepto de la reencarnación: había en su clase un niño hindú que había compartido sus creencias con sus compañeros. Silvia recordaba bien el día de marras: su hijo había llegado a casa del colegio por completo descolocado, preguntando cómo aquello era posible, si lo era. La tarde había sido larga, de preguntas y respuestas. Silvia sintió entonces que a su hijo la idea de la reencarnación le gustaba.

—No. Que renacemos, pero no como una persona diferente, sino que volvemos a nacer tal y como somos—. Silvia creía haber leído algo sobre este tema también, hace tiempo, cuando se puso de moda tratarlo.

—¿Es eso posible? —preguntó ahora su hijo.

Silvia tuvo un momento de duda entonces. A punto estuvo de decir que no, que era una estupidez, sin pies ni cabeza, pero guiada por una punzada de intuición dijo:

—Nadie ha demostrado que sea imposible.

Su hijo se quedó mirándola con los ojos muy grandes, como sorprendido.

—¿De verdad? —preguntó al cabo de unos instantes.

—De verdad —afirmó ella.

Su hijo esbozó una sonrisa y sin más volvió la vista a la pantalla de su portátil y empezó a buscar información sobre el tema.

—Hay varios artículos —anunció a poco y se puso a leerlos.

Silvia vio que estaba entretenido y se sentó en el sillón de la habitación con un libro entre las manos, a hacer que leía, porque últimamente no conseguía fijar la atención en nada, su mente divagaba sin control una y otra vez.

—Léelo todo con cuidado, que luego te lo voy a preguntar, ¿eh?


Aquel episodio no fue más que el inicio: en los días sucesivos su hijo no haría otra cosa que buscar y leer con afán más y más artículos sobre el tema y todo lo relacionado que pudo encontrar. Le comentaba sus hallazgos con voz excitada y ojos brillantes, y le preguntaba después de cada informe si ella creía que aquello, si no todo, al menos en parte, era posible. Silvia sabía la importancia que su opinión tenía para su hijo, porque en casa había sido ella quien siempre había cuidado de él y era el ejemplo a seguir, mientras que a su padre lo trataba más como un amigo; ella tenía del niño un respeto que su marido no tenía.

Lo que pensaba realmente es que aquello era un despropósito; no entendía cómo había gente que defendía la hipótesis del renacimiento. La reencarnación incluso era más fácil de creer o al menos de entender, pero en esta otra hipótesis no solo se jugaba con el alma, también con el espacio y el tiempo. Volver a vivir. Una y otra vez. Por siempre. Pese a que sus conocimientos de Física eran modestos, aquello se le antojaba imposible, por supuesto. Pero no fue capaz de decírselo a su hijo, porque le parecía que se estaba agarrando a esta idea como si le fuera la vida en ello, o más bien la muerte. Ella lo entendía bien, entendía que era una escapatoria que le permitiría huir de la trampa, y le decía todas las veces que, por supuesto, no era imposible, alentándolo, lo sabía, a aferrarse más a la idea. Pero no podía evitarlo: en los últimos días su hijo no tenía el aire aterrado que le había caracterizado las últimas semanas, se lo veía más tranquilo. Y su tranquilidad era lo único que ahora a ella le importaba.


—Pero si el renacimiento es cierto, nunca tendré coche o mi propia casa —comentó un día su hijo con un deje de ansiedad—. Ni novia.

A Silvia se le encogió el corazón: era la primera vez que le daba a entender que sabía que se estaba muriendo. No estaba dispuesta a seguirle el juego: quizá él estuviera preparado para hablarlo, pero ella no, desde luego.

—¿Estás seguro? —preguntó así como quien no quiere la cosa.

—Si tuve el déjà vu aquí, quiere decir que ya estuve enfermo antes y que volveré a estarlo, ¿no? —dijo su hijo con toda lógica, pero sin querer creerlo, con un deje de duda—. Quizá es así como funciona: volvemos a nacer una y otra vez, pero vivimos siempre lo mismo.

No era la primera vez que Silvia deseaba que su hijo no fuera tan inteligente.

—No lo sé, cielo, supongo que siempre hay lugar para variaciones.

—¿Qué quieres decir?

—Es lo que se denomina “el efecto mariposa”; consúltalo en internet.

Su hijo tecleó en el ordenador. Le llevó unos minutos leer la entrada de Wikipedia.

—¿Esto quiere decir que si vuelvo a nacer todo podría ser distinto?

—Eso quiere decir.

Su hijo sonrió y volvió la vista a la pantalla para leer más sobre el tema.


Su hijo murió unos días después de este episodio. Para entonces ya no escribía, ni hacía búsquedas en internet, ni preguntas: la fuerzas no le daban; además, estaba inconsciente la mayor parte del tiempo. Pero cuando estaba lúcido se lo veía en paz, como quien ha aceptado su destino.

Silvia pasó las últimas horas de su vida sin separarse de su lado un momento, llenándose de él la vista, sintiendo que el tiempo se le escapaba con furia, que pasaba demasiado rápido, como si se acelerara al llegar al final. Qué injusto es el tiempo siempre. Ella quería más, mucho mucho más, todo lo que había planeado cuando lo tuvo: quería verlo crecer y evolucionar y vivir y ser feliz como eligiera serlo. Quería morir solo cuando ya hubiera hecho por él todo lo que estuviera en su mano. Silvia se había dado cuenta de que ahora su muerte no tendría sentido. Y su vida había dejado de tenerlo. Estaba en el limbo.

Poco antes de morir, su hijo tuvo uno de esos momentos de lucidez que suelen preceder a la muerte: se despertó sintiéndose mejor y animado, e incluso estuvo leyendo un rato, para lo que no había tenido fuerzas últimamente. Duró poco: al caer la tarde hubo que administrarle una nueva dosis de morfina, la que sería la última. Antes de que cerrara los ojos, su hijo sonrió y le dijo:

—Mamá, te veo en un rato—. Por un momento Silvia creyó que se refería a cuando se despertara, pero lo que dijo a continuación no le dio lugar a dudas de que su hijo sabía que no iba a despertarse ya más—: Intenta no olvidarlo, mamá: la próxima vez quiero tener un perro.


Habían pasado ya seis meses. Su marido y ella, como era de prever, se habían separado y en breve se divorciarían. Mantenían el contacto, aunque cada vez menos. Silvia sabía que su marido estaba yendo a la consulta de un psicólogo: necesitaba ayuda para superar el trauma. Era ahora más consciente que nunca de lo poco que lo conocía y del abismo que los separaba. Le era imposible entender qué consuelo podía ofrecer un psicólogo, un extraño en definitiva, que no había conocido a su hijo, ni en qué sentido podía ayudar. Su hijo estaba muerto y no iba a volver. No había nadie en el mundo que pudiera hacerle sentir de manera diferente a como se sentía. La sola idea le parecía insultante.

Se preguntaba a veces qué sería ahora de su marido. Quizá pasado un tiempo encontrara otra mujer, porque era una de esas personas que no saben vivir solas. Quizá incluso tuviera otro hijo. En su caso, esto no era ya posible a no ser que adoptara y no se sentía con fuerzas de hacerlo. Tampoco, por la misma razón, tenía intención alguna de volver a empezar una relación. Se sentía agotada, física y emocionalmente, vacía, inerte, como nunca pensó que uno puede llegar a estarlo. Desconocía si era posible recuperarse de algo así y se decía, por consolarse de alguna manera, que quizá el tiempo le diera la respuesta.

Mientras, le había dado muchas vueltas al incidente, a aquella oportunidad increíble que había surgido de escapar de la trampa y que había permitido a su hijo morir en paz. Y no podía evitar sentir agradecimiento. ¿Había sido este un milagro?, se preguntaba. Porque la casualidad era demasiada. Precisamente por su formación le costaba creer en las casualidades; que no podamos determinar la naturaleza de una coincidencia, pensaba, no quiere decir que no exista. ¿Cuál era la probabilidad de que su hijo tuviera su primer y único déjà vu justo cuando ella había vuelto a hablar con Dios y le había pedido una escapatoria? Sabía que los déjà vu pueden estar provocados por la ansiedad, y su hijo había sufrido no poca las últimas semanas, hasta aquel momento. Por otro lado, ella entonces estaba desesperada y la idea de Dios es siempre un consuelo. Pero la coincidencia temporal era tan perfecta que incitaba a pensar que había una relación entre su petición y el déjà vu de su hijo, una causa-efecto. Y una mano detrás para provocarla.

¿Era esta la prueba que siempre había esperado de la existencia de Dios?, ¿o estaba acaso la existencia de Dios basada en este tipo de evidencias?

Si aquello había sido una prueba, no podía negarla. Y si no lo había sido, si no se había debido más que al azar, a una buena suerte increíble, entonces debía seguir creyendo que Dios no existe, que no hay ningún tipo de presencia tras la muerte y que todo lo divino es fantasía. Y que su hijo no era más en ningún lugar salvo el cuerpo que se pudría lento en el cementerio, lo que le resultaba inconcebible. Si había de elegir, le era más fácil creer que Dios existe y que el alma humana es inmortal.

Incapaz de tomar una decisión objetiva, Silvia se debatió por meses en este mar de dudas sin llegar a ninguna conclusión. Hasta un día en que hizo algo que no había tenido valor de hacer desde la muerte de su hijo: entró en su cuarto. El dolor fue tan intenso que tuvo que sentarse en la cama y respirar hondo unos minutos para evitar tener un ataque de pánico. Nada allí había cambiado, solo algo de polvo se había acumulado sobre todas las superficies. Parecía como si hijo fuera a entrar en cualquier momento para sentarse en su mesa a escribir alguna historia. De hecho, allí estaba su portátil, donde ella lo había dejado al regresar del hospital, esperándolo. Su hijo había estado escribiendo con él cuentos a todas horas, desde que enfermara. Desconocía de qué trataban y cuántos había: su hijo no les había mostrado ni uno ni les había hablado de ellos, Silvia sospechaba que porque temía las críticas: su hijo nunca había sido bueno aceptándolas, tenía mucho amor propio, como ella.

Movida por la curiosidad, conectó el ordenador al cargador, lo encendió y lo abrió. Entró en la carpeta Cuentos que había en el escritorio. Contenía cientos de documentos. Silvia se sentó a la mesa y abrió el primero, titulado “El hospital”. Era un relato sobre las pruebas diagnósticas que le habían realizado a su hijo cuando manifestó los primeros síntomas. Abrió otro, titulado “El tratamiento”, en el que relataba su primera sesión de quimioterapia. Su hijo era el protagonista de los relatos, pero, curiosamente, estaban escritos en tercera persona, como si quisiera tomar distancia consigo mismo o con lo que le estaba pasando. Silvia recorrió con la vista por todos los títulos hasta llegar al último, titulado “Déjà vu”. Lo abrió y empezó a leerlo:

“Bastian estaba otra vez ingresado en el hospital. Ahora se moría. Nadie se lo había dicho, pero lo sabía porque su mamá esta vez no le había mencionado cuándo le iban a dar el alta. Bastian no tenía miedo a morir, estaba muy cansado de la enfermedad y del tratamiento, y si no podían curarlo quería que todo esto acabara ya, quería dejar de sufrir. Pero estaba preocupado porque sus papás estaban muy tristes. Su papá estaba tan triste que no podía ir a verlo al hospital y su mamá estaba tan triste que había empezado a fumar y lloraba todas las noches, cuando creía que Bastian dormía. A Bastían le dolía ver a su mamá triste y no sabía qué hacer para que se sintiera mejor. Pensaba y pensaba y no se le ocurría nada. Entonces tuvo un déjà vu. Un déjà vu es la sensación de haber vivido ya algo. Se cree que se debe a una anomalía de la memoria, pero hay gente que cree que es un recuerdo de una vida anterior que no fue borrado antes de renacer. A Bastian le gustó mucho la idea del renacimiento, pensó que era como reencarnarse pero mejor, porque uno es el mismo de nuevo. A su mamá también le gustó porque por primera vez no le dijo que era imposible (la mamá de Bastian siempre decía que este tipo de ideas son falacias). Entonces Bastian pensó que si su madre llegaba a creer un poco en ella, igual no estaría tan triste, porque creería que Bastian podía renacer. Así que buscó en internet toda la información que había sobre el tema y se la fue contando a su madre. Incluso fingió que él también creía un poco en el renacimiento. Su mamá poco a poco fue estando menos triste y dejó de llorar por las noches. Entonces Bastian se sintió más tranquilo y supo que ahora podía morirse.”

5 comments on DÈJÁ VU

  1. Por favor, no tengo duda sobre la magnífica redacción, pero la reacción ha sido increíble. Tengo el corazón encogido 😔 tal vez por ser madre, tal vez por haberme despedido de personas muy queridas por el cáncer.
    Enhorabuena por este relato 😊

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