CONECTADOS A ZENDA

Entrada y relatos escritos por Jesús Durán y Libertad García-Villada.

Una breve introducción para presentar dos relatos muy distintos entre sí: uno, de talante tenso y atmósfera enfermiza; otro, de tinte político y humorístico. Ambos fueron descartados —hace nada— por Zenda, y que, sin embargo, no nos quita las ganas de seguir participando. 

El primer relato te hará reflexionar sobre lo que está sucediendo con el protagonista y te llevará a dudar de «su realidad». En el segundo relato, con gatos de por medio, otro protagonista te mostrará una «curiosa realidad». Si en este último algo te recuerda a la vida real… es pura y completa coincidencia.

En esta ocasión, el tema propuesto por la convocatoria era «conexiones», en cualquier forma o género. 

Esperamos que te gusten. Gracias por leernos.

CONTACTO

Lo que me gusta de la radio no es escucharla, sino utilizarla como medio de comunicación. Hablar cara a cara es demasiado directo. Y odio los teléfonos, sobre todo los de ahora, esos pedazos de tecnología que le roban de continuo el tiempo a la gente. 

Así que pertenezco a la comunidad de radioaficionados.

La radio es un medio sin trucos, que me permite contactar con personas como yo, solitarias. La humanidad es interesante…, pero desde lejos. Es mi opinión. Por esto vivo solo y trabajo desde casa. Pero sí, cierto, de vez en cuando agradezco la cháchara. Con alguien que no conozco ni puedo ver. Contra quien no puedo tener prejuicio alguno. Me atrae conversar con honestidad, desde el inicio. Y no me gusta repetir. Todo lo interesante que tenemos que ofrecer suele consumirse rápido, en apenas una conversación.

Hace unos meses, en una banda de frecuencia en la que no suelo encontrar a nadie, oí unas voces. O quizás era una sola: se entrelazaban todas con tal sincronía que resulta imposible creer que salieran de varias gargantas. No conseguí determinar el idioma, pero tengo el conocimiento y la experiencia suficientes como para saber que no se trataba de ningún dialecto del país ni de ningún lenguaje común. Tampoco pude discernir el género: era bastante neutra. Lo más interesante es que cuando intenté establecer una comunicación, cuando me dirigí a aquella extraña voz, recibí como respuesta el silencio.

Anoté la frecuencia. Y volví a intentarlo al día siguiente, a la misma hora. Tenía curiosidad. Y ahí estaba o estaban. La misma voz, el mismo incomprensible discurso. De nuevo traté de iniciar una conversación. En castellano primero, como el día anterior. Y cuando llegó el silencio, me dirigí a aquello en inglés y en francés, los otros dos idiomas en que puedo defenderme con solvencia. Pero el silencio no se rompió.

Volví a la carga al día siguiente. Y al otro. Las voces eran puntuales. También lo era su silencio. Con todo, al cabo de una semana, por fin, obtuve respuesta. En perfecto castellano. Pero con el mismo efecto: era una voz plural y neutra. 

―Buenas noches, Sergio ―me dijo, tratándome como si me conociera de toda la vida.

―¿Cómo sabes mi nombre? ―pregunté extrañado.

―Lo sabemos todo, Sergio ―contestó la voz.

Sentí cómo se me aceleraba el corazón.

―¿Quiénes sois?

―Lo sabes bien.

¿Lo sabía? No puedo explicarlo, pero lo intuía: aquello no era de este planeta.

―Quiero pruebas ―exigí.

―Ven a vernos, Sergio, ven. Te esperamos.

Y a continuación me facilitaron unas coordenadas. Las repitieron varias veces, supongo que para estar seguros de que tomaba buena nota. No volví, en los días sucesivos, a oírlos en su frecuencia, ni en ninguna otra. Era como si hubieran desaparecido. O como si me estuvieran esperando.

La ubicación que me habían proporcionado correspondía a un lugar en el corazón del Sahara. Pedí vacaciones e invertí casi todos mis ahorros en el viaje: volé a Níger, contraté un par de guías, alquilé camellos, compré víveres para varias semanas… No fue fácil, ni la organización, ni el viaje. Tardamos casi una semana en llegar. Un viaje un tanto extremo, la verdad. Pero, al final, allí estaban. O allí estaba su nave. Suspendida en el cielo del desierto. Un enorme platillo volante. Tenía un tono acerado, pero ya ajado, como si el paso del tiempo y los largos viajes por el espacio lo hubiesen desgastado.

«Aquí está la prueba».

Pasé horas observándolo. Mis guías no entendían aquella parada en medio del desierto. No eran capaces de ver lo que yo veía. Cuando intenté explicárselo, me dijeron que mi visión era un espejismo. Yo creo que la nave estaba manifestándose solo para mis ojos. 

Dormimos, bajo su protección. A la mañana siguiente había desaparecido. Pero no necesitaba más: había pedido una prueba y me la habían ofrecido. Regresamos. No tenía sentido prolongar el campamento. Además, los guías desconfiaban de mí por la visión que les había descrito. Me tomaban por loco y amenazaron con dejarme allí tirado, en medio de la nada, a completa merced de los elementos.

Unas semanas después del viaje, ya en casa, intenté comunicarme otra vez con ellos. Pero no los encontré. En ninguna frecuencia. No entendía nada: ¿para qué el contacto si no iban a establecer una comunicación?, ¿para qué mostrarse ante mí? Pero estas eran, por supuesto, preguntas absurdas, por cuanto desconocía por completo cómo funcionaba su mente y cuál era su modus operandi.

Pensé que debía ser paciente. Y decidí darle tiempo al tiempo.

Una noche, casi un mes más tarde, por fin volvieron a mí. 

Lo mejor fue que no me hizo falta la radio para comunicarme con ellos. Los oía en mi cabeza, con perfecta claridad. La misma voz, o voces. No puedo jurar que siga siendo castellano lo que hablan conmigo. Solo sé que los entiendo. Y que ellos pueden oír también mi discurso, pero solo cuando mis palabras se hacen verbo, no en pensamiento. Ahora la comunicación es fluida y constante. Ya sé cuáles son sus planes. Han venido para quedarse. Y quieren deshacerse de nosotros. 

Dicen que estamos destruyendo el planeta, que somos unos parásitos. Y que hay que sanar la Tierra. Están alistando a muchos otros como yo. 

Y mi función es simple: he de mataros a todos.

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?

Hoy hay pleno en el Congreso de los diputados. 

Y terminaré de nuevo cubierto de pelos.

Aunque los gatos han evolucionado, el problema de que pierdan pelo persiste. Para nosotros, los políticos, la pelusa gatuna es un verdadero incordio; sin embargo, para los establecimientos de limpieza de trajes que han proliferado alrededor del Congreso, un beneficio.

Miro a Cheshire, mi gato. Y me devuelve la mirada desde el trasportín que llevo en bandolera. Tres años y pico juntos ya. Y quiero seguir así. Quiero seguir haciendo política. En equilibrio. En complicidad. Y, por supuesto, de forma honesta. Porque, en caso contrario, la situación se complica.

En cuanto llegue al hemiciclo lo soltaré. Seguro que se irá con los gatos de mis compañeros, incluso con los de partidos antagónicos. Como hacen siempre estos peludos. Es curioso que los gatos sean capaces de mantener la compostura mucho mejor que nosotros, los humanos. Sin apenas conflictos a excepción de algún maullido o bufido a la hora de la comida. Lejos de nuestro espectáculo: los habituales gritos, golpes, improperios y descalificaciones.

Y se ve todo todito todo.

La política ahora tiene un canal propio de televisión. De máxima audiencia. Y no solo por nuestras promesas, no. Para nada.

Lo gatos, michis, son los observados, los enfocados. Con sus nombres, su edad, pertenencia…

La cámara —he visto en diferido algunos programas— hace un traveling de arriba abajo mostrando cada uno de los diferentes gatetes. Todos con un cascabel sin escrupulilo, para no hacer ruido. Es de una belleza extraña vernos gesticular mientras los diferentes felinos se pasean y hacen pequeñas y armoniosas cabriolas.

Cómo ha cambiado la política… 

Hace casi cuatro años se produjo un incidente llamativo. Uno de nosotros se trajo a su gato a la Cámara. Era de un partido minoritario y prometía…, bueno, muchas cosas en realidad, no voy a enumerarlas ahora. El asunto fue que dijo que, si mentía, su gato lo notaría, que lo percibiría, y se moriría. Por supuesto que todos nos reímos, lo recuerdo a la perfección, pero, sin embargo, dicha acción inusual atrajo la opinión pública. Querían ver al político con su gato. Coincidió que aquel peculiar representante en las siguientes elecciones ganó muchos votos, muchos más de los esperados, y se convirtió de la noche a la mañana en un funcionario electo que estaba en boca de todos. Muy, pero que muy popular.

A raíz de aquello, y como no podía ser de otra manera, el resto de partidos y los respectivos consultores de imagen decidieron que tenían que participar en el juego. En menos de lo que canta un gallo el Congreso se llenó de gatos. Uno por político. Para identificarlos, se decidió que cada gato llevase un collar con su nombre y el de su dueño.

Y ¡bum! La gente empezó a seguir el programa de gatos…, digo… a visionar nuestros debates. Y, pasadas las primeras semanas, los tiras y afloja de la política se convirtieron en un fenómeno enorme. Nunca las porfías de los presupuestos habían sido tan seguidas por televisión, con un share de más del 85%.

Debido al creciente interés del público, se decidió televisar las sesiones durante los fines de semana. Y ahora, de esta forma, la política pasa a ser lo más visto.

Un período bonito hasta que ocurrió: murió un michi en directo. Con tantas cámaras siguiendo a los gatos, todo se televisaba. Estaba tan contento y, de repente, cayó fulminado. Porque su dueño mintió. Se conoció unos días después su falsedad.

Una semana más tarde otro gato falleció. También su político había mentido. Las pruebas no dejaban lugar para las excusas.

Y entonces todos nos dimos cuenta de lo que había pasado. La subsistencia de los gatos estaba controlada mediante las verdades y mentiras. Las nuestras. Al parecer, aquella primigenia promesa del compañero político, el del primer gato en escena, había creado un paradigma de verdad o muerte. ¿Inaudito? Sí, pero inapelable.

La opinión pública clamaba por castigos severos para los mentirosos. Y lo curioso es que, no solo por la falsedad de sus actos, si no por la muerte de aquellos adorables felinos. La gente pedía penas máximas y se mostraba firme en apartar a aquellos embusteros.

Y aquí estamos: en breve tiempo tengo que presentar unos presupuestos. Y la verdad es que no son muy halagüeños que se diga.

Pero claro, no puedo faltar a la máxima que figura ahora, a la entrada del Parlamento, una que cita: «Con cada mentira muere un gatito en algún sitio».

Y es que cuando subo al estrado siento un cierto temor, algo primitivo, al ser observado por tantos gatos, como si me estuviesen leyendo el pensamiento.

Como si tuvieran la capacidad de sentir mis palabras.

¿No?

El universo, la política y la inteligencia…

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