
Reseña escrita por Jesús Durán y Libertad García-Villada.
Los lectores apasionados sabemos que, tras terminar un libro, en ocasiones nos puede costar encontrar un nuevo texto adecuado para leer a continuación. Esta situación nunca se produce si el libro que acabamos de cerrar, en la mayoría de los casos para los restos —dado que no somos de segundas lecturas—, es malo.
Cuando terminamos, o quizás incluso dejamos sin terminar, un libro insoportable, el siguiente que acometemos es siempre bienvenido, no importa el género al que pertenezca o la extensión que tenga. No obstante, cuando lo que uno acaba es una obra que lo deja pensando sobre el sentido de la vida, o mejor dicho, el sentido de su vida, no está uno en condiciones de leer a continuación cualquier cosa. Revisamos nuestra pila de pendientes y comprobamos con desazón que ninguno nos parece atractivo en ese momento, o al menos no lo suficiente como para empezarlo; no nos encontramos en el estado mental apropiado. Y mucho menos para releer una obra que nos gustó en el pasado. Así que lo más probable es que acabemos comprado un libro nuevo del que hemos oído hablar, o hemos leído una reseña, pero del que en realidad sabemos muy poco o casi nada. Y así de fácil, amigos, es cómo la pila de pendientes se eterniza.
Quizá te encuentres en esta situación tras leer El desierto de los tártaros. Una novela corta que desconocíamos por completo hasta hace poco y que, sin embargo, está considerada una obra maestra, un clásico y la obra cumbre de su autor, Dino Buzzati, un periodista y escritor italiano del siglo pasado. En su momento, la crítica la acogió tan bien que incluso fue llevada al cine en una coproducción que cuenta con los actores Vittorio Gassman, Francisco Rabal, Fernando Rey, Jean-Louis Trintignant y Max Von Sydow, entre otros; la banda sonora, además, corrió a cargo del gran Ennio Morricone, ahí es nada. Comentaremos la película más adelante en esta reseña.
Pero hablemos, primero, de los aspectos generales de la obra. El desierto de los tártaros fue publicada en el italiano original en 1940. La primera edición en castellano apareció en 1979 y estuvo traducida por el escritor y traductor argentino César Aira. Años después se publicó una edición especial en castellano que contaba con un prólogo de Jorge Luis Borges y que estuvo traducida por María Esther Benítez. La edición que nosotros hemos leído, de Alianza editorial, es la decimotercera reimpresión de la obra y fue publicada en 2025. Por desgracia, no cuenta con el prólogo de Borges, pero la traducción es todavía la de Esther Benítez. ¿Por qué hacemos hincapié en estos detalles? Pues sobre todo porque la traducción no nos ha convencido. En El desierto de los tártaros hay una cierta cantidad, nada despreciable, de bellas descripciones y de fragmentos cargados de lirismo. Muchos de los elementos que constituyen estos pasajes tienen un carácter simbólico. El lenguaje que les da forma actúa de instrumento artístico y fluye con suavidad. Algo que, por cierto, sí capta el cómic basado en el libro —también lo comentaremos después—. Pero, en la novela, tenemos la impresión de que falta algo, las palabras a veces «tropiezan aquí y allá», por decirlo de alguna manera, y el lector siente, al encontrarse con estas discordancias, que están fuera de lugar, que no corresponden a la obra. Que la obra original es una versión mejor que la que estamos leyendo. Una lástima. Con todo, no malogran la historia en ningún momento.
Ahora sentía incluso una sombra de opaca amargura, como cuando las graves horas del destino nos pasan al lado sin tocarnos y su estruendo se pierde en lontananza mientras nos quedamos solos, entre torbellinos de hojas secas, añorando la terrible pero gran ocasión perdida.
¿De qué va El desierto de los tártaros? No es fácil de explicar, porque un asunto es la historia que nos cuenta y otro, muy distinto, lo que la historia representa.
La historia nos cuenta la vida del segundo teniente Giovanni Drogo desde el momento en que, convertido en oficial, es destinado a la fortaleza Bastiani, ubicada en la frontera norte del país. Ya desde el inicio de la novela, el lector se encuentra con pistas suficientes para hacerle entender que la obra pertenece al género existencial, por cuanto no se nos indica el país en que se desarrolla la acción, ni dónde está ubicada tal frontera, y al mismo tiempo son notables ciertas incongruencias como que a Bastiani se la considere una fortaleza remota y alejada del mundo cuando en realidad está a menos de dos días a caballo de la ciudad natal de Drogo. Al momento es obvio que todos estos son detalles sin importancia, así como los enemigos de los que la fortaleza ha de guardar a la nación, los figurados tártaros. La mayor parte de la acción o inacción de la trama tiene lugar en la fortaleza, y hasta aquí podemos desvelar en este sentido, si queremos evitar caer en espóileres. Porque la novela es corta (267 páginas en la edición que comentamos) y, por poco que se cuente de ella, ya se cuenta mucho. Por lo tanto, y resumiendo, la novela utiliza la vida de Drogo como mensaje.
Escrutaba los altísimos bordes del valle para descubrir la Fortaleza. Se imaginaba una especie de viejo castillo con vertiginosas murallas. Con el paso de las horas, se convencía cada vez más de que Francesco le había dado una información errada; el reducto indicado por él ya debía haber quedado muy atrás. Y se acercaba la noche.
¿Y cuál es este mensaje o el tema subyacente? ¿Qué nos quiere contar o transmitir en realidad el autor con la biografía de Drogo? Al principio da la sensación de que el tema va a ser el mismo que en La montaña mágica de Thomas Mann, donde el tiempo es uno más de los protagonistas, y la vida apartada de la vida, un modo de existencia adictivo. Pero poco a poco la historia va adquiriendo otros matices y tornándose en algo diferente, donde el autor nos habla de los peligros de aferrarse a una esperanza irracional como motor vital. El final es inesperado y no deja, desde luego, indiferente.
Hay que tener en cuenta que la obra de Dino Buzzati está influenciada por autores como Kafka; también por Sartre, Camus y el mencionado Thomas Mann, todos de talante existencialista.
Si alguien se decide a leer, tras esta reseña, la novela y al terminarla se encuentra en la situación de no saber con qué recuperarse a continuación, podemos sin problema recomendarle la lectura apropiada: El desierto de los tártaros, el cómic. Porque dos son mejor que uno. Publicado por la editorial Altamarea Edición de Libros, SL, en 2025, se trata de otra pequeña obra de arte imprescindible, si sabes apreciar una buena historia gráfica. El guion corre a cargo de Michele Medda y las ilustraciones son de Pascuale Frisenda; la traducción al español es de Almudena Miralles Guardiola.

Pese a que no se trata de una adaptación por completo fidedigna, el cómic recoge, condensa y potencia el espíritu de la novela con elegancia y detalle. La elección del blanco y negro, en vez de color, es un acierto incuestionable, y la sobriedad de los trazos y el uso magistral de luces y sombras dotan a la historia del ambiente que uno imagina al leer la novela. Mantiene, por ejemplo, la noción del paso del tiempo con la presencia frecuente de relojes en las viñetas. Remarcar que las desviaciones de la trama original son mínimas y en ninguna ocasión desvirtúan la historia.
Encontramos en el cómic una curiosidad que no entendemos: no tiene numeración de páginas. Desconocemos si está hecho a propósito, para no dar una idea de «secuencia controlada» de lo que llevamos leído. Quizá no tiene que ver con nada de esto (le estamos dando vueltas a posibilidades para interpretar qué significa) y es algo tan sencillo como un error de edición.
La edición cuenta con un prólogo de Michele Masiero y un epílogo, casi un ensayo, de Gianmaria Contro, ambos muy interesantes. Estos nombres pertenecen a dos destacados expertos y guionistas del cómic italiano en particular y mundial en general.
Creemos que quien decida leerlo sin conocer el libro se quedará en algunos momentos desconcertado. Es el único punto débil que le encontramos.
Y una vez acabado el cómic, si no sabes qué hacer con tu vida ante las cuestiones existenciales que plantea la historia, tienes El desierto de los tártaros, la película. Porque no hay dos sin tres, como dicen.
El primer problema que encontrarás es dónde visionarla. Porque está descatalogada de las plataformas. Normal, ¿quién quiere ver una película de 1976, si hay disponibles chorrocientas series actuales con infinitas temporadas? Pues para tal fin tienes las bibliotecas. Ya hablamos de ellas hace tiempo, de los temas de préstamo, que se amplia también a películas. Y estás de suerte, porque están disponibles todos los DVD (en Cataluña, como se ve en la foto adjunta). Suponemos (seguro) que ocurrirá lo mismo en otras poblaciones.

¿Qué decir de la película? Podríamos comentar que la atmosfera está lograda. Por un lado, fue filmada en Bam, una ciudadela fortificada de Irán y la mayor edificación del mundo en adobe, cuyo color se funde con el propio desierto. Por otro, tiene una buena fotografía. También se percibe que el protagonista está esperando algo que nunca acaba de llegar (o sí). Tal vez profundiza en la crisis existencial y las paradojas de los militares con el paso de un Drogo inexperto, joven y ansioso, a uno maduro y viejo. Un diario de cada etapa de su vida y la de sus compañeros. Este paso del tiempo es lo más logrado de la película. Y la sensación de abandono, de tristeza persistente, ayudada por la banda sonora de Morricone. El compositor utilizó el órgano como elemento principal en la orquesta para reflejar el aislamiento, la soledad y el misticismo del desierto.
Como comentamos, hay un gran elenco interpretativo en el que destacan Max Von Sydow y un Fernando Rey que no habla apenas.
Sin embargo, tiene detalles que condicionan su disfrute: el mal doblaje y saltos inesperados e incomprensibles (o pensamos que serán complicados si no has leído el libro). Porque hay acciones de la historia que son muy importantes y que la película gestiona en la fase final del conflicto, y no se entiende; omite demasiadas partes dándole mucha más importancia a las rencillas y envidias entre los mandos. Por otro lado, se toma excesivas licencias con el libro, eliminando momentos cruciales que definen el estado emocional de Drogo y sus decisiones futuras… Vamos, que no hemos conectado con ella. Tal vez, tras leer el libro y el cómic, la película queda en mal lugar.

En definitiva, te recomendamos leer el libro y el cómic. Sobre la película no sabemos qué decirte, la verdad. Tal vez, aunque tiene grandes actores y la música está muy bien, ha envejecido mal. A veces pasa.

