DINOPORNO

Lectores queridos, ¡atentos!, que hoy nos mojamos: venimos con un asunto lúbrico. Lo avisamos ya desde el principio para que no haya dudas: esta entrada tiene dos rombos, contiene porno duro y bestialismo. No vengáis luego con quejas de que no sabíais nada. Si seguís leyendo a partir de este punto, es de vuestra cuenta y riesgo. Y por vicio.

Incluye esta entrada no uno, sino dos relatos. Uno de mi autoría y otro escrito por Jesús Durán (@joseyshepard), quien, si somos afortunados, en breve pasará a formar parte de la familia escritoril de Relatos y Mentiras, y nos deleitará aquí con sus creaciones y reseñas. Me siento obligada a aclarar que, además de porno, escribe cosas serias, poesía incluida; esta entrada no es un precedente.

Tanto él como yo somos, por supuesto, en este asunto inocentes del todo. La culpa la tiene la gente de Dentro del Monolito, un blog cultural todoterreno que, si no lo conocéis ya, no sé qué estáis haciendo con vuestra vida, la verdad. En el Monolito se tratan temas de literatura, cine y cómics; contiene también entrevistas y artículos de lo más interesantes, podcasts…, en fin, que este humilde blog a su lado parece que haya estado malito. Tiene además un canal Twitch (Forjadores de relatos) en el que sus componentes presentan y desgranan originales historias magistrales. Que tratan temas muy específicos. Para hacer el programa más animado, piden a sus seguidores, con antelación, que les manden microrrelatos (de unas 200 palabras) sobre el tema a tratar; los mejores son leídos en directo.

Estas peticiones me las tomo como un desafío y suelo intentar escribir y mandarles algo siempre que puedo.

Hasta aquí todo bien, en orden.

El tema de esta semana que acaba fue dinoporno, es decir: sexo humano y dinosaurios. Al principio me lo tomé como una broma. Cuando los del Monolito me aseguraron que no lo era, que el asunto iba bien en serio, pensé que no sería capaz de escribir nada. Pero los caminos de la inspiración son inescrutables: casi de inmediato me vino una idea. Y no solo esto, antes de darme cuenta el asunto se me había ido de las manos; estaba en más de ochocientas palabras. Supongo que la historia de Jesús tiene un origen similar, si bien él supo mantenerla en los límites de tamaño…, digo extensión.

Mi relato se titula “Atracción jurásica” y por colar algo de nivel literario en esta entrada diré que la historia está en parte inspirada en la novela La decronización de Sam Magruder, de George Gaylord Simpson, una pequeña joya de la que ya hablé tiempo atrás, en otra entrada. La historia de Jesús, “El profesional”…, ejem, no estoy segura de que queramos saber en qué está inspirada.

Esperamos que os gusten.

No vale tocarse.


Atracción jurásica

En el mismo momento en que accionó la máquina del tiempo, presintió que algo andaba mal. Y no se equivocó: había aterrizado en un pasado muy diferente del de su objetivo.

Formaba parte de una operación internacional destinada a recuperar las obras de los genios de la humanidad que no habían llegado al presente a través de la Historia. Pinturas, manuscritos, partituras, novelas…, de gente especial como da Vinci, Aristóteles, Mozart… Su misión particular era rescatar los escritos de Arturo Pérez-Reverte. Pero, por alguna razón ignota, había acabado en el Jurásico. La máquina, no tardó en comprobarlo, se había roto y era irreparable. Estaba atrapado.

Con sus conocimientos de supervivencia, adquiridos durante varios veranos de su infancia con los Boy Scouts, y el botiquín de la máquina, que era último modelo, podría sobrevivir…, siempre que se mantuviera oculto a los dinosaurios. Estaban por todas partes, en número sorprendente. Lo único que necesitaba para no ser devorado por alguno de ellos era evitarlos, hacerse invisible, permanecer alejado de su campo de visión. Y lo cierto es esto que era relativamente fácil. Con su reducido tamaño, para el período, no le era difícil esconderse entre la vegetación. Por lo demás, había frutas abundantes e insectos con los que podía alimentarse sin mucho esfuerzo por su parte. Su mayor problema, dadas las circunstancias, era cómo entretenerse. Ni un libro se había llevado. Nada.

Pronto decidió que la mejor fuente de distracción que tenía eran los propios dinosaurios: observarlos y aprender cuanto pudiera de ellos. Y así no tardó en darse cuenta de que se encontraba en el territorio de una hembra de Tiranosaurios rex. De hecho, un ejemplar extraordinario: grande incluso para su especie, y de características modélicas. Imponía. Era además una cazadora excepcional; nada escapaba a sus fauces ni a sus garras. Un animal único, por su poder y su infernal belleza. Le tenía fascinado, y poco a poco, con el paso de las semanas, se dedicó a observarla más y más a ella en particular.

En breve le quedó claro algo sobre los dinosaurios, o al menos sobre los T. rex, que nadie le había enseñado, porque se desconocía. Que se apareaban a lo largo de todo el año. Como los humanos. Aquella hembra estaba en celo todos los meses. Y tenía éxito. Sabía atraer a los machos con un sonido intenso y gutural, como un ronroneo, que parecía excitarlos hasta la locura. Una vez que los tenía donde los quería, se dejaba hacer, era sumisa. Se tumbaba boca abajo sobre la tierra y levantaba los cuartos traseros exhibiendo así su sexo, sugerente y dispuesto. Ningún macho la rehusaba. Era una seductora nata.

Las copulas eran todo un espectáculo: la violencia de los movimientos; el estruendo de los rugidos, gemidos, ronroneos y otras cacofonías indescriptibles; la magnificencia de todo el acto debido al tamaño de ambas partes implicadas. Nuestro protagonista no tardó en convertirse en un asiduo voyeur. Se dedicaba a observar a todos los dinosaurios que le rodeaban, en todas sus actividades, pero ahora sobre todo en la cópula, y sobre todo a aquella T. rex. La cópula era para él, en su soledad, la actividad más sugerente. Y la T. rex, la hembra más afanosa en este campo. Sus incitantes gemidos se le habían quedado grabados, y evocarlos le provocaba una respuesta sexual desconocida, una excitación casi incontrolable.

Sin poder evitarlo, empezó, unos meses después, a masturbarse cada vez que veía a la T. rex copulando. En lo hondo de su ser sabía que había algo enfermizo en esta reacción, pero no había allí nadie para echárselo en cara. Y lo que no sabía era cuánto más iba a vivir. Era aún un hombre joven: tenía deseos y necesidades imperiosas que le exigían satisfacción. Tras tantas semanas ya sin tener relaciones con una mujer, la actividad sexual de aquella hembra, tan brutal y magnífica, era para él un afrodisíaco ineludible.

Su onanismo poco a poco se fue haciendo más frecuente, incitado siempre por la T. rex. Y a no mucho tardar empezó a sentir celos de los machos que la montaban. A su hembra. El asunto entero devino en una obsesión. La observaba de continuo, ya solo a ella, deseando verla de nuevo en acción y al mismo tiempo deseando no verla con ningún macho. Sin darse cuenta había creado un vínculo emocional y afectivo con el animal, porque lo que realmente necesitaba en su soledad, allí, en el Jurásico, era alguien que lo quisiera. Aquella bestia, la T. rex, se había convertido para él en algo especial, hermoso, perfecto. Incluso fantaseaba con poder tocarla. Y algo más: hacerla suya.

Y así, una mañana como cualquier otra, tras presenciar otro de los actos sexuales de su hembra, ya no pudo soportarlo más. Saliendo de su escondrijo, se plantó delante del saurio y, extendiendo los brazos hacia arriba en ademán de entrega, con todo el aire de sus pulmones le gritó “¡Ámame!”.


El profesional

Douglas era el mejor mamporrero.

En aquel planeta colonizado, dedicado al cultivo de vegetales y en el que los dinosaurios campaban a sus anchas en zonas delimitadas, la principal diversión, sin lugar a duda, era observar cómo se apareaban.

Todos los dueños de aquellas plantaciones querían tener una pareja y, a poder ser, de los más grandes. Realizaban fiestas en sus terrenos, como si de un autocine de la Tierra se tratasen, y allí observaban con la boca abierta aquellas arremetidas entre ruidos atávicos de placer que hacían temblar la tierra.

Los estertores del orgasmo despertaban a toda la selva.

Para motivar a los dinosaurios utilizaban feromonas; rociando primero al macho y luego a la hembra; provocaban en aquellas bestias una excitación inmediata. Era en ese momento cuando Douglas ayudaba al macho a afinar la puntería de su descomunal miembro de tres metros. Le gustaba hacerles guiños a las mujeres que asistían al evento. Estaba pagado de sí mismo. Decía que era un profesional del sexo en el amanecer de los tiempos.

Un día, Douglas se distrajo: vertió sobre su traje las feromonas de una hembra de Triceratops. Todos los presentes vieron cómo el macho, cegado por la necesidad, lo persiguió hasta atraparlo y realizó una cópula perfecta.

Dinosaurio y humano se escucharon al unísono en el calor de la noche.

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