Un relato sobre el confinamiento: Terror a ocho pisos de altura

¡Mi caaaasa!

Cuando se declaró la cuarentena me propuse arreglar la terraza del ático y montar una zona chill out. Pinté los palés de azul, cubrí todo con una malla verde militar para que no pegara tanto el sol y compré una mesita baja. Me quedó de lujo. Sin embargo, tras tres meses de confinamiento y dejadez, mi rinconcito se ha convertido en un vertedero. Son casi las doce de la mañana, así que toca salir a tomar el sol en pijama. Esquivo una sombrilla rota, respiro aire fresco por primera vez en el día y me asomo por la barandilla.

La gente lleva demasiado tiempo encerrada y se le ha empezado a ir la olla. Sin embargo, parece que hoy nadie va a montar el espectáculo en la calle. Tampoco veo ningún vecino asomado a los balcones. Normal. Con el tiempo todos nos hemos vuelto mucho más huraños. Incluso se dice que hay gente que no lo ha podido soportar, pero eso no lo verás en los medios de comunicación.

Abajo, tras una caída de seis pisos, hay una plaza salpicada de árboles y bancos de madera. En su día los chavales quedaban allí para fumar, comer pipas y charlar de chorradas. Jamás pensé que los echaría de menos. A ellos y a sus altavoces. A mi izquierda está el Burger King más grande de Europa; desde este ángulo no puedo ver el logo, pero sí el ventanal que alguien destrozó hace unas noches. De la terraza del burger sale un conducto de ventilación enorme que conecta todos los pisos de mi bloque. Por último, al frente, se alza el Hotel ABBA como un titán. Su cartel azul neón tiene dos estrellas en vez de cuatro. Se fundieron hace un tiempo y nadie acudió a arreglarlas.

Son las doce en punto, así que marco el número de mi hermana Nerea. 

—Hola, Isabel, buenos días. ¿Cómo te has despertado hoy?

Le digo que aún me duele la cabeza, pero que esta noche he conseguido dormir un poco. Me pregunta si he tomado los ansiolíticos y yo le contesto que sí. Creo que se lo ha creído. Charlamos. Por lo visto ha descubierto un canal de YouTube donde a un millonario le están montado un búnker en directo. De pronto, me asomo al balcón y me quedo callada.

—Ey, ¿que pasa, Isabel? No te oigo. ¿Se ha ido la cobertura otra vez?

Hay un tipo raro abajo, en el parque. No lo puedo verlo bien hasta que cruza y se dirige al hotel. Parece que va vestido de astronauta, pero en cutre.

—¿De astronauta? Será algún chalado. O un técnico…

Es posible. Seguimos hablando otro rato hasta que me vuelvo a acordar del astronauta. ¿Seguirá ahí abajo?, me pregunto. Fuerzo la vista y lo busco por lo alrededores. Ah, ahí está. Pero, ¿qué…? Noto un fuerte golpe en el estómago. Me quedo paralizada.

El hombre acaba de trepar por la fachada del hotel. Con las mano y los pies. Sin cuerdas. Doy un grito y casi se me escurre el móvil de las manos. Se lo cuento todo a Nerea.

—¿Por la pared? ¿Como Spiderman? —Ríe—.  Será algún limpiador de cristales o un operario. ¿No decías que las luces llevaban dos semanas rotas?

Si ella pudiera ver como se mueve ese hombre…

—Mándame una foto, anda —dice con hastío.

Intento abrir la cámara. ¡Mierda! Tengo las manos sudadas. Calma, no pasa nada. Voy al menú y pongo el modo vídeo. Le meto algo de zoom y enfoco la fachada del hotel.

El tipo con el traje de astronauta ha desaparecido. No puede ser. Estaba ahí.

Nerea me pregunta con retintín si Spiderman ya se ha ido a pelear con el Duende Verde, pero yo empiezo a balbucear. Ella deja de reír y me tranquiliza. Es muy buena haciéndolo, la verdad. Por eso la llamo todos los días. Charlamos un rato y cuelgo. Respiro.

El hombre aparece de detrás del cartel luminoso y su visión me pone los pelos de punta. Arquea la espalda de forma imposible, alza el cuello, y aun con toda la distancia que nos separa, tengo la seguridad de que me está mirando. Intento sacar una foto antes de que se esconda de nuevo, pero el móvil se me escapa de entre los dedos sudados. Intentó atraparlo, pero gira y gira… hasta que se estampa seis pisos abajo y se hace pedazos.

El hombre desciende hacia la calle a una velocidad increíble. Pero, ¿cómo puede ser que nadie lo haya visto? Un momento. ¡Eso es! Busco a mi alrededor y encuentro una olla sucia y un tubo oxidado. Vuelvo a la barandilla. Me asomo. La criatura ya ha cruzado la calle con ese andar arrítmico y está en la placilla, así que empiezo a aporrear la olla como una loca.

Un vecino del bloque adyacente no tarda en asomarse. Me pregunta si estoy bien. Le he cuento lo que he visto, pero al ir a señalar al hombre… ha vuelto a desaparecer.

—Ahí no hay nada. Por favor, vuelva a su casa y tómese algo. Está asustando al vecindario.

Le suplico que no me deje sola, pero él vuelve a su piso y baja la persiana. Ya al borde del pánico, me asomo y encuentro a esa cosa justo a pie del edificio. Entonces me doy cuenta de que su traje no es de astronauta, si no uno de esos aislantes. Contemplo como coge el teléfono y lo mira con curiosidad. A continuación pone una mano en la fachada, pero en el último momento cambia de idea y se dirige a la izquierda, al burger. Trepa hasta la terraza con una facilidad pasmosa, se acerca al conducto de ventilación y arranca de cuajo una chapa. De pronto se vuelve como loco y empieza doblar el metal con las manos.

Calma. Ahí arriba no tiene donde esconderse. Está a la vista de todos. Entro al piso, me siento frente al pc y envío un mensaje a mi hermana. Las manos me tiemblan y casi ni puedo teclear. Luego lo copio a todos los vecinos de la comunidad. Me aprieto en el puente de la nariz. Ójala alguien lo lea pronto y…

…fuera se escucha un sonido metálico muy fuerte. Cojo el cuchillo más grande de la cocina y vuelvo al balcón. Estoy asustada.

¡Dios mío, se ha metido por el conducto de ventilación! Puedo imaginarla ahí dentro mientras trepa y araña el metal. Ese ruido agudo penetra en mi cabeza, es como si me arañara por dentro. Entonces soy consciente de que esto no es un juego en el que si alguien consigue verla, pierde, y si yo soy el único testigo, gana. Esa cosa viene a por mi.

Cada vez está más cerca. Lo noto mientras doy pasos lentos hacia atrás sin apartar la vista del conducto. Cierro los ojos y me clavo las uñas en las palmas hasta que el dolor es intenso. Cuando investiguen lo ocurrido encontrarán las marcas de los zarpazos, el conducto roto, el metal doblado, ¿verdad? El cuchillo me tiembla en las manos. Apoyo una mano en la barandilla y paso la primera pierna. Esa cosa está a punto de llegar al ático, puedo oírla gruñir, el chirrido agudo del metal en mi cabeza, así que paso la otra pierna. Entonces verán que tenía razón todo este tiempo, pienso antes de elegir el camino fácil.

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