Reseña día 9 Nuria – Puigcerdá: La cima más alta de todo el GR

Hoy nos vamos a saltar el GR casi totalmente. En vez de bajar un poco al sur a Planoles y hacer dos etapas siguiendo el sendero de forma escrupulosa, subiremos al Puigmal por un sendero más al norte, por decirlo algún modo, y seguiremos hacia Puigcerdá por la frontera con Francia hasta el Coll de la Creu de Melans, donde ahí sí, enlazamos con el sendero del GR11.

¿Y por qué vamos a hacer este cambio? Porque nos han dicho que es muy bonito y además parece un trazado más lógico para atravesar esta zona. El GR11 es uno de los caminos que se pueden seguir a lo largo de la Transpirenaica, es decir, para ir de un mar al otro, pero no es el único. También existe un GR10, que transcurre por la parte francesa, la HRP, con más desniveles y, en general, más complicado, y la N240, que también la usa mucha gente. Para gustos, las tortillas.

El día será largo, pero llevamos un montón de analgésicos y antiinflamatorios para que nos animen en los momentos difíciles. Más les vale. Nos encomendamos a los dioses de las montañas y vamos con ello.

Salimos a las cinco y media del albergue con las primeras luces. Bajamos a Nuria y no vemos señales que lleven al Puigmal, igual que tampoco vimos ayer marcas para llegar al albergue. La subida, una vez que la encuentras, está muy bien indicada, no tiene perdida y es empinada como el brazo de un franquista.

Llegamos a lo alto de la montaña, que son 2.916,13m, con un margen de error que depende de lo alto que seas. Las vistas son fantásticas, pero hace muchísimo aire y bastante frío, así que nos vamos rápido. Siguiendo la misma dirección que hemos tomado al subir, bajamos por una pedrera más o menos indicada y seguimos el camino por la frontera con Francia, que resulta bastante obvio porque sigue una línea de lomas y remontes de estación de esquí. Decimos “Jo, qué bonito” o “oh, la, la, que c’est beau”, según a qué lado nos encontremos.

Al cabo de un rato abandonamos esa frontera y, por una pista muy cómoda, nos alejamos de las lomas bastante rápido, porque alguien se dejó la puerta abierta y sigue soplando aire.

¡Por fin enlazamos con un GR! Pensábamos que andamos un poco perdidos por haber abandonado la ruta principal y que, a partir de ahora, estará todo mejor indicado.

¿Verdad que sería bonito? Pues no. Se ve que aquí no llegó el presupuesto para postes o marcas, y avanzamos siguiendo roderas de coches y trochas desdibujadas. Las vacas nos miran mal. Un grupo de ellas de dirige hacia nosotros con cara de malas pulgas, avanzando en pararelo en nuestra dirección, como si fueran protagonistas de una película de Tarantino. Deje uno de comer carne para esto… Las vacas de por aquí son unas desagradecidas.

Un inciso: las vacas a veces se acercan a los senderistas porque los confunden con los pastores y, en algunas épocas, se ponen muy pesadas. Esa historia nos la contó un tipo hace unos años, en la Cerdanya, en la ruta llamada Estanys Amagats. Nos contó que las vacas necesitan suplementos de sal en algunas épocas determinadas, y que cuando le veían llegar con los sacos se ponían incluso un poco agresivas. Por eso a veces, junto a las cabañas de pastores o los abrevaderos, se ven sacos de sal abiertos. No, no echan sal en los senderos para que la gente no se resbale en invierno, como hacen con las aceras de las calles.

Pues eso,  el camino está mal indicado y me paso más rato con el GPS en la mano que mirando dónde piso, y eso es más incómodo que caminar con trocitos de guindilla metidos en las uñas de los pies, por decir algo. Al cabo de un rato se alcanza una pista y la cosa mejora. Queda un buen trecho, pero se avanza rápido. Hay que ir dirección a Vilallovent, que es un pueblo en el que, por cierto, no encontramos ningún bar, cosa rara y sospechosa. Paramos a beber agua a la sombra de un árbol, en mitad de la calle, porque estamos bastante perjudicados. El día está siendo muy largo, pero en fin, Puigcerdá está un poco más adelante.

Nos duelen las plantas de los pies, y los tobillos, y las rodillas, pero llegamos a Puigcerdá, que es un pueblo muy peculiar, y al hotel Terminus, que lo elegimos porque está al lado del ascensor que sube a la parte alta del pueblo, y está bien situado para salir al día siguiente. También lo elegimos por el precio, porque este pueblo no es barato. Pagamos 74€ por dormir en media pensión, y cenamos una crema de calabacín y guisantes con setas y verduras, muy ricos, la verdad.

Simón dice que hoy han caído 35km con +1.400m y -2.300m, a lo largo de once horas en total. Normal que nos duelan partes del cuerpo que ni sabemos para qué sirven… Pero nos sobran fuerzas para dar un paseo por el pueblo, porque en el fondo somos unos turistas.

Puigcerdá es un pueblo raro. Tiene un ascensor que te lleva a la parte alta, donde hay algunas calles y miradores realmente fantásticos. Lo curioso es que también hay tiendas de ropa y complementos bastante caros que desmerecen el conjunto. Una chica nos contó que la situación para los residentes no es buena, porque los sueldos de los trabajadores son de “zona rural”, pero los precios de las tiendas se han subido a “zona turista vip”. Nos gustó la parte baja del pueblo, más residencial y menos comercial, pero en líneas generales, no es un lugar que elegiríamos para pasar una semana, no sé si me explico.

El bar donde paramos nada más entrar y donde volvimos por la noche, después de cenar algo, se llama “Bar Chiringuito II”. Lo sabemos porque sacamos una fotografía de la fachada, precisamente, para acordarnos de este sitio.

¿Por qué lo hicimos? Porque nos dejaron sentarnos en la terraza a tomar una jarra de cerveza y comernos un bocadillo que traíamos todavía intacto desde Nuria. Según entramos en el pueblo nos encontramos con un par de bares que tenían carteles de “prohibido consumir nada que no hayamos vendido nosotros” (con otras palabras) y eso desanima bastante.

No es una buena política. En este bar fueron más empáticos, o quizá más listos, y es que no sólo no nos pusieron pegas, sino que nos sacaron algo para picar. A estas alturas de la ruta comenzamos a valorar mucho los gestos amables, por pequeños que sean, y nuestra forma de agradecerlos, aparte de decirlo allí mismo, es esta: ¡Muchas gracias! ¡Gracias por vuestra amabilidad! ¡Gracias por la charla, por la sonrisa y por no considerar a los senderistas como unos gorrones a los que hay que espantar! ¡Gracias por alegrarnos un poco más el día!

Hay que ser agradecidos. El karma se toma estas cosas en serio, el muy perro.

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