Reseña día 8 Setcases – Nuria: Empieza el trote

Nos levantamos con los resultados de las segundas elecciones que se celebran para ver si nos ponemos de acuerdo y elegimos un gobierno, pero ninguno de los candidatos ha prometido aumentar el presupuesto para mantener la red de senderos o subvencionar la reparación de los refugios, que es lo que nos importa ahora, así que no pensamos mucho en ello. Nada como las montañas para darte cuenta de lo grande que es el mundo y lo pequeñas que somos las personas. Además, en esta etapa se empiezan a disfrutar los paisajes de montaña que uno tanto echa de menos y que te ponen en tu sitio.

Al lío. El rocío es un asco. No me refiero a la fiesta de Sevilla, esa en la que la gente se viste con trajes raros y cantan las cosas tristes que les pasan, sino a esa humedad que te cala las botas, que se ríe del Goretex y que se aposenta en forma de gotitas de agua justo entre los dedos de los pies, para que las ampollas crezcan hermosas y lozanas. Salimos a las seis y recorremos cuatro kilómetros por carretera pero, a la hora de dejar el asfalto, tenemos la zapatillas caladas y los calcetines, ahí, ahí. Menos mal que a partir del refugio de Ull de Ter ya hay menos vegetación y se pisa terreno más seco.

¿Que si está bien marcada esta zona? A veces sí ya veces es mejor que te imagines las marcas, porque verlas, lo que es verlas… Si eres un poco hábil no tendrás problema pero, si no lo eres, el GPS se convertirá de nuevo en tu mejor amigo. Como es mi caso.

Un inciso. Con el GPS también puedes perderte, porque ese trasto es como un amigo sabiondo pero un poco cabroncete, de esos que cuando les dices “¿no me podías haber avisado antes de que no iba por el camino correcto?” te responden “es que no me preguntaste”, y te sonríen con cara de inocentes.

El GPS hay que saber usarlo, hay que practicar en casa con él y hay que recurrir a él siempre que no sepas qué hacer. El GPS apagado, sin un buen mapa o ruta introducidos, o sin una buena preparación previa, es un peso más inútil que un frasco de agua deshidratada.

Esto que acabo de contar no es ninguna tontería; nos cruzamos unos días más tarde con un tipo que, charlando con él, decía que se había perdido un par de veces. Cuando le preguntamos que si tenía GPS nos dijo que sí, guardado en la mochila junto con el frontal.

Caray, no sé. Entiendo que le quieras dar algo de aventura a una ruta y que prefieras orientarte por el sol y ese sexto sentido que tienen algunos privilegiados para no perderse nunca pero, si ya has tenido que hacer dedo algún día porque has aparecido a veinte kilómetros de donde pensabas que estabas (como te lo cuento), quizá sea el momento de plantearse que

  1. a) tú no eres de esos privilegiados que no se pierden nunca.
  2. b) perderse no es la mejor forma de hacer una ruta.

Pero en fin, cada uno recorre las montañas como mejor le parece.

Sigamos con la ruta. Hay que seguir las marcas y, subir, subir y seguir subiendo hasta el Coll de la Marrana, donde posiblemente se habrán contado muchos chistes malos, y cuando se nos plantea la opción de bajar recto hasta el valle y el siguiente collado, coger el camino que sale a la derecha y que recorre las cimas cercanas. Hay que bajar casi 200 metros, y luego volver a subir y, después de recuperar el aliento, disfrutar de las vistas increíbles.

La ruta alternativa que baja desde ese Collado directamente y que nos ahorra el sube y baja seguro que es más rápida y descansada pero merece la pena coger el camino de la derecha y recorrer las pequeñas cimas hasta que los caminos se encuentran de nuevo, un buen rato más tarde. Hay que llevar esa alternativa prevista por si el cuerpo anda flojales o si hace mal tiempo pero, si no es así, la cordal que se recorre hasta el Coll de Nou Creus es para quedarse con la boca abierta, sin miedo, además, porque a esa altura casi no hay moscas.

El Coll de Nou Creus, o Collado de las Nueve Cruces, me produjo una sensación extraña. Allí se han colocado esas cruces como recuerdo de unos devotos que fallecieron intentando llegar al Santuario de Nuria. Yo había leído que se habían colocado en memoria de unos montañeros, así que vaya usted a saber. En cualquier caso, para no parecer irrespetuoso, aclararé que el collado es un lugar realmente mágico y quienes colocaron las cruces lograron honrar sin duda la memoria de aquellas personas. Ya firmaba yo por que alguien colocara un recuerdo mío en las montañas cuando me marche de este valle de lágrimas. Pero que sea biodegradable y no moleste a nadie, por favor, que yo soy así de discreto.

Una leyenda… ¡Eso sí que es un buen legado! Dentro de muchos años, los lugareños dirán “por aquí pasaron una pareja haciendo la transpirenaica, y él era un tipo calvo y normal que no destacaba por nada en particular…”

Sí, lo sé. Tengo que trabajar un poco más en mi leyenda.

Desde allí es todo bajada cómoda y bien marcada hasta Nuria. Allí nos llevamos una sorpresa graciosa: el albergue donde nos alojamos no se encuentra en el grueso de las instalaciones del Santuario, donde está el edificio con tiendas de recuerdos, restaurantes y ese tipo de cosas, sino que está alejado de todo aquello, subiendo una pista empinada de 150m de altura. Viva y bravo.

Hay cobertura a tope en todas partes, porque se ve que aquí la gente se deja mucha pasta y hay que tenerlos contentos.

En fin, que entre unas cosas y otras, Simón dice que han sido 22km, +1.930m y -1.060m, en ocho horas y media totales.

Es una buena etapa, la verdad… Pero a pesar de lo que asustan los números, también es bastante llevadera. Eso no nos libra de llegar al albergue, ducharnos y pasar casi una hora estirando, con masajes y dando un buen uso a las cremas antiinflamatorias.

Eso sí, con estos desniveles que estamos haciendo, se me están quedando unas piernas que, si no fuera por los tostados, los arañazos y los pelos, en minifalda estaría monísimo.

El Santuario de Nuria es muy decepcionante. Esto es lo que hay. Hay un tren que te lleva desde el centro de Barcelona en dos horas, lo que hace que, como nos contaron allí, haya gente que vaya en sandalias a intentar subir el Puigmal. Está todo muy limpio y cuidado, desde luego, y en el albergue donde dormimos, que está alejado de ese centro turístico, nos trataron fenomenal y cenamos, por cierto, unas hamburguesas vegetales riquísimas (94€ por dormir, cenar, dos picnic, un mapa grande y unas cañas con una bolsa de patatas fritas). Pero este Santuario-hotel-centro comercial no fue concebido para senderistas y gente de mal vivir y está más orientado a que la gente saque la cartera de forma regular. Las marcas te indican cómo llegar, más o menos, a las pistas de esquí, remontes, tiendas y lugares en los que hay que pagar, pero para las montañas (o incluso el albergue) no hay tantas indicaciones. En ese momento entendí la sensación que se le debió quedar a Jesucristo cuando vio convertido el  templo en un seven-eleven y se lio a garrotazos con los tenderos.

Voy a contar una anécdota curiosa que a Silvia le hizo mucha gracia. Como no encontrábamos el albergue, Silvia entró en uno de los edificios a preguntar cómo se llegaba y yo me quedé fuera, esperando.

Le atendió una chica que, muy amablemente, le indicó por dónde teníamos que tirar. Silvia aprovechó para preguntar por dónde salía el camino al día siguiente.

Chica: —¿A dónde vais?

Silvia: —A Puigcerdá, por el Puigmal.

Chica: —Pero… ¡Eso es muchísimo! Puigcerdá está muy lejos, no lo vas a poder hacer.

Silvia: —Lo hemos mirado y es una distancia razonable, no creo que…

Chica : —¡Pero esto no es lo mismo! ¡Es que esto son montañas!

Silvia sonrió sin decir nada, porque estaba muy cansada, le dio las gracias y salió a buscarme. A día de hoy nos seguimos preguntando si aquella chica habría dicho lo mismo si hubiera entrado yo, o si hubiéramos entrado juntos. ¿Habría infravalorado así a un hombre? Quizá sí, pero nunca lo sabremos. Cada día hay más mujeres que salen a la montaña con su mochila al hombro y sin necesidad de dar explicaciones pero, en algunas zonas, sigue siendo habitual que, cuando nos cruzamos y paramos a charlar, den por supuesto que es a mí a quien le gusta la montaña y Silvia quien va de acompañante.

Si viviera por la zona me acercaría más de un día y más de dos al Santuario, sin duda, porque el entorno es precioso, pero como fin de ruta resulta un poco triste, porque parece un añadido en mitad de las montañas, una aportación grotesca.

En fin, decíamos que el Santuario de Nuria nos pareció un centro comercial terrible ubicado en un lugar precioso, más o menos lo que nos ocurre con la mayoría de estaciones de esquí.

Si sentí eso en Nuria, yo, que soy un tipo bastante urbano y al que se le humedecían los ojos al ver un pueblo a lo lejos al final de cada etapa, sin duda fue porque la Montaña empezaba a calar en mí, y el hechizo de los Pirineos estaba haciendo su trabajo

O era el hechizo de Pirineos o era la falta de nutrientes. Todo puede ser.       

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