Reseña día 6 Albanya – Beget: Etapa larga y descanso bien merecido, o eso dicen

Nos levantamos a las cinco de la mañana, porque nos espera un día largo y estamos más asustados que el hígado de un universitario a final de curso. Por delante tenemos una de las etapas reina, de esas que, cuando las preparábamos en casa, pensábamos “eso va a ser un palizón descomunal”. Silvia solía decir, durante los meses de planificación, que si superábamos esa etapa ya teníamos el GR en el bolsillo.

En fin, cada uno se anima como quiere.

Salimos a las seis menos cuarto, después de desayunar un buen batido de no-se-qué y unas galletas. ¡No está mal, cada día nos damos más prisa! El primer tramo transcurre por una pista asfaltada que sube, durante cerca de ocho kilómetros y un montón de metros de desnivel, hasta el refugio libre de Bassegoda, que tiene muy buena pinta y que, para muchos, es el final de la etapa que empieza en Maçanet, ya que algunas guías recomiendan hacer la etapa Maçanet-Refugio de Bassegoda, y no parar en Albanya.

Es decir, que nosotros, por dormir en camas y cenar caliente, hemos restado dos horas y media a la jornada anterior y se las hemos añadido a ésta. Pero no pasa nada, porque podemos con esto, y con menos.

Dejamos atrás el refugio, que no está mal, y un rato más tarde llegamos al Collado de Bassegoda, que es bastante planito y frondoso, nada que ver con los collados de piedra de zonas más montañosas, y resulta muy acogedor. Aquí hacemos parada y fonda, palabras que debo usar muy poco porque el corrector ortográfico me escribe “patada y fibra”, vete tú a saber por qué[1].

Hasta aquí la primera subida, bien hermosa ella. Bajamos hasta Sant Aniol d’Aguja, donde hay una iglesia y un refugio en obras. Una asociación está restaurando el refugio como buenamente puede (incluyendo alguna subvención, según nos contaron), con voluntarios subiendo material en bolsas desde el acceso en coche más cercano, y vendiendo camisetas en la puerta de la iglesia con ese ambiente de bazar que parece decir “te lo dejo a diez euros y voy a la ruina”. La verdad es que un refugio guardado en esa preciosa zona permitiría a los comodones como nosotros dividir esta etapa tan larga en dos etapas, y el entorno bien se merece un descanso. Les deseamos toda la suerte del mundo a esa gente, que está trabajando un montón y que nos dieron conversación y buenos consejos para el resto de la jornada durante un buen rato.

Hasta aquí ha transcurrido más o menos la mitad del día, y llevamos seis horas de ruta. Paramos un rato, nos refrescamos y, como vamos muy mentalizados, porque estas rutas largas se andan con la cabeza tanto como con los pies, vamos a por la siguiente subida de la jornada con una sonrisa, mientras nuestras piernas se empiezan a quejar por lo bajo y se plantean la independencia.

La segunda subida es cómoda y no demasiado larga. Bordeamos el monte por un sendero chulo y con unas vistas alucinantes. Mi miedo a la altura dice que había demasiadas vistas, que con un poco menos también se disfruta, pero no le hago caso porque esta parte transcurre al sol y se me cuecen hasta las fobias.

Esto es una forma de decir que el sendero me pareció algo aéreo, pero las personas que tenemos miedo a la altura lo podemos recorrer con tranquilidad, y no entraña más peligro que cualquier senda cómoda que transcurre cerca de una caída más o menos pronunciada: si no te tiras, no te caes… Lo comento porque es importante tenerlo en cuenta para la gente que tiene mucho vértigo, porque en zona de montaña pura y dura se pasa por lugares peores. El miedo a la altura es un asco porque te impide disfrutar de lo que estás haciendo, aunque no entrañe apenas peligro.

Llegamos a La Talaixá. Dicen que es un pueblo abandonado, y la verdad es que parece un escenario de Juego de Tronos después de una batalla, aunque con menos desnudos. El bosque es frondoso, verde, intenso y todas esas cosas que se dicen de los bosques bonitos cuando uno quiere escribir en plan poético.

Bajamos de nuevo y subimos al Coll de Muls, y de este tramo no diré nada porque vista una subida, a según qué horas, vistas todas. Cuando el cansancio empieza a apretar, todas parecen iguales. Bajamos de nuevo y nos descalzamos para cruzar un río, que es algo que siempre se tarda un tiempo en hacer. Y ya está… Subimos el último trecho por carretera y pista hasta Beget.

No es que se tarde mucho tiempo en descalzarse y cruzar un río… Por supuesto, me refiero a tramos en los que cubra por debajo de las rodillas.

Lo que ocurre es que, por lo general, a nadie le apetece descalzarse. Eso significa que nos tiramos casi cuarto de hora buscando un lugar más arriba o más abajo donde cruzar, que si esto resbala, que si nos apoyamos en un tronco, etc. Muchas veces lo más rápido es descalzarse y cruzar, por mucho que te duelan los pies por las piedras y el frío. Cruzar un río es la mejor forma de ver a un senderista quejumbroso en todo su esplendor. Ni los agricultores cuando hablan de la cosecha lloran tanto como alguien cruzando un arroyo con la mochila al hombro y las botas en una mano.

Simón dice que Albanya-Beget son 32km, +1800 y -1480, y hemos tardado doce horas largas, incluidas todas las paradas que debe hacer una persona con una vejiga de tamaño normal a lo largo de doce horas.

No vamos a decir nada de este pueblo, que ya lo dice todo el mundo. Aquí descansamos todo un día para recuperar un poco las fuerzas, y merece la pena. Te puedes bañar en el río, el pueblo es cuqui, nos dan de comer genial y, aunque no es de los lugares más baratos del GR, sí es de los más bonitos. Eso debe pensar también la marabunta de gente que llega aquí los fines de semana, así que es mucho mejor visitarlo entre semana.

Pasamos el día de descanso comiendo, durmiendo, leyendo en el río y sacando fotos como turistas. Como un servidor se ha traído los trastos de afeitarse y hemos lavado la ropa a conciencia, estamos tan lustrosos que parece que vayamos a empezar hoy a caminar.

Pero aquí estamos… Por delante tenemos varias jornadas duras, pero no nos asustan.

Apenas. Muy poco. Casi nada, en realidad.

Y nuestras piernas amenazando de nuevo con un brexit

Beget es realmente un pueblo bonito, muy pequeño y pintoresco, que es otra forma de decir que más vale que lleves encima todo lo que necesitas, porque tiendas, lo que se dice tiendas, las justitas.

Nosotros nos alojamos en El Font de Beget, donde nos trataron bastante bien y comimos estupendamente, porque no éramos los primeros veganos que pasábamos por allí, y repusimos fuerzas a base de alubias de Santa Pau, parrilladas de verduras y ensaladas. El sitio, todo hay que decirlo, no fue de los baratos (60€ por persona y día en media pensión), pero tampoco hay muchas alternativas en el pueblo. Hay quien se queja de que allí “no tratan bien a los mochileros”, pero nosotros, desde luego, no tuvimos esa impresión. La habitación, las comidas y la atención nos dieron la impresión de que justificaban de sobra ese precio. Que repetiríamos, vaya.

En todo el pueblo no hay cobertura, y eso es importante a la hora de decir a la familia que todo va bien. En el hotel hay cobertura WiFi y con eso nos apañamos bastante bien a la hora de mirar el tiempo, enviar las reseñas de las etapas a las redes sociales y ese tipo de tonterías.

Nosotros llegamos allí un sábado por la tarde y nos marchamos el lunes de madrugada. El domingo, el pueblo se convirtió en un espectáculo… Poco acogedor si buscas paz y tranquilidad, por decirlo suavemente, al menos si llevas unos días acostumbrado al silencio durante el día y a no cruzarte con casi nadie, como era nuestro caso.

En el día de descanso aprovechamos para reorganizar la mochila y hacer acopio de provisiones. Nos esperaban cuatro días especialmente duros hasta la siguiente jornada de descanso, así que necesitábamos calcular bien para llevar galletas, barritas de cereales o frutos secos en cantidad suficiente para cada día sin cargar con peso innecesario.

Marcar un día de descanso después de una etapa dura es una idea muy buena, porque mentalmente te ayuda a afrontar cada día. No piensas “me quedan 20 jornadas”, que puede ser muy desmoralizador, sino sólo “me quedan tres hasta el siguiente descanso”.

[1] Recuerda que la mayor parte de las reseñas las escribí con el teléfono móvil al terminar cada jornada o en las etapas de descanso. He aprendido a odiar con todas mis fuerzas las limitaciones de los correctores ortográficos, que están muy bien a veces pero que, en otras ocasiones, impiden que utilices determinadas expresiones como Poder, Me Vago en Todo o Esto es la Hormiga.

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