Reseña día 5 Maçanet – Albanya: Caprichos de senderista en un camping

Esta etapa dicen que es corta, sencilla, apta para niños y embarazadas. Vamos, que según las reseñas que leas, se puede hacer con los ojos cerrados y a la pata coja. Llevamos sólo cuatro días andando, pero ya estamos aprendiendo que las reseñas hay que leerlas con una ceja levantada y un cierto escepticismo. Porque algunas de las publicaciones que consultamos proponen unos tiempos bastante parecidos a los nuestros, pero algunas otras parecen escritas por el mismo tipo que conocemos todos que se hace Madrid-Valencia en dos horas. Eso significa que, a pesar de que parece una etapa corta, madrugamos como el resto de los días y sin perder tiempo.

Al salir de Maçanet seguimos las indicaciones que nos dieron el día anterior en el hotel, y pronto encontramos unos carteles muy sugerentes, de estos con flechas, colores vistosos, tiempos y sellos oficiales, que parece que si no les haces caso te van a poner una multa, y tiramos por una pista asfaltada durante cinco km más o menos. Nos damos cuenta nada más salir de que las marcas del GR no siguen por ese camino, lo que significa que estamos recorriendo una variante al GR-11 actual. Probablemente, por esta variante se tarde lo mismo o incluso menos que por la oficial, así que respecto al tiempo tardado, estamos tan felices.

A veces es mejor escuchar a la gente de la zona que a los letreros del GR “oficial”. Siempre que tenemos ocasión, preguntamos por el mejor camino a seguir a los lugareños, guardas de refugio o senderistas, porque son los que saben (más o menos) qué camino es el mejor y cuál hay que evitar porque se encuentra en mal estado. Esto no siempre arroja buenos resultados, claro, como comprobamos en alguna etapa más adelante… Pero cuando todavía no estás internado en montaña, cuando se trata de llegar de un pueblo a otro por el camino más bonito y sin perderte, lo primero es preguntar.

Lo segundo… ¿qué es? Pues llevar el GPS con pilas nuevas, mapa y track actualizados, claro.

Así llegamos hasta el cruce con el Molí d’en Robert, que supongo yo que será el molino del Roberto, ya sabes, el de la Encarna. Los nombres de estos cruces siempre me han hecho mucha gracia. Luego el camino transcurre por bosques, pistas cómodas, valles, vistas preciosas y todo muy de decir “ohhh” y “ahhh” para compensar el esfuerzo y los madrugones. Esos valles son una preciosidad y en otoño o primavera tienen que ser impresionantes.

Pasamos por un refugio y por la Iglesia de Sant Feliu de Carbonils, que es bonita y acogedora y tiene unos rincones muy chulos para dormir, creo yo… Lo digo para los que os movéis con tienda y preguntáis por sitios donde dormir. Ojo, que nadie nos ha dicho a nosotros que allí se pueda dormir. Si resulta que os sorprende el señor párroco y resulta que anda escaso de caridad cristiana y no necesita realizar buenas acciones, y es de los que opina que ayudar al necesitado es una directriz, y no una norma, no nos hacemos responsables.

Las Iglesias y Ermitas suelen disponer de algunos rincones más o menos resguardados muy interesantes donde, si bien muchas veces no puedes montar la tienda, sí ofrecen cobijo siempre que lleves un aislante, un buen saco de dormir y una funda de vivac. Pero en algunos de esos lugares está prohibido dormir, en otros no te dejan y en general, conviene preguntar al intermediario (el párroco de turno), si Dios se ha pronunciado sobre que puedas pasar la noche resguardado en ese lugar concreto o debas marcharte a buscar refugio en otro edificio o, en su defecto, en otra religión. Aunque con lo que ensuciamos las personas y lo poco agradecidos que somos en general, entiendo que los guardianes de lo espiritual se tomen muy en serio que no ensucies lo terrenal.

La pista que lleva al pueblo tiene un montón de desvíos. Se puede prestar atención a las señales y coger atajos, o bien seguir la pista sin más, que es lo que hicimos nosotros porque… bueno… se va más rápido por la pista que por los senderos… y hacía calor… y había bichos entre los arbustos… y…

Vaya, que no nos dimos cuenta, nos saltamos un desvío y seguimos por la pista. Simón dice que han sido 20km, +650m y -770m, recorridos en 6 horas y media más o menos. Pues es verdad lo que decían las reseñas, y esta etapa resulta bastante agradecida y cómoda.

Llegamos a Albanya. De este pueblo hay que decir varias cosas:

  1. Es bonito y tiene sitios para bañarse en el río.
  2. Junto a la iglesia hay una fuente de agua limpia y fresca… Sí, ya lo sé, eso es lo mismo que se dice de todas las fuentes, pero ésta se llama “fuente de L’Olla” y alguien ha garabateado la piedra hasta transformar la “L” en una “P”. Como un servidor, en el fondo, tiene un sentido del humor muy básico, se ha reído por lo bajini mientras decía en voz alta “jo, estos críos, todo lo estropean”.
  3. No hay cobertura para casi ninguna compañía.
  4. Junto a la iglesia hay una pequeña tienda de alimentación.

Y ya. Apenas hay más servicios.

Nosotros teníamos reservado un bungalow en el camping Bassegoda, que está a un kilómetro del pueblo siguiendo el GR, porque no encontramos otro sitio donde dormir. En el camping tampoco hay cobertura, pero por tres euros tienes WiFi para contar a la familia que sigues vivo, a pesar de lo que sugiera tu olor corporal.

Hemos apoquinado 65€ por el bungalow y, como no tenían de dos personas cuando reservamos, nos han dado uno de cinco personas por el precio de uno de dos, así que tenemos para nosotros sólos un alojamiento estupendo. Compramos algo de comer en la tienda del camping y nos hacemos una cena bastante razonable a base de pasta y garbanzos, que esperamos que nos dé fuerzas para la siguiente etapa, porque es una de las que tenemos marcadas como especialmente largas y nos da algo de miedo.

Además de las tareas de todos los días (lavar la ropa que habíamos usado, ducharnos y darnos un masaje en las zonas más doloridas, que empezaban a ocupar un porcentaje del cuerpo nada despreciable, aprovechamos para hacer recuento de comida. Sabíamos que íbamos a descansar un día entero en el pueblo de Beget, pero también que allí no podríamos comprar casi nada. Nos quedaban un par de barritas energéticas que empezaban a estar un poco duras, un paquete de Oreos entero y media tableta de chocolate. Es decir, que de azúcar andábamos sobrados. Pero también sabíamos que íbamos a comer hidratos en forma de pasta y arroz durante las siguientes comidas, así que nos preocupaba encontrar algo de proteína que, en esas circunstancias, se reduce muchas veces a conseguir que te pongan un buen plato de legumbres. Por eso, cuando teníamos ocasión y no se nos iba mucho de precio, reservábamos en los cámping, porque en sus tiendas siempre puedes encontrar algo que llevarte a la boca. 

También hay piscina dentro del complejo. ¡Eso sí es un lujo! Meterse en el agua relaja mucho y le hace a uno preguntarse si realmente se ha ganado tantos caprichos. La etapa no ha sido muy larga, pero llevamos seis días andando, el sol nos está castigando más de lo que esperábamos, y los músculos se aflojan como la pasta cuando lleva demasiado tiempo al fuego. Las contracturas hacen que nuestra espalda parezca un plato de ravioli. No entramos en el agua con la cerveza de la mano porque nos parece demasiado descaro.

Lo mejor es tomarse la piscina como un premio por hacer bien la siguiente etapa, es decir, como un premio anticipado. Así uno ya no puede echarse atrás y está obligado a recorrer la siguiente etapa sin rechistar, si no quiere provocar una anomalía temporal y destruir el universo.

Lo sé de buena tinta, yo.

 

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