Reseña día 36 Elizondo – Bera: Tomamos conciencia de que esto se acaba

Hoy comenzamos la última etapa larga del GR11… La última que vamos a hacer, porque la siguiente etapa nos la vamos a bailar alegremente por una alternativa que hemos pensado que…

Pero no nos adelantemos, que esta jornada tiene su gracia. Todo el mundo nos había avisado de que Elizondo-Bera era larga y muy pesada. Por eso madrugamos un poco y, aunque nos entretenemos más de la cuenta, a las seis y media ya estamos andando, después de dormir como lirones sin despertarnos ni una vez.

Por las calles vemos algún que otro beodo y la basurilla típica de un pueblo en fiestas, pero en cuanto dejamos atrás las últimas casas, el sendero gana altura y vemos una imagen de la localidad, con las primeras luces del día, realmente bonita. Elizondo es un pueblo con mucha vida propia y nos ha gustado un montón.

Digo lo de “vida propia” en el buen sentido de la expresión, porque mis calcetines también han desarrollado algún tipo de ecosistema propio, y eso no es bueno. Cuando los meto bajo el agua y el jabón, al final de cada jornada, emiten un ruido parecido a las sirenas que anunciaban los ataques aéreos en la guerra. Creo que entre ellos y mi ropa interior se ha forjado un pacto de no agresión contra el enemigo común, y el hormigueo que siento en mis piernas no es más que su red comercial.

El sendero se convierte en pista, luego otra vez en sendero, se cruza un par de veces una carretera y, si no te pierdes ni aunque sea un poco entre tanto camino, es que tienes un GPS en tu cabeza. El GR se sigue muy bien y el camino está limpio y cuidado, y sólo hay que andar pendiente de no equivocarte de sendero.

Pasamos por bosques, vemos vacas, ovejas, cabras, caballos, ponis y algunos buitres. Todo muy bonito hasta que el sendero pasa cerca de una granja y escuchamos, durante un buen rato, los chillidos de los cerdos que provienen del interior. Los gritos nos acompañan durante un buen rato, porque se escuchan a mucha distancia, y caminamos rápido y en silencio para alejarnos de allí lo antes posible. Resulta desagradable y muy triste.

¡El camino nos da una sorpresa! Pasa junto a un bar a unos diez kilómetros de Bera, y la tentación de tomarnos un refresco y/o un par de cervezas es tentadora… Seguimos adelante porque hemos parado hace nada a zamparnos el bocadillo de pimientos que nos prepararon ayer. De haberlo sabido, habríamos esperado un poco y lo habríamos comido aquí.

Mis pies se quejan un montón. Entre la lesión del metatarso que arrastro desde hace semanas, los tobillos algo tocados, un dedo pequeño de un pie que me da vergüenza admitir que me duele mucho (¿cómo puede doler tanto algo tan pequeño?), y un sistema digestivo que cada día admite menos tonterías, me doy cuenta de que estoy llevando a mi cuerpo a límites poco recomendables.

Es verdad que las comidas nos pasan factura. Pasar el día a base de galletas y un bocadillo llega un momento en el que deja de apetecer. Más o menos cuando cumples los treinta años. Y a veces comemos muy bien cuando llegamos a destino, pero hemos hecho recuento y en estos cuarenta días hemos comido pasta más de veinte veces, y hablamos de pasta blanca, que nutricionalmente es equivalente a una gominola sin azúcar.

Finalmente, después de un paseo largo pero sin perdernos, porque está bien indicado, vemos el pueblo de Bera en lontananza, que es como decir allí al fondo y para abajo. Llegamos casi sin salirnos del GR y nos alojamos en el Hostal Auzoa que, como tiene montada una pequeña cocina (menaje y microondas, más que suficiente), nos permite comprar cuatro cosas en una tienda y cenar en una terraza fantástica. Pagamos 60€ por la habitación, también fantástica, y con 18€ de compra en el súper nos damos una cena fantástica. Estoy tan cansado que no me funciona el diccionario de sinónimos que aproveché para implantarme cuando me operé de las anginas.

Como curiosidad, los propietarios del hotel nos comentan que están un poco decepcionados con el “negocio” de alquilar las habitaciones, porque la gente arrasa con todo lo que se pueden llevar, desde el papel higiénico hasta el aceite de la cocina, y que resulta muy molesto. Es una pena, porque las cuatro personas que tienen esa actitud nos crean mala fama a todos los que viajamos con la mochila al hombro. Nosotros compramos una botella de aceite para aliñarnos la ensalada con garbanzos de la cena y la dejamos allí. Supongo que es cuestión de perspectiva.

Antes de cenar conocemos a dos chicos que también terminan el GR11, uno de ellos del tirón, haciendo algunas etapas muy duras. ¡Hay mucha gente fuerte en el camino! Nos comentan que se cruzaron con la chica americana jovencita que conocimos en Viadós, en el Pirineo oscense, y que estaba un poco enferma, amarilla y tumbada en una litera de un refugio a ver si se recuperaba… Nos da mucha pena, así que rezamos por ella a los dioses de las montañas, por si cuela y resulta que nos escuchan, y confiamos en que se recupere.

Simón nos cuenta, sin rechistar tampoco hoy (ya lleva tres días con las mismas pilas y empiezo a asustarme), que hemos recorrido 32km con +1.250m y -1.400m en poco más de nueve horas.

No nos engañemos: la ruta se nos ha hecho corta pero no es porque sea corta, sino porque llevamos un ritmo majo y las piernas caminan a su rollo después de tantos días. Es una ruta un poco rompe-piernas porque tiene bastante tramos cuesta arriba, cuesta abajo, pero estos terrenos son  cómodos. Mañana hacemos la última etapa del GR11, pero no sabemos si la terminaremos del todo, o si dejaremos el ritual de acercarnos a Cabo Higuer para el sábado por la mañana y que así nos cueste menos.

No hablo de las piernas, claro.

Estamos tan machacados que caemos muertos en la cama con el sol todavía en lo alto.    

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