Reseña día 35 Puerto Urkiaga – Elizondo: La huerta de Navarra, más o menos

Después de dormir y desayunar como marqueses y sin madrugar demasiado, a las siete estamos de nuevo en el puerto, cubiertos de niebla y con un camino embarrado frente a nosotros. Es como si el solecito que vimos ayer en Eugi hubiera sido una alucinación.

Pues ala, pues venga, pues vale. Hoy la etapa es corta y con poco desnivel, así que hay que moverse.

Empezamos a subir, cosa que me descoloca porque los collados suelen ser un punto alto, y por lo general desde lo alto de un collado, lo que uno hace es bajar.

Navarra es diferente. Aquí en los collados se sube, las cuestas menos empinadas son las que más te hacen sudar y cuanto más alto subes, menos vistas tienes. Juro por todo lo que se moja cuando llueve, que otro año volveremos a esta zona a pasar una semana para disfrutar de las vistas que este año estamos, pues eso, sólo suponiendo.

Desde el punto más alto de la ruta, llaneamos por unas preciosas laderas herbosas. O serán preciosas cuando tengan hierba, que la tendrán, porque lo que es abono y agua, ahora tienen hasta aburrir, que uno termina rezando porque todo el pringue del calzado y la ropa sea tan solo barro.

Caminamos con el GPS encendido y a punto, porque es fácil desviarse del camino. Desde una marca no se ve la siguiente y no nos apetece perder tiempo dando vueltas, así que vamos con él en la mano. Si fuera un móvil parecería que estamos buscando un Pokemon.

Nos cruzamos con una chica inglesa que está haciendo el GR11 completo sonriendo y sin sudar. Parece fuerte y preparada, y tiene pinta de que podrá terminarlo sin problemas. Nos cuenta que a su marido no le gusta la montaña y que por eso ha venido ella sola. Me acuerdo de los tipos de ayer, los de “la tienes harta, jajaja”, y pienso que los tiempos cambian y que llegará un momento en el que veremos a tres hombres haciendo una ruta y pensaremos “¿qué harán aquí tres hombres solos?”.

Bueno, a lo mejor he exagerado un poco.

Al cabo de un rato vemos unos rayos de sol en el cielo, como si fuera Dios iluminándonos desde lo alto. Me quedo pasmado, porque las vistas de los valles entre la niebla son impactantes. Me entra la vena religiosa y  pienso que podría aprovechar que todavía hay mucho barro y hacer unas tablillas con mandamientos nuevos y actualizados tipo “no usarás el WiFi del vecino”, y bajarlos a Elizondo, que están en fiestas. Sería como Moisés en el antiguo testamento, pero con menos barba y más sucio, seguro.

Silvia me da una voz y se me pasa la tontería, así que seguimos el sendero durante un largo, largo rato. Enlazamos una pista y al rato vemos las primeras casas de Elizondo.

Simón está muy calladito, y eso que hace dos días que no le cambio las pilas. Nos dice que han sido 19,60km con +450m y -1.200m en un poco menos de seis horas. No es que la etapa haya sido corta, es que no ha habido donde sentar el culo en todo el camino, y no hemos parado ni a beber agua. Literalmente.

Nos alojamos en el Hostal Trinkete, donde nos han cambiado la habitación, como les pedimos ayer por email, para darnos una habitación interior donde haya menos ruido y podamos descansar mejor. Son serios y profesionales, como la mayoría de los lugares donde nos hemos alojado. A las excepciones las tenemos en una lista negra para incluir sus direcciones de email en un grupo de amigos del reggaeton. Somos así de crueles.

Pagamos 80€ por dormir y cenar. La menestra de la cena lleva jamón,  porque no todo iba a salir bien, pero decidimos que ya les escribiremos más adelante para contárselo, porque estamos agotados de dar explicaciones. Compramos galletas y encargamos unos bocadillos para el día siguiente, que va a ser largo. Llevamos unas jornadas más o menos cortas y mañana nos espera una etapa más exigente.

La última “etapa dura” del GR… Tengo ganas de que amanezca para empezar a andar aunque mañana, cuando suene el despertador a las cinco y media, lamentaré haber escrito estas palabras.

A todo se acostumbra uno, excepto a madrugar.

El cuerpo a veces se porta de forma extraña. Estábamos cansados, pero sentíamos los nervios y la excitación de volver a enfrentarnos a una etapa larga. Caminar tiene un efecto curioso sobre la cabeza, muy diferente a como actúa sobre el cuerpo. Los músculos se cansan, pero la mente se fortalece. Es raro y difícil de describir. Pensábamos que a esas alturas estaríamos deseando terminar, pero el cuerpo se nos estaba rebelando, anticipándose al final, diciéndonos que no quería parar, que no quería detenerse nunca, como los protagonistas de “La larga marcha”, ansiando darle un sentido a su existencia. Estábamos perdiendo el control sobre nuestros músculos.    

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